52 Vete Pa La
ANTONELLA
Era ya noche cerrada y no podía dormir.
Leonardo suspiraba sin parar a mi lado en la cama mientras yo daba vueltas y más vueltas. Gracias a Dios que no ronca, solo suspira, porque, si roncara, dormiría en el salón.
No podía dormir y, por lo visto, iba a pasarme toda la noche despierta.
Me levanté a beber un vaso de agua. Abrí la nevera y, en vez de agua, saqué una botella de leche.
La dejé sobre la encimera y busqué un vaso en el armario. Dentro encontré media docena de cajas de cereales y supuse que eran cosa de Leonardo, porque era él quien se había encargado de la compra el último mes.
Odio los cereales y solo los tenía en casa por Gian, pero, de la nada, me entraron unas ganas desesperadas de comer esa mierda.
Llené un cuenco y me fui al salón. Encendí la televisión y busqué algo que ver.
Cuando Leonardo se despertó unas horas después, yo sollozaba sin control viendo morir a Elena Gilbert en Crónicas vampíricas por cuadragésima vez, más o menos.
—¿Qué haces aquí fuera? —preguntó adormilado. Bostezó y yo subí las piernas para que pudiera sentarse a mi lado en el sofá.
—Viendo la tele —constaté lo obvio.
—¿Viendo qué?
Señalé la televisión.
—¿Otra vez TVD?
—¿Y qué pasa? Puedo verla las veces que me dé la gana. Faltaría más.
Sonrió, pero enseguida frunció el ceño al ver que tenía la cara empapada en lágrimas y, qué vergüenza, también en mocos.
—¿Por qué lloras?
—Porque Elena ha muerto —dije entre sollozos.
—Creía que no te caía bien.
—Y no me cae bien.
—Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó sin entender nada.
—Porque me alegro de que la muy zorra se haya muerto por fin —expliqué, y otras dos lágrimas de alegría me resbalaron por la cara mientras veía a Damon Salvatore, la novena maravilla del mundo justo después de la octava —mi delicioso prometido—,
llorando sobre el cuerpo de la estúpida de Elena Gilbert.
Leonardo se me quedó mirando un momento más, incapaz de entender por qué estaba tan inestable emocionalmente. Yo tampoco lo sabía, colega, pero, si tú lo averiguas, avísame.
—¿Vas a trabajar hoy? —preguntó, y negué con la cabeza sin apartar los ojos de la pantalla.
Tendría que haber vuelto al trabajo unas semanas antes y, en cierto modo, lo había hecho, pero decidí tomarme un tiempo para mí.
Para valorar mis opciones, pensar con calma qué hacer y todo eso.
Aunque, sinceramente, lo que tenía que hacer estaba bastante claro: llevar yo misma mi propia empresa a partir de ahora.
Y Leonardo me había ayudado muchísimo mientras tanto. Contrató él mismo a un contable nuevo para mí y a otro para el bufete porque, según él, necesitaba dos.
Todavía no entendía del todo por qué, pero me fiaba de él.
Tenía que pasarme por mi oficina con regularidad para asegurarme de que todo funcionaba como yo quería. Decidí que, antes de renunciar al trabajo que me había salvado la vida unos meses atrás, al menos terminaría los pocos casos que me habían asignado antes de recuperar todo lo que era mío.
Aun así, seguiría apareciendo por allí bastante a menudo. Porque, ya sabéis, todavía me quedaban unas cuantas habitaciones del despacho de Leonardo por estrenar.
—Tengo hambre —comenté como quien no quiere la cosa, aún concentrada en un Damon Salvatore deprimidísimo, pero tremendamente buenorro.
Leonardo se levantó con una sonrisa y negó con la cabeza, sin que le molestara lo más mínimo que yo estuviera a punto de babear por otro hombre.
No le importaba porque sabía que yo babeaba. Y no por uno solo, la verdad.
Por varios a la vez, incluso. Si alguien está bueno, voy a babear, y él no va a impedirme admirar a la gente guapa que hay por ahí.
Volvió de la cocina con un trozo de pizza fría que ya casi celebraba su cumpleaños en la nevera. No se molestó en calentarla porque sabía que me encanta comer las cosas frías.
También cogió un trozo de tarta de fresa para él.
Me pasó mi plato y casi me ofreció el suyo, pero en el último segundo se acordó de que soy alérgica a las fresas.
Frunció el ceño, enfadado consigo mismo, y yo fingí no darme cuenta.
Leonardo es olvidadizo a veces, lo cual me divierte muchísimo. Pero, como se pone furioso consigo mismo cada vez que se le olvida algo sobre mí, muchas veces me toca tragarme la risa y disimular.
—¿Hoy tienes que llegar pronto al despacho? —pregunté cuando terminé de comer, fingiendo otra vez que me daba igual.
Se lamió la fresa de los dedos y negó con la cabeza mientras acababa lo suyo. Hice un esfuerzo heroico, me levanté, recogí los platos y los llevé a la cocina.
