Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 54 Dream Glow
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54 Dream Glow

ANTONELLA

Leonardo se abalanzó sobre mí justo en el momento en que me dirigía al sofá donde había dejado el bolso.

Me agarró con fuerza e intentó llevarme en brazos hasta la puerta, presa del pánico, pero le pegué hasta que me soltó.

—¿Qué? —Me soltó, sobresaltado por mi ataque, y empezó a dar vueltas a mi alrededor, nervioso—. ¡Tenemos que ir al hospital! ¿Qué haces? ¡No podemos perder tiempo, vamos! —Intentó agarrarme otra vez, pero me aparté tambaleándome mientras rebuscaba en el bolso.

Encontré la cajita que buscaba y conseguí volcar dos pastillas en la palma de la mano. Me temblaban tanto las manos que el resto del bote se desparramó por el suelo, pero me dio igual.

Me tragué las dos pastillas a palo seco, porque no pensaba arriesgarme a beber de ninguno de los vasos.

Me golpeé el pecho cuando se me atascaron en la garganta y abrí los ojos de par en par.

—¡A-agua! —tartamudeé desesperada, y Leonardo miró por el despacho, alarmado. Como no encontró agua cerca, probó el zumo de maracuyá y me tendió el vaso, nervioso.

—Bebe esto. No lleva fresa.

Me acercó el vaso a la boca al ver cómo me temblaban las manos y me lo bebí entero, salvo lo que se me escurrió por la barbilla.

Me dejé caer en el sofá y respiré por la nariz unas mil veces, intentando no entrar en pánico mientras esperaba a que el antihistamínico hiciera efecto. Los minutos se me hicieron eternos, pero poco a poco la garganta se me fue abriendo de nuevo.

Cuando pude respirar con normalidad, abrí unos ojos que no recordaba haber cerrado y me topé con un fantasma.

Leonardo estaba blanco como el papel. Parecía que se hubiera muerto en los últimos segundos y aún no se hubiera dado cuenta, pobrecillo.

—¿Mejor? —preguntó, y cayó de rodillas delante de mí.

Me sujetó la cara con las dos manos y no me dio tiempo a contestar antes de volver a perder los nervios—.

Lo que has tomado era un antihistamínico, ¿verdad?

¿Seguro? ¿Y si te has confundido y te has tomado algo para el dolor de cabeza? Tenemos que ir al hospital. ¡Vamos!

Empezó a tirar de mí para levantarme del sofá, pero se detuvo cuando me eché a reír.

—Estoy mejor —le aseguré, carraspeando con la garganta dolorida—. Siempre llevo encima medicación para la alergia. Tranquilo, no me he equivocado.

Leonardo soltó un suspiro de alivio, pero siguió vigilándome con recelo, como si esperara que de un momento a otro me cayera muerta al suelo sin motivo alguno.

Se sentó a mi lado en el sofá, sin dejar de estudiarme, y no empezó a relajarse hasta que se convenció de que de verdad estaba mejor.

Toda aquella preocupación era muy tierna, pensé. Habría sido mucho más útil que no le entrara el pánico justo en el peor momento posible, pero al menos resultaba tierno.

Después de quedarse un buen rato mirando el vaso de zumo que seguía sobre el escritorio —el de mi veneno—, Leonardo se levantó con el ceño fruncido.

—Yo no he pedido zumo de acerola con fresa —murmuró para sí, mientras yo seguía medio muerta en el sofá, notando el sopor que siempre me invadía cuando la medicación empezaba a hacer efecto.

Miró el teléfono del escritorio pero, todavía alterado, prefirió recorrer en persona la larguísima distancia hasta la puerta.

—¿Puedes venir un segundo, Clara? —preguntó, aunque no esperó respuesta y volvió adentro.

Clara acudió a la llamada, desconcertada. Miró por el despacho, frunció el ceño al ver las cosas desparramadas por el suelo y a mí despatarrada en el sofá, se alisó la falda, de repente nerviosa, y no volvió a mirarme.

Me pareció muy sospechoso y me eché a reír a pesar de mi propia desgracia.

—¿Sí, señor Marins? —preguntó, solícita.

—Cuando pediste el almuerzo, ¿qué encargaste exactamente? —preguntó Leonardo, muy serio.

—Ah. Eh... Yo... —murmuró, incómoda, y yo le sonreí, un poco ida. Su apuro me pareció tierno. Parecía una niña pequeña a la que hubieran pillado haciendo algo malo.

Volví a reírme y, de pronto, un enorme muro de músculos me tapó todo el campo de visión.

