Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 53 Ella lo sabe
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53 Ella lo sabe

ANTONELLA

—Buenos días, señora Marins—me saludó Clara con mucha educación cuando llegué a aquel tugurio.

Le fruncí el ceño a la criatura.

—Soy la señorita Mancini—la corregí—. Todavía no estoy casada, niña. Un poco de respeto.

Sonrió y asintió.

—Lo siento, señorita Mancini.

—Mmm—refunfuñé, mirando con curiosidad hacia el despacho de Leonardo.

Las serpientes uno y dos no estaban en su nido y sentí un picor repentino en la frente que sin duda significaba que me estaban creciendo los cuernos justo en ese momento.

—¿Está Leonardo en su despacho?—pregunté con aire inocente.

—Sí—confirmó Clara.

—¿Con Andréia y Thatyanne?—probé, y ella asintió, esquivando mi mirada—. Qué maravilla.

Compuse una expresión de lo más serena y le sonreí.

Fui hasta la puerta y la abrí de golpe sin molestarme en llamar, con los ojos muy abiertos para abarcar toda la escena y no perderme absolutamente nada.

Los tres se sobresaltaron y se volvieron sorprendidos.

Parpadeé tres veces antes de entender lo que estaba pasando y darme cuenta de que, por desgracia, sí, me lo había imaginado todo.

Andréia estaba sentada en una de las sillas para visitas y Thatyanne, en la otra. Leonardo estaba detrás de su escritorio y, cuando entré, parecía muy serio.

Dios sabrá de qué habían estado hablando, pero se le veía cabreado con las dos.

—Antonella—dijo con una sonrisa, y si le pareció raro lo que me había puesto ese día, no lo demostró.

La cuestión era que no tenía la menor gana de vestirme y me había puesto lo primero que encontré.

Que resultó ser una de sus sudaderas, tan enorme que dentro cabían tres como yo. Tuve que subirme las mangas y el bajo unos tres kilómetros para poder verme las manos.

Puede que tuviera una pinta horrible, lo admito, pero al menos iba cómoda.

Lo mismo no podía decirse del conjunto que Andréia llevaba ese día: una blusa blanca transparente a través de la cual se veía clarísimamente el color del sujetador —un precioso tono verde Tortuga— y una falda envasada al vacío, tan ceñida que le marcaba el tanga metido por el culo,

detalle que advertí cuando se levantó con mucha educación junto a su jefe.

—¿Interrumpo algo?—pregunté, todavía de pie en la puerta y sin saber muy bien qué hacer.

Vale, de acuerdo. No me estaba engañando con la Tortuga. Ni con Thatyanne.

Pero eso no significaba nada. En aquel sitio no escaseaban las mujeres. A saber a quién le tocaba el turno ahora.

—No—respondió, y les hizo un gesto discreto a sus secretarias para despedirlas—. Ya hemos terminado. Podéis iros las dos.

Thatyanne asintió y se marchó deprisa, sin mirarme. Andréia, en cambio, cruzó el despacho contonéandose con su disfraz de secretaria de sex shop de saldo y me lanzó su habitual mirada de víbora con aquellos ojos de cerdo en aquella cara de Tortuga.

Curiosa combinación: tantas partes de animales reunidas en un solo animal.

Le sonreí y fingí rascarme la nariz, esforzándome al máximo por exhibir el adoquín del dedo anular.

No me gusta el maldito trasto y, si Leonardo cree que voy a seguir paseándome con él mientras se tira a alguna mujer que todavía no he identificado, está muy equivocado.

—Buenas tardes, cariño—dije, y la cobra resopló al pasar junto a mí. Le cerré la puerta en las narices y me volví hacia mi prometido idiota—. ¿Os he interrumpido el probable trío de la tarde, querido?

Leonardo sonrió y negó con la cabeza. Parecía la inocencia personificada, pero no me lo tragué.

—¿Qué haces aquí?

—Sigo trabajando aquí, por si lo habías olvidado—respondí.

Pasé de las sillas que habían ocupado sus secretarias y me fui al sofá.

Después de inspeccionarlo a conciencia, llegué a la conclusión de que no había restos de fluidos corporales en la tapicería y solo entonces me senté—.

