Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 46 Una última vez
85%

46 Una última vez

LEONARDO

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Gian, confundido.

—En coche, obviamente —respondió la mujer, apretando los labios como si le pareciera una pregunta estúpida—. Y antes de eso, en avión, claro.

Gian, a quien la grosería no pareció afectar lo más mínimo, continuó:

—¿Cómo te has enterado de lo que ha pasado?

—Me llamó alguien del hospital. Al parecer, figuro como contacto de emergencia de mi nieta. —Se sentó con cuidado en el borde de la cama y observó a Antonella unos segundos más antes de mirar a mi padre y después a mí—. Perdonadme, pero creo que no nos conocemos.

—Leonardo Marins —me presenté con una inclinación de cabeza. Señalé a mi padre—. Este es mi padre.

—Aun en estas horribles circunstancias, es un placer conoceros a los dos. —Asintió y después clavó en Gian una mirada inquisitiva—. Ahora dime exactamente qué ha pasado, muchacho. Y no te dejes ningún detalle.

Con algunas interrupciones por mi parte, Gian le contó todo lo que había sucedido durante los dos últimos meses. Caterina escuchó en silencio, sin apartar los ojos de su nieta.

—Ya veo —murmuró pensativa—. Había oído los rumores, por supuesto.

Algunos conocidos vinieron a verme rebosantes de curiosidad, pero supuse que no era más que cotilleo.

—Sacudió la cabeza y, durante un instante, pareció avergonzada—.

Conozco a los hijos que he criado. Giuseppe siempre fue el peor de todos en ese aspecto, pero nunca imaginé que Matteo pudiera superar a su propio padre.

A veces me pregunto en qué me equivoqué.

—La falta de carácter de tus hijos —y, en este caso, también la de tu nieto— no es culpa tuya —dijo mi padre—. Los criamos, los educamos, procuramos hacerlo bien con ellos. Después crecen y toman sus propias decisiones.

Caterina le dedicó una débil sonrisa de agradecimiento y asintió.

—Es verdad. —Volvió a mirar a Antonella y suspiró—. Aun así, nunca entenderé cómo esta chica ha dejado que las cosas llegaran tan lejos.

—Antonella no tiene la culpa, Caterina —la reprendió Gian, que parecía dispuesto a soltar un discurso en defensa de su amiga, pero Caterina lo detuvo con un gesto.

—Lo sé, muchacho. Pero siempre advertí a Antonella de los riesgos de dejarlo todo en manos de los demás.

Evidentemente, nadie podía imaginar algo así, pero el dinero es una de las pocas cosas de la vida que prefiero vigilar yo misma.

—Intentó levantarse y me apresuré a ayudarla.

Tras dudar un segundo, aceptó mi brazo—.

Mi Anna Giorgia lo sabía. Esa sí me salió bien. Al menos acerté con una hija.

Se acercó a la cabecera de la cama, besó con cuidado la frente de Antonella y le alisó el pelo con cariño.

—Descansa, niña. La abuela ya está aquí y yo me ocuparé de todo —susurró con tanta suavidad que apenas la oí. Después se enderezó y levantó la barbilla—. Vamos —anunció, y me agarró del brazo para arrastrarme hacia la puerta.

—¿Adónde vamos? —pregunté, confundido, aunque no intenté detenerla.

Abrí la puerta y me lanzó una mirada exasperada.

—A la comisaría, obviamente. Tengo que tener una conversación con mi nieto el ladrón.

Abrí la puerta de la limusina —porque, al parecer, ese era el «coche» al que se había referido Caterina— y ella subió despacio.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto?

Parecía sana, intrépida y perfectamente capaz de hacer lo que quisiera. Aun así, después de todo lo que le habíamos contado, no sabía si ver a Matteo en ese momento era buena idea.

Desde el interior del coche llegó un gruñido como respuesta, y alcé las cejas. Gian, que nos había bajado hasta el aparcamiento del hospital, aunque iba a volver arriba para quedarse con Antonella, se rio y me dio una palmada en la espalda.

—Un error garrafal, tío —dijo, pero tuvo que tragarse la risa cuando Caterina asomó la cabeza por la puerta abierta, con el gesto endurecido y la mirada asesina clavada en mí.

—¿Qué has dicho? —preguntó. Entre la expresión y el tono furioso, di un paso atrás con cautela y casi choqué con mi padre.

—Yo… —Intenté recomponerme, pero ella me interrumpió con otro gruñido.

—¿Te parezco una anciana, muchacho? —casi gruñó. Gian estalló en carcajadas, incapaz de contenerse, y mi padre se unió a él.

—No, seño… —Me detuve justo a tiempo, y juro que la mujer parecía dispuesta a salir del coche de un salto y lanzarse directamente a mi garganta—. No. No lo pareces.

Entrecerró los ojos y frunció los labios.

—Bien —murmuró—. Sigo en la flor de la vida, muchacho. Muestra algo de respeto. Soy tan joven como tú, independientemente de las apariencias.

—Por supuesto. —Sonreí como un niño obediente.

—Me llamo Caterina Mancini DeLuca. Puedes usarlo de ahora en adelante —anunció. Me lanzó una mirada penetrante para asegurarse de que lo había entendido. Asentí rápidamente y pareció satisfecha—. Hm.

Gian se reía con tanta fuerza que mi padre tuvo que sujetarlo, y mi propio padre no estaba mucho mejor.

—Ahora ya sabes de quién lo ha heredado Antonella —consiguió decir Gian entre carcajadas.

