Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 44 Obsesionada
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44 Obsesionada

ANTONELLA

Un zumbido constante me despertó. Abrí los ojos y parpadeé varias veces, confundida, sin reconocer la habitación donde estaba.

Era muy blanca, salvo por algunos toques azules aquí y allá.

Entrecerré los ojos e intenté llevarme una mano a la frente, que me palpitaba. La notaba más pesada de lo que recordaba y, además, me dolía.

Un monitor que tenía al lado me llamó la atención. Pasé unos segundos mirando las líneas que se movían por la pantalla, intentando averiguar dónde demonios estaba y por qué.

Los recuerdos volvieron en el instante en que sonaron de nuevo las voces alzadas que, probablemente, me habían despertado.

—Eso no lo sabes con seguridad —dijo alguien, que claramente intentaba no levantar la voz.

—Sé que fue él —respondió una segunda voz, más grave y más ronca, casi en un gruñido.

—Es posible, pero no podemos demostrar nada —argumentó la primera voz.

Giré la cabeza y por fin los vi. Gian estaba apoyado junto a una ventana en la que no me había fijado hasta entonces. Fuera estaba oscuro y una brisa fresca movía la cortina.

Delante de Gian había un hombre enorme que prácticamente vibraba. Durante un segundo pensé que necesitaba ir al baño con urgencia y estuve a punto de sugerirle que fuera antes de meársele encima.

Entonces me di cuenta de que lo que lo hacía temblar era rabia y, al mismo tiempo, asocié los rasgos del desconocido con los de Leonardo.

Un movimiento a mi izquierda me llamó la atención: una enfermera me levantó la muñeca con suavidad para comprobar las vías del gotero.

—Estás despierta —anunció en voz demasiado alta, y yo di un respingo involuntario.

Me dolía la cabeza y, aunque Leonardo y Gian llevaban un rato discutiendo acaloradamente, en realidad ninguno de los dos había hablado muy alto.

—¡Estás despierta! —gritaron los dos a la vez, y volví a dar un respingo, con una mueca.

Me llevé las manos a la cabeza para intentar aliviar las molestias. Los dos se me quedaron mirando, sorprendidos y contentos, y yo me apresuré a señalarme los oídos para que no volvieran a gritar.

Seguía sin poder hablar. Me palpitaban la barbilla, los pómulos, las encías, la lengua y los dientes. Apenas podía mover la boca.

Me pregunté si habría perdido media cara en el accidente.

Me toqué con cuidado la zona de debajo de la nariz y expulsé el aire por ella en una especie de suspiro de alivio al comprobar que, por lo visto, todo seguía en su sitio.

Pero tenía una venda que me pasaba por debajo de la barbilla y se sujetaba por encima de la cabeza. Toqué la tela suave y miré a la enfermera con curiosidad.

—Te has dislocado la mandíbula; por eso no puedes hablar y tiene que seguir inmovilizada —me explicó, y yo seguí mirándola fijamente.

No pareció entender la pregunta que había en mis ojos, así que miré a Gian, nerviosa.

—No has perdido ningún trozo de cara, Antonella —dijo Gian, que por fin captó la pregunta silenciosa que se me leía en el rostro. Puso los ojos en blanco y yo volví a soltar el aire, aliviada.

Leonardo se acercó con una expresión casi de miedo. Me miró con tanta pena que abrí mucho los ojos y empecé a comprobármelo todo otra vez. De repente, la palabra de la enfermera y la de Gian ya no me parecieron garantía suficiente.

—Todo está bien —me prometió mi novio mientras se sentaba en la cama, a mi lado—. Sigues estando preciosa.

La enfermera dijo que iría a buscar al médico y salió discretamente de la habitación.

Miré a Leonardo con desconfianza; no me creía ni una palabra. Luego volví a mirar a Gian y le exigí un espejo con los ojos.

Él volvió a poner los ojos en blanco y se sacó el móvil del bolsillo.

Lo desbloqueó y me lo dio.

Abrí la cámara y casi se me cayó el aparato al verme la cara. Mi reflejo me devolvió exactamente el mismo horror que yo sentía al mirarlo.

