Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 48 No hago más que ganar
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48 No hago más que ganar

LEONARDO

Caminé por la oficina, sorteando carpetas, documentos y expedientes esparcidos por el suelo, y pensé que, si no encontrábamos pronto la maldita prueba, acabaría enterrado vivo bajo el papeleo antes de que Matteo pisara la cárcel.

El segundo día de búsqueda se había convertido en el tercero y seguíamos sin nada. Habíamos puesto patas arriba el despacho de Matteo, revisado archivos, armarios, posibles cajas fuertes y cualquier cosa lo bastante grande para esconder una hoja de papel.

Estaba a punto de tirar la toalla y de empezar a considerar en serio la posibilidad de que lo que buscábamos ni siquiera estuviera allí.

Solo que Matteo se había alterado demasiado cuando le dije lo que pensaba hacer. Las pruebas estaban allí. Podía sentirlo.

Tenían que estarlo. El problema era dónde demonios lo había escondido ese hijo de puta.

Me detuve y miré a mi alrededor. La habitación parecía arrasada por un huracán con título en Derecho: cuadros por el suelo, alfombras arrugadas, papeles cubriendo todas las superficies disponibles y mi propia cara derrotada reflejada en los ventanales.

—Esto es imposible —dijo Gian. Cogió una carpeta al azar y pasó las páginas con cuidado. Al no encontrar nada, la dejó caer de nuevo al suelo, insatisfecho—. Tiene que estar aquí.

—Matteo no lo escondería en cualquier sitio —dijo mi padre, tan agotado como nosotros. Se frotó la frente y miró la habitación con odio—. Le viste la cara en la comisaría. La prueba está aquí.

—Puede que no en este despacho —sugirió Gian—. Quizá, si registramos las otras habitaciones de esta planta...

—¿Y luego qué? —le interrumpí, cansado—. Cuando no encontremos nada en esta planta, ¿vamos a repasar las otras veinticuatro hasta hacernos viejos y morirnos en este edificio?

Gian suspiró y mi padre se quedó mirando el techo, probablemente esperando que de allí cayera alguna respuesta divina. No cayó nada.

Más tarde, Tadeu llamó para decirnos que el abogado de Matteo había conseguido por fin una orden de habeas corpus.

Se desató el caos. Metimos en unas bolsas enormes todos los documentos que aún podíamos llevarnos y Gian hizo varios viajes hasta el coche.

—Sigue cogiendo todo lo que puedas, muchacho. Yo bajaré al vestíbulo y te aviso en cuanto llegue —dijo Margot, la mujer que trataba a Antonella como si fuera una muñeca de porcelana cada vez que la veía. Estaba de nuestra parte y nos había ayudado muchísimo aquellos tres días.

Asentí y ella salió deprisa del despacho. Conseguí llenar dos bolsas más antes de que llamara.

—Está subiendo —dijo deprisa, nerviosa—. Y, además de no tener muy buen aspecto, el joven Matteo trae una mirada asesina. Parecía poseído al pasar por mi lado y ni siquiera se dio cuenta de que estaba allí.

—Gracias, Margot. Nos vamos ya.

Colgué y los tres —mi padre, Gian y yo— corrimos hacia el ascensor de servicio cargados con las bolsas.

Cuando llegamos a la planta baja, Margot nos esperaba y se relajó visiblemente al verme.

—Gracias por toda tu ayuda, Margot —dije, y ella sonrió.

—No tienes nada que agradecerme, muchacho. —Se recolocó en el hombro la bolsa, que parecía pesada—. Ahora, vamos. Necesito ver a mi niña.

Durante los últimos días, Caterina se había encargado de cuidar a Antonella. Lo gracioso era que Antonella no podía hablar y, por lo visto, Caterina se lo había tomado como una autorización divina para hablar por las dos.

Llegamos a casa y dejamos caer las bolsas en el salón. El apartamento estaba extrañamente silencioso y fui a buscarlas.

Antonella solía pasar mucho tiempo en el dormitorio, obligada a guardar reposo, pero cuando abrí la puerta no había ninguna de las dos.

Registré todo el apartamento y, al ver que no estaban en ninguna parte, saqué el móvil para llamar a Caterina.

Entonces oí que se abría la puerta de entrada y un alboroto repentino fuera.

Volví al salón y las encontré.

—Ah, ya habéis vuelto —dijo Caterina mientras guiaba a dos hombres por la sala. Supuse que eran repartidores, porque los dos cargaban con varias bolsas de la compra—. ¿Habéis tenido suerte hoy?

—No hemos encontrado nada —respondió mi padre.

Antonella se detuvo en el umbral y la miré con curiosidad. Había algo distinto en ella. No lograba saber qué.

La repasé de arriba abajo. La ropa era nueva, pero no era eso.

Entonces me miró con expresión cerrada y el ceño fruncido.

—¿Qué...? —balbuceé mientras me acercaba a ella. La sujeté por los hombros y le examiné el rostro, alarmado—. ¿Qué te has hecho? ¿Dónde están los moratones?

La había visto esa misma mañana y me sabía de memoria cada pequeña marca de su cara.

