Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) Epílogo
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Epílogo

I Luv This Shit

ANTONELLA

—¿Estás bien? —preguntó Leonardo por cuadragésima vez, y yo me escondí bajo la sábana y solté un gruñido ininteligible.

El destino es una zorra de mierda.

La vida, otra, y encima mal follada.

Castiel, el muy cabrón, estará riéndose de mí ahora mismo al lado de su padre, que por lo visto considera perfectamente justos todos los golpes bajos que me lanza el universo.

—Antonella, háblame —pidió Leonardo mientras se tumbaba a mi lado. Me giré hacia el otro lado y seguí ignorando al cabrón.

Habíamos vuelto del hospital unas horas antes y, desde que me desperté otra vez en aquel maldito sitio y recordé qué era lo que me había hecho reír hasta quedarme sin aire y perder el conocimiento, no le había dirigido ni una sola palabra.

—Cariño... —volvió a intentarlo, con ese tono asquerosamente empalagoso que sabe que me irrita.

—Cariño, mis cojones —gruñí, y lo aparté de un empujón cuando intentó abrazarme—. Suéltame, hijo de puta.

Me destapó la cabeza y me apartó de la cara la maraña de pelo rojo. Fijó en mí aquella mirada cariñosa y sonrió, tan guapo que mataba.

—Háblame, mi amor —suplicó mientras me besaba, sin soltar aquella voz empalagosa del infierno.

—No. Vete a tomar por culo y déjame en paz, gilipollas —volví a gruñir, e intenté apartarlo a culadas, pero el cabrón solo me abrazó más fuerte.

—Antonella, venga. Hablemos. Estas cosas pasan. Sabes que no es culpa mía, cariño —me murmuró al oído, y me incorporé de golpe para clavarle la mirada en esa cara de sinvergüenza.

—¿Y de quién es la culpa entonces, hijo de puta? ¿Mía?

Suspiró.

—No. No es culpa de nadie.

—¡Es culpa tuya, cabrón! ¡Toda tuya! ¡Y una mierda que no es culpa de nadie! —grité.

—¿Mía? —preguntó, indignado—. ¿Por qué es culpa mía?

—¿El esperma de quién me ha metido un crío en la barriga? ¿Eh? ¿De quién? ¡Tuyo, prostituto reproductivo! —volví a gritar, y vi cómo el cabrón se aguantaba la risa a duras penas.

Le pegué para que dejara de burlarse de mí y se le quitara el descaro de reírse de mi tragedia en mi propia cara.

—¡A mí me respetas, cabrón! —seguí pegándole mientras el gilipollas no paraba de reírse. Le miré la polla con intención y apunté, pero se dio la vuelta en la cama y siguió riéndose con la cara hundida en el colchón.

Desistí de pegarle y me desplomé sobre la cama.

Me quedé mirando el techo, todavía incapaz de creer que aquello estuviera pasando.

Vamos, que yo había tenido cuidado. Me tomaba la píldora religiosamente y no se me olvidó ni una. Salvo en la época en la que tuve que dejar los anticonceptivos por los antibióticos y pasamos al condón, tuve cuidado.

Usamos condón todas y cada una de las veces, aunque Leonardo, el hijo de puta reproductivo, casi me suplicaba que le dejara hacerlo sin él, y yo nunca cedí. Ni una sola vez.

Y ahora esto.

Todo ese esfuerzo para nada.

Estoy embarazada.

Ya oigo los gritos de victoria de Caterina y los himnos que va a cantar cuando se entere.

Margot va a rezar una novena de agradecimiento a San Francisco. Gian se va a reír en mi cara y va a decir que ya lo veía venir, porque Leonardo y yo follamos como conejos.

Salvo las últimas semanas, claro.

Entonces se me ocurrió algo.

Me senté en la cama y observé a Leonardo con atención.

—¿Por qué te negaste a follar conmigo estas últimas semanas?

Sé que podría usar expresiones como «hacer el amor» o «mantener relaciones», pero, sinceramente, no me gusta perder el tiempo endulzando lo que digo solo para que la gente no se escandalice.

Y, la verdad, follar es exactamente lo que hacemos el uno con el otro. No tiene nada de dulce ni de delicado.

Aquí nos damos candela, nos sacudimos el chichi, mojamos el churro y cosas así. Es lo que hay.

Leonardo se me quedó mirando, sin entender la pregunta y sorprendido de que por fin le hablara como una persona normal.

—¿Qué?

Respiré hondo y le sostuve la mirada, buscando el más mínimo desliz que confirmara mi sospecha.

—¿Por qué te negaste a tocarme estas últimas semanas? —repetí, y pillé el segundo exacto en que el cabrón intentó disimular el terror de la cara—. ¡Miserable, mentiroso, gilipollas de mierda!

