43 Not Another Love Song
ANTONELLA
Ya estoy pillada oficialmente. Sorprendente, lo sé. Gian estaba delante cuando Leonardo me pidió que fuera su novia, porque me pareció que necesitaba un testigo capaz de corroborarlo todo más tarde.
Nunca se sabe qué puede pasar, y más vale prevenir que curar.
¿Y si a este bipolar le da por perder la cabeza de un día para otro y me suelta a la cara que me lo he imaginado todo?
En mi vida todo es posible. Lo aprendí rápido.
Leonardo hincó una rodilla y todo, exactamente como yo quería. Incluso intentó aparentar que lo hacía a la fuerza, pero la sonrisa lo delató.
Estaba feliz, y yo no podía dejar de besarlo.
Hasta que me deslizó en el dedo anular un anillo con una piedra del tamaño de un adoquín.
—¿Qué es esto? —pregunté, espantada por el peso del trasto.
—Solo es un anillo de promesa. No te pongas histérica —dijo.
Sonrió como si estuviera muy satisfecho consigo mismo, y yo entrecerré los ojos.
—¿En la mano izquierda? Si es un anillo de promesa, debería ir en la derecha —dije con suspicacia, y él se limitó a encogerse de hombros.
—Es un anillo de promesa —repitió.
Asintió varias veces, muy serio, mientras evitaba mirarme a los ojos.
—No me estarás pidiendo matrimonio, ¿verdad? —casi chillé, y me lo habría arrancado del dedo, pero él me atrapó la mano entre risas.
—Sabía que se iba a poner histérica —dijo Gian entre carcajadas, y lo miré como se mira a un traidor.
—¿Tú lo sabías? ¿Y no me avisaste?
Seguí intentando quitarme el trasto del dedo, pero Leonardo no me soldó la mano.
—Antonella, te estás poniendo histérica por nada —dijo, y abrí los ojos como platos.
—¿Por nada? ¡Con esta piedra enorme en el dedo, la gente va a pensar que estoy casada!
—¿Y qué? Si lo estás, no es asunto de nadie.
—Tú... T-tú... —tartamudeé, y luego me atraganté con el aire cuando vi una alianza finísima en el anular de su mano izquierda.
Tuve que sentarme porque se me aflojaron un poco las piernas.
Me quedé mirándolo, incapaz de creerme semejante locura.
O sea, podría ser perfectamente un anillo de promesa, y no tiene nada de malo. Pero había algo en su expresión que me hacía sospechar.
Yo estaba perdiendo la cabeza y el muy cabrón se reía de mí.
—Yo también tengo uno, ¿ves? —Levantó la mano para enseñarme su anillito de nada, tan fino que por poco no lo veo.
Bajé la vista hacia mi mano. El mío, en cambio, solo pasaría desapercibido si se lo enseñara a un ciego.
—¿Qué pretendes con esto?
El hijo de puta volvió a encogerse de hombros, la viva imagen de la inocencia.
—Nada —prometió, y se acercó. Se sentó a mi lado y me besó la frente con suavidad—. Solo estoy feliz de que seas mía.
—Novia —le recordé, por si aquella mañana se había despertado un poco loco y había olvidado que solo estábamos saliendo, no prometidos—. Soy tu novia. Novia. No-via. N-o-v-i—
—Lo he pillado —me aseguró con una sonrisa, mientras Gian se reía tanto que tuvo que apoyarse en la pared—. Eres mi novia. Nada más.
Seguí mirándolo con desconfianza un segundo más, completamente segura de que no había entendido una mierda. Pero entonces me besó y me susurró contra los labios:
—Te quiero, novia.
Y me derretí un poco y dejé de intentar quitarme el ladrillo del dedo. Por ahora.
Después de la petición —la petición de ser novios, que quede claro—, no salimos de la cama en dos días seguidos.
Leonardo más o menos trabajó desde casa, y yo no hice absolutamente nada.
Digo que más o menos trabajó porque lo único que hizo fue llamar a Clara, su nueva asistente, y pedirle que le cancelara las citas del día.
