Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 45 Desperado
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45 Desperado

LEONARDO

Respiraba suavemente mientras dormía, tranquila como un ángel. Gian, en cambio, roncaba como un tractor y no paraba de dar vueltas en el sofá, como si alguien le hubiera echado hormigas debajo solo para torturar al muy cabrón.

Me levanté antes de que me tirara del maldito sofá y me acerqué a la cama.

Antonella estaba profundamente dormida.

Me detuve junto a ella y contemplé su rostro amoratado. Apreté los puños para no tocarle ninguna zona que pudiera dolerle.

Los moratones y los pequeños cortes desaparecerían pronto. Lo que seguía preocupándome era la mandíbula.

Mientras ella dormía, el médico me había explicado que la luxación podría haber sido mucho peor.

Antonella podría haberse fracturado la mandíbula. Eso habría supuesto una operación, una recuperación más larga y toda una nueva ración de mierda para una mujer que ya había tragado mucho más de lo que le tocaba.

Acaricié con los dedos los mechones rojos desparramados sobre la almohada y respiré hondo. Estaba bien. Estaría bien. Ya no corría peligro.

Aun así, verle la cara así hizo que algo se me encogiera en el pecho.

El accidente podría haber sido mucho peor. Y ni siquiera quería terminar ese pensamiento.

Respiré hondo otra vez y noté que el móvil me vibraba en el bolsillo. Me alejé de la cama y caminé hacia la ventana mientras respondía.

—¿Sí?

—Leonardo —dijo mi padre sin aliento, y reparé en que no había saludado siquiera—. Leonardo, ¿qué está pasando? Llevo todo el día intentando localizarte. He llamado a la oficina y una de tus chicas me ha dicho que estabas en el hospital. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?

—Estoy bien, papá.

Se trabucaba con las palabras por las prisas y casi sonreí al oír el pánico evidente de su voz.

—Ahora todo está bien.

—¿Dónde estás?

—En el hospital. Perdona por no contestar cuando llamaste.

Hasta ese momento apenas me había acordado de que llevaba el móvil encima. Aparté la cortina y dejé que el aire frío me diera en la cara.

—¿Qué ha pasado, hijo? ¿En qué hospital? Voy para allá.

Podía oírlo moverse por la casa, probablemente murmurando mientras buscaba las llaves del coche.

—En Santa Clara —le dije, porque sabía que no pararía hasta sacarme la dirección y porque, si era sincero, yo también necesitaba hablar con alguien—. No estoy herido. Estoy bien, papá. Conduce con cuidado.

Al otro lado de la línea se oyó una respiración profunda.

—Eso me deja más tranquilo. Estaré ahí en veinte minutos —dijo, y debió de tropezar con algo, porque lo siguiente que oí fue un estruendo extraño seguido de una palabrota—. Maldita mesa.

Me reí, nos despedimos y volví a la cama mientras me guardaba el móvil en el bolsillo. Antonella seguía respirando suavemente, y agradecí en silencio a la medicación que le hubiera dado al menos unas horas de paz.

Le besé los labios con cuidado y cerré los ojos un segundo. Me quedé allí, respirando su aroma y repitiéndome que estaba a salvo. Que estaba bien. Que no había ocurrido nada peor.

Tapé a Gian con mi americana y salí de la habitación. Los pasillos del hospital estaban tranquilos y había perdido por completo la noción del tiempo.

Bajé a la cafetería a esperar a mi padre. Cerré los ojos, me froté la nuca e intenté poner algo de orden en mis pensamientos.

Necesitaba decidir cuál era el siguiente paso.

Para todos estaba claro quién podía estar detrás del accidente. Allí nadie era tonto, y la forma en que había ocurrido resultaba demasiado sospechosa.

Antonella estaba cruzando por el paso de peatones, con el semáforo en rojo para los vehículos, cuando un coche aceleró de repente y se lanzó directamente contra ella.

Según los testigos, el conductor ni siquiera redujo la velocidad. Simplemente se dio a la fuga.

¿Podía haber sido un accidente fortuito? Claro. Solo que no me lo creía ni por un segundo.

Matteo ya la había amenazado, había intentado agredirla y había dejado muy claro hasta qué punto la demanda le estaba trastocando la vida.

Lo habían detenido y humillado, y había salido todavía más furioso. No podía creer que fuera a parar sin más.

Se me tensó la mandíbula. Ese hijo de puta no tenía principios. Ya había demostrado que era capaz de robarle a su propia familia, y ahora necesitaba descubrir hasta dónde llegaba su falta de escrúpulos.

