47 Le encanta
LEONARDO
—¡N-no! —chilló el hijo de puta, y hasta intentó salir corriendo, pero Caterina, no sé cómo, fue más rápida.
Matteo se llevó las manos a la cabeza para protegerse, pero ella lo agarró de las dos orejas con fuerza y tiró hacia abajo hasta dejarle la cara a unos centímetros de la suya.
El cabrón soltó un grito agudo y se puso a llorar como un niño. Para mí, se merecía algo peor.
—Lo que le hiciste a tu prima —empezó, furiosa— no se hace.
No tienes escrúpulos, igual que tu padre.
Vosotros dos sois la mayor vergüenza de mi vida.
Mancháis el apellido de mi familia cada día como si fuera un deporte de competición, y llevo demasiado tiempo callada.
Ahora me vas a escuchar, delincuente de pacotilla, y vas a responder a mis preguntas.
—Le retorció las orejas aún más fuerte y él gritó más alto—.
¿Eso significa que estás escuchando? ¿Esta vez vas a hacerle caso a la abuela o necesitas ayuda?
Hizo ademán de tirar todavía más fuerte, pero Matteo asintió frenéticamente, con lágrimas corriéndole por la cara.
—¿Dónde está Rubens? ¿Está metido en estas porquerías tuyas?
—No sé dónde está. Y no, no tiene nada que ver con nada de esto —respondió al instante. Me impresionó la eficacia de Caterina. Tadeu se rio y empezó a apuntar algo en una libretita. Matteo miró alrededor, angustiado—. Ya no soy un niño. ¡Suéltame!
En respuesta, ella le retorció las orejas aún más y él volvió a gritar. Incapaz de aguantarme más, me reí de su desgracia, y él me fulminó con la mirada pese al dolor.
—¿Qué hiciste con el dinero de Antonella? —siguió Caterina con el interrogatorio, al parecer indiferente a los gritos de su nieto.
—El dinero es mío —respondió, retorciéndose para intentar zafarse—. La empresa, las acciones, todo está ahora a mi nombre. Antonella no tiene nada. ¡Todo es mío!
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo lograste exactamente? —pregunté, y di un paso adelante—. ¿Cómo lo hiciste? Acabas de decir que Rubens no tiene nada que ver, así que ¿cómo conseguiste una transferencia firmada por Antonella?
Matteo optó por el silencio, y yo sonreí satisfecho.
—La firma es falsa, ¿verdad? —Sin dejar de sonreír, miré a mi padre—. ¿Sabes lo que eso significa?
—Que la lista de delitos de este joven no deja de alargarse por momentos —respondió él con una sonrisa.
Matteo no dijo nada, pero la alarma se le iba extendiendo por la cara.
—Falsificar su firma ya sería un delito, Matteo.
Usar un documento falso para apoderarte de los bienes de otra persona solo empeora tu situación —dije, mirándolo fijamente—.
Y eso sin llegar al resto de la lista. Porque, por lo visto, robarle y humillar a tu propia prima no te bastaba.
También intentaste violarla. Y ahora casi matas a Antonella.
—Tengo una coartada —dijo—. Soy inocente.
Matteo estaba pálido, le temblaban los labios y tenía la frente empapada de sudor. Pero aquello no me bastaba ni de lejos. Si acaso, me enfurecía todavía más.
Lo que ese cabrón le había hecho a mi mujer no iba a quedar impune.
Antonella estaba en el hospital por su culpa. Tenía la cara y buena parte del cuerpo llenas de moratones por su culpa.
Ni siquiera había podido pedir ayuda ni llamar a nadie después del accidente, porque se había lesionado la mandíbula y todavía no podía hablar.
Me acordé del dolor que me atravesó el pecho cuando me llamó Gian. Del trayecto hasta el hospital, conduciendo casi a ciegas, incapaz de pensar en nada que no fuera Antonella.
Entrar en el hospital y verla así...
Antonella no se merecía nada de aquello. Nadie se lo merecía. Y la mierda no parecía tener fin, porque Matteo siempre encontraba la manera de echarle encima un desastre más.
Ya se había visto obligada a cambiar toda su vida por culpa de ese cabrón. Había estado a punto de perder su propia casa porque, por lo visto, robar no le bastaba y decidió jugar un poco más con ella.
Todo por venganza. Todo porque un hombre humillado no soportaba ver que su prima siguiera en pie.
—Debería hacerte exactamente lo mismo que tú le hiciste a ella.
Dejarte la cara como la suya, pedazo de mierda.
—Di un paso adelante, pero una mano en el hombro me detuvo.
No le quité los ojos de encima en ningún momento—.
Escúchame bien: ríndete. Coge el dinero y desaparece.
Antonella no lo necesita para seguir siendo quien es.
Y si algún día necesita algo, ahora me tiene a mí también.
Si lo que hiciste pretendía asustarnos, enhorabuena: lo conseguiste.
Lo que no vas a conseguir es que nos rindamos.
No pararé hasta que respondas por lo que le hiciste.
—¿Crees que voy a quedarme encerrado? ¿Crees que voy a estar aquí mucho tiempo? —Matteo soltó una risa despectiva, como si empezara a recuperarse—. Mi abogado ya viene de camino y me sacará de aquí en un abrir y cerrar de ojos.
