46 Una última vez #2
Al parecer, lo aprobó, porque su sonrisa se ensanchó—.
Sigues siendo guapo. Piel sonrosada y una buena cintura redondita. ¿Te has buscado una mujer, muchacho?
—Oh, sí. Mi Susana es el amor de mi vida y nadie cocina como ella. Me cuida muy bien. —Se rio y nos saludó—. Leonardo. Y a usted, señor, no lo conozco todavía.
—El padre de Leonardo —dijo mi padre con orgullo, y le estrechó la mano al jefe.
—Ah, ¡el famoso Marins padre! He oído hablar bastante de usted por esta comisaría —dijo Tadeu entre risas, y señaló su despacho. Le ofreció el brazo a Caterina con una elegancia exagerada, y ella sonrió, encantada—. La pesadilla de cualquier delincuente es un abogado de renombre como usted.
Mi padre se rio encantado y me miró. Alzó las cejas y se señaló a sí mismo, ufano como él solo.
Puse los ojos en blanco y sonreí mientras los seguía al despacho de Tadeu.
—Supongo que ha venido a hablar con su nieto —dijo el jefe mientras acomodaba a Caterina en su propia silla, que, con diferencia, parecía la única decente de todo el despacho.
—Así es —confirmó ella, y dejó el bolso sobre el escritorio—. Necesito mirar a ese pequeño delincuente a los ojos y averiguar si, además de ladrón, es un asesino frustrado.
Tadeu asintió y adoptó una expresión más seria.
—Yo mismo lo traeré —dijo, y se frotó la frente, de pronto un poco incómodo—. Pero debo advertirle una cosa: Matteo es nuestro principal sospechoso. Todavía no hemos demostrado nada, pero es lo que todos creemos.
—¿Tiene una coartada? —pregunté.
—La tiene, y es una mierda de coartada. Dice que estaba en la oficina a la hora del accidente, y uno de los empleados asegura que lo vio allí —explicó Tadeu, negando con la cabeza—.
Aun así, he pedido las grabaciones de las cámaras del edificio y del aparcamiento.
Quiero cuadrar los horarios antes de descartar nada.
Asentí, y Tadeu salió de la habitación con la promesa de volver con café y con el criminal agarrado del brazo.
—Increíble —murmuró Caterina. Se puso en pie y caminó despacio hasta el otro lado de la habitación—. Siempre lo supe.
—¿Qué sabías? —pregunté con curiosidad.
Caterina nos dio la espalda, probablemente para esconder la angustia que se le veía en la cara, pero no fue lo bastante rápida.
—Giuseppe nos dejó claro muy pronto en qué clase de hombre se iba a convertir.
Y lo intenté. Dios sabe que lo intenté —murmuró, jugueteando con las persianas que cubrían la ventana interior—.
No pude cambiarlo. Después llegaron los nietos y pensé que quizá la nueva generación sería distinta.
Algunos lo fueron. Otros consiguieron ser aún peores.
—Suspiró—. Aun así, me preocupo por todos.
Por muchos motivos que me den para mandarlos al infierno.
—Claro que sí. Les guste o no, son tu familia —dijo mi padre.
—Anna Giorgia, que Dios la tenga en su gloria, siempre fue distinta.
Desaprobaba lo que hacían sus hermanos y pasó años intentando arreglar a gente que no quería que la arreglaran.
Al final se rindió y dejó que cada uno viviera su vida.
—Caterina respiró hondo—. Yo también le fallé.
Mi niña se quedó embarazada muy joven, se negó a decirnos quién era el padre y dijo que criaría sola al bebé.
En aquel momento juzgué a mi propia hija y la aparté de mí.
Es una de las cosas de las que más me arrepiento en la vida.
Antonella ya me había contado aquella historia, pero oírle reconocer a Caterina su parte en ella era otra cosa.
—Anna Giorgia murió con ese secreto, y quizá fue lo mejor —continuó—. Mi hija no era imprudente, mezquina ni vengativa. Si decidió que el padre de Antonella no formaría parte de sus vidas, sus motivos tendría. Hoy confío en su criterio.
—¿Nunca intentaste averiguar quién es el padre de Antonella? —preguntó mi padre, intrigado.
—No. Al principio, lo admito, lo intenté.
Después comprendí que esa información tenía que salir de ella.
Con el tiempo dejó de importar. Anna Giorgia cumplió la promesa que me hizo el día que la eché de casa: crió sola a su hija, y lo hizo excepcionalmente bien.
Antonella se parece mucho a su madre. En el físico y, lo más importante, en el corazón.
—Sonrió con nostalgia y se secó discretamente el rabillo de un ojo antes de volverse hacia nosotros—.
Su carácter, por desgracia para el resto del mundo, lo heredó de mí.
—Eso es evidente —comenté, y ella se rió por lo bajo.
—No crié a mi nieta como me habría gustado, porque Anna Giorgia siempre dejó muy claro que, cuando se trataba de su hija, las reglas las ponía ella. Y lo respeté. Pero me aseguré de estar lo bastante cerca para intentar evitar que Antonella siguiera el mismo camino que algunos de los demás nietos.
Se frotó la frente y añadió, con una expresión a la vez tímida y orgullosa:
—Quizá me pasé un poco, porque esa niña se fijaba en todo. A veces, cuando discutimos, me parece que estoy discutiendo conmigo misma.
—Antonella es una mujer extraordinaria —dije, sonriendo—. Imagino que aprendió muchísimo de las dos.
Caterina esbozó una enorme sonrisa y casi podría jurar que le subió un poco de color a las mejillas.
—Ay, muchacho, no empieces a halagarme. Aún tengo que observarte un tiempo antes de decidir si vales algo —dijo, y nos echamos a reír.
Sin dejar de sonreír, le tendí mi pañuelo. Lo aceptó y se secó con toda la discreción posible las pocas lágrimas del rabillo de los ojos.
—Tu familia tiene suerte de contar contigo, Caterina —dijo mi padre.
—Te agradezco el cumplido, pero eso ya lo sabe todo el mundo, joven. Hasta esos desagradecidos lo saben. —Respiró hondo—. Aunque de vez en cuando tenga que recordárselo.
—¿Y ahora qué? —dijo una voz furiosa desde fuera del despacho, que sonaba más cerca a cada segundo—. ¿Vas a volver a amenazarme? No tienes pruebas contra mí. No podrás seguir haciendo esto mucho más tiempo, jefe. En cuanto pague la fianza, te prometo que no volverás a verme.
—Ya lo veremos —murmuró Tadeu al entrar en la habitación, sujetando del brazo a un Matteo con muy mala cara.
Matteo me miró a mí, luego a mi padre, y soltó una risa burlona.
—Debí imaginármelo. —Enseñó los dientes y se lanzó hacia nosotros, pero Tadeu lo retuvo en su sitio—. El ligue de turno y papá —dijo, negando con la cabeza—. ¿Qué queréis ahora? Sabéis que no estoy obligado a escuchar nada de lo que tengáis que decir, ¿verdad? No gastéis saliva. No me interesa.
—Pero a mí sí me vas a escuchar —dijo Caterina, saliendo de detrás de la puerta, donde había estado medio oculta.
Matteo abrió los ojos como platos y se quedó sin una gota de color en la cara.
—A-abuela —tartamudeó, aterrorizado—. ¿Q-qué haces a-aquí?
—Estás a punto de descubrirlo, golfillo —gruñó mientras avanzaba hacia su nieto, con los ojos echando chispas y el gesto furioso.