¿Qué tal va tu día? ¿Ya te has comido a alguien? Quiero decir, ¿algo?

—Antonella—empezó con un tono de reproche que no me gustó nada—. Si has venido hasta aquí solo para asegurarte de que te estoy engañando, estás perdiendo el tiempo, mi amor. Vete a casa y espérame mientras ves tus series. Estaré más que encantado de darte el parte completo de mi día cuando llegue.

—He venido a ver si querías comer conmigo—aclaré—. Pero, como está claro que me estás echando, me voy.

Agarré el bolso —un LV precisoísimo, por cierto, aunque no le hacía ningún favor a mi pinta de rata callejera— y me levanté del sofá.

—En ese caso, puedes quedarte—dijo.

—No, gracias. No vas a comer conmigo por lástima. Vuelve al trabajo y diviértete—dije, y me dirigí a la puerta de pronto muy dolida, aunque sabía que en realidad no había pretendido echarme.

—Quédate—pidió, y me detuvo a medio camino rodeándome con los brazos por detrás.

—No. Me voy a casa. Suéltame.

Intenté escapar cuando hundió la cara en mi cuello y se apropió de mi olor, pero fue inútil.

Entre los brazos de aquel hombre parecía una muñeca enana en miniatura.

—No te vas—replicó mientras me llevaba con cuidado de vuelta al sofá y hacía que mis piernas se movieran contra su voluntad—. Ahora te quedas y comes conmigo, que es para lo que has venido.

Me empujó hacia el sofá y me senté antes de caer de bruces. Lo miré y torcí el gesto.

—Ya no quiero comer contigo, gilipollas. Se me ha quitado el apetito al ver la cara de esa Tortuga. ¿Y has visto cómo iba vestida?—pregunté, aunque era una pregunta retórica, porque obviamente el muy cabrón se había fijado—. Parece que trabaja en un burdel y no en un bufete de abogados.

Leonardo negó con la cabeza y empezó a ordenar las carpetas de su escritorio. Seguí hablando porque todavía me quedaba mucho descontento por expresar.

—Y luego te preguntas cómo se enteró todo el mundo de tus visitas a su coño y a su culo. Está claro que la mujer quiere que vuelvas a follártela. Y es muy propio de ti fomentar ese comportamiento en la líder de tu harén.

—¿Fomentarlo? —preguntó él, volviéndose por fin hacia mí—. Yo no estoy fomentando nada.

—¿Ah, sí? —me reí con sorna.

—De verdad —prometió. Cogió el teléfono del escritorio y habló deprisa—. Clara, pide mi comida, por favor. Del sitio de siempre. Sí, para dos. A ver... acerola y maracuyá. Gracias.

—Bueno, lo dudo —retomé la discusión cuando colgó el auricular.

—¿Qué dudas, maldita mujer? —preguntó, empezando a perder la paciencia.

—Que no fomentes el comportamiento de Andréia —aclaré, y resoplé, molesta. Estaba claro que le importaba una mierda lo que decía, una falta de interés escandalosa, en mi opinión, viniendo de un hombre que afirmaba quererme cada cinco minutos.

—Yo no fomento nada. Y vuelves a ver cosas que no existen. Estás delirando.

—¿Que no lo fomentas, eh? ¿Y lo desalientas?

¿La reprendes por vestir así en el trabajo?

Porque, para mí, no hacerlo también es fomentarlo, aunque sea de forma sutil.

¡A la mujer se le ven las tetas a través de esa blusa, por Dios!

—protesté—. Y delirios los cojones, hijo de puta.

Si quieres llamarme loca, dilo claramente.

Y luego corre, porque si te pillo te araño esa cara perfecta de puto que tienes.

Leonardo estalló en carcajadas y se dejó caer en el sofá a mi lado, con cara de satisfacción absoluta por lo que, sin duda, estaba interpretando como un ataque de celos.

No lo era. Solo se trataba de un episodio grave y aleatorio, de carácter temporal.

