Cómo matar a un cisne 3 Antes
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Hace veinticuatro años

M organ estuvo tentada de colgar y dejar a Daphne hablando sola.

Ya no le interesaba escuchar la opinión de su representante porque creía que se estaba rindiendo, y Morgan no era de las que se quedaban de brazos cruzados. No. Ella tenía dos claros propósitos y estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para alcanzarlos.

—Llevas meses obsesionada con conseguir ese papel —le recriminó Daphne—. ¿Por qué es tan importante para ti? La gente sigue hablando de lo fantástica que estás en Las despedidas …

—¡Pero no gané el Óscar! ¡Se lo dieron a Isobel! ¡Ella me lo ha robado todo!

Isobel Jones era su coprotagonista en la película. Ella, antes de convertirse en la pesadilla de Morgan, había sido su mejor amiga. Por eso a Morgan le afectaba no haber ganado el Óscar.

Daphne suspiró contra el auricular.

—Isobel no se portó bien contigo, en eso estamos de acuerdo las dos.

—Es una zorra. Espero que las dos también estemos de acuerdo en eso.

—Morgan, basta . No te rebajes. Eres muy joven, te espera un futuro brillante en Hollywood y, además, te recuerdo que hace unos años estabas grabando cortos sin presupuesto y ahora trabajas con directores de verdad.

Y respecto a tu plan para conseguir el papel, ya sabes mi opinión: me parece una locura.

Lo mejor es que aceptes que igual esa película no es para ti.

Los dedos de Morgan se aferraron con fuerza al teléfono. Deseó que fuera de plástico para poder romperlo, pero luego decidió calmarse y hacerle ver a Daphne que, en realidad, su plan de colarse en el evento no era tan descabellado.

—Tengo que hacerlo. Es importante que el director me vea esta noche. Si consigo acercarme a él, podría convencerlo para que…

—¿De verdad crees que él te elegirá solo porque tú se lo pidas?

—Lo hará si le demuestro que no hay nadie mejor que yo para ese papel.

En el evento, además de sus padres, estaría el que iba a ser el director de la nueva versión del Cisne Negro.

Era su gran oportunidad.

Aún no habían comenzado las grabaciones.

Morgan ni siquiera había vuelto a tener noticias del casting .

Pero tenía algo muy bueno a su favor: ella empezó a hacer ballet con cuatro años.

Lo dejó a los quince para enfocarse en perseguir su sueño de ser actriz.

El ballet era demasiado sacrificado como para poder compaginarlo con las clases de interpretación.

Quizá ya no fuera una bailarina profesional, pero partía de una buena base.

Y cuando Daphne le había hablado de ese casting , no se lo había pensado dos veces y se había apuntado a clases intensivas de ballet para recordar todo lo que le habían enseñado de pequeña, y así postularse como la candidata perfecta para interpretar al cisne.

Ahora, meses después, Morgan volvía a tener los pies destrozados.

Todo ese esfuerzo para que, tras un largo silencio, Daphne se aclarara la voz y le dijera:

—Morgan…, el director ya tiene a alguien.

Hubo otro largo silencio al otro lado de la línea. Y después:

—¿Cómo que ya tiene a alguien?

—Lo siento mucho.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Seguro que la película que hacen al final no es tan buena…

—Daphne. ¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace una semana.

—Lo sabes desde hace una semana, ¿y me lo dices ahora ?

—Si no te lo he dicho antes es porque no quería…

—¡Eres mi representante! ¡Trabajas para mí!

Daphne tosió con incomodidad.

—Seguimos estando en el mismo barco.

Pero Morgan no la escuchó. Bajó la mirada hasta sus pies, llenos de vendajes, y luego dejó de verlos porque el dolor que sintió en el pecho lo ocupó todo. Lo único en lo que pensaba era que le acababan de robar algo que, aunque no fuera suyo, le pertenecía.

—Ni siquiera me han dejado hacer la audición.

—Ya sabes cómo funciona este mundillo…

Las palabras de su representante no fueron ningún consuelo, y las de Morgan eran una mezcla de rabia y frustración:

—Me he dejado la piel en esto. Literalmente. Tengo los pies en carne viva. Llevo meses ensayando para perfeccionar mi técnica. Nunca, escúchame bien, nunca he deseado tanto que me dieran un papel. ¿Y ahora me dices que se lo han dado a otra persona sin… sin ni siquiera hacer un casting ?

—Lo que digo es que estás cosas a veces son así.

