51 Mentiras sexuales
ANTONELLA
—¿No? —preguntó Leonardo, atónito.
Pero no tanto como yo, os lo aseguro.
—No —repetí, y negué con la cabeza con énfasis.
—¿Qué quieres decir con «no»?
—¡No significa no!
Me levanté del sofá de un salto, de golpe completamente despierta.
—Explícate, por favor —pidió, y se puso también de pie.
En su defensa, no parecía enfadado por mi respuesta. Solo sinceramente confundido. El pobre estaba convencido de que diría que sí.
—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos? ¿Dos meses? ¿Tres?
Evité mirar a Marins, que observaba la escena con suma concentración.
—Tres meses y diecisiete días —respondió Leonardo, y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no derretirme allí mismo hasta convertirme en un charco y aceptar su propuesta.
¡Leonardo había contado los días que llevábamos juntos! ¿No era adorable?
Muy adorable, sí, pero aun así.
—Tres meses y diecisiete días siguen siendo tres meses y diecisiete días, no cinco años, que es el tiempo que considero necesario para que dos personas se conozcan bien antes de asumir un compromiso serio como el matrimonio —dije con firmeza,
y él me miró con aquellos preciosos ojos verdes y una expresión concentrada.
—¿Dudas de lo que siento por ti? ¿O de lo que tú sientes por mí? —preguntó muy serio.
—No se trata de eso.
—Entonces, ¿de qué se trata?
—No sé exactamente cómo explicártelo, pero siento que todavía apenas nos conocemos.
—Ya vivimos juntos —me recordó, y yo hice una mueca.
—Sí, pero eso es porque eres un cotilla y te mudaste a mi casa sin que nadie te invitara —repliqué, y él se rio en mi cara. Sabía que esa era mi forma de hablar y que decía lo primero que se me pasaba por la cabeza, así que no se ofendió.
—¿Quieres que me vaya?
Me froté la frente.
—No, Leonardo. Me gusta vivir contigo. Eres sorprendentemente limpio y no lo dejas todo hecho un desastre, para ser hombre. Puedes quedarte en mi casa todo el tiempo que quieras.
—¿Me quieres? —preguntó, acercándose y sonriendo como un demonio.
Estaba intentando tentarme con toda aquella belleza, obviamente. Pero no iba a caer porque, citando al rapero RM: «somos a prueba de balas».
—Sabes que sí —respondí, y di dos pasos rápidos hacia atrás antes de que pudiera tocarme con aquellas manos enormes y pegarme a ese cuerpo igual de enorme, como hacía siempre.
Me refugié detrás del sofá y me asaltó una repentina sensación de déjà vu—.
Y sé que tú también me quieres y todo eso. Ese no es el tema.
—Entonces explícame cuál es el tema —pidió, y detuvo por fin la persecución alrededor del sofá.
—Según todo el mundo, el matrimonio es para toda la vida —empecé, y Marins padre asintió, dándome la razón.
Estaba tan concentrado en aquel circo que apenas parpadeaba—.
Personalmente, no creo mucho en la institución.
No es más que un papel y, además, la mayoría de los matrimonios acaban en divorcio. Así que ¿qué sentido tiene?
—El sentido es que te quiero y que quiero construir una vida contigo. Una familia —explicó.
—Lo sé, pero ¿por qué ahora? Solo llevamos tres meses, Leonardo. Tengo zapatos que llevan más tiempo en mi vida que tú.
—¿Estás intentando decirme que tú no quieres lo mismo?
Cruzó los brazos sin apartar los ojos de los míos, y suspiré.
—No es eso. Lo que intento decir es que es demasiado pronto —aclaré. Parecía a punto de interrumpirme, pero me adelanté—. Y ¿cómo sabes que no estás actuando sin pensar? O sea, si yo siento que apenas te conozco, tú debes de sentir lo mismo, ¿no?
—Todo lo contrario, yo…
—Eso era retórico. No había terminado. Cállate —lo interrumpí, y seguí mientras mi suegro contenía la risa—.
Lo que intento decir es que, aunque yo te quiera y tú me quieras a mí, no hace falta precipitarnos.
Ni siquiera hemos salido juntos como pareja.
No hemos viajado, no nos hemos cogido de la mano en público, no hemos hecho ninguna de esas cursiladas.
La primera vez fue en tu despacho y, a partir de ahí, hemos ido alternando entre allí y mi casa.
