Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 41 ¿Te importa?
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41 ¿Te importa?

ANTONELLA

Gian se presentó en mi casa a primera hora de la mañana siguiente. Todavía estaba dormida cuando oí voces en el salón, así que hundí más la cara en la almohada.

Me hice la muerta y los ignoré cuando me llamaron, pero el cavernícola buenorro que quiere ser mi novio me sacó de la cama igualmente.

Leonardo seguía enfurruñado y no paraba de murmurar para sí, indignado y ofendido. Fingí no darme cuenta, hice como si todo fuera de color de rosa y no volví a sacar el tema.

No es que hubiera cambiado de opinión, porque no.

Ni de coña. Si él pudo perder la puta cabeza y dejar que otra mujer se la chupara estando ya enamorado de mí, ¿por qué iba a ser yo diferente?

En esta relación no hay dobles raseros. Si él puede hacerlo, yo también. Y punto.

Quería quedarme en la cama y dormir un rato más, pero tenía que vestirme y salir.

Cogí lo primero que pillé, que resultó ser justo lo que llevaba puesto la noche anterior, y ni siquiera me importó.

Iba a prestar declaración por un intento de violación, no a desfilar por una pasarela.

Cuando aparecí en el salón con el pelo hecho un desastre, vestida solo un peldaño por encima de una indigente, con pinta de derrota absoluta y medio dormida, Gian me dedicó una sonrisa maliciosa del tamaño de Brasil.

—No me pasé toda la noche follando, si es eso lo que estás pensando —gruñí mientras me frotaba los ojos—. Quería, pero surgieron otros planes.

—¿Keeping Up with the Kardashians? —preguntó, y sonrió al ver que Leonardo se incomodaba con el rumbo de la conversación.

—Y Anatomía de Grey —le informé muy feliz. Le pellizqué la mejilla a mi avergonzado casi novio. Los hombres y sus neurosis. Una tragedia, de verdad—. Tengo el mejor casi novio del mundo.

Él sonrió y me besó la mano.

—Y yo tengo la mejor novia del mundo —dijo, y me pellizcó la mejilla a mí.

—¡Qué mono! ¡Estáis saliendo! —Gian aplaudió, encantado—. Así que ya es oficial: ¡los dos estáis enamorados!

Me eché a reír.

—¿Te has mirado la cabeza últimamente, colega? Aprende de Amelia. No esperes a que sea demasiado tarde.

Y me largué como si no hubiera dicho nada mientras ellos dos se reían a mis espaldas.

A ver, sí, estoy enamorada. Quiero al cabrón. Eso no es ninguna novedad. Pero de mi boca no va a salir ninguna declaración hasta que me ocupe de mis asuntos pendientes.

Y, sinceramente, dudo mucho que todo ese gran amor suyo sobreviva a la boca de otro hombre sobre Xavana.

Así que no pienso malgastar palabras. Si se porta como un buen chico, luego se lo contaré todo.

Entonces sí que conocerá a una Antonella completamente nueva, porque no hay nadie en este mundo más idiota que Antonella enamorada.

Ni siquiera conseguí salir sola del apartamento, porque, por lo visto, Leonardo es de esos hombres protectores.

Matteo seguía bajo custodia —Leonardo se había asegurado personalmente de ello—, pero aun así inspeccionó el pasillo, probablemente para comprobar que en las paredes no hubiera nada que pudiera suponer una amenaza para la pobre y frágil criatura que era yo.

Cuando por fin me dejó marcharme, le besé la mejilla con cariño, aunque toda la escena me pareciera ridícula. El trauma se suponía que era mío, no suyo, pero poco podía hacer yo al respecto.

Si estaba tan preocupado y quería cuidar de mí, desde luego no iba a ser yo la que se quejara.

Se estaba bien teniendo a alguien con quien contar aparte de Gian.

—Vamos en mi coche —dijo Gian cuando llegamos al garaje.

Leonardo negó con la cabeza.

—No, vamos en el mío.

Y, como por lo visto la inspección completa del pasillo no nos había retrasado bastante, se pusieron a discutir sobre el medio de transporte.

Les di la espalda cuando vi que no había manera de que se pusieran de acuerdo y fui derecha a mi coche.

No tengo paciencia para estas mierdas. Con un hombre enamorado y protector puedo. ¿Con dos idiotas peleándose por un puto coche? Ni hablar.

Cerré la puerta del conductor y, como por arte de magia, los dos aparecieron en mi ventanilla.

Me apeteció dejarlos ahí plantados, suplicando, un minuto, pero llegaban tarde, así que los dejé subir. Los dos enfurruñados, conste, y yo al volante, porque era mi puto coche y ahí se acabó la discusión.

El trayecto hasta la comisaría fue tranquilo. Todavía era temprano, así que no había tráfico y llegamos enseguida.

Leonardo me cogió de la mano al entrar y, hasta ese momento, yo había estado tranquila.

No sé si fue notar su mano alrededor de la mía o que de golpe me cayó encima la realidad —que iba a tener que contarle a un desconocido todo lo que había pasado la noche anterior—, pero de pronto me puse nerviosa.

Se me humedeció la palma dentro de la suya y él me rodeó la cintura con un brazo.

—No pasa nada —me aseguró. Me besó la mejilla y me sostuvo la mirada—. Ya pasó, ya está. Esto será rápido y enseguida estaremos de vuelta en casa.

Solo conseguí asentir. Leonardo seguía mirándome con preocupación.

—Si quieres, cuando lleguemos a casa vemos otra serie estúpida —propuso con una sonrisa, intentando distraerme.

Y el cabrón lo consiguió.

—Vamos a ver Crónicas vampíricas. —Me animé al instante e incluso di un saltito de princesa consentida—.

Después, The Originals. Luego, Legacies, aunque esa no me gusta demasiado.

Después está La casa de papel, que tiene un montón de tiros, peleas y explosiones, así que te va a encantar.

Está Juego de Tronos, mi serie favorita de todos los tiempos.

También hay Cómo defender a un asesino, Orange Is the New Black, Stranger Things, The Last Kingdom, Vikingos, Supernatural, Hawái 5.0, Station 19, Lucifer, Jane the Virgin, Scandal…

—Me paré a recuperar el aliento y Leonardo me lanzó una mirada de profundo arrepentimiento.

—Yo sugerí una… —se lamentó, y se volvió hacia Gian en busca de ayuda, lo cual fue un grave error táctico. Llevo años martirizando a mi amigo y, ahora que ha encontrado un relevo que me acompañe en mis maratones, está encantado.

—Tu novia, tu responsabilidad, tío. Diviértete. —Gian sonrió y le dio dos palmadas en la espalda.

Leonardo me miró angustiado y yo fruncí el ceño de inmediato.

—Si quieres una relación conmigo, esto es lo que hay, colega.

¿Te creías que iba a ser todo el día polla y coño?

—me burlé, y luego me corregí—. Bueno, eso también, obviamente.

Una chica necesita carne. Pero no va de eso.

Va de que, si ya te parece mal ahora, huye mientras puedas, porque de aquí en adelante solo va a ir a peor.

Él sonrió.

—Entonces acepto el paquete completo, sobre todo la parte de polla y coño, por favor —dijo, y me sobó en plena comisaría mientras Gian aullaba de risa.

Llamamos mucho la atención porque, cuando Gian se ríe, suena como una gacela asfixiándose, así que no tardó en acercarse una agente de policía.

—¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó, claramente molesta por el alboroto.

Le explicamos por qué estábamos allí y su expresión cambió al instante. Me miró de arriba abajo con atención y la empatía le suavizó las facciones; yo asentí en respuesta.

Su mirada me decía que sabía por lo que había pasado y por qué importaba que hubiera venido.

—Le digo al jefe que están aquí —dijo, y nos indicó una pequeña sala de espera—. Esperen aquí, por favor.

Me senté y, al instante, los dos hombres de mi vida me flanquearon, uno a cada lado. Hablaron de cualquier cosa para distraerme y funcionó lo suficiente para mantener los nervios a raya.

—Buenos días —saludó el hombre que parecía ser el jefe de policía al entrar en la sala. Tenía la piel bronceada, el pelo y los ojos oscuros, y era alto y corpulento. No parecía pasar de los cincuenta. Me miró sobresaltado, con los ojos muy abiertos—. ¿Antonella?

Lo miré, confundida.

—Soy yo —respondí, y me puse de pie.

—¿Antonella Mancini DeLuca?

Fruncí el ceño.

—La única e irrepetible. —No tenía ni idea de por qué estaba tan sorprendido, pero aun así le tendí la mano—. Perdone, ¿nos conocemos?

Sonrió mientras me estrechaba la mano.

—Era amigo de tu madre —explicó—. La última vez que te vi aún eras una niña, pero te reconocí enseguida. Te pareces mucho a ella. Me llamo Tadeu.

—Ah. Encantada de conocerle. O de volver a conocerle, en ese caso —me corregí, y él sonrió.

