49 Lo has conseguido #2
Los moratones habían desaparecido, había seguido las indicaciones del médico a la perfección y, aparte de la mandíbula dolorida, estaba prácticamente como nueva.
Me había negado a salir del piso hasta aquel día porque había descubierto que arrastraba una especie de estrés postraumático.
Leonardo no tenía ni idea. Creía que me resistía a salir porque había tenido la cara deformada o algo por el estilo.
La verdad era que, después de lo ocurrido, estaba traumatizada.
Era domingo y, en un intento de convencerme de que estaba a salvo, de que Matteo estaba en prisión y de que todo iba bien, por fin había aceptado una de las miles de invitaciones a comer en casa de mi suegro.
Desde que se enteró del estado sentimental actual de su hijo, nos había invitado casi a diario, y yo le había dicho que no todas y cada una de las veces hasta entonces.
Me había inventado tantas excusas que empezaba a cansarme de todo aquel circo del trauma del infierno.
Leonardo nunca me presionó. Nunca me miró raro ni se molestó. Solo decía que era decisión mía, que no pasaba nada y que podía aceptar cuando estuviera preparada.
Tenía la sospecha de que lo sabía. Que me daba miedo salir del piso, quiero decir. Nunca dijo nada, nunca me metió prisa, nunca me miró de otra manera, pero creo que lo sabía y por eso nunca insistió.
Pero ahora había decidido que estaba harta de tanta mierda.
En algún momento tenía que despertar y volver a vivir mi vida, así que allí estábamos, de camino a casa de su padre.
—¿Todo bien? —preguntó el buenorro que iba a mi lado mientras maniobraba para salir del garaje del edificio.
—Perfecto.
Admiré aquella visión divina. Llevaba un polo blanco y unos vaqueros oscuros, y las dos prendas se ceñían a la perfección a ese cuerpo que me vuelve loca.
Este hombre está perfecto con traje y también con ropa informal, pero donde de verdad me conquista es desnudo.
Y esa desnudez en concreto me ha tenido muy ocupada durante el día, si sabes a qué me refiero.
Leonardo había decidido, más o menos, que mi piso era suyo. Dormía y se despertaba a mi lado, preparaba el desayuno todas las mañanas, me daba los buenos días con un beso y me dejaba durmiendo, más feliz que unas castañuelas.
Yo estaba disfrutando de la baja que me había mandado el médico y él, mi delicioso novio, había sido un enfermero excelente.
Me moría de ganas de volver al trabajo, pero todavía me quedaban unos días de permiso y pensaba disfrutar de todos y cada uno de ellos.
Dormí buena parte del día y me desperté con Margot preparando la comida, Gian rebuznando a mi lado en la cama mientras veía Friends —la única serie que me gusta que él accedió a ver,
y ahora estaba obsesionado con ella— y Caterina gritándome al oído que despertarse a las tres de la tarde era propio de una vaga inútil.
Últimamente me tenían entre algodones. Gian estaba casi siempre en mi casa, y mi abuela y Margot, lo mismo.
Al parecer, creían que me había quedado inválida después del accidente o algo así, pero yo no me quejaba. Me encantaba tener compañía mientras veía mis series y, si no les gustaba lo que veía, mala suerte. Iban a tragárselas igual y a escucharme comentarlas, porque sí.
—He encontrado una casita preciosa aquí cerca —comentó mi abuela el otro día como quien no quiere la cosa.
Aparté los ojos del cuerpazo de Cormac Hayes, el nuevo y delicioso cirujano pediátrico de Anatomía de Grey y futuro interés amoroso de Meredith —Dios mediante, porque DeLuca, mi tocayo sin parentesco, ya ha hecho todo lo que tenía que hacer en esta maldita historia—, y la miré con curiosidad.
—¿Ah, sí? —pregunté, intentando que no se me notara demasiado el interés.
Caterina prácticamente acampaba en mi casa todos los días, pero dormía en uno de los pocos hoteles de cinco estrellas que había en el pueblo.
Se quejaba sin parar de su alojamiento y yo medio esperaba que un día decidiera volverse a Italia, donde había vivido más años de los que yo llevaba viva.
—Sí. Un auténtico hallazgo en este pueblo dejado de la mano de Dios. Mira. —Se puso las gafas, sacó el móvil del bolso y buscó la foto—. No está exactamente a la altura de mis estándares, pero servirá.
Estudié la foto de la «casita» y aquello no tenía absolutamente nada de pequeño.
Era una mansión enorme. Tres plantas, un garaje gigantesco y un jardín inmenso y precioso. Parecía antigua y era evidente que la habían restaurado hacía poco.
Me quedé mirando la pantalla del móvil un momento, pensativa.
—¿Eso significa que vas a pasar aquí parte del año? —pregunté, todavía sin entender nada.
Me miró como si fuera tonta.
—No, hija. Estoy pensando en mudarme aquí —dijo, tomándose su tiempo para guardar el móvil y las gafas en el bolso mientras evitaba mirarme—.
Verás, no es exactamente lo que yo quería.
Pero, por lo visto, no te las arreglas sola tan bien como yo creía.
A partir de ahora hay que vigilarte de cerca, o sabe Dios en qué lío te meterás la próxima vez, ¿verdad?
Me quedé mirándola y no fui capaz ni de poner cara de ofendida por el insulto, de lo sorprendida y lo feliz que estaba.
Mi relación con Caterina no era perfecta —nos peleábamos más que otra cosa—, pero ella era el único vínculo que me quedaba con mi familia.
—¿Estás segura? No tienes que hacer esto por mí. Estaré bien, te lo prometo —le aseguré, porque vete a saber, quizá algún día perdiera la cabeza y me echara en cara que se había quedado en el pueblo por mí.
—Lo he pensado mucho y estoy segura. Quiero estar cerca de mis bisnietos —dijo mirándome la barriga.
Yo también me la miré, confundida.
—No tengo nada en la barriga, salvo la lasaña que me comí hace unas horas. Eso lo sabes, ¿no?
Se llevó una mano al corazón y puso una cara tan angustiada que hasta me habría creído la actuación si no la conociera tan bien.
—¿Vas a negarle unos bisnietos a tu abuela?
—No sé si lo recuerdas, pero ya tienes algunos. Tres, de hecho.
—Tienes razón. Se me debe de haber olvidado —dijo.
Después siguió mirándome con esperanza, batiendo las pestañas y todo. Volví a centrarme en Hayes y fingí que ella no estaba allí, taladrándome con esos ojos suplicantes de anciana, del mismo color que los míos.
Desde que se mudó, no dejaba de atormentarme con cosas así. Unas veces exigía bisnietos y otras preguntaba cuándo iba Leonardo a echarle huevos de una vez y pedirme matrimonio.
¿Os lo podéis imaginar? Yo, casada. Y a los veintiséis, nada menos. Jamás en la vida.
Por lo visto, sin embargo, Leonardo tenía otros planes.
Cosa que descubrí antes de lo que esperaba.