Había que hacer algo antes de que volviera a intentarlo.

—Hijo.

Noté una mano que me apretaba el hombro y abrí los ojos. Mi padre me miraba preocupado y conseguí esbozar una sonrisa débil.

—¿Qué ha pasado?

Señalé la silla de enfrente. Se sentó y me observó con atención.

—¿Y ahora está bien? ¿Es grave? —preguntó después de que le contara todo lo que había ocurrido aquel día.

—Sus heridas no son graves, salvo la mandíbula. Tendrá que descansar y quedarse en observación, pero el médico es optimista —respondí.

—Me alegro.

Se recostó en la silla y me señaló con el dedo.

—Deberías haberme llamado en cuanto llegaste al hospital, pero me alivia que la joven esté bien.

Abrió el menú que había sobre la mesa y me lanzó una mirada casual que no tenía nada de casual.

—Y, bueno... ¿qué es ella exactamente para ti, hijo?

Sonreí y negué con la cabeza. Me esperaba aquella pregunta, aunque la verdad es que se había contenido de forma impresionante.

—Ella cree que es mi novia —dije en broma.

—¿Cree que lo es? —preguntó confundido, y frunció el ceño de inmediato—. No estarás jugando con esa chica, ¿verdad, Leonardo? Porque yo no te he educado para que vayas engañando a la gente y rompiendo corazones.

Me reí y me froté la frente. A mi padre se le abrieron los ojos de par en par al reparar en el anillo de mi mano izquierda, y me reí aún más.

—Tú... Pero ¿cómo...? —tartamudeó sorprendido, y recordé la reacción de Antonella cuando le había puesto el anillo en el dedo.

—No estoy casado —le aseguré, y añadí—: Bueno, todavía no. Es un anillo de compromiso.

—A mí se parece muchísimo a una alianza de boda —dijo, examinando el aro de plata—. Creo que es el anillo más grueso que he visto en mi vida.

Me reí. Aquel mismo día, horas antes, cuando Gian y yo llegamos al hospital, una enfermera nos había entregado una bolsa transparente con las pertenencias de Antonella, y la cajita con el anillo que llevaba en el bolso me llamó la atención de inmediato.

Sabía que estaba tramando algo cuando esa mañana me mandó salir del apartamento antes que ella, e incluso había sospechado que podía tener algo que ver con nuestros anillos, pero aun así no podía creerme lo que encontré en su bolso.

Era una cosa absurda, más gruesa que cualquier alianza que hubiera visto en mi vida, y llevaba un mensaje grabado en el interior.

Me saqué el anillo y se lo tendí a mi padre.

—«No engañarás o perderás los huevos» —leyó, y me reí al ver su expresión de asombro—. «No engañarás». ¿Lo dice en serio?

—Ni idea.

Me volví a poner el anillo en el anular de la mano izquierda, donde pensaba llevarlo mucho tiempo.

O hasta que otro lo sustituyera para siempre.

—Pareces feliz —dijo al cabo de un momento, mientras me escrutaba la cara.

—Lo soy —admití con una sonrisa—. Está bien, se recuperará, y haré todo lo que esté en mi mano para que algo así no vuelva a ocurrir.

Mi padre me miró con curiosidad, y le conté la situación de Antonella: su primo ladrón, el viejo abogado y amigo de la familia que seguía desaparecido, y la demanda.

—Por lo que me cuentas, el problema principal es demostrar que la transferencia de los activos no la hizo ella —dijo mi padre, mirando al techo mientras reflexionaba—.

Si hay un documento que Matteo está usando para respaldar esa versión y Antonella asegura que nunca lo firmó, encontrar ese papel podría cambiarlo todo.

—Lo sé, pero ya registramos toda la oficina y no encontramos nada. Matteo puede ser un ladrón de mierda, pero sabe borrar sus huellas.

—Si pasa la mayor parte del tiempo en la oficina, yo empezaría por ahí —dijo.

—Yo también lo creo. Tendría que guardar cualquier documento importante en un lugar seguro y accesible. Si hay algo que respalde su versión de los hechos, no creo que se haya limitado a destruirlo.

—Tiene sentido.

—Claro que podría haberlo escondido en otro sitio, pero la oficina sigue siendo nuestra mejor baza —concluí—. Justo delante de las narices de todos.

Mi padre asintió, dándome la razón. Volví a quedarme mirando el techo.

El problema era el tiempo. Por los cauces habituales, la disputa podía alargarse mientras nosotros seguíamos sin la única prueba capaz de destruir la versión de Matteo.