Pero ahora no había nada. Hasta las pecas que tanto me gustaban habían desaparecido.

—Se llama maquillaje, Leonardo —respondió Caterina sin la menor paciencia.

Se acercó y repasó a su nieta con satisfacción—.

Antonella empezaba a deprimirse de tanto encierro, así que me llevé a la chica a la calle.

Ya que estábamos, aprovechamos para arreglarla un poco porque, seamos sinceros, le hacía falta.

Antonella frunció aún más el ceño. Caterina la ignoró.

—¿Y bien? ¿No está maravillosa?

Antonella me miró y vi lo cansada que estaba. Suspiré y le acaricié la cara, sabiendo exactamente dónde seguían escondidos los moratones bajo todo aquel maquillaje.

—Antonella está preciosa siempre. Está preciosa ahora y seguiría estándolo aunque se levantara de la cama con la cara marcada por la almohada y el pelo hecho un nido de pájaros —respondí. Ella puso los ojos en blanco, pero alcancé a ver el amago de una sonrisa.

El soporte de la mandíbula aún tendría que llevarlo unos días más. Aun así, a medida que bajaba la hinchazón, Antonella empezaba a recuperar algo de movilidad en la boca.

Al menos sus labios, ahora curvados en una sonrisa apenas perceptible, volvían a moverse.

Caterina resopló y se enfrascó en una animada conversación con Margot mientras yo no podía apartar los ojos de la mujer que tenía delante.

—¿Cansada? —pregunté en voz baja. Ella suspiró y asintió. Después miró a su abuela, que inspeccionaba uno por uno los artículos de las bolsas de la compra como si estuviera haciendo una auditoría del Estado, e hizo una mueca.

—Lo sé. Puede ser agotadora.

Antonella volvió a asentir y yo sonreí. Me agaché, la levanté en brazos y la apreté contra mí.

Aspiré su olor y, por primera vez en todo el día, conseguí relajarme. Los papeles, Matteo y toda aquella mierda se quedaron fuera unos segundos. Lo que importaba lo tenía entre los brazos.

—Voy a acostarte —murmuré contra su pelo. Antonella se acurrucó contra mí sin protestar. Estaba agotada. Y, por mucho que comprendiera las intenciones de Caterina, seguía queriendo saber quién había autorizado a aquella mujer a convertir la recuperación de un accidente en una expedición de compras.

Caminé despacio por el apartamento, hablándole en voz baja de mi día y quejándome de lo cansado que estaba yo también.

Le conté que habían puesto a Matteo en libertad y que nos habíamos llevado todos los documentos que pudimos antes de salir corriendo de la oficina.

Me pareció extraño que no reaccionara. Solo cuando me agaché para meterla en la cama me di cuenta de que se había quedado dormida a mitad de mi relato.

Sonreí y le quité los zapatos antes de taparla. Antonella estaba tan en paz que me dieron ganas de tumbarme a su lado, cerrar los ojos y mandar al resto del mundo a la mierda durante unas horas. Por desgracia, el resto del mundo seguía esperando en el salón.

Le besé la frente, puse el aire acondicionado al máximo porque a ella le gustaba esa temperatura de morgue y cerré la puerta con cuidado.

Volví al salón y suspiré mientras me sentaba en uno de los sofás.

—¿Se ha dormido? —preguntó Gian, que arrastró una de las bolsas hacia nosotros y se sentó a mi lado.

—Sí. Estaba agotada —respondí, y le lancé a Caterina una mirada crítica—. Antonella todavía se está recuperando. Necesita descansar.

—Lo sé —suspiró—. Pero la pobre estaba tan triste encerrada en ese cuarto… Pensé que ir un rato de compras la animaría. Antes siempre funcionaba.

—Antonella no ha vuelto a ser la misma desde que Matteo la robó —admitió Gian—. Pero ya unos años antes había dejado de echarse esas jornadas enteras de compras. Lo compra todo por internet porque es más cómodo.

—Bueno, conmigo siempre iba de compras cuando yo venía de visita. ¿Me estás diciendo que Antonella solo venía porque se sentía obligada?

—No —respondió él entre risas—. Creo que lo hacía porque era lo que te gustaba a ti. Y porque es prácticamente un ritual para vosotras cada vez que vienes a la ciudad.

—Hum —refunfuñó, pero enseguida volvió a distraerse con las compras. Levantó una camisa horrorosa de un rosa chillón y se la enseñó a Margot.

—Mira. ¿A que es bonita? Antonella va a estar divina con ella.

Gian soltó una carcajada y yo sonreí. Me hundí más en el sofá y me froté la nuca. Fue entonces cuando me di cuenta de lo callada que estaba Margot.

—¿Estás bien? —pregunté. Acerqué una de las bolsas y empecé a revisar las carpetas que habíamos metido dentro de cualquier manera. Más tarde tendría que ordenar aquel desastre por montones si alguna vez quería volver a encontrar algo.

—No lo sé. Cuánto me gustaría poder ayudar a mi niña —respondió. La angustia de su voz me borró la sonrisa de la cara.

Margot se quitó del hombro la bolsa, que pesaba, y sacó unos papeles. Debía de haberlos cogido en la oficina antes de irnos. Se lo agradecí en silencio, aunque a esas alturas ya casi no me quedaba esperanza de encontrar nada nuevo.

Habíamos revisado demasiados documentos. Volveríamos a repasarlos todos porque ya no se nos ocurría nada mejor.

—¿Qué tienes ahí? —le preguntó Gian, para distraerla. Yo entendía su angustia. También la sentía.

—Ah, una de las chicas jóvenes, una becaria nueva de la oficina, buscaba la sala de destrucción de documentos y traté de ayudarla. La pobre estaba completamente perdida, así que le dije que ya se los llevaba yo, pero luego se me olvidó.

Margot suspiró e intentó colocarse bien la carpeta en el regazo. Varios documentos se escaparon y se desparramaron por el suelo.

—Yo los recojo —dije cuando empezó a agacharse.

Me agaché a recoger las hojas y ya se las estaba devolviendo cuando el título en negrita de una de ellas me llamó la atención.

«ESCRITURA DE DONACIÓN DE BIENES».

Me quedé mirando aquellas cinco palabras demasiado tiempo. Después hojeé las páginas siguientes y se me aceleró el corazón cuando por fin comprendí lo que tenía entre las manos.

—No me lo puedo creer, joder —murmuré, conmocionado.

Lo leí otra vez y le arranqué la carpeta del regazo a Margot sin darme cuenta de lo que hacía, y la pobre mujer dio un respingo.

Pasé las páginas una vez. Y otra.

—¿Q-qué te pasa? —preguntó ella, sobresaltada, pero no pude responder.

Noté que Gian se acercaba para leer por encima de mi hombro.

—¿Qué es, Leonardo? —preguntó con curiosidad, y me quitó uno de los papeles de la mano. Lo leyó, no entendió nada y miró a mi padre, desconcertado.

—¿Tu hijo está sufriendo algún tipo de episodio médico o un ataque de nervios?

—Déjame ver eso —dijo mi padre, y Gian le tendió la hoja.

Miré a Margot, que me observaba con preocupación y curiosidad.

—¿Esto te lo ha dado una becaria? —pregunté atropellando las palabras. Me temblaban las manos, y la voz también.

—¿Y estaba buscando la sala de destrucción de documentos?

—S-sí —tartamudeó ella, y miró a su alrededor, confundida.

A mi padre se le abrieron los ojos como platos. Me miró y sonrió.

—¿Esto es…?

—¡Lo es! —grité, y me levanté del sofá de un salto. Agarré a Margot, la alcé en brazos, le besé la mejilla y empecé a dar vueltas con ella por la habitación.

—¡Eres un ángel! Eso es lo que eres. ¡Un ángel!

—¡Oh! —Se sobresaltó con mi ataque repentino, pero ella también me besó la mejilla, aunque seguía confundida y no tenía ni idea de lo que estaba pasando—. Gracias, supongo. Tú también, muchacho.

—¿Esto significa lo que creo que significa? —preguntó Gian con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Lo que te ha hecho dar saltos por la habitación como una gacela es lo que llevamos buscando todo este tiempo?

Caterina, tan curiosa como los demás, me arrancó la carpeta de las manos y empezó a leer.

Abrió mucho los ojos. Luego se le abrió la boca de par en par. Después miró a Margot.

—¡Es un milagro! ¡Eres un ángel en la Tierra, alabado sea el Señor! —gritó antes de quitarme a Margot de los brazos y seguir ella misma con la celebración.

Una mancha roja me llamó la atención. Antonella estaba de pie en la puerta del salón, envuelta en un edredón, con el pelo apuntando en todas direcciones y una cara de haberse despertado en mitad de un arrebato religioso colectivo.

Me miró con una pregunta silenciosa en los ojos.

Fui hacia ella prácticamente vibrando. Antonella retrocedió dos pasos, sobresaltada, y me obligué a recordar sus heridas antes de agarrarla. La abracé con cuidado y la besé en los labios.

—Lo hemos encontrado —susurré contra su boca—. Bueno, en realidad lo ha encontrado Margot. Vas a recuperarlo todo, mi amor.

Siguió mirándome confundida unos segundos. Entonces lo comprendió.

Primero llegó la esperanza. Después, el miedo a haberlo entendido mal.

—Sí, exactamente —confirmé entre risas mientras le besaba la cara—. Hemos encontrado lo que necesitábamos. Ahora podemos demostrar que no lo entregaste todo voluntariamente. Vas a recuperar lo que es tuyo, mi amor.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y le fallaron las piernas. Cogí a Antonella en brazos antes de que diera con el suelo.

Lloró sin apartar la mirada de mí. Le besé la frente y después la boca.

—Puedes llorar —susurré—. Esta vez es por algo bueno.

Y con Antonella llorando en mis brazos, Caterina dando gracias a Dios lo bastante alto para que la oyera todo el edificio y Margot todavía sin entender del todo por qué acababa de salvar el día, por primera vez creí de verdad que toda aquella mierda se estaba acabando por fin.