—Tengo la sensación de que voy a adorar a mi futura nuera —dijo mi padre, secándose los ojos.

—Tienes que ver a esas dos juntas. No tiene precio, siempre.

—Podrías haberme avisado —gruñí al mejor amigo de mi mujer, y el muy cabrón volvió a reírse.

—¿Y perderme la oportunidad de ver a Caterina en acción? Me caes bien, pero no tanto, tío.

—¿Piensas subirte al coche en algún momento de hoy? —llegó otro gruñido exasperado desde el interior—. No tengo todo el día.

—Que Dios te acompañe, amigo —dijo el gilipollas, y me dio otra palmada en la espalda.

Subí al coche después de respirar hondo y pedirle en silencio a cualquier divinidad disponible que me dejara salir entero del trayecto. Caterina iba sentada con elegancia, con una copa de champán en la mano.

Solo entonces me di cuenta de lo tarde que era. El día había pasado volando y, aun así, parecía haber durado una semana.

—¿Puedo preguntarte qué eres para mi nieta? —dijo, y me arrancó de mis pensamientos.

Me tendió una copa, le dio otra a mi padre y me observó con atención mientras se llevaba el cristal a los labios con delicadeza.

—Tu nieta sale con mi hijo —respondió mi padre antes de que me diera tiempo a contestar—. Llevan anillos y todo. Una de esas cosas que hacen los jóvenes de hoy en día. —Se rio, puso los ojos en blanco, me agarró la mano y mostró con orgullo el neumático que yo lucía encantado en el dedo—. ¿Ves?

—Hm —murmuró Caterina, apreciativa, y se inclinó un poco para verlo mejor—. Es un anillo grueso como pocos. Supongo que lo eligió mi nieta.

—Tiene razón.

Alzó una ceja: había captado una vacilación de la que yo ni siquiera me había dado cuenta antes de responder. Al parecer, iba a tener que reentrenar el cerebro para no cometer el error de llamarla «señora».

Suponiendo que quisiera seguir con vida, que así era, gracias.

—Qué chica tan lista —dijo, y volvió a recostarse—. Y, además, tiene buen gusto. No eres precisamente desagradable a la vista, muchacho.

—¿Gracias?

Sonreí, de pronto extrañamente cohibido. Mi padre se rio.

—Pero que no se te suba a la cabeza —advirtió—.

Eres guapo, un deleite para mis ojos cansados y experimentados, pero aún no te conozco.

Necesito tiempo para juzgar tu carácter.

—Miró a mi padre—. Porque, verá, su hijo puede ser una buena persona en su opinión.

Y también en la de mi nieta. Pero seré yo quien lo decida.

—Por supuesto —dijo mi padre, y se encogió de hombros cuando lo miré.

—He visto prácticamente de todo en este mundo.

Tengo algo de experiencia, ¿sabe? —comentó con modestia, y tuve que contenerme para no preguntarle cuántos años cabían exactamente dentro de ese «algo»—.

Y, además, Antonella tiene buen corazón, pero cuando hay un hombre guapo de por medio no es precisamente la que mejor juzga a la gente del planeta.

Puede que se haya dejado deslumbrar por todo esto.

—Hizo un gesto hacia mi cuerpo y yo me removí en el asiento, sin saber de pronto dónde mirar—. Quién sabe.

Antonella se parecía tanto a su abuela —no solo en los rasgos, sino sobre todo en el carácter— que empezaba a darme miedo.

—Le aseguro que Leonardo es un hombre excelente —dijo mi padre, y asintió para dar énfasis—. Lo he educado como es debido. De eso puede estar segura.

—Me lo imagino —respondió ella con educación, y luego me dedicó una sonrisa peligrosa—. Ya lo veremos.

Cuando por fin llegamos a la comisaría, bajé del coche a toda prisa. Me di cuenta de que estaba sudando al verme reflejado en la carrocería oscura y pulida de la limusina.

Me limpié discretamente la frente mientras mi padre ayudaba a la abuela de Antonella a bajar del coche.

Se alisó el traje rosa y entró en la comisaría a una velocidad impresionante para alguien que acababa de prohibirme recordar que tenía edad de que la llamaran «señora».

Avanzó entre los pocos delincuentes descontentos y policías abatidos que aún rondaban por allí sin mirar a nadie, con la nariz casi pegada al techo. Antonella hacía lo mismo delante de los desconocidos.

Con mi pelirroja, sin embargo, siempre había sospechado que detrás de aquella pose se escondía al menos algo de timidez, por imposible que pareciera.

Su abuela, en cambio, no parecía tener ni rastro de semejante rasgo.

—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó el agente que estaba detrás del mostrador de información.

—Llamando al jefe, muchacho. Estoy aquí para ver a mi nieto —le informó Caterina y, antes de que el joven agente pudiera responder, continuó—. Ve a buscarlo, ¿quieres? Es tarde y no tengo todo el tiempo del mundo.

—Ahora mismo, seño... —empezó a decir con diligencia, pero fuera cual fuese la expresión que ella le dedicó —y podía imaginármela—, se calló en seco y salió disparado hacia el despacho del jefe.

Regresó un minuto después, todavía con cara de susto y acompañado por Tadeu, que al vernos esbozó una enorme sonrisa nostálgica.

—¡Caterina! —exclamó. Besó la mano que ella le tendió con elegancia y sonrió de oreja a oreja—. ¡Han pasado años!

—Así es, muchacho, así es. Ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que te vi.

—Sonrió y retrocedió un paso para inspeccionarlo de pies a cabeza.