Necesitábamos encontrar el documento. Y deprisa.

El móvil volvió a vibrarme en el bolsillo y lo saqué. No reconocí el número, pero contesté de todos modos.

—Matteo está bajo custodia —dijo Tadeu rápidamente—. Fuimos a interrogarlo para saber si tenía coartada para esta mañana y no se mostró muy receptivo. —Se rio—. Si quedaba alguna duda de que tenía algo que ver, ahora ya no queda mucha.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, incorporándome en el asiento.

—El tipo estaba extremadamente nervioso y, en cuanto entramos en la oficina, empezó a sudar como un cerdo.

Se alteró e intentó atacar a uno de mis agentes.

Ordené detenerlo y ahora descansa plácidamente en una bonita celdita.

—Volvió a reírse, muy satisfecho consigo mismo—.

Tienes que actuar ya si quieres tener alguna posibilidad de resolver todo este embrollo rápido.

—Lo sé —dije—. ¿Cuánto tiempo crees que seguirá encerrado esta vez?

—Unos días, espero. Intentó agredir a un agente de policía y no hizo nada por mejorar su situación. Haré lo que pueda para que todo siga su curso debido.

—Te lo agradezco —respondí, y me puse de pie. Le hice una señal a mi padre y me siguió por el hospital hasta la habitación de Antonella—. Gracias por avisar, jefe.

—De nada, hijo. Lo hago por la pequeña Antonella, y sé que tú también. Espero que esta vez tengas más suerte.

—Yo también.

Colgué y abrí la puerta despacio.

Gian abrió un ojo, curioso. Se incorporó al ver que veníamos acompañados y se frotó los ojos. Miré a Antonella con inquietud, pero seguía profundamente dormida.

—Ha llamado Tadeu —murmuré—. Han detenido a Matteo.

—¿Qué ha pasado? ¿Ha admitido que intentó matar a Antonella? —preguntó Gian con los ojos muy abiertos.

—No. Ha agredido a un agente de policía. Tadeu ha llamado para avisarnos. Esta vez tenemos tiempo, pero no mucho.

—Genial. ¿Vas a volver a la oficina?

—Sí. Me marcho ahora y vuelvo dentro de unas horas. ¿Puedes quedarte con ella?

—Claro —prometió—. Y no te preocupes, no la dejaré sola ni un segundo.

—Gracias.

Suspiré, algo más tranquilo. Matteo podía estar bajo custodia, pero ya había aprendido a no subestimar hasta dónde llegaba la falta de escrúpulos de aquel cabrón. No sabía si tenía cómplices ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

—No hace falta que me des las gracias. —Gian restó importancia al asunto con un gesto y luego frunció el ceño, intrigado—. ¿Quién es el viejo?

—Mi padre —dije, y los presenté.

—Encantado de conocerte. Leonardo Marins —dijo mi padre, y le tendió la mano a Gian.

—¿También Leonardo? —preguntó Gian, confundido.

Mi padre se rio.

—El primero y el más encantador. —Le estrechó la mano a Gian y miró con preocupación hacia Antonella—. Has dicho que estaba bien, hijo.

Se acercó despacio a la cama, con la inquietud reflejada en los ojos.

—Pero se la ve tan malherida.

—Lo sé. —Suspiré—. Pero lo peor ya ha pasado.

—Tan maltrecha… —murmuró, incapaz de apartar la vista de su rostro—. ¿Esto se lo ha hecho su primo?

Asentí y él negó con la cabeza, asqueado.

—¿Qué clase de familia tiene esta pobre chica, Dios mío? —preguntó sin dirigirse a nadie en particular, pero una voz desconocida respondió de todos modos.

—No es la mejor, tengo que admitirlo.

Me volví, sorprendido, y descubrí a una mujer mayor de pie en el umbral. Era baja y regordeta, tenía el pelo castaño rojizo y había algo vagamente familiar en su rostro.

Entró despacio, nos saludó con una inclinación cortés de cabeza, le dedicó una leve sonrisa a Gian y se detuvo a los pies de la cama.

—Salvo mi Anna Giorgia, ninguno de mis otros hijos vale gran cosa —dijo.

No apartó los ojos de Antonella y, cuando alargó la mano para tocar uno de los pies de la mujer dormida, noté que le temblaba.

—Supongo que era de esperar que buena parte de sus hijos no salieran mucho mejores.

Empecé a comprender quién era en el instante exacto en que Gian la saludó.

—Hola, Caterina.