—Eso es verdad. Pero, hasta entonces, voy a poner tu despacho patas arriba y no pararé hasta encontrar lo que necesito para demostrar que eres una sabandija.
—¡No puedes hacer eso! ¡Es una invasión de mi intimidad! —gritó, con la cara entera enrojecida, y yo sonreí.
Si quedaba alguna duda sobre dónde estaban esos documentos, acababa de disiparse.
—No tienes permiso para entrar en mi despacho —gruñó, furioso.
Me reí en su cara y él intentó abalanzarse sobre mí, temblando de rabia.
Pero Caterina se interpuso entre los dos.
—Silencio —dijo, y volvió a tirarle de las orejas. Matteo se calló con un grito y yo me reí otra vez—. Basta de gritos.
—Creo que deberíamos irnos ya —sugirió mi padre, y asentí. No tenía sentido quedarse. Matteo no iba a decirnos dónde había escondido exactamente los documentos y, además, no quería estar lejos del hospital mucho más tiempo.
Caterina se mostró de acuerdo y por fin soltó a su nieto.
—Me voy ya, pero tú y yo tenemos una conversación pendiente. ¿Me oyes? —dijo, dándole dos palmaditas en la mejilla—. Todavía no he acabado contigo, mocoso delincuente.
Tadeu hizo una señal a uno de los agentes que habían observado la escena con evidente regocijo, y el hombre se hizo cargo del detenido.
Se llevaron a Matteo a rastras, protestando, y tuve que contenerme para no ir tras él y terminar yo mismo lo que Caterina le había empezado en las orejas.
Quería hacerlo. Pero no allí. No en ese momento.
—Tenemos que irnos —le dije a Tadeu, y él asintió.
—Yo lo vigilaré mientras tanto.
Mi teléfono vibró en el bolsillo y fruncí el ceño al ver el nombre en la pantalla.
—Tienes que volver al hospital —dijo Gian deprisa, sin preámbulos, en cuanto respondí.
—¿Qué ha pasado?
Se me heló la sangre. Ni siquiera me despedí de Tadeu. Le hice una señal a mi padre y salí a toda prisa del despacho.
—Está bien —explicó Gian en cuanto oyó el pánico en mi voz—. No hace falta que provoques otro accidente de camino hacia aquí. Pero tienes que venir. Ya.
—Voy para allá —respondí.
Rebusqué en los bolsillos las llaves del coche y entonces recordé cómo habíamos llegado hasta allí. Me volví y vi a mi padre sosteniendo a Caterina, que hacía todo lo posible por seguirme el paso.
—¿Qué le ha pasado a mi nieta? —preguntó con voz temblorosa y el gesto asustado.
—Gian no me ha dado detalles, pero me ha prometido que está bien. —Intenté tranquilizarla mientras la guiaba hacia el coche. Yo tampoco sabía qué estaba pasando y quería volver al hospital lo antes posible—. Tenemos que irnos.
—Pues vámonos ya —replicó, y subió al coche con una agilidad que habría ofendido a cualquiera lo bastante imprudente para mencionar su edad.
Subí al coche y, poco después, llegamos al hospital. Oí el alboroto en la habitación de Antonella antes incluso de abrir la puerta, y aceleré el paso.
Había al menos cinco residentes, cuatro enfermeras y tres médicos repartidos por la habitación. Gian estaba apoyado en la pared de enfrente de la cama, con aire tranquilo y despreocupado, pero no conseguí relajarme hasta que la vi.
Antonella estaba sentada en la cama, apoyada contra las almohadas. Una expresión obstinada cubría su rostro magullado, y fruncí el ceño, confundido.
—¿Qué demonios está pasando? —pregunté, mirando a unos y a otros.
—Ah, ya estás aquí —dijo Gian; luego miró a los médicos y me señaló—.
Ese es el prometido de la paciente —anunció.
Antonella gruñó, dejando claro que lo negaba.
Me encogí de hombros: no veía motivo para corregirlo—.
Ese es el suegro y esa, su abuela. —Se acercó, me dio una palmada en la espalda y sonrió como un traidor—. Te toca a ti. Suerte.
Observé las caras de disgusto de los médicos y la obstinación escrita en el rostro de la mujer de la cama. Sonreí y me acerqué a ella. Antonella me miró muy seria. Le besé los labios con suavidad.
—¿Qué has hecho? —pregunté en voz baja, y ella ni siquiera intentó parecer inocente. Se limitó a encogerse de hombros, como si no hubiera pasado nada.
—Antonella se niega a tomar la medicación —respondió Gian por ella, y ella asintió levemente, dándole la razón.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué no quieres tomarla?
Bajó la mirada y me di cuenta de que tenía un cuaderno pequeño y un bolígrafo en las manos. Buscó entre las páginas y señaló una que ya tenía escrita.
Porque no necesito toda esa medicación, leí.
—¿Prefieres estar dolorida? —pregunté sin entenderla.
Antonella puso los ojos en blanco y me enseñó la página siguiente, donde ya tenía preparada la respuesta. Estaba claro que ya se lo había explicado a los médicos y que no pensaba perder el tiempo escribiendo lo mismo otra vez.
Era tan propio de ella que ni siquiera me sorprendió.
Me basta con la que sea realmente necesaria. Y antes de que nadie lo pregunte, estoy lúcida y sé perfectamente lo que digo, leí. Pasó la página de inmediato.
No quiero volverme dependiente de los medicamentos.
Antonella cerró el cuaderno y me miró.
Estaba, exactamente como había escrito, perfectamente lúcida. Y, con toda la fuerza de esa obstinación que yo conocía tan bien, seguiría negándose hasta que alguien dejara de tratarla como si no entendiera su propio cuerpo.
No me estaba pidiendo permiso. No lo necesitaba.
Era su cuerpo. Y las decisiones también eran suyas.
—¿Estás segura? —pregunté con seriedad, sin apartar los ojos de los suyos. Antonella asintió y me sostuvo la mirada sin vacilar.
—Entiendo su preocupación —dijo uno de los médicos—, pero esto es un…
Lo detuve con un gesto, sin dejar de mirarla.
—¿Has entendido lo que te han explicado los médicos? ¿Que algunos fármacos pueden ser importantes para tu tratamiento y que rechazar otros puede significar más dolor?
Volvió a asentir y abrió el cuaderno. Escribió despacio y con evidente dificultad, y solo entonces me fijé en que también tenía las manos heridas.
En el dorso de la derecha, la que estaba usando para escribir, llevaba una hilera corta de puntos. Debía de dolerle horrores cada vez que cerraba los dedos alrededor del bolígrafo.
Entiendo lo que han dicho los médicos y sé cómo me siento. Tomaré todo lo que sea imprescindible para mi tratamiento. Solo que no quiero tomar nada innecesario si puedo elegir, leí en voz alta.
Suspiré y la miré un momento más.
—De acuerdo —dije.
—Entiendo su preocupación —empezó uno de los médicos, ya visiblemente impaciente—, pero no recomiendo retirar la medicación sin más, sin antes hablar de para qué sirve cada fármaco y de cuáles son los riesgos.
—Pues explíqueselo —respondí—. Acaba de decirles que tomará lo necesario. Lo que no quiere es nada de lo que pueda prescindir razonablemente.
Un segundo médico dio un paso al frente antes de que el primero pudiera contestar.
—Podemos revisar la receta con ella y separar lo que forma parte del tratamiento de lo que se le administra sobre todo para controlar el dolor y que esté más cómoda. Pero tiene que entender las consecuencias de rechazar cualquiera de ellos.
Antonella asintió de inmediato y abrió el cuaderno para escribir otra vez.
—Ahí está —dijo Caterina antes de que pudiera terminar.
Dio un paso hacia los médicos y los repasó de arriba abajo, uno a uno.
—Mi nieta ya ha respondido. Explíquenle qué es esencial, qué es opcional y dejen que decida qué acepta.
Está despierta, lúcida y, por lo visto, es la única persona de esta habitación que no siente la necesidad de convertir una respuesta sencilla en una conferencia.
—Los midió a todos de pies a cabeza—. Y pueden dejar de pavonearse para demostrar quién es el más competente.
Me reí y miré a Antonella. Seguía mirando a su abuela con esa mezcla de sorpresa y alivio.
Caterina se acercó a la cama, le cogió una de las manos, la menos lastimada, y la miró de frente.
—¿Estás segura de que es lo que quieres, niña? —preguntó con dulzura.
Antonella asintió y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Shhh. Tranquila. No llores. La abuela está aquí. Y mientras esa boquita tuya no funcione como es debido, a mí me sobra lengua para hablar por ti cuando lo necesites.
Caterina se irguió y volvió a mirar a los médicos.
—Ahora hagan lo que les ha pedido —ordenó.
Los residentes y las enfermeras empezaron a salir en fila, mientras dos médicos se quedaban a repasar la medicación con Antonella. Sin embargo, Caterina aún no había terminado.
—Y usted, joven, venga aquí —llamó al médico más impaciente.
Abrió mucho los ojos, pero se acercó—. Después de esto, quiero los papeles para trasladar a mi nieta a otro hospital.
No me ha gustado ni un pelo su actitud y, si hay algo que no tolero en esta vida, es la incompetencia.
Mi nieta es una Mancini DeLuca. No la va a tratar cualquiera.
Gian, mi padre y yo nos reímos, y Antonella apretó los labios, intentando sonreír.
El médico rondaría los treinta y pareció sopesar en serio la idea de discutir. Por suerte para él, eligió seguir con vida.
—Sí, señora —respondió el pobre hombre.
—¿Y ahora intenta insultarme? ¿Acaso le parezco vieja, muchacho? —preguntó Caterina, ofendida, y se lanzó a un discurso flamante, este sobre los terribles modales de los jóvenes de hoy y su incapacidad para mostrar el debido respeto a una mujer en la flor de la vida.
Mientras el hombre se ponía rojo como un tomate y no parecía tener ni idea de cómo escapar, yo me reí.
Porque, a ver, mejor él que yo.