Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 40 A mi cama
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40 A mi cama

ANTONELLA

Solo cuando la policía y los sanitarios se marcharon de mi apartamento con Matteo, que seguía inconsciente, pude volver a respirar con normalidad.

Presté declaración, al igual que Gian y Leonardo, y me dijeron que tendría que ir a la comisaría en cuanto me viera con fuerzas.

Podría haber ido con ellos y haberlo zanjado todo de una vez, pero estaba demasiado agotada. Decidí descansar esa noche y ocuparme de todo lo demás al día siguiente.

—No estoy satisfecho —anunció Gian mientras se dejaba caer en el sofá tras cerrar la puerta.

—¿Por qué? —Tenía la boca pegada al cuello de Leonardo, que olía de maravilla. Me había subido a su regazo en cuanto la policía se dio la vuelta, y yo no me había quejado. Más bien al contrario. Me acurruqué contra su cuerpo y acepté encantada la mano que me acariciaba la espalda.

—Porque no he tenido ni una sola oportunidad de ponerle un dedo encima a ese cabrón —se quejó Gian, ofendido—.

Podrías haberme dejado algo, tío. Eso no se hace.

¿Has visto la cara de los polis cuando se han enterado de que todo ese destrozo lo habías hecho tú?

Me has dejado como un idiota incapaz de darle un par de puñetazos a un tío en la cara. Eso no se hace, tío. Nada de nada.

La risa de Leonardo me hizo vibrar el cuerpo; le besé la barbilla antes de volverme hacia Gian.

—No eres idiota, pero ahora mismo lo pareces, quejándote sin parar. ¿Quieres un chupete, bebé?

Frunció el ceño y Leonardo volvió a reírse. Al ver que eran dos contra uno, Gian se levantó.

—Y este gilipollas sigue riéndose de mí —se quejó otra vez—. Mira, tío, apenas te conozco. Todavía no tienes permiso para tomarte tantas confianzas conmigo. ¡Hay que tener morro!

—Culpa mía, tío —dijo Leonardo, fingiendo seriedad.

Gian puso los ojos en blanco. Pasó la mirada de mí al hombre que me servía de sofá y nos estudió un segundo.

—¿Quieres que me quede o puedo irme a casa? —me preguntó.

—Puedes quedarte si quieres —respondí, y enseguida empecé a dar saltos de emoción—. ¡Podemos ver KUWTK los tres juntos! ¡El episodio de esta semana debería haber salido hace unas horas!

—Solo son las siete de la tarde, Antonella —dijo Leonardo.

Me giré hacia él como la niña de El exorcista y casi me rompí el cuello.

—¿Qué has dicho? —pregunté rápidamente, y Gian se rio porque había captado lo mismo que yo.

Leonardo intentó componer una expresión inocente, desesperado por cambiar de tema.

—Solo te estaba diciendo la hora —respondió, haciéndose el tonto.

Entrecerré los ojos con desconfianza y no me tragué esa trola ni un segundo. KUWTK empezaba a las ocho todos los jueves, y la única razón por la que había mencionado la hora era porque lo sabía.

¡Leonardo veía Keeping Up with the Kardashians! ¿Podía un hombre ser más perfecto que este? No. No podía.

Lo único que podría mejorarlo sería que viera Anatomía de Grey. Entonces moriría de felicidad.

—Vale. —Fingí que me creía esa tontería y me volví emocionada hacia Gian—. ¿Te quedas a verlo con nosotros?

—Yo nunca he dicho que fuera a ver… —intentó decir mi sofá humano buenorro, pero le tapé la boca con una mano.

—Cállate. Chsss.

Lo fulminé con la mirada antes de que pudