Cómo matar a un cisne 4
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L a directora del orfanato observa la cantidad de periodistas y cámaras que rodean el Rolls-Royce.

—Esto es una locura.

Susan no recuerda cuándo fue la última vez que se maquilló.

El sudor le cae a chorretones, y ahora se arrepiente de haber perdido una hora de su mañana en intentar verse mejor.

Quería estar guapa, pero se siente ridícula.

Piensa que la gente que tenga la tele encendida la verá como una bola de grasa asustada.

Jack permanece callado a su izquierda.

Además de los fotógrafos y periodistas, hay cuatro cámaras retransmitiendo en directo su salida del centro.

Quieren conocerlo, capturar el momento en el que la puerta del coche se abra y se suba en él.

Cuando Jack se siente junto a la actriz y el coche avance por la carretera hacia su nuevo hogar, dará igual quién fue en el pasado.

Lo único importante será la persona en la que se convertirá a partir de entonces. El décimo hijo del Cisne Negro.

Susan observa a Jack con el ceño fruncido y recuerda la segunda vez que lo adoptaron.

Fue un matrimonio que lo utilizó como un posible salvavidas de su relación, y terminaron echándolo de casa tras decidir divorciarse definitivamente.

Pero la directora está convencida de que la culpa fue solo de él.

Jack nunca ha sido de su agrado, ni siquiera la primera vez que lo vio.

Él tan solo era un bebé, y Susan, que lo tenía en brazos, intentó hacerle sonreír y fracasó.

Aquello al principio desconcertó a la directora, que siempre ha conseguido hacer sonreír a los más pequeños cuando está de buen humor y les hace caras graciosas.

Pero con el pequeño Jack no funcionó: su rostro se mantuvo impasible, sus comisuras no llegaron a curvarse y permaneció como un muñeco de porcelana envuelto en una sábana que tapaba su frágil y diminuto cuerpo.

Los años pasaron y el cuerpo de Jack se hizo cada vez más fuerte y atlético.

Su melena rubia hasta los hombros y su mirada triste empezaron a atraer otras miradas dentro y fuera del centro.

A veces se burlaban de él. Le decían que parecía una niña por llevar el pelo largo.

El primero en hacerlo fue Mason, otro chico del orfanato.

Él y su grupo de matones rodearon a Jack y lo apuntaron con el dedo.

—A ver si va a ser maricón y por eso no se lo corta.

Jack permaneció en silencio, esperando que acabara, que se aburrieran, que lo dejaran en paz.

—¡Yo creo que le gustaría ser una niña!

—Ten cuidado, Mason, quizás intenta besarte.

La risa de Mason sonó por encima de las de su grupo. Fue como una voz que pisaba otras más débiles.

—Vaya, vaya… O sea que, al final, sí que eres un maricón de mierda. ¡Ja! ¡Lo sabía!

Mason se puso a un palmo de distancia de Jack con el pecho hinchado. Alzó la barbilla y marcó así su papel de líder de matones.

El otro no respondió. Ni siquiera cuando Mason estuvo tan cerca que su aliento le golpeó la frente por la diferencia de altura.

—¡Defiéndete! ¡Sé un hombre! ¿Qué pasa, tienes miedo? ¿Vas a llorar? ¿Por eso te has quedado tan callado?

Jack le mantuvo la mirada. Quería que Mason y su grupo lo dejaran tranquilo, pero sabía que no se iban a ir por las buenas. Todavía no habían terminado con él.

Mason le agarró del cuello de la camiseta, lo levantó unos centímetros por encima del suelo, y Jack sintió que su garganta de pronto se cerraba y que el aire no llegaba.

Entonces algo dentro de Jack hizo clic. Algo despertó. Una energía oscura que se apoderaba de él, que bajaba con fuerza por sus brazos y se le acumulaba en las manos. Su cuerpo y su mente dijeron «basta». Había llegado el momento de defenderse.

Mason lo apartó de su vista como el que tira un saco de patatas al suelo, pero Jack cayó de pie. Aquello sorprendió y enfadó a Mason a partes iguales, que enseguida quiso volver a engancharlo del cuello de la camiseta.

Esta vez, Mason no pudo vencerlo. No pudo, porque Jack ya no era la misma persona. Y cuando este estampó a Mason contra la pared y lo agarró del cuello, todo se dio la vuelta.