Me había despertado alterada aquella mañana, algo que ocurría de vez en cuando y que, en mi opinión, era perfectamente normal. Enseguida se me pasaría y volvería a ser mi Antonella habitual: tranquila y agradable.

Pero hasta que eso sucediera, estaba más que dispuesta a arrancarle a aquel hombre la piel perfecta a zarpazos si seguía riéndose de mí.

—Debes de tener hambre —dijo, cambiando de tema—. Una buena comida te sentará bien.

—La verdad es que sí. Me muero de hambre.

—De repente me sentí tan tranquila que parecía que no hubiera estado furiosa un segundo antes—.

Tengo tanta hambre que podría comerme un buey.

O a ti. —Lo miré y después negué con la cabeza—.

Ah, no, perdona. Se me había olvidado que ya no trabajas en el departamento de comerte cosas.

Al menos no cuando se trata de mí, ¿verdad?

Quién sabe qué estarás comiéndote por ahí.

—Y, tan de repente como se había ido, la irritación volvió.

—Joder, Antonella —se quejó, molesto, y se levantó cuando sonó un discreto golpe en la puerta—. ¿Puedes olvidarte del tema al menos un minuto?

Abrió la puerta y apareció Clara, vacilante, cargada con dos bolsas grandes con nuestro almuerzo.

—Claro —respondí de inmediato cuando el olor de la comida me llegó a la nariz.

—¿De verdad? —preguntó él, sorprendido. Sonrió a Clara, le dio las gracias y cerró la puerta.

Me di cuenta de que la chica parecía querer decir algo, pero en aquel momento no conseguí que me importara.

Estaba mucho más concentrada en descubrir qué había pedido para mí y en devorarlo, fuera lo que fuese, porque olía demasiado bien y el estómago se me retorcía de pura expectación.

Dejé la bolsa sobre su escritorio y di un buen trago a mi enorme vaso de zumo. El sabor me pareció extraño, así que probé otro sorbo antes de rendirme.

Sabía a zumo de acerola, pero tenía algo más que no lograba identificar y que no me gustaba.

Abrí el envase de porexpán y me recibió el aroma de una gloriosa comida completa: arroz, judías, pasta con salsa blanca, filete a la parmesana, patatas fritas y un enorme trozo de pollo.

Era un almuerzo de currante en toda regla, no el tipo de comida remilgada que había supuesto que Leonardo prefería cuando lo conocí.

Para mi sorpresa, había descubierto que era mucho más de menú del día de obrero que de otra cosa, igual que yo. Así que nos lanzamos sobre la comida con avidez y me comí una buena parte de la mía antes de tener siquiera tiempo de respirar.

Alargué la mano hacia mi zumo, pero recordé a tiempo aquel sabor extraño. En su lugar le robé el suyo a Leonardo y fingí no darme cuenta de que me miraba con curiosidad.

—¿Le pasa algo al tuyo?

—Sabe mal. No me gusta. Pero el tuyo está... guau, delicioso.

Me bebí más de la mitad de su vaso, saboreando el maracuyá puro. Ese no tenía nada raro, y suspiré aliviada porque, si no, ¿cómo iba a tragarme el medio kilo de harina que tenía atascado en la garganta? Me habría muerto ahogada, eso es lo que habría pasado.

—¿Raro cómo? —preguntó, limpiándose la boca con una servilleta.

—Raro. Así de raro.

Habría seguido comiendo, pero me atraganté con el aire y empecé a toser. Leonardo cogió mi zumo y primero lo olió.

Frunció el ceño, dio un pequeño sorbo y arqueó las cejas al verme pasar de una tos leve a toser desesperadamente.

—¿Estás bien? —preguntó, divertido. Volvió a probar mi zumo—. No está malo como dices. Es una mezcla interesante. Acerola con algo. Sabe a...

Intenté dar un sorbo a su zumo de maracuyá, pero abrí mucho los ojos cuando de pronto se me empezó a cerrar la garganta.

—Sabe a... —volvió a intentarlo, pero a él también se le abrieron los ojos como platos al llegar a la misma conclusión que yo—. ¡Fresa!

Leonardo se puso en pie de un salto y se abalanzó sobre mí mientras yo luchaba por respirar.