Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 49 Lo has conseguido
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49 Lo has conseguido

ANTONELLA

Todavía no podía creérmelo. Después de tanta mierda, tantos intentos, tantos casi, la solución había aparecido casi por accidente, como si el universo se hubiese cansado por fin de machacarme.

Parecía irreal.

Pero no lo era.

Había recuperado mi herencia. Mi empresa. Mis bienes. Mi dinero.

Y Matteo —alabado sea Dean Winchester— por fin estaba en la cárcel. Y esta vez ninguna orden de habeas corpus iba a salvar a ese cabrón.

Por supuesto, los documentos que encontramos no obraron ningún milagro por sí solos.

Primero tuvimos que incorporar las nuevas pruebas a la investigación, esperar la vista y organizar toda aquella mierda como era debido.

Solo después de mi testimonio y de la impresionante actuación de Leonardo en el juzgado conseguimos llegar, por fin, por fin, hasta ahí.

Por increíble que parezca, ganamos. Y yo todavía no podía creérmelo.

Gracias a Klaus Mikaelson, cuando llegó la vista ya podía volver a hablar. Y vaya si hablé. Durante horas. No dejé en paz a nadie ni un segundo.

Me centré en la jueza y se lo conté todo. El robo, el fraude, las amenazas, lo que ese cabrón me había hecho y lo que había intentado hacer. Seguí hablando hasta que a la mujer se le pusieron las orejas rojas y por fin me cortó.

Lloré en silencio mientras esperábamos su decisión, consolada por Leonardo, el novio perfecto que, obviamente, el ángel Castiel me había enviado para compensar las cagadas de su padre.

Lloré porque sabía que aquello era definitivo. Si Matteo salía vencedor, aunque pudiera impugnar la sentencia y recurrir, yo estaba acabada.

Ya no me quedaba nada dentro para seguir luchando.

Estaba cansada. Quería recuperar mi paz. Quería días tranquilos, muchas series y personajes de ficción maravillosos que me calmaran.

Quería tumbarme tranquilamente al lado de mi novio buenorro y pensar en cosas bonitas. Como mi nuevo trabajo, mis compañeros venenosos, mis futuros casos, Claudilene y todas las demás Claudilenes a las que a lo mejor podría ayudar a partir de entonces.

Así que ahí estaba. Aquello había dejado de ser un simple caso de recuperación de bienes.

Era todo o nada. O salía de allí con lo que me pertenecía, o salía exactamente igual que había entrado: sin nada, pero por fin en paz conmigo misma.

Porque, estuviera donde estuviera mi madre, sabría que lo había intentado.

Luché. Lo di todo. Seguí adelante incluso cuando el miedo por mi propia vida se hizo más grande que todo lo demás.

Conseguí superar mis limitaciones. Tuve que aprender a vivir de nuevo cuando ella murió, y volví a hacerlo cuando me quedé sin nada.

Encontré un trabajo que aprendí a querer y volví a ejercer la abogacía, algo que jamás imaginé que volvería a hacer.

También encontré, en medio de todo aquel desastre, a un hombre extremadamente guapo y extremadamente gilipollas y, de algún modo, a su lado descubrí una parte de mí misma cuya existencia ni siquiera conocía.

Y aprendí otra cosa que tardé demasiado en entender: no hay nada de vergonzoso en saber cuándo parar.

No después de haberlo intentado, de haber luchado, caído, vuelto a levantarte y hecho todo lo que estaba en tu mano. A veces parar no es perder. A veces es simplemente negarte a que el desastre se lleve también lo poco que queda.

Volví a verme cara a cara con Matteo y, cuando sus ojos se cruzaron con los míos, descubrí que había conseguido robarme una cosa más.

Estaba acostumbrada a que los hombres me pisaran la palabra, me midieran de arriba abajo, me subestimaran y actuaran como si una mujer tuviera que demostrar el doble para merecer la mitad.

Sacarme la carrera de Derecho en un mar de hombres machistas y arrogantes me había curtido bastante para ese tipo de cosas.

Pero aquello —la sensación de terror absoluto, las manos heladas, el cuerpo entero temblando como si fuera a romperme en mil pedazos si él daba un paso más— era algo que no había sentido nunca.

Me encogí en la silla y quise desaparecer. Y solo entonces, solo cuando lo vi y no fui capaz de obligarme a mirarlo otra vez, entendí lo que me había hecho.

Sabía que muchas mujeres pasaban cada día por cosas aún peores. Saberlo no hacía que me temblaran menos las manos.

Temblé de todas formas, porque estaba traumatizada.

Leonardo no entendía por qué me escondía detrás de su cuerpo. No entendía por qué temblaba y estaba al borde de las lágrimas, aterrorizada.

Fue solo cuando miró a su alrededor, se fijó en Matteo, de pie a unos metros, vio la furia en su cara y la manera en que me temblaban las manos, cuando pareció entenderlo.

—Todo va a salir bien —dijo, y se colocó de forma que Matteo desapareciera de mi campo de visión.

Me miró con seriedad, me acarició la cara y me apretó las manos para anclarme a la realidad—.

Estás a salvo. No se va a acercar a ti y, si lo intenta, puedo romperle la cara bastante rápido —prometió con una sonrisa, guapo como cada día de su vida.

—Entonces te detendrían —murmuré, intentando calmarme y pidiéndole prestado el valor que me hacía falta.

—Se me daría genial la cárcel —bromeó, y me hizo sonreír.