Ahora era Jack quien lo estrangulaba a él.

Mason abrió los ojos como platos, pidió ayuda con un hilo de voz, pataleó inútilmente para intentar soltarse… Tenía la cara roja y llena de sudor.

El grupo de matones comenzó a reírse de su propio amigo. Una sombra negra se extendió por los pantalones de Mason hasta los bolsillos, y luego bajó por sus piernas. Se había meado encima. Lo vieron todos: sus amigos, las chicas, Jack. Una auténtica humillación.

Jack soltó a Mason, que cayó de rodillas al suelo y empezó a toser con fuerza.

Ese día se tejió una nueva capa en la personalidad de Jack, que desde entonces nunca se deja pisotear por nadie.

Hubo más peleas como esa. La violencia estaba a la orden del día, pero hubo una vez en la que Jack volvió con sangre en las manos; sangre que no era suya y que no sabía cómo había acabado ahí.

Podía ser de Mason o podía ser de otro niño.

Ese día había sufrido tanto estrés que, como mecanismo de supervivencia, su cabeza le había dejado un espacio en blanco que él no lograba rellenar.

Cuando eso sucedió, Jack se acercó a una niña y le preguntó: —Vas a pensar que estoy loco, pero ¿me puedes decir qué ha pasado exactamente ?

—¿Eh?

—¿Con quién me he peleado?

Y esa niña, tras comprender que Jack parecía alguien perdido y que se lo estaba preguntando en serio, se lo contó.

La directora del orfanato siempre ha sido consciente de que en su centro surgen este tipo de peleas.

No tardó en enterarse de lo que había pasado entre Jack y Mason, y ha seguido al tanto de todos los altercados que han surgido después.

Por supuesto, cuando hay una pelea hay un castigo, y el castigo que impone Susan siempre es temido por todos.

Jack se ha preguntado muchas veces por qué alguien como Susan quiso dedicarse a esto si es evidente que no le gustan los niños.

Y, en realidad, no hace falta que se metan en una pelea, porque ella los castiga por todo.

Si a alguno de ellos se le olvida, por ejemplo, hacer la cama, Susan lo castiga haciéndole sujetar dos libros con los brazos extendidos durante una hora entera.

Los libros no se pueden caer y tampoco pueden bajar los brazos. Si fallan, tienen que volver a empezar.

Hubo una vez en la que una niña, que no podía seguir sujetando los libros, se desmayó del esfuerzo.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó el médico a la niña.

Ella se encontraba tumbada en una cama del hospital, pero no estaban solos: Susan también estaba ahí. La miró un instante a ella primero, y luego se dirigió al médico:

—No… no recuerdo nada —mintió.

—¿Estás segura?

La niña asintió sin volverse hacia Susan. Sabía que la directora la miraba fijamente, sentía sus ojos clavados en ella.

—Sí. No me acuerdo de nada.

La niña regresó al orfanato ese mismo día.

Por desgracia, hay más casos como los de ella. Otros niños que han terminado en el hospital por culpa de Susan, y todos comparten dos cosas: ninguno presenta signos de violencia y tampoco se atreven a denunciar a la directora.

Los superiores de Susan suelen visitar el orfanato para comprobar que todo está en orden. Susan les obliga a decir a todos «sus niños» que la adoran. Y ellos, por miedo a las represalias, fingen quererla.

Susan casi siempre castiga a Jack por cantar mientras toca la guitarra. Se lo tiene prohibido, pero para él dejar de cantar es como pedirle a un pájaro que deje de volar.

Cuando la directora recibió la llamada de que Morgan Brooks estaba interesada en adoptar a un niño de su centro, jamás se le pasó por la cabeza que el afortunado fuera a ser Jack.

Ella sigue sin comprender cuál es la razón por la que una estrella de cine se ha encaprichado de él.

Es raro que alguien quiera adoptar a un joven de diecisiete años.

Además, él no es el chico más guapo del orfanato, ni tampoco el más alto.

No hay nada, salvo su voz, por lo que destaque.

Y Susan odia que Jack se pase el día cantando las canciones que compone, así que su don se convierte en otro punto negativo más que añadir a la lista de cosas que odia de ese chico.

—Siempre es más fácil educar a un niño de cuatro años que a un adolescente —le había dicho Susan a Morgan, semanas atrás, cuando las dos se encontraban sentadas en su despacho—. ¿Seguro que no prefiere…?