Eso es todo. Perdona, suegro, pero es la verdad —añadí cuando hizo una mueca al oír la parte del despacho—.
Pero la culpa es de tu hijo, que es un pervertido. Lo siento.
—Eres joven. Lo entiendo. Recuerdo cómo eran las cosas en mi época, y yo también hice mis cosillas en ese mismo despacho —dijo alegremente, y me habría reído de no ser porque sus palabras me recordaron algo.
Volví a mirar al hombre absurdamente buenorro que tenía delante, con los brazos cruzados y la expresión cerrada.
—Y no sé si lo recuerdas, pero hace poco te pillé con otra mujer en ese mismo despacho.
—Abrió la boca, pero levanté una mano para detenerlo y me centré en Marins padre, que ahora parecía horrorizado—.
Sí, has oído bien. Y no me pongas esa cara de espanto, porque hace poquísimo que conozco a este hombre, pero es tu hijo.
Deberías saber de sobra que tiene debilidad por las secretarias.
—¿Secretarias? ¿En plural? —preguntó, horrorizado. Había dejado al viejo de piedra. Por lo visto, el pobre no tenía ni idea del fetiche de su hijo.
No pasaba nada. Estaba a punto de abrirle los ojos a la realidad.
—Sí. Secretarias, en plural. ¿De cuál te enteraste? ¿De Andréia? Porque no era la única. También estaba Thatyanne, y sospecho que Clara. Solo Dios sabe cuántas más ha habido, ¿no?
—¿Y qué quieres decir exactamente? —preguntó Leonardo, muy alterado. Empezaba a molestarse, pero me daba igual.
—Lo que quiero decir es esto: ¿qué garantiza que no vuelvas a hacer lo mismo?
Porque, vamos, cuando te estabas liando con Andréia en pleno despacho, sabiendo que yo podía entrar en cualquier momento, nosotros ya estábamos juntos y tú habías insistido hasta que acepté la exclusividad.
—Señalé a Marins para que prestara atención y no se perdiera—.
Ya estabas enamorado de mí. Así que te lo pregunto: incluso con todo ese amor y esa devoción que dices sentir, ¿qué garantiza que no vuelvas a engañarme?
—Yo te lo garantizo —me aseguró Leonardo, señalándose innecesariamente el pecho. ¿Intentaba distraerme con aquel torso delicioso? Lo creía muy capaz—. ¿Es que mi palabra no significa nada para ti?
—Claro que sí. Pero todavía estoy aprendiendo a confiar en ti, Leonardo. Te quiero, de verdad, pero necesito tiempo. Necesitamos tiempo. Para conocernos mejor, disfrutar un poco de esto y todo eso. No hace falta correr.
—¿Tienes miedo de que vuelva a engañarte? —preguntó, frunciendo el ceño y negando con la cabeza—. Eso no va a repetirse. He aprendido la lección. Te aseguraste bien de eso en aquel puto club del infierno. Puedes estar segura de que no volverá a pasar.
—¿Qué pasó en ese club? —preguntó Marins, intrigado.
—Su hijo y yo estuvimos de acuerdo en que lo que había hecho estaba muy mal y que, por tanto, se merecía una lección —expliqué—.
Y no sé si sabe esto de mí, suegro, pero no soy de las que tienen que aguantar cualquier cosa, y mucho menos salir perdiendo en ninguna situación. Así que tuve que desquitarme, ¿sabe?
—¿Y cómo lo hiciste?
—Casi me follo a otro tío en un club.
Se atragantó con el aire y me miró como si estuviera loca.
Fruncí el ceño de inmediato.
—¿A qué viene esa cara? Su hijo me engañó. Esa parte la ha oído, ¿verdad?
—Te ha oído, Antonella —me aseguró Leonardo, intentando calmarme, pero yo ya estaba cabreada.
—De verdad que casi me follo a otro —repetí, mirando directamente a su padre—. Leonardo lo hizo primero. Casi se folla a esa tortuga infestada de gonorrea, así que ¿por qué no iba a hacer yo lo mismo? ¿Es que estoy muerta o qué?
—Entonces, lo que estás diciendo —empezó Leonardo, obligándome a volver a fijarme en él y a apartar a regañadientes la vista de la expresión horrorizada de su padre— es que no confías en mí. ¿Es eso?
—No, sí confío en ti. Pero también desconfío de ti —admití, lo cual no tenía ningún sentido, pero me daba exactamente igual—. Básicamente es eso.