Con una mirada cansada, pero la certeza de que, si conseguía ese papel, el público por fin la tomaría en serio como actriz, Morgan se levantó de la silla y respondió con tono firme al auricular:

—Ni de broma.

—¿Cómo dices?

—Si piensas que voy a rendirme, es que no me conoces. —Luego, intentando sonar más calmada, preguntó—: ¿A quién se lo han dado?

—Morgan…, eso es lo de menos. Se lo han dado a otra y ya está.

— ¿A quién? —insistió.

En realidad, había una buena razón por la que Daphne no quería verse obligada a pronunciar su nombre: sabía el efecto que eso ocasionaría en Morgan.

Y no solo porque hubieran elegido a otra antes que a ella.

Era por la elegida en sí y el pasado que compartía con su r epresentada.

Era por la traición, las noches sin dormir y todo lo que Morgan había perdido.

Pero ella iba a enterarse antes o después. Por eso Daphne respiró hondo antes de decir:

—A Isobel Jones.

Ahí estaba la pesadilla de Morgan con nombre y apellido, otra vez.

Isobel Jones era la única persona en la que ella había confiado de verdad. Habían sido mejores amigas, pero luego Isobel la había traicionado, se lo había quitado todo y la había abandonado como un perro.

Y ahora pretendía quitarle también ese papel.

Morgan sintió que se le caía el mundo encima. Su rostro primero palideció, después se volvió rojo de rabia. Tenía que hacer algo, y tenía que ser algo grande para que el director cambiase de opinión.

Ese evento se convirtió de pronto en su única oportunidad.

Miró el reloj.

—Todavía me quedan seis horas. ¿Vas a ayudarme?

—Morgan, no hay nada que puedas hacer. Cuanto antes lo aceptes, mejor para las dos. Pero no te preocupes, seguro que llegan nuevas oportunidades y…

Colgó a Daphne antes de que pudiera terminar la frase.

Estaba enfadada con ella por pedirle que tirase la toalla.

Morgan no iba a rendirse, así que se subió al coche y recorrió un par de tiendas hasta que encontró el vestido negro que necesitaba.

Había descartado el rojo que tenía pensado ponerse esa noche. Tenía una idea mejor.

También compró un montón de plumas negras y un tinte de pelo negro. Y, al regresar a casa con todo, se puso a coser las plumas sobre el vestido. Había partes, como el pecho, en las que no cosía ninguna. Y luego otras, como los hombros y el cuello, que las llenaba de plumas.

No lo hizo sola. Las asistentas, que a veces le ofrecían el amor que sus padres le negaban, quisieron ayudarla.

Se habían encariñado mucho con Morgan desde que Isobel Jones la había traicionado —sobre todo después de verla llorar desesperada con el corazón roto—, y ellas estaban dispuestas a ayudarla a conseguir lo que quisiera con tal de animarla.

Tenían muy poco tiempo para terminar el vestido.

Morgan se pinchó tantas veces con la aguja que empezaron a sangrarle los dedos, pero mereció la pena todo el esfuerzo cuando se vio con el impresionante vestido negro puesto.

Este se ceñía a su figura marcando cada curva.

No era un Schiaparelli, pero todas estaban de acuerdo en que la joven actriz iba espectacular.

Parecía imposible que no fuera a convertirse en el centro de todas las miradas.

Sola y frente al tocador de su habitación, Morgan contempló su nuevo color de pelo y decidió que la sombra de ojos sería del mismo tono.

Cada detalle nuevo que añadía a su rostro la acercaba más al personaje en el que terminó convirtiéndose. Se había marcado los pómulos, depilado las cejas, teñido el pelo de negro… Solo faltaba algo para que estuviera perfecta.

Lo meditó durante unos minutos, mirándose en el espejo.

Y, de pronto, lo supo: sus labios. Estaban sin pintar. Sacó un pintalabios rojo de Chanel y se aseguró de que dieran la impresión de que estaban manchados de sangre.

Morgan fue la última en llegar al evento. La mujer que revisaba la lista de invitados le dijo que su nombre no estaba.

—¿Cómo que mi nombre no está? Soy Morgan Brooks.

—La otra mujer, que recordaba haber visto antes su cara en alguna película, dudó frente a la seguridad de Morgan.

Entonces ella aprovechó para añadir—: ¿Sabes qué?

No importa. Llama a tu superior, le diré que no me dejas pasar y que estoy muy decepcionada con el trato.