En contraste con los moratones de la frente, la barbilla y el resto de la cara, la piel se me veía demasiado pálida.

Me toqué la marca morada de la frente a modo de prueba y no sentí ningún dolor. Repetí el experimento, impresionada por la eficacia de la medicación que me estuvieran metiendo por las venas.

Distraída, empecé a jugar con los moratones: presionaba uno con la yema del dedo y veía cómo la piel se volvía blanca antes de recuperar poco a poco el tono morado.

—¿Ya has acabado de comprobar que lo tienes todo en su sitio? —preguntó Leonardo con una sonrisa, y me quitó el móvil de la mano—. Sigues estando preciosa —repitió, y me miró con cariño.

Era mentira. Parecía un payaso de circo de saldo, pero intenté sonreírle igualmente. Creo que al menos conseguí mover los labios, porque Leonardo volvió a sonreír.

Me besó la mano y me acarició la piel.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó. Gian le dio un puñetazo en la espalda para recordarle un pequeño detalle: yo no podía hablar—.

Ah, claro —murmuró Leonardo, un poco avergonzado.

Le acaricié la mano para hacerle ver que no pasaba nada—.

Parpadea una vez para decir que sí y dos para decir que no, ¿vale?

—sugirió. Asentí lo más levemente que pude—. ¿Te duele algo?

Parpadeé dos veces y él suspiró aliviado.

—¿Recuerdas lo que pasó? —probó Gian, y volví a parpadear dos veces.

No lo recordaba todo. Solo el dolor y unos retazos de una ambulancia.

—¿Seguro que no te duele nada? —preguntó Leonardo.

Parpadeé una vez e hice un esfuerzo enorme por asentir.

Ahora estaba bien, aunque pareciera Quasimodo. No quería que se preocupara.

Después de dos golpes en la puerta, entró el médico con la enfermera y Tadeu, el comisario amigo de mamá.

—Chiquilla —dijo, frotándome el hombro y mirándome la cara con sobresalto—. Parece que siempre acabas metida en algún lío, ¿eh?

Intenté sonreírle, pero no creo que lo consiguiera. Apretó los labios con tristeza y me dio unas palmaditas torpes en el hombro.

—¿Cómo te encuentras, Antonella? —preguntó el médico con amabilidad mientras me enfocaba los ojos con ese aparatito que parecía mitad bolígrafo, mitad linterna—. ¿Notas alguna molestia?

Negué levemente con la cabeza y él sonrió. Luego me explicó la gravedad de mis lesiones: además de la mandíbula dislocada, que tendría que seguir inmovilizada unos días, tenía moretones y pequeños cortes por todo el cuerpo.

Nada grave, y suspiré aliviada.

—También has sufrido una conmoción cerebral, así que te quedarás en el hospital al menos hasta mañana —explicó—. Controlaremos tu recuperación y repetiremos algunas pruebas. Si todo va bien, podrás irte a casa. ¿Te parece bien? —preguntó con una sonrisa, y asentí levemente.

La enfermera me cambió la vía, me quitó la sonda —los hombres se dieron la vuelta en ese momento, con mucho respeto— y después salió de la habitación con el amable doctor.

—Necesito hablar contigo, chica —dijo Tadeu rebuscando en los bolsillos del vaquero. Me tendió un pequeño bloc de notas y un bolígrafo—. Escribe aquí tus respuestas, ¿de acuerdo? Tómate el tiempo que necesites. No tengo ninguna prisa.

Para demostrarlo, Tadeu acercó una silla y se sentó junto a la cama.

—¿De verdad hace falta hacer esto ahora? Se acaba de despertar. Sigue confundida —se quejó Gian, pero lo calmé con un gesto.

Estaba un poco mareada y la medicación me había dejado algo colocada, pero por lo demás me sentía bien.

Me concentré en Tadeu y él asintió.

—¿Cuánto recuerdas del accidente?

Garabateé «no mucho» en el bloc y se lo enseñé.

—¿Viste al conductor?

Tuve que pensar un momento, intentando reconstruir el accidente.