Le llevé un vaso de agua y un caramelo de menta para que se quitara de la boca cualquier rastro de aquella fruta roja y venenosa —venenosa para mí, al menos—.
Le metí el caramelo en la boca y me senté en su regazo con unas segundas intenciones muy evidentes y muy pocas esperanzas.
Aunque no os lo creáis, Leonardo llevaba dos semanas negándose a acostarse conmigo.
Literalmente, me dejaba con las ganas y se iba a dormir temprano todas las noches mientras yo daba vueltas en la cama preguntándome qué demonios le pasaba a aquel hombre.
—¿Qué tal un polvo rápido antes de la ducha? —sugerí con una sonrisa dulce—. No tardamos nada. Fóllame aquí mismo, rapidito, y luego sigue con lo tuyo.
Se me rio en la cara y ni siquiera me importó. A esas alturas, después de dos semanas de sequía, mi sutileza se había largado junto con mi paciencia y seguramente andaba flotando por el espacio exterior.
—Tengo que irme ya o llegaré tarde —dijo.
Eché un vistazo al reloj del salón y confirmé que la mañana apenas había empezado.
—Pues que sea un polvo rapidísimo. Cinco minutos —sugerí, y le besé el cuello mientras contoneaba las caderas sobre su regazo.
El muy hijo de puta podía negarse todo lo que quisiera, pero su polla, despertando entre mis piernas, dejaba muy claro lo mucho que me deseaba él también.
Más o menos había desistido de intentar entender cuál era su problema después de la primera semana. Para entonces solo estaba desesperada y necesitaba con urgencia una buena dosis de polla para poder seguir funcionando como una persona normal.
A esas alturas me ponía cachonda cualquier cosa. Hasta una brisa que le diera a la chica de ahí abajo; estaba subiéndome por las paredes con aquella abstinencia del infierno.
—Antonella... —Intentó apartarme, pero no se lo permití.
Le agarré del pelo y lo besé con avidez, gimiendo sin dejar de mover las caderas. Noté sus manos recorriéndome el cuerpo, titubeantes, y suspiré contra su boca, encantada con aquella pequeña victoria.
Me desnudé a toda prisa y habría vuelto a saltar sobre su regazo, pero él fue más rápido.
Me agarró y me tumbó de espaldas en el sofá, abierta de piernas para que disfrutara de la vista. Se quedó mirándome el coño, empapado de deseo, y se relamió con hambre.
—Sí, por favor —supliqué, y empecé a tocarme para desahogar el deseo y buscar alivio como fuera.
Pero quería más. Durante los últimos días, mis dedos se habían convertido en mis mejores amigos, pero Xavana necesitaba otro tipo de carne para sobrevivir, ya sabéis a qué me refiero.
Leonardo se colocó entre mis piernas y me destrozó el coño con la boca hasta que acabé llorando y delirando de placer.
Me corrí casi sollozando de alivio, temblando sobre el sofá.
Pero aún quería más. Su lengua sola no bastaba.
Intenté atraerlo hacia mí, sudorosa y sin aliento, pero se resistió. Me besó en la boca y me chupó la lengua con tanta fuerza que gemí; después se apartó.
—Tengo que irme —avisó, levantándose.
—Esta gilipollez ya ha durado demasiado —me quejé—. Si ya no quieres follarme, encontraré a alguien que sí quiera, colega —amenacé, y el cabrón se echó a reír.
—Anda, prueba suerte, cariño. A ver qué pasa.
Y el muy asqueroso aún tuvo el descaro de burlarse de mí.
Se fue casi corriendo al baño, pero no consiguió disimular lo excitado que estaba él también.
Suspiré, insatisfecha, y me dejé caer de nuevo sobre el sofá.
Me quedé mirando el techo y me pregunté por enésima vez qué demonios le pasaba. O sea, aquel hombre me había pedido que me casara con él —prácticamente me lo había suplicado, de hecho— y, cuando por fin le dije que sí, se sacó de la manga aquella nueva tontería.
Me había montado mil películas en la cabeza, todas las explicaciones idiotas que se me ocurrían, pero no llegaba a ninguna conclusión.
Incluso llegué a pensar que quizá fueran los kilos de más que había cogido últimamente. Pero, si ese era el problema, la culpa era suya y de su padre, porque me atiborraban de comida cada vez que tenían ocasión.
Xavana no tenía nada que ver con todo aquello, pero era la que más estaba sufriendo, pobrecita.
Seguía despatarrada en el sofá, desnuda y enfurruñada, cuando apareció con un aspecto dolorosamente arrebatador, con un traje Armani azul marino y oliendo como probablemente huela la encarnación física del pecado. Es decir, a él mismo.
Intentó abrazarme, todo encantador y descarado, pero le di una patada en el estómago y lo aparté.
El muy cabrón no pareció notarlo siquiera y me besó la frente igualmente.