Al día siguiente hizo lo mismo, ayudó a la chica a reprogramar un par de reuniones y ahí acabó todo.
Yo solo me levantaba de la cama para comer, ducharme, mear y cagar. Y sí: por si no lo sabías, aquí va una confesión de alto secreto. Me llamo Antonella, tengo veintiséis años y cago.
La primera vez que Leonardo me pilló en el baño con la puerta abierta se quedó ligeramente traumatizado y enseguida encontró una excusa para largarse, intentando taparse la nariz con disimulo.
Yo me reí y seguí con lo mío, tan relajada que no me importó lo más mínimo. Tarde o temprano lo vería cagar a él también, y no pasaría nada.
Son cosas de la vida, y esperaba sinceramente que su mierda oliera aún peor que la mía para poder fingir un violento ataque de arcadas. Sería épico.
Al tercer día volvió a intentar quedarse en casa —parecía creer que mi piso también era un poco suyo, pero a mí no me molestaba— y no se lo permití.
Habíamos follado como conejos en todas las habitaciones y habíamos estrenado todas las superficies posibles, pero ya era hora de volver a la vida real.
Él se marchó primero, enfurruñado y con un puchero tan grande que merecía código postal propio, y yo me quedé. Mentí y le dije que tenía que hacer algo que requería intimidad antes de ir a trabajar, y lo más probable es que diera por hecho que tenía diarrea, pero me dio igual.
Salió de allí volando, y esperé diez minutos antes de salir yo también.
Conduje hasta el centro, pero me desvié de la ruta que me habría llevado a la oficina. Aparqué en plena calle, con demasiada impaciencia y demasiada prisa para buscar un parking, y entré en la primera joyería que encontré.
Me atendió una dependienta muy amable y le expliqué mi problema.
—Aquí. —Le enseñé la piedra gigantesca que llevaba en el dedo y la mujer suspiró embelesada.
Me sonrió, claramente convencida de que era una chica con mucha suerte—.
No me mire con esos ojos soñadores, señora.
El cabrón que me ha regalado este ladrillo solo es mi novio.
El idiota dice que esto —señalé el anillo— es un simple anillo de compromiso, y ahora tengo un problema.
—¿Y cuál es ese problema? A mí su novio me parece un hombre muy cariñoso y entregado —dijo, y volvió a suspirar.
—¿Ah, sí? Lo parece, ¿verdad? Deje que le enseñe algo. —Saqué el móvil del bolso y le enseñé la foto que le había hecho al diminuto anillo del cabrón mientras dormía—. Mire. ¿Sigue pensando que este descaro es adorable?
La mujer frunció el ceño y entrecerró los ojos para examinar la foto.
—¡Eso sí que es tener descaro! —exclamó tras estudiarla, y yo sonreí, satisfecha—. ¿Qué necesita? —preguntó con amabilidad, ya consciente de la gravedad de la crisis.
—Enséñeme el anillo de hombre más grueso que tenga en la tienda —le pedí, y ella asintió de inmediato con una sonrisa encantada.
Salí de la joyería con lo que parecía un neumático disfrazado de anillo y estaba deseando ver la cara del cabrón.
Había que tener caradura. A mí me regala una piedra del tamaño de Brasil y él se pone un triste hilillo de metal.
Ay, iba a aprender la lección.
El sol pegaba con una fuerza brutal, incluso a esas horas tan tempranas de la mañana, y rebusqué las gafas de sol en el bolso mientras cruzaba por el paso de peatones hacia mi coche.
La calle tenía tráfico en los dos sentidos y había aparcado enfrente de la joyería porque el coche estaba en la acera de enfrente y no me apetecía dar la vuelta a la manzana.
Pasó todo demasiado rápido para verlo.
Un segundo estaba sacando las gafas de sol del bolso mientras cruzaba, vagamente consciente de que el semáforo estaba en rojo.
Al siguiente oí el rugido brusco de un motor y sentí el golpe estrellarse contra mi cuerpo.
El suelo desapareció bajo mis pies y salí despedida por los aires. Golpear el asfalto fue, de alguna manera, peor que el atropello y, durante un instante, me pregunté cómo era posible sentir semejante dolor.