Las dudas de la mujer se transformaron en miedo. No quería ser despedida.

—No… espere. Discúlpeme, puede pasar. Está claro que se trata de un error.

Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de la actriz, que le tendió su abrigo de visón y buscó con la mirada a un camarero joven a quien pudiera sobornar.

Morgan siempre ha sido consciente del poder que tiene la belleza y cómo usarla a su favor.

Unos minutos más tarde había conseguido engañar a un camarero para que pusiera la canción que llevaba en un lápiz USB. La sinfonía de Beethoven que sonaba de fondo fue interrumpida por El lago de los cisnes, y ella hizo su entrada estelar en el salón del evento.

Las conversaciones cesaron.

Todos los invitados, incluidos sus padres, su examiga Isobel Jones y el director, se giraron con sus copas de cristal en la mano para mirar a la misteriosa mujer que entraba vestida de cisne.

Morgan se colocó en el centro del salón. Apoyó el peso de su cuerpo sobre la punta de los dedos del pie derecho. Después subió la pierna izquierda, que salió desnuda por la raja del vestido formando un ángulo de noventa grados, y comenzó a moverse.

La estancia se llenó de sus giros y su vestido negro de plumas.

La gente se echó hacia atrás para hacerle sitio.

En pocos segundos se había formado un círculo a su alrededor.

Ella bailaba y bailaba, y la expresión de su cara cambiaba según avanzaba la canción, transmitiendo en todo momento el sufrimiento y la desesperación del personaje al que estaba interpretando.

Se acercaba el final de la canción, y los giros se hicieron más violentos. Algunas plumas se descosieron de la tela de su vestido y salieron disparadas como flechas.

La actriz, que se movía de un lado a otro con los ojos cerrados, los abrió de golpe al notar un dolor intenso subiendo por sus piernas. Se le estaban abriendo algunas de las heridas que tenía por los ensayos.

Ahora, cada vez que apoyaba el pie en el suelo notaba que la sangre lo humedecía más. Era un dolor caliente y pegajoso.

Estuvo a punto de dejar de bailar. Pero entonces su mirada se cruzó con la de Isobel Jones, y el odio que sintió contra ella fue más fuerte que el dolor.

No iba a parar el baile. No iba a rendirse. Iba a llegar al final.

Isobel se lo había quitado todo.

Ella estaba decidida a hacerle lo mismo.

Su cuerpo siguió moviéndose hasta que la canción terminó.

Se hizo un profundo silencio. Morgan permaneció quieta unos segundos con la pierna derecha suspendida en el aire. La bajó con un movimiento delicado e hizo una reverencia.

Los invitados estallaron en aplausos pensando que aquella actuación era una sorpresa organizada por el evento.

Todos estaban maravillados. Todos menos los padres de Morgan, que decidieron abandonar el evento en silencio al ver que el director de la nueva adaptación del Cisne Negro era una de las personas que más aplaudía.

Tampoco estaba contenta Isobel Jones, que, tras ver el interés que Morgan había despertado en el director, volvió a clavar los ojos en la que había sido su mejor amiga con una mezcla de celos y miedo.

El director se acercó a Morgan con cautela. Sintió que la joven con la que había soñado para el papel acababa de salir de su cabeza y se había materializado delante de sus ojos.

La había visto trabajar junto a Isobel en Las despedidas , pero nunca se habría imaginado esa versión oscura de Morgan. Era algo que rompía por completo con la imagen de chica rubia y buena con la que se estaba dando a conocer en Hollywood.

Ahora el director la miraba como si lo hiciera por primera vez. Estaba tan impresionado por su belleza exótica que la contemplaba como si fuera un espejismo. Le daba miedo hacer un movimiento brusco y que la imagen de la joven se desvaneciese como cuando despiertas de un sueño que parece real.

—¿Eres… Morgan? ¿Morgan Brooks? ¿La hija de Elijah Brooks y Beth Thompson?

Morgan, ignorando el dolor punzante que sentía en los pies, se giró hacia el hombre por el que había montado todo el espectáculo.

—Creo que te equivocas —le corrigió con aire misterioso—. Yo no soy Morgan Brooks.

—¿Y quién eres? —preguntó el director.

Había reconocido a la actriz, pero quería saber su respuesta.

Morgan afiló su mirada y le contestó sin dudar:

—El Cisne Negro.

A la mañana siguiente, un coche pasó a buscarla para firmar el contrato.

El papel era suyo .