Cómo matar a un cisne 2
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U nas horas antes de llegar al orfanato, de pintarse los labios de rojo para convertirse en la mujer que creen que es y de llegar hasta Jack, el Cisne Negro solo era Morgan frente al tocador.

Su cuerpo estaba casi desnudo, apenas cubierto por una bata de seda que se ceñía en su cintura. Se había pegado dos hileras de pequeñísimas plumas negras alrededor de los ojos como si llevara puesto un antifaz.

La actriz sujetaba una foto pequeña en blanco y negro.

Sabía que la tenía guardada en el cajón del tocador, pero hacía tiempo que no se atrevía a contemplarla.

Sus ojos escanearon la fotografía como el que desempolva el pasado.

Era el momento. Hoy se abría para Morgan una herida más profunda que la que le habían dejado sus progenitores.

Eso le dio fuerzas para enfrentarse a la mirada impresa de sus padres. Una mirada altiva, arrogante, que reflejaba el éxito cosechado de los que llegan a la cima y se creen mejor que el resto.

A la derecha de la mujer rubia de la foto, con la mitad del cuerpo escondido detrás de las piernas de su madre, aparecía Morgan de pequeña.

Entonces solo era una niña que soñaba con ser vista por sus padres: Elijah Brooks y Beth Thompson, dos leyendas de Hollywood.

En la imagen, ella los observaba suplicando su atención mientras ellos dirigían una mirada fría a las cámaras, sin dedicarle ni una sola muestra de cariño.

También aparecía Christian, el hermano mayor de Morgan. Los dedos de él, largos y finos como las patas de una araña, se apoyaban sobre los hombros de ella con actitud protectora.

Christian odiaba a sus padres porque ellos no le daban de vuelta todo el amor que Morgan les reclamaba. Cada vez que encontraba a su hermana llorando en su habitación, cerraba los puños con fuerza y le prometía que algún día sus padres se arrepentirían de no haberla querido bien.

Los recuerdos se hicieron tan intensos que Morgan sintió la necesidad de devolver la fotografía al cajón y cerrarlo con un golpe seco.

Respiró entrecortadamente antes de mirarse en el reflejo.

Las gruesas cortinas impedían que se filtraran los primeros rayos de sol.

Las bombillas del tocador iluminaban su pálido rostro con una luz blanca y artificial.

Después, deslizó el peine con suavidad por su frondoso cabello negro y recordó cuando lo tenía rubio, casi dorado, igual que su madre.

Antes de teñírselo, Morgan solo era una adolescente con dos propósitos: conseguir la aprobación de sus padres y convertirse en una actriz aún más famosa que ellos.

Todo el mundo pensaba que su triunfo estaba escrito.

Al fin y al cabo, ella poseía una belleza única y era hija de dos leyendas del cine…

Y justamente eso hizo que los primeros años de su carrera como actriz nadie se la tomase en serio.

Daba igual cuánto tuviese que esforzarse para conseguir un papel.

A ojos del público, ningún logro de Morgan sería plenamente suyo, sino una extensión más del éxito de sus padres.

Cuando ella aparecía en una película, todos pensaban lo mismo: «Solo está ahí por ser la hija de Elijah y Beth». La gente daba por hecho que su apellido le había abierto todas las puertas. No tenían ni idea de que ser la hija de Elijah y Beth era justo lo que se las había cerrado.

Porque el éxito de Morgan parecía, efectivamente, estar escrito. Pero sus padres tenían otros planes para ella. Querían que triunfase por sí misma, que nada le fuese regalado.

Con ese pretexto, Elijah y Beth fueron moviendo los hilos; cada vez que su hija hacía un casting se interponían en su camino y evitaban que le diesen ningún papel.

De este modo, la hija de los Brooks terminó vetada en casi todas las productoras.

Pero había algo distinto en ella que los directores de casting no encontraban en el resto de las candidatas: Morgan traspasaba la pantalla; la gente se quedaba mirándola porque querían saber qué iba a hacer después.

Eso provocó que los intentos de Elijah y Beth de meter mano para impedir que su hija trabajase con grandes directores terminasen fracasando.

Morgan Brooks había nacido para ser una estrella.

Aun así, el éxito que comenzaba a cosechar seguía sin ser suficiente para la joven actriz. Ella quería más. Quería ser más rica, más poderosa y más famosa que sus padres.

Pero ellos no fueron los únicos que se interpusieron en su camino.

Hubo alguien más. Alguien que traicionó a Morgan y estuvo a punto de quitárselo todo.

Su nombre se esfumó de su cabeza cuando llamaron a la puerta dos veces y el sonido la devolvió al presente de golpe.

Morgan parpadeó confusa. Seguía frente al tocador, con la mirada perdida. Sintió que la fotografía que guardaba en el cajón quemaba la madera desde dentro. Retiró las manos bruscamente antes de contestar.

—¿Sí?

Rosario, su criada, respondió desde el otro lado de la puerta.

—Henry la espera en el coche para ir al orfanato.

—Aún no estoy lista.

La asistenta, por el contrario, estaba impaciente por tener a Jack en la mansión.

Solo cuando las pisadas se alejaron por el pasillo, Morgan volvió a enfrentarse a su reflejo, y se vio a sí misma con veintidós años, antes de convertirse en lo que se convirtió.

Se vio sentada en la misma silla en la que estaba ahora, frente al mismo tocador.

Aunque entonces tenía los ojos rojos y el corazón lleno de veneno.

Porque hubo una vez en la que la actriz perdió las dos cosas que más deseaba en el mundo, y las dos se las había quitado la misma persona.

Pero Morgan sabía que todavía le quedaba una última oportunidad.

Esa noche, nació el cisne .