—Necesitas tiempo —dijo, y asentí— para conocernos mejor y también para pensar en mi propuesta.
—Exactamente lo que acabas de decir.
—Mmm... —murmuró.
Bajó la vista al suelo y se quedó pensando un momento.
Suspiré, un poco aliviada, porque por fin parecía entender mi punto de vista.
Quería decirle que sí, obviamente. Pero una parte minúscula de mí no paraba de recordarme que apenas conocía a ese hombre.
A ver, yo lo quería, él me quería a mí, me había ayudado con todo el marrón del robo y ya llevábamos un tiempecito viviendo juntos.
Era guapísimo, estaba buenísimo, lo había educado de maravilla su padre, el que estaba sentado allí —el mismo que ahora nos miraba a uno y a otro con absoluta concentración—, estaba buenísimo, era un buen hombre, estaba buenísimo, responsable, estaba buenísimo, no era ningún vago inútil,
además estaba bueno más allá de lo razonable, me cuidaba de maravilla, gracias, estaba buenísimo a más no poder y estaba tan bueno que me volvía loca.
Pero aun así.
¡Tres meses, por el amor de Dios! ¿Quién se casa a los tres meses?
Los locos, obviamente. Porque ¿cuánto puedes conocer de verdad a otra persona en tres meses? Nada.
Leonardo podía tener algún defecto terrible que yo todavía no hubiera descubierto. Alguna costumbre horrible, peor incluso que el fetiche por las secretarias. ¿Quién sabía?
Yo desde luego no. Porque, hola, solo llevaba tres meses conociéndolo. Ese era justamente el quid de la cuestión.
—Entonces... —empezó por fin, después de pensar durante Dios sabe cuánto tiempo.
Yo me había aburrido de esperar al cabo de un minuto, así que volví a dejarme caer en el sofá y me enganché a un duelo de miradas con mi suegro.
Si seguía horrorizado por lo que había dicho, no lo demostraba.
Pero más le valía acostumbrarse a la nuera que le había tocado, porque su hijo no parecía dispuesto ni de lejos a renunciar a casarse conmigo.
—Si el problema es que crees que apenas nos conocemos, podemos prometernos ahora —sugirió Leonardo al final.
Me limité a mirarlo.
—Porque, ya sabes, no tenemos que casarnos ahora. A menos que tú quieras —añadió. Hice una mueca y él asintió—. Y no quieres, así que acepto tu decisión.
—¿De verdad? —pregunté, desconfiada.
—De verdad. Pero... —Volvió a hincar una rodilla entre mis piernas. Para ser un hombre que decía haber aceptado tan bien mi decisión, aquello resultaba bastante contradictorio—. Al menos podrías aceptar mi propuesta ahora. Así, ya sabes, podemos ir poniendo las cosas en marcha. Despacio. Sin prisas.
—¿Qué cosas? —pregunté, confundida.
—La boda, obviamente —explicó, y siguió antes de que pudiera protestar—. Que no será ahora. Solo cuando tú te sientas preparada.
Seguí mirándolo.
Aquel hombre era imposible.
Y, si no podía ganar de ninguna otra manera, el muy cabrón iba a rendirme por puro agotamiento.
—Vale —respondí, harta de toda esta mierda.
Leonardo sonrió de oreja a oreja y recogió la cajita que yo había tirado al sofá unos minutos antes como si estuviera cubierta de mierda.
—¿Quieres ser mi prometida? —preguntó, encantado. Parecía un niño, un chiquillo en Nochebuena, tan feliz que no pude evitar que se me escapara una leve sonrisa.
—Solo si me prometes que no nos casaremos hasta dentro de cinco años, como mínimo —negocié, y él sonrió y asintió.
Sacó el anillo de la caja y me miró a los ojos, guapísimo y perfecto de pies a cabeza, el hombre que quería ser mío el resto de su vida.
—Antonella Mancini DeLuca, ¿quieres casarte conmigo?
Suspiré como una completa idiota, toda enamorada y cursi, y dejé que me pusiera aquella piedra monstruosa en el dedo anular.
—Supongo —respondí, y él se echó a reír a carcajadas.
Me atacó con esos brazos enormes, me aplastó contra su pecho y me besó con todas sus fuerzas, como si no hubiera mañana.
Resulta que descubrí que este hombre es perfecto para mí. Hecho a medida para encajar con mi locura, y lo quiero más que a nada en este mundo.
Pero no pienso casarme pronto. Que se aguante.