—¿Qué te pasa? —preguntó el delicioso pecho que me cubría casi por completo. Me reí otra vez y el pecho desapareció, sustituido por el rostro perfecto de un dios griego—. Antonella, ¿qué te pasa?

—Adonis se sabe mi nombre —le dije a Clara, señalándolo con orgullo. Ella me miró sin entender y luego se asustó por algo que vio en mi cara.

—¿Qué le pasa? ¿Qué le está pasando en la cara? —preguntó, acercándose, ahora sí sinceramente preocupada.

—Antonella es alérgica a las fresas y uno de los zumos llevaba fresa —explicó él, arrodillado entre mis piernas.

—Lo siento muchísimo, señor Marins —dijo ella, de repente profundamente avergonzada.

—¿Me vas a pedir matrimonio, Adonis? —le pregunté al hombre que tenía entre las piernas, y me reí de mi buena suerte.

—¿Por qué lo sientes, Clara? Esto no es culpa tuya. No podías saber que iba a pasar. —El buenorro me ignoró y yo me desinflé contra el sofá, ofendida.

—Pero yo... Eh... Yo... —volvió a tartamudear, y la miré con curiosidad. ¿Sería tartamuda y yo no me había dado cuenta nunca? Pobrecilla, apenas podía hablar. Y no paraba de retorcerse, muerta de vergüenza, aunque, sinceramente, parecía más bien que se estaba meando.

—¿Necesitas hacer pis, amiga? —intenté ayudarla, señalando vagamente hacia algún punto del despacho—. Por aquí hay un baño. Solo tienes que buscarlo.

Leonardo suspiró y me sujetó cuando estuve a punto de caerme del sofá de cabeza mientras intentaba localizar el baño que sabía que existía en algún rincón de la sala.

—¿Qué estás intentando decirme? —preguntó el buenorro, que se sentó en el sofá y me acomodó en su regazo, convencido al parecer de que allí estaría más segura.

No sabía si lo estaba, pero dejarme caer contra su pecho y respirar aquel maravilloso olor a hombre de un hombre igual de maravilloso era muy agradable.

—Y-yo no hice el pedido del almuerzo —confesó Clara por fin—. Fui al baño y, cuando volví, ella me dijo que no me preocupara, que ya se había encargado de todo.

—¿Quién? —preguntó Leonardo, y noté cómo se le colaba la sospecha en la voz.

Clara respiró hondo y respondió.

—Andréia.

—¡Ah! ¡La Tortuga ha intentado matarme! ¡Debería haberlo sabido!

—Intenté ponerme en pie, pero unas manos enormes me sujetaron en el sitio.

Miré a Leonardo, sorprendida, y fruncí el ceño al ver dos Leonardos en lugar de uno—.

Vosotros... —Señalé a los dos—. ¿Habéis oído lo que ha dicho la Chica Tartamuda?

¿Esa tortuga pueblerina ha intentado matarme y vosotros os vais a quedar ahí plantados? Pues yo no.

Volví a intentar levantarme y no hubo manera. Me dejé caer de nuevo sobre mi cómodo sofá y me rendí.

—Qué tío más pesado. ¡Tíos! —me corregí al recordar al misterioso gemelo que se había sumado de repente a la fiesta—. Dos tíos pesados. Eso es lo que son.

—Ah, ha tomado un antihistamínico, ¿verdad? —preguntó la mujer rubia que había en la sala, mientras me estudiaba con atención—. Puede que sea la medicación, pero creo que, aun así, debería llevarla al hospital. Por si acaso.

—Gracias, Clara. Eso es exactamente lo que voy a hacer. Cancela el resto del día —pidió Leonardo mientras se ponía en pie y me alzaba con él.

Se dirigió al escritorio y cogió las llaves del coche mientras yo, muy astutamente, me hacía con lo que quedaba de mi comida.

Me miró, miró el recipiente de poliestireno que apretaba contra el pecho como si me fuera la vida en ello y se limitó a suspirar.

Conmigo en brazos, siguió a Clara hasta la puerta. Ella nos la abrió y Leonardo salió deprisa, pero se detuvo en la antesala.

Miró a la serpiente número dos, que pareció alarmarse al verme la cara. Después miró a la serpiente número uno, también conocida como la Tortuga, que tenía una cara demasiado inocente para mi gusto.

—¡Tú! —arrancó Leonardo, furioso, contra la Tortuga, pero yo fui más rápida.

Abrí el recipiente de la comida y le volqué lo que quedaba de las judías, el arroz, la harina de mandioca y los huesos de pollo sobre el pelo teñido a aquella Tortuga sinvergüenza.