Me dolía todo el cuerpo y una diminuta parte de mi cerebro consiguió comparar aquel accidente con el de años atrás, el de Leonardo.
Aquel día había creído que estaba sufriendo, pero también pensaba que era más fuerte que el dolor. Apenas había llorado y aun así había conseguido discutir con el gilipollas incluso tirada en el suelo.
Esta vez, no. Me palpitaba la cabeza y estaba casi segura de habérmela dado contra el asfalto.
El mundo daba vueltas, los párpados se me volvían pesados y el ruido a mi alrededor se desvaneció rápidamente hasta convertirse en poco más que un susurro lejano.
Intenté evaluar los daños como la primera vez, pero estaba confusa. Tenía los pensamientos hechos un lío y los sentidos no dejaban de traicionarme.
Creí oír voces a mi alrededor, pero un segundo después solo oía el susurro del viento. Creí notar unas manos sobre mí, que me recorrían el cuerpo y tiraban del bolso que aún sentía colgado del hombro.
Y, un instante después, ya no hubo nada.
No puedo decir si me desmayé o si simplemente mantuve los ojos cerrados, pero cuando conseguí abrirlos de nuevo estaba dentro de una ambulancia.
—Has sufrido un accidente —dijo una voz en algún lugar a mi alrededor—. Te llevamos al hospital. Todo va a salir bien. Aguanta.
La persona parecía estar detrás de mí, pero no podía moverme lo suficiente para mirar. Llevaba un collarín cervical al cuello y tenía los brazos y las piernas sujetos a la camilla.
El pánico empezó a apoderarse de mí y se me llenaron los ojos de lágrimas cuando comprendí que no podía hablar. Un monitor a mi lado comenzó a pitar frenéticamente y me quedé mirando el techo con los ojos desorbitados.
—Está entrando en pánico —dijo una segunda voz, y oí que alguien se movía.
De pronto, una silueta me llenó el campo de visión y tardé un instante en enfocarle la cara.
—Has sufrido un accidente, pero todo va a salir bien —me aseguró el paramédico, y luego sonrió al reconocerme—. Te recuerdo. Antonella, ¿verdad?
Parpadeé, porque era prácticamente lo único que podía hacer, y lo reconocí. Era Richard/Rômulo, el compañero de trabajo de Franelson.
«Qué pequeño es el mundo», pensé. Le habría sonreído si hubiera podido.
Miró hacia la parte delantera y después volvió a mirarme.
—Ya casi hemos llegado —dijo, y se inclinó para recoger mi bolso del suelo—. ¿Llevas el móvil aquí dentro? ¿Hay alguien a quien quieras que llamemos?
Sí que lo había, obviamente. Pero no podía hablar. Algo me pasaba en la mandíbula. Tenía la lengua hinchada y notaba sabor a sangre en la boca.
Intenté responder, pero no conseguí ni mover los labios. No salió ni un sonido.
Rômulo —o Richard, nunca consigo recordar cuál de los dos es su nombre de verdad— me dedicó una sonrisa de disculpa y volvió a dejar el bolso en el suelo.
—Todo va a salir bien —prometió, y creo que me apretó la mano. Me di cuenta de que ya no sentía las extremidades y el terror me estalló por dentro.
El pecho empezó a subirme y bajarme demasiado deprisa cuando el aire pareció esfumarse de mis pulmones y no conseguí respirar bien.
La pequeña pantalla del monitor que tenía al lado volvió a pitar, más rápido que antes, y Richard/Rômulo reaccionó de inmediato.
Abrió un cajón que tenía al lado y sacó una jeringuilla. Arrancó el capuchón con los dientes y me miró mientras me clavaba la aguja en el brazo.
—Lo siento, pero tengo que hacerlo —murmuró con pesar—. A este ritmo podrías sufrir una parada cardíaca, y eso puede ser muy peligroso en tu estado. Ya casi hemos lle…
Su voz se fue apagando poco a poco y la vista se me oscureció.
Parpadeé, intentando luchar contra la pesadez, pero era más fuerte que yo y, al final, todo se volvió negro.