«No. Pasó demasiado deprisa», escribí. «Estaba cruzando la avenida, el semáforo estaba en rojo y solo recuerdo oír el coche acelerar de golpe. Y entonces pasó todo».

—Ya hemos recopilado las grabaciones de las cámaras de varios negocios de la zona. El conductor huyó del lugar, por supuesto, pero espero que podamos sacar la matrícula.

«La joyería de enfrente. Conseguid también las suyas. Creo que era el negocio más cercano», escribí.

Tadeu asintió y tomó nota en su propio bloc.

—Has dicho que el semáforo estaba en rojo —me recordó, y asentí—. Y que oíste el coche acelerar de golpe. Según varios testigos, el conductor ni siquiera redujo la velocidad. Simplemente huyó. ¿Sabes a qué me suena eso?

—¿A que fue intencionado? —sugirió Leonardo, y Tadeu asintió—. Yo estoy pensando lo mismo. De hecho, estoy casi seguro. Y me imagino que se te ocurre alguien con motivos de sobra para hacerle esto, jefe.

—Matteo. —El jefe entendió adónde quería llegar Leonardo y se frotó la frente—. Es el principal sospechoso, obviamente. Lo invitaré a pasarse por la comisaría para charlar un rato y comprobaré personalmente su coartada, si es que tiene alguna.

Como mi declaración sobre lo ocurrido no servía de gran cosa, Tadeu se despidió poco después, me deseó que me recuperara pronto y salió de la habitación.

Volví a tumbarme y descubrí que estaba agotada. No había hecho gran cosa —solo escribir y asentir—, pero, después del trauma por el que había pasado mi cuerpo, al parecer aquello ya era trabajo suficiente.

Cerré los ojos y me habría quedado dormida de inmediato si no hubiera notado que un cuerpo enorme se desplomaba casi encima de mí.

Abrí los ojos y Leonardo me devolvió la mirada con los ojos como platos y cara de culpabilidad.

—Solo intentaba tumbarme contigo, pero esta cama es diminuta —susurró mientras me acariciaba la cara con delicadeza—. Vuelve a dormirte. Finge que no ha pasado nada.

Quería reírme, pero Gian lo hizo por mí.

—Deberías dormir en el sofá.

Mi amigo señaló el mueble. Lo miré con desconfianza. Era pequenísimo. Leonardo no cabía ahí ni de broma.

—No, quédate tú con el sofá —se ofreció mi novio con educación.

Gian negó con la cabeza.

—No, quédate tú, tío.

—¿Y tú dónde vas a dormir?

—En esa silla. —Señaló la silla en la que había estado sentado Tadeu, que parecía durísima.

—Ahí no vas a poder dormir.

—Me las apañaré. No te preocupes.

—Tú duerme en el sofá y yo me quedo con la silla.

—No, tú duerme en el sofá y yo me quedo con la silla.

—No, yo me quedo con la silla y tú con el sofá.

—No, no. Tú quédate...

Suspiré, exasperada por aquella estupidez, y los dos se callaron.

Señalé a Leonardo y después al sofá. Luego señalé a Gian y también al sofá. Me miraron confundidos, pero enseguida lo entendieron.

—Los dos no cabemos ahí —dijo Leonardo.

—Desde luego que no —admitió Gian.

Puse cara de fastidio y los dos suspiraron.

—Vale. —Gian se acercó y me examinó la cara buscando un sitio seguro. Se rindió y me besó la mano antes de dirigirse al sofá. Leonardo, más listo, me besó el pelo.

—Te quiero —me susurró al oído. Un calor se me extendió por el pecho y lo miré. Parpadeé una vez y pareció entenderme—. Lo sé.

Entonces los dos se tumbaron en el sofá, aunque no sin muchas quejas. Les costó encontrar una postura en la que ambos estuvieran cómodos, pero al final acabaron ahí tumbados, más o menos abrazados el uno al otro.

Quería reírme al verlos, y creo que mi cara dejó muy claro lo mucho que me estaba divirtiendo, porque los dos refunfuñaron al unísono:

—Las cosas que hacemos por ti.

Feliz y aliviada de que estuvieran allí, me rendí por fin al sopor de la medicación y me quedé dormida.