—Vamos a mi despacho. —Nos hizo un gesto para que lo siguiéramos—. Chiquilla, la verdad es que llevaba un tiempo preguntándome qué era de tu vida. ¿Es cierto lo que se cuenta por ahí? —preguntó con curiosidad mientras abría la puerta del despacho.

Me senté mientras mis dos escoltas se quedaban de pie detrás de mi silla. Entonces se lo conté todo a Tadeu: el robo, Matteo y su estafa, y el intento de violación de la noche anterior.

Tadeu escuchó en silencio y, curiosamente, no me puse nerviosa mientras relataba lo sucedido.

La misma agente que nos había recibido fuera entró con nosotros y no se movió de mi campo de visión en todo el rato que estuve hablando.

Estaba allí para darme apoyo por si me sentía incómoda en una sala llena de hombres.

No sabía si era el protocolo de la comisaría o si había decidido quedarse por su cuenta, pero le sonreí, agradecida por su presencia.

—Así que el cabrón te robó el dinero y encima intentó agredirte, ¿eh? —preguntó Tadeu, y asentí—. Bueno, tendrás que perdonarme el lenguaje, chiquilla, pero tu primo es un hijo de puta, ¿no?

Me reí.

—Ah, a mí no me molesta. Le garantizo que al muy hijo de puta lo he llamado cosas mucho peores.

—Ya. —El jefe se rio—. ¿Cómo puedo ayudarte con todo este lío?

Fruncí el ceño, sin entenderlo.

—Si pudiera tirar la llave de la celda de Matteo, eso ayudaría mucho —sugerí con una sonrisa.

Los hombres se echaron a reír. La agente seguía observándome con atención, pero sonrió cuando la miré.

—Por desgracia, no puedo hacer eso. Y créeme, me encantaría —admitió Tadeu, y se reclinó en la silla—. Perdona que me meta donde no me llaman, pero me puede la curiosidad. ¿Qué estás haciendo para recuperar lo que perdiste?

Leonardo, en su papel de abogado, se apresuró a explicar que habíamos presentado una demanda, aunque de momento no significaba gran cosa porque todavía no teníamos pruebas que respaldaran nuestras acusaciones.

—Así que lo único que necesitan es algo que corrobore su caso —concluyó el jefe, y asentí—. ¿Y cómo piensan conseguirlo exactamente?

—Hace poco, Matteo intentó engañar a Antonella para quedarse con su piso —dijo Gian, y explicó lo de la notificación de desahucio y la escritura falsificadas—.

Así que empezamos a pensar que todo este lío, incluido lo que usara para engañar a todo el mundo desde el principio, no es más que otra mentira.

—Estamos casi seguros de que los documentos que Matteo asegura tener, los que supuestamente transfirieron todos mis bienes a su nombre, también son falsos —expliqué.

Tadeu se quedó mirando el techo, pensativo.

—El abogado del tipo ha pasado por aquí unas quince veces solo esta mañana.

Todavía no ha conseguido el habeas corpus, pero es cuestión de tiempo, porque tu primo no tiene antecedentes —nos informó, confirmando lo que ya sabíamos—.

Pero, si eso te ayuda a encontrar las pruebas que necesitas, puedo retenerlo aquí un día más, chiquilla.

—¿De verdad haría eso? ¿Por mí? —pregunté, atónita. Miré a Leonardo y a Gian, y parecían igual de sorprendidos.

Tadeu se rio.

—Te miro y solo veo a aquella cosita flacucha con el pelo alborotado, agarrada a las faldas de su madre.

—Su sonrisa se volvió nostálgica—. Claro que puedo hacerlo por ti, pero también lo hago en memoria de tu madre.

Anna Giorgia era una buena amiga y sé lo mucho que se preocupaba por ti. Así que considéralo hecho.

—Muchísimas gracias. —Le estreché la mano, emocionada—. En serio. Gracias.

—No me des las gracias, chica. —Me devolvió el apretón, sonriente—. Ahora ve a buscar tus pruebas. Al cabrón lo retengo aquí hasta mañana. Y no te preocupes, él y yo vamos a tener una conversación muy agradable sobre lo que hizo anoche.

Se le endureció la expresión y, por un segundo exacto, sentí lástima por Matteo. Pero solo un segundo. Luego se me pasó.

Nos despedimos, volví a darle las gracias y salimos de la comisaría.

Y entonces nos pusimos en marcha como si nos persiguieran los siete sabuesos del infierno, porque ahora teníamos justo el tiempo que necesitábamos para encontrar pruebas.