La actriz negó sin mostrar ningún atisbo de duda.

—Si no es Jack, no me interesa seguir adelante con el proceso de adopción.

A la directora le sudaban las manos por estar en la misma habitación que ella. Había visto todas las películas de Morgan y, de pronto, la tenía a un metro de distancia. Susan estaba muy nerviosa, pero la curiosidad que sentía era más fuerte. Por eso, no se quedó callada.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Puede. Pero yo decidiré si contestarla o no.

—¿Por qué está empeñada en adoptar a Jack?

Morgan se humedeció la boca en ese momento, Susan lo recuerda, y luego la miró directamente a los ojos.

La directora, por su parte, echó el cuerpo hacia atrás con una mueca de horror.

Reaccionó así porque no estaba segura de si los labios de la actriz estaban pintados de rojo o si el líquido que brillaba era sangre.

También sintió un escalofrío. Y una sensación mala y pesada que no pudo quitarse de encima.

—¿Alguna otra pregunta?

—No. Solo quiero saber por qué él.

—Fantástico.

Morgan se levantó y salió del despacho sin decir nada más.

Susan no tuvo más remedio que aceptar sus condiciones.

Ese interés tan extraño es lo que ha llevado a todos los involucrados al día de hoy.

Jack y Susan han tenido una conversación justo antes de salir del orfanato. Ha sido hace solo unos minutos. Los dos estaban asomados por la ventana mirando, sorprendidos, la aglomeración de medios de comunicación y de fans que se ha formado por la llegada de la estrella de cine.

—Así que es cierto —ha dicho Jack—: Morgan Brooks va a ser mi nueva madre.

—¿Creías que te mentía?

—No lo sé.

Susan ha soltado una risotada.

—¿Y por qué iba a mentirte? ¿Por qué iba a hacerte creer que eres especial?

Los dos se han quedado un instante en silencio. Y, luego, Susan ha añadido:

—Por lo menos Morgan Brooks está soltera y no podrás destrozar otro matrimonio.

—Sigues creyendo que los últimos que me adoptaron rompieron por mi culpa.

—Lo que creo es que, contigo, siempre hay algo que sale mal.

Los gritos de los fans atravesaban la ventana desde la que lo observaban todo.

—Bueno —comentó Jack—, yo creo que esta vez me ha salido bastante bien, ¿no?

Susan exhaló pesadamente.

—Sigo sin explicármelo —confesó. Y sonó a alguien que acababa de perder una batalla.

Después de eso, la directora le contó a Jack la reunión que había tenido con Morgan en su despacho unas semanas atrás e incluso admitió que había intentado hacer cambiar de opinión a la actriz reiteradamente.

—Pero daba igual lo que yo le dijera —añadió después de terminar—, ella insistía en que te quería a ti. Lo dejó claro desde el principio y fue muy tajante al respecto. Si no eras tú, no iba a adoptar a nadie.

A Jack, sin dejar de observar a los periodistas por la ventana, se le escapó:

—Eso no tiene ningún sentido.

Los dos se miraron brevemente, y hubo cierto reconocimiento por parte de la directora. Era la primera vez que ambos estaban de acuerdo en algo.

—Ningún sentido —asintió ella.

Volvieron a quedarse callados mientras observaban el revuelo de los periodistas y los gritos de los fans desde el interior del edificio.

—Deberíamos salir antes de que esto vaya a más —propuso Jack al final.

Los labios de Susan se curvaron ligeramente hacia arriba, aunque no llegó a sonreír.

—Antes de salir, te voy a decir lo que pienso.

—Vale.

—Creo que hay algo raro detrás de esta adopción.

—¿Algo raro?

—Esto va a acabar mal para ti. Tengo ese presentimiento.

Después, Susan abrió la puerta y los dos avanzaron hacia las cámaras.

El chico y la directora ya no tienen una ventana tras la que protegerse del ruido y los flashes.

Ahora lo que tienen es a Morgan Brooks esperando dentro de un coche. También los paparazis, los periodistas y las cámaras de televisión.

Jack mira un instante a Susan y recuerda su última conversación con ella, todo lo que le ha dicho: «Creo que hay algo raro detrás de esta adopción».

Él lo que cree es que Susan solo intentaba meterle miedo. Por eso no entiende por qué se pone tan nervioso cuando ve que la puerta del coche se abre .