—Cariño...

—¡Lo sospechabas! ¡Sospechabas que podía estar embarazada y no me lo dijiste!

—Yo...

—¡Prostituto de saldo!

—Antonella...

—¡Furcia de rebajas!

—¡Puedo explicarlo!

—¡La puta más curranta del barrio!

—Antonella, tienes que calmarte. No puedes...

—¡Hijo de una zorra de tres patas! —Le pegué hasta que se me cansaron los brazos.

Después pasé a los pies y le di patadas al muy sinvergüenza hasta que se cayó de la cama—.

¡Lo sospechabas! ¡Llevas semanas sospechándolo!

—grité al acordarme de la comida en casa de su padre—.

¡Por eso no me dejabas beber vino! ¡Por eso dejaste de tocarme!

¡Porque me has metido un bebé en la barriga y ahora te sientes culpable!

Leonardo se levantó del suelo y me sujetó los dos brazos, inmovilizándome contra su pecho con suavidad, sin hacerme daño.

—Escucha las barbaridades que estás diciendo, Antonella —murmuró muy serio.

—¡Lo sabías, cabrón, y no me lo dijiste! ¿Y si hubiera hecho alguna irresponsabilidad, como beberme una botella entera de vodka, y hubiera matado a mi bebé? ¡Habría sido culpa tuya, puta de carretera!

Leonardo luchó por no reírse y, en lugar de eso, me besó con suavidad. Me resistí todo lo que pude, pero, venga ya, era esa boca sobre la mía, y la resistencia no es una habilidad que yo domine cuando esa boca anda de por medio.

Cuando por fin me calmé, me soltó, me tumbó de nuevo en la cama y se acurrucó a mi alrededor.

—Ahora tienes que tranquilizarte —murmuró contra mi mejilla, y yo respiré hondo como un millón de veces y en casi todas le solté una patada.

Cuando por fin dejé de pelear y me rendí a su abrazo, levantó la cabeza y me miró.

—¿Ya estás más tranquila? ¿Quieres un vaso de agua con azúcar?

—No empieces a tratarme como una figurita de porcelana solo porque estóy embarazada —le advertí—. Puede que haya un bebé en mi barriga y puede que sea tuyo, pero no estoy obligada a aguantar que te pongas ñoño conmigo. Contrólate.

Se rio y me abrazó más fuerte, y me llenó la cara de besos.

Me observó en silencio un rato.

—¿De verdad es tan terrible para ti? —preguntó. Fruncí el ceño—. Estar embarazada, digo. Tener un hijo mío. ¿De verdad te parece tan horrible como da a entender tu reacción?

—Claro que no, idiota. Siempre he querido tener hijos y, aunque no había planeado este, ya quiero a este bebé —le aseguré, y él sonrió—.

Pero estoy furiosa contigo por no decirme que sospechabas que podía estar embarazada y por negarte a tocarme durante semanas, dejándome pensar que te estabas follando a alguien en la oficina o vete tú a saber dónde. ¡Cabrón mentiroso!

—No sabía cómo contarte lo que sospechaba sin volverte loca antes de estar seguro.

—¡Zorra sedienta de atención! —grité por última vez, y me eché a reír cuando él soltó una carcajada, sin que mi indignación lo intimidara lo más mínimo.

Es perfecto para mí, de verdad, este hombre asquerosamente guapo y valiente.

—No lo he sabido con certeza hasta hoy, en el hospital. Antes solo era una sospecha —explicó, y se tumbó sobre mi almohada.

—Yo no tenía ni idea.

—Sinceramente, Antonella, creo que hasta tu abuela lo sospechaba. Gian también. Los pillé a los dos mirándote la barriga unas cuantas veces —dijo, y comprendí que había sido la única despistada de toda la historia—. ¿Cuánto hace que te bajó la última regla?

Lo pensé un momento y, alarmada, me di cuenta de que no tenía ni idea.

—No lo sé —murmuré—. ¿De cuánto crees que estoy? ¿Cuatro semanas? ¿Seis?

—Ocho.

—¿Y cómo lo sabes?

—Se lo pregunté al médico después de que te desmayaras. Confirmó el embarazo y luego me enseñó la ecografía.

Abrí mucho los ojos.

—¿Viste a nuestro bebé antes que yo? —pregunté con tono amenazador.

Él asintió con inocencia y, acto seguido, se preparó para los golpes que ya veía venir—.

¡Y me robaste la oportunidad de ser la primera persona en ver a mi propio hijo!

¡A mi bebé! —grité, indignada, mientras le daba una paliza al cabrón—. ¡Perro sinvergüenza!

