Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 42 Rehabilitación
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42 Rehabilitación

LEONARDO

Cuando volvimos a su apartamento, ya había anochecido y Antonella estaba desanimada. Habíamos desmontado el salón de Matteo y puesto su despacho patas arriba, pero no habíamos encontrado nada. Ni un solo documento.

El hijo de puta será un puto ladrón, pero sabe esconder bien sus mierdas.

En cuanto entramos, Gian se fue directo a la cocina y Antonella desapareció en su dormitorio con la cabeza gacha.

—No vamos a rendirnos tan fácilmente —dijo, y me hizo un gesto para que lo siguiera.

Abrió el congelador y sacó una tarrina enorme de helado. Después rebuscó en un cajón y cogió una cuchara.

Buscó detrás de las cajas de cereales, encontró una botella de vodka sin abrir y la escondió debajo del fregadero.

Por último, cogió una bolsa familiar de patatas y me lo cargó todo en los brazos.

—Presta atención y memoriza todo esto. —Señaló las cosas que llevaba y luego el dormitorio de Antonella—. Ahora ven conmigo.

Antonella ya estaba en pijama, tumbada en la cama y tapada hasta el cuello. Miraba al techo con el ceño fruncido, enfurruñada.

Gian apagó las luces, encendió una lámpara que teñía la habitación de un resplandor rosado y puso la televisión.

Fue cambiando de canal hasta que empezó una película.

Antonella echó un vistazo de reojo a lo que estaba haciendo, con desinterés, pero cuando apareció en la pantalla un ciervo corriendo por un bosque frondoso y la voz de una chica empezó a hablar de la muerte o algo parecido, se le abrieron los ojos como platos y se le dibujó una sonrisa enorme.

Gian sonrió, satisfecho, y señaló las cosas que yo aún sostenía.

—Ahora te las apañas tú solo, colega. —Me dio una palmada en la espalda y se despidió—. Que pases buena noche. Hasta luego.

Confundido, me senté en la cama a su lado. Le pasé el helado, la cuchara y la enorme bolsa de patatas, y ella prácticamente me lo arrancó todo de las manos sin apartar la vista de la pantalla.

De pronto parecía alegre, y yo también me quedé mirando el televisor, sin entender nada.

—¿Qué tiene de especial esta película? —cometí el error de preguntar, y en cuanto vi cómo se le iluminaban los ojos, me arrepentí.

Durante las dos horas siguientes, Antonella demostró una habilidad que yo todavía no comprendía: ver la película con toda atención y, al mismo tiempo, hablar sin parar sobre ella.

Suspiró por un tal Edward que, en mi opinión, parecía un idiota pomposo con un pelo ridículo y el cuerpo cubierto de purpurina.

También suspiró por otro tipo llamado Jacob, que a mí me parecía igual de estúpido, aunque estaba un poco mejor arreglado.

No paró de hablar de lo mucho que admiraba a la protagonista y de alabar su integridad.

—Si yo fuera Bella, me los habría follado a los dos, así. —Chasqueó los dedos—. A la vez, de hecho. Dejaría que decidiera mi coño y, si los elegía a los dos, me quedaría con los dos. Sin problema.

Se zampó toda la tarrina de helado sin darse cuenta, me puso la cama hecha un desastre de patatas y no me ofreció ni una, pero me dio igual.

Me alegraba verla sonreír, así que la dejé hablar todo lo que quiso. Me tumbé a su lado y fingí que veía la película, aunque estaba mucho más pendiente de ella.

Antonella parecía tranquila, casi serena, como si durante dos horas hubiera conseguido mandar al resto del mundo a tomar por culo. Entonces entendí por qué Gian siempre sabía exactamente qué hacer con ella. Y se lo agradecí en silencio.

—¿Quién te ha gustado más? ¿Edward o Jacob? —me preguntó cuando empezó la segunda película.

Me interesaban mucho más su cara, sus ojos azules y su boca manchada de helado que cualquier vampiro brillante de la tele. Lo único que pude hacer fue sonreír.

—Me gustas más tú. —Le di un beso rápido y saboreeé el helado—. Serías una Bella increíble.

Sonrió, un poco tímida.

—Uf, no sé yo. Si yo estuviera en su lugar, la saga no iría de pasión adolescente. Sería una serie de películas porno.

Me reí contra sus labios.

—¿Quieres que empecemos la serie ahora? —pregunté, mordiéndole el labio inferior—. Puedo ser tu Edward, mi Bella.

—No te pongas tierno —se quejó, y luego me besó con dulzura.

La dulzura no duró mucho, porque un segundo después estaba tumbado boca arriba y la película había quedado olvidada.

Se sentó a horcajadas sobre mí y solo entonces me di cuenta de que los tirantes que había visto no eran de un conjunto de top y pantalón corto, como había supuesto, sino de un vestidito.

Restregó las caderas contra mi polla, que no tardó en despertar, y deslicé las manos por sus piernas.

—Qué pena que no podamos follar —dijo, restregándose contra mí y acabando con el poco autocontrol que me quedaba.

Abrí unos ojos que no recordaba haber cerrado y la miré, confundido.

—¿Qué has dicho?

—No podemos hacer esto. —Volvió a mover las caderas y yo le agarré el culo para aumentar la fricción entre los dos.

—¿Y por qué no?

—Porque, cariño, la próxima vez que me tengas —se inclinó para susurrarme contra la boca— será después de que me haya tenido otro.

Aparté la cabeza y clavé la mirada en la cara de aquella cabrona para ver si hablaba en serio.