Chilló, y como me pareció que no era suficiente, levanté el vaso de zumo envenenado con el que ella había intentado matarme y que yo había logrado esconder dentro de las enormes mangas de mi sudadera.

Vertí el líquido rosa sobre aquella mezcla asquerosa enredada en un cabello tan rubio que casi parecía gris y después le coloqué el vaso vacío en la cabeza, a modo de sombrero.

Andréia me miró horrorizada, echando humo por la nariz, pero me dio igual. Con toda la calma del mundo, adoptando la que esperaba que fuera mi mejor cara de asesina, igual que Arya Stark, recité:

—Cuando la gente pregunte qué ha pasado aquí, diles que el Norte recuerda.

Diles que el invierno ha venido a por la Casa Tortuga —proclamé, y luego me eché a reír cuando ella me miró sin entender nada—.

¿Sabías que las manchas de fresa tardan un siglo en quitarse?

Espero que se te quede el pelo medio rosa y medio de ese color que sabe Dios cuál es durante mucho, mucho tiempo.

Sentí vibrar el pecho de Leonardo con la risa y lo miré, sonriente.

—Es verdad, ¿eh? Una vez se lo hice a Gian y después tuvo que teñirse todo el pelo, pobrecito. Por eso no volvió a decolorárselo —le conté.

—Te creo, cariño. —Se rio y miró a Andréia, todavía riéndose—.

Estás despedida. Recursos Humanos se pondrá en contacto contigo.

No vuelvas a poner un pie en esta oficina o me veré obligado a llamar a un comisario que conozco, uno al que, por cierto, le importa muchísimo el bienestar de Antonella, y vas a tener que explicar con mucho detalle qué has intentado hacer aquí hoy.

Después se marchó sin darle a la Tortuga la oportunidad de responder. Yo volví la vista una última vez y estudié su expresión atónita.

La muy zorra me lanzó una mirada asesina, así que le hice la peineta con las dos manos y grité:

—¡El invierno ha llegado, zorra!

Leonardo se rio aún más fuerte y yo saludé con la mano a todo el que nos cruzamos de camino al aparcamiento. Subimos al coche y entonces condujo como un loco hacia el hospital más cercano.

Le pregunté muy seriamente si se creía que estaba en una carrera de Fórmula 1 o algo así.

—¿O es que estás intentando matarnos activamente, tío? —pregunté cuando se limitó a reírse—. Me estoy mareando, que lo sepas. Te voy a vomitar encima del juguetito de importación si sigues conduciendo así.

—No pasa nada —dijo, con una sonrisa de idiota—. Vomita todo lo que quieras.

—Eres muy raro. A lo mejor estás loco y todavía no lo sabes, pobrecito.

Leonardo volvió a reírse y pronto llegamos al hospital.

Me atendieron enseguida —gracias a la bonita historia de amor que mantengo con mi seguro médico— y me dejaron en observación.

El médico escuchó la historia de las fresas, me auscultó, pidió unas pruebas y decidió que me quedaría unas horas para asegurarse de que la reacción no volvía.

Cuando el médico preguntó si todavía me dolía la garganta, le arqueé las cejas a Adonis con una respuesta de lo más didáctica ya preparada.

Vio la cara de guarra que se me había puesto y abrió mucho los ojos antes de que yo despegara los labios.

Leonardo me tapó la boca a toda prisa cuando empecé a explicarle al hombre de la bata blanca que la garganta profunda era mi especialidad y que, después de tantos años de estudio, me consideraba toda una experta.

Después de sacarme sangre me llevaron a una habitación y esperamos los resultados en silencio.

Estaba a punto de dormirme, tranquilísima, mientras Leonardo hablaba por teléfono con sabe-Jon-Nieve-quién —o más bien con no-sabe-nada, si me entendéis—, cuando el médico volvió sonriendo.

—Tengo malas noticias y buenas noticias para la pareja —empezó en cuanto Leonardo colgó—.

La mala es que insisto en que se quede aquí unas horas más en observación.

Quiero asegurarme de que la reacción no vuelve y de que está realmente bien antes de que se vayan a casa —explicó, y yo puse los ojos en blanco ante semejante atentado contra mi libertad.

—¿Y cuál es la buena noticia? —preguntó Leonardo, que seguía sin entender nada.

El médico se rio y levantó lo que supuse que eran los resultados de mi análisis de sangre.

—¡Está embarazada! —exclamó entusiasmado—. ¡Enhorabuena!

Leonardo casi se cayó de espaldas de la impresión y a mí me entró tal ataque de risa que acabé tosiendo y peleando desesperadamente por coger aire.

Creo que estuve un rato sin poder respirar, porque la habitación se fue oscureciendo y luego me desmayé.