Volví a desplomarme en la cama mientras el hijo de puta se reía.

Admiré su expresión feliz y sonreí sin poder evitarlo.

Era guapísimo, el muy cabrón. Y mi hijo sería idéntico a esa divinidad. O quizá sería una niña, mi clon, Dios la ayudase.

—¿Por eso me pediste matrimonio? —pregunté antes de acobardarme—. ¿Porque estoy embarazada?

—No —me aseguró de inmediato, tragándose la risa—. Compré el anillo hace mucho tiempo. Solo estaba esperando el momento perfecto.

—¿Hace mucho tiempo, eh? ¿Y cuánto es exactamente «mucho tiempo»?

—Mucho —respondió, y yo seguí mirándolo, esperando. Suspiró y se frotó la frente, incómodo—. Compré nuestros anillos de compromiso el mismo día que compré los anillos de promesa.

—¡Oh! —suspiré, completamente embelesada—. ¡Mírate, pedacito de cielo! ¡Ya querías casarte conmigo cuando me pediste que fuera tu novia! ¡Qué adorable eres!

Le apreté los carrillos con fuerza.

—Para ya —se quejó, avergonzado, y yo le llené toda la cara de besos, enamorada y ridícula. Él sonrió a su pesar y me besó también.

Suspiré una última vez y lo contemplé un largo rato, estudiando sus facciones perfectas y aquellos ojos verdes que me habían fascinado desde el primer día, cuando nos conocimos.

—Vamos a tener un bebé —dije, esbozando la sonrisa más grande y feliz.

—Vamos a tener un bebé —repitió él, tan maravillado como yo. Me acarició con suavidad la barriga, todavía plana, y se me llenaron los ojos de lágrimas—. Y será preciosa, como tú.

—Será un niño, lo siento. Y se parecerá a ti, absolutamente perfecto, solo que con cara de ángel en vez de la cara de diablo que tiene su padre.

Leonardo se rio a carcajadas y se secó los ojos. No sabría decir si era de la risa o de la emoción, como me pasaba a mí. Y, sinceramente, me daba igual.

—Te quiero —murmuré, sonriendo como una completa idiota, y él me devolvió la misma sonrisa.

Éramos dos idiotas enamorados, él y yo.

—Yo también te quiero.

—¿Y seguirás queriéndome incluso cuando me convierta en un cosplay de Dona Redonda?

—Aunque te conviertas en una orca redonda, te prometo que seguiré queriéndote.

—¿Y cuando esté demasiado gorda para el sexo?

—También entonces —prometió, y me besó la frente—. Siempre serás mi Antonella.

Me derretí, llorando como una niña mientras me abrazaba fuerte.

—¡Oh! —suspiré, sintiéndome más querida que nunca—. Eso es lo más boni...

Me detuve al darme cuenta por fin de por qué me sonaba tan familiar la frase.

—Leonardo, ¿estás citando a Edward Cullen?

—No —negó el muy cabrón, pero evitó mirarme a los ojos. Sospechoso.

—¿Intentas ser tierno usando las frases de otro hombre? Eso es plagio, para que lo sepas.

—Cállate un segundo, Antonella —refunfuñó, y volvió a hundir la cara en mi pelo.

Me reí y abracé con fuerza a mi plagiador favorito.

Citando a Stephenie Meyer. ¡Qué adorable! ¿Hay un hombre más guapo? ¡No lo hay!

—Mi Antonella... —susurró contra mi frente—. Solo un poco más frágil.

—Esto ya es ridículo —me quejé, y él se rio—. Entiendo que seas incapaz de encontrar tus propias palabras y que por eso tengas que robárselas a todo el mundo, pero ya basta, colega. Mensaje recibido. Y, por cierto, ¿sabías que el plagio es un delito?

Leonardo no respondió durante un rato y supuse que se había quedado dormido. Entonces, de repente, levantó la cara y me miró muy serio.

Y sonrió. La sonrisa más bonita que había visto en mi vida, una que me dejó de culo al instante.

—Por toda la eternidad, mi amor.

Había cambiado de cita, pero capté la referencia igualmente y decidí rendirme del todo y disfrutarlo mientras aquel hombre estuviera dispuesto a lanzarme frases de Stephenie Meyer a diestro y siniestro.

—Por toda la eternidad —repetí en broma, aunque también era una promesa.

Una plegaria para que aquello que había empezado por accidente, sin que ninguno de los dos lo quisiera, durara de verdad toda la eternidad.

Hasta que la muerte nos separe.

O, al menos, hasta que volviera a meter la pata.

Lo que lo llevaría a hacer su mejor imitación de Lord Varys.

Así que: eternidad o marido eunuco.

Lo que llegue primero.

Fin.