Lo decía en serio. La muy zorra.

—¿Otra vez con esta gilipollez? —Se rio en mi cara y siguió moviendo esas caderas perfectas sobre mi polla—. Deja de restregarte y responde a mi pregunta, Antonella. ¿Qué pretendes conseguir exactamente con esto? Si tu objetivo es cabrearme, enhorabuena. Lo has conseguido.

Abrió más las piernas, se irguió, apoyó las manos en mi pecho y se alzó.

—No intento cabrearte. Intento devolverte el favor. ¿Por qué es tan difícil de entender?—Se pasó ambas manos por el pelo, exasperada—. Si hubiera sido yo, en mi despacho, y tú entraras y me pillaras chupándole la polla a Gabriel, ¿qué habrías hecho?

Fruncí el ceño.

—¿Qué? Tú... Antonella, ¿vas a chupársela a Gabriel? ¿A Gabriel, mi empleado?

Puso los ojos en blanco.

—Era una hipótesis—explicó, respirando hondo, claramente empeñada en que entendiera lo que quería decir—.

Si fuera al revés, si fueras tú quien me pillara chupándosela a otro o dejando que otro me comiera el coño, ¿qué harías?

—Abrí la boca para responder, pero se me adelantó—.

Te darías media vuelta y saldrías por la misma puerta por la que habías entrado y, aunque te vengaras partiéndole la cara al tipo, no te lo pensarías dos veces antes de follarte a Andréia.

O a Thatyanne. O a cualquier otra mujer que se cruzara en tu camino. ¿Me equivoco?

La cabrona tenía razón, pero yo seguía sin estar de acuerdo con aquella mierda.

—No—mentí descaradamente—. No haría nada de eso.

Entrecerró los ojos, desconfiada.

—Estás mintiendo—me observó con atención, estudiándome—. No sabía que fueras un mentiroso tan descarado. ¿Mentías cuando dijiste que tú también estabas enamorado de mí?

—Claro que no—corté de inmediato aquella duda absurda, pero ella no parecía convencida—. Está bien. He mentido y seguramente habría hecho exactamente lo que has dicho.—Suspiré y le sostuve la mirada—. Estoy enamorado de ti, Antonella. En eso no mentí. En mi vida he sido más sincero con nada.

Siguió mirándome con desconfianza, pero al final pareció creerme.

—Y... ¿me quieres?—preguntó, roja de vergüenza.

En cualquier otro momento habría negado esa mierda porque era demasiado pronto. Pero Antonella estaba sentada a horcajadas sobre mí, frotando su coñito húmedo contra mi polla y sonriendo con timidez mientras se le ponía la cara de un rosa casi pudoroso.

No habría podido negarle nada a aquella mujer, aunque lo hubiera intentado. Ni entonces. Quizá nunca.

—Sí—respondí, y su sonrisa se volvió aún más hermosa. Toda ella es hermosa. Y me tiene en la palma de la mano, atado a una puta correa—. Te quiero.

Me besó y parecía contenerse físicamente para no decirlo también. Le acaricié la cara y estudié su expresión.

Antonella me quería. Era evidente. Pero había algo dentro de ella, algún instinto quizá, que la frenaba, que le impedía pronunciar las palabras.

Lo entendía. Aunque estuviera enamorada de mí, aunque me quisiera y quisiera aceptar mi invitación y ser mi novia, no confíaba en mí. Ya no.

Suspiré, casi rindiéndome. Todo aquello era culpa mía. Lo había jodido todo como un idiota y ahora me tocaba vivir con las consecuencias.

—Está bien—acepté aquella mierda y, aunque quería tragarme las palabras, seguí—. Haz lo que quieras. Pero tú...—Me detuve cuando pareció a punto de empezar a dar saltos de alegría—. No te vas a follar a nadie más. Puedes chupársela al tipo o dejar que te coma el coño, pero nada más. ¿Entendido?

Asintió, sonriendo y llevándose consigo mi tranquilidad.

No estaba contento. No estaba satisfecho. Lo había jodido todo como un idiota y ahora la cabrona de la vida me condenaba al infierno.

Había aprendido la lección, por supuesto. Y, conociendo a la mujer por la que estaba jodidamente colado —y sabiendo exactamente lo vengativa que podía llegar a ser—, jamás volvería a cometer el mismo error.

Antonella me besó, muy satisfecha de sí misma, mientras yo seguía con el ceño fruncido, disgustado.

—¿Sabes?—murmuró con la boca pegada a la mía—. Yo también te quiero—susurró tan bajito que al principio pensé que me lo había imaginado.

La miré fijamente a los ojos y ella volvió a sonreír, tímida.

Sonreí y le devolví el beso, mientras por dentro seguía lamentando la mierda que acababa de aceptar.

Al fin y al cabo, ella también me quería. Eso era lo que importaba.

¿Qué más daba que necesitara buscarse a un tipo cualquiera para sentir que se desquitaba por algo que había hecho yo?

Era mía, y ninguna mamada ni ninguna lengua iba a cambiar eso.

Tenía sudores fríos.

Llevábamos allí menos de diez minutos y la muy cabrona ya era la más deseada del local.

Miradas hambrientas la seguían allá donde iba, y a la maldita mujer no le hacía falta ni esforzarse.

Me senté a una mesa apartada y la dejé ir a por su objetivo.

La observé bailar, mover las caderas y guiñar el ojo a unos cuantos hijos de puta. Intentaba ignorarme todo lo posible, pero cada pocos movimientos me lanzaba una mirada preocupada.