—Con esa cara perfecta y ese cuerpo delicioso, serías el aperitivo de los presos, eso serías —me burlé, y él me besó entre risas.

Entonces ganamos. Y dos agentes tuvieron que escoltar a Matteo fuera de los juzgados después de que perdiera la cabeza e intentara ir a por Leonardo, que se plantó delante de mí como un muro protector.

En algún momento, sin ni siquiera buscarlo, me di cuenta de que había encontrado al amor de mi vida en aquel hombre. Y sé que suena asquerosamente empalagoso y cursi, pero me da igual.

Es verdad, y que le den.

La mayor parte de aquel día pasó entre una nebulosa.

Recuerdo lo que sentí cuando vi a Matteo por última vez.

Recuerdo haber hablado durante lo que me parecieron horas.

Recuerdo llorar sin creérmelo cuando escuché la decisión.

Y recuerdo a Leonardo, Gian, Caterina, Leonardo padre, Margot, Gabriel y Claudilene —mis nuevos amigos— gritando tan fuerte que, después de mandar callar a todo el mundo dos veces, la jueza prácticamente nos echó de los juzgados.

Volvimos a casa felices y eufóricos y, mientras todos celebraban y bebían, dormí mejor de lo que había dormido en muchísimo tiempo.

Me desperté y me encontré a un dios griego tumbado a mi lado, sonriendo como un idiota mientras miraba mi cara marcada por la almohada y mis ojos legañosos, y descubrí que sí, la vida es bonita.

No es fácil para nadie. Pero quizá esa sea parte de su belleza: después de machacarte a base de bien durante el tiempo suficiente, de vez en cuando la vida por fin deja de pegar y te regala algo bueno.

Y entonces lo único que tienes que hacer es vivir.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Leonardo por cuadragésima vez, y yo hice una mueca, con ganas de darle un puñetazo en esa carita perfecta.

—Estoy bien.

Aun así, me examinó dos veces de arriba abajo, quizá para comprobar que no me había dejado alguna parte del cuerpo en el dormitorio.

—¿Seguro? —preguntó sin convencerse, y respiré hondo.

—Sí, Leonardo. ¿Podemos irnos ya? —dije casi suplicando, desesperada por salir por fin del piso.

Lo vi fruncir el ceño, todavía receloso de mi respuesta. Volví a sentarme en el sofá, agotada ya de tanta gilipollez.

El accidente había sido hacía un mes, pero para Leonardo bien podría haber sido ayer. Me había recuperado perfectamente. No me quedaban secuelas, solo unas cuantas cicatrices, y en general estaba estupendamente.

La mandíbula todavía me dolía, pero era una molestia leve que significaba que estaba curándome bien.

Y ese era precisamente el problema de Leonardo. No lo de curarme. Me refiero al dolor de mandíbula.

Cuando volví a casa, decidí no atiborrarme de medicamentos, y mi nuevo médico —elegido personalmente por Caterina— consideró que era una decisión sensata, aunque reconoció que no habría tenido ningún problema en recetarme algo si yo se lo hubiera pedido.

Mucha gente no lo sabe, pero los medicamentos fuertes después de una operación o de un trauma físico importante pueden crear adicción, y yo no quería eso.

Véase el caso de Amelia Shepherd. No quería acabar igual que ella.

Así que, cuando volví a casa, seguía con dolores de vez en cuando, y un día cometí el error de contárselo a Leonardo.

Ahora, aunque estoy recuperada y todo eso, él cree que todavía tengo algo roto por dentro o que voy a desplomarme sin previo aviso y deshacerme en pedazos.

Al principio me pareció adorable que se preocupara tanto, pero empezaba a ponerme de los nervios.

Me miró de arriba abajo al menos tres veces y abrió la boca, dispuesto a preguntarme otra vez si estaba bien o si estaba absolutamente segura de estar bien.

—No empieces —lo interrumpí de inmediato. Cerró la boca y puso mala cara. Estaba guapísimo cuando hacía pucheros, pero me negué a dejar que su belleza me distrajera—. Lo he dicho mil veces y lo vuelvo a decir: estoy bien. Sí, estoy segura. No, no miento. ¿Podemos irnos ya, por favor?

Leonardo suspiró, consciente de que estaba siendo sobreprotector.

—Vale.

Me levanté del sillón casi de un salto, con las prisas por largarme antes de que empezara otra vez con sus neuras.

—¿Quieres que te lleve en brazos? —preguntó cuando ya casi estaba en la puerta.

—No sé si te has dado cuenta, pero no me pasa absolutamente nada en las piernas —repliqué, y él puso cara de angustia. Quería ayudarme de alguna manera. Me tocó suspirar y ceder—. Claro. Me encantaría que me llevaras en brazos.

Me cogió en brazos, encantado y satisfechísimo consigo mismo, me llevó así todo el trayecto en ascensor hasta el aparcamiento y solo me dejó de nuevo en el suelo cuando llegamos al coche.

Me senté en el asiento del copiloto y él insistió en abrocharme el cinturón, comprobó la inclinación del asiento, bajó el parasol, encendió el aire acondicionado y me preguntó unas veinte veces si estaba cómoda mientras hacía todo aquello. Solo entonces se puso al volante.

Todavía no habíamos salido de casa y yo ya estaba agotada.

No por él. Bueno, también por él, pero aquella era la primera vez que salía del piso desde el juicio de Matteo.