—Que tengas un buen día, cariño —dijo entre risas al ver mi cara de enfado, e intentó besarme otra vez, sin ser consciente en absoluto del peligro que corría.
—Vete a la mierda —gruñí, levantando un pie y apuntando a sus pelotas.
En ese momento me importaba un bledo mi parque de atracciones. Si no podía usarlo, que se muriera y así podríamos comprometernos por fin con una relación asexual, cogernos de la mano y seguir adelante con esta vida miserable.
—Te quiero —dijo con una sonrisa de idiota. Me abrazó y se rio porque mi indignación le parecía divertidísima.
—¡Métete todo ese amor por el culo! —Conseguí apartarlo lo suficiente para darle una buena patada en una pierna. Apunté a las pelotas, pero fallé por un pelo—. Suéltame, tío. Quítate de encima —me quejé cuando volvió a agarrarme—. Vete a follarte a la tortuga de tu despacho y olvídate de que existo.
Lo dije porque sabía que así se echaría atrás, y funcionó.
Leonardo me miró muy serio y, al ver mi cara de cabreo, torció el gesto.
—¿Otra vez con esta mierda? —preguntó, incrédulo.
—Sí, otra vez con esta mierda. Todos los días, esta mierda. Para siempre. —Me incorporé bien en el sofá, sin apartarle la mirada—. Si no te estás follando a la tortuga, ¿a quién te estás follando? ¿A Thatyanne? ¿A Clara? ¿A alguno de los abogados? ¿A Gabriel?
Tenía que intentarlo porque, bueno, ¿quién sabe? Tal vez a Leonardo le hubiera dado por ahí que estaba harto de coños y quería probar con alguna polla por ahí.
En esta vida nada es imposible.
—No se trata de eso. No me estoy follando a nadie.
—Ya, yo tampoco. Y estoy harta de esta puta sequía.
¿Por qué me pediste que me casara contigo?
¿Para tenerme de adorno? ¿Para calentarte la cama por las noches y escucharte roncar?
—refunfuñé—. Mira, tío, en serio. Si ya no quieres follarme, dilo y punto.
Sin malos rollos. Yo por mi camino y tú por el tuyo.
Me busco a un tío cualquiera y soluciono el problema en un plis. Solo tienes que decirlo.
—Primero, yo no ronco. Segundo, tú no vas a salir por ahí a buscarte a ningún puto tío, pequeña amenaza.
Se cabreó, y yo admiré la desfachatez de aquel hombre. Él no me quería, ¿pero tampoco podía tenerme nadie más? Ah, pues ya iba a ver.
—¿Ah, sí? ¿En serio? Pues vas a aprender algo. Anda, vete ya. Vete a trabajar dos horas antes fingiendo que tienes algo superimportante que hacer. Muy bien. Pero no te sorprendas cuando vuelvas a casa y me encuentres en la cama con otro —amenacé.
Llegados a ese punto, Leonardo me conocía lo suficiente para saber cuándo hablaba en serio y cuándo iba de farol.
Esta vez era lo segundo. Porque sí, soy idiota y quiero a este maldito hombre.
Por desgracia para mí, la única polla que quiero es la suya. Trágico.
—No lo harías.
Encima se burló de mí. Me besó la frente, las mejillas, la boca, y por fin se apartó.
—De verdad que tengo que irme.
—Puedes irte al puto infierno, me da exactamente igual —volví a refunfuñar, y aparté la cara cuando se echó a reír y se largó.
Suspiré, irritada, y volví a clavar la mirada en el techo.
No había manera de entender a ese hombre. Tal vez se había cansado de verdad de follarme. Dios y mis vecinos de abajo sabían de sobra que lo había hecho un montón de veces.
Me quedé despanzurrada en el sofá durante horas, todavía desnuda y enfurruñada, imaginando todas las causas o explicaciones posibles de la repentina locura de Leonardo, hasta que el estómago empezó a pedir auxilio a gritos.
Me levanté a buscar algo de comer en la cocina y, al mirar el reloj, vi que casi era la hora de la comida.
Había estado tan metida en mis pensamientos que no había visto pasar el tiempo.
Decidí ducharme primero y, mientras el estómago se me rebelaba por el abandono, me pregunté si no sería buena idea presentarme en el despacho de Leonardo e invitarlo a comer.
Y, o sea, a mí ni me importaba si de verdad andaba metido en algo, como sospechaba, ni nada.
Solo quería comer con él y retomar la conversación donde la habíamos dejado.
Yo no soy celosa ni nada de eso. Y, por supuesto, en ese preciso momento no estaba follándose a Andréia ni a ninguna otra mujer. Claro que no.
Acabé la ducha a la velocidad del rayo y, cinco minutos después, ya iba de camino al despacho, porque ojos que no ven, corazón que lo siente, y el refrán está completamente mal dicho, pero me da igual.
Había llegado el momento de pillar a ese cabrón con las manos en la masa y, si mis sospechas eran ciertas, podía despedirse de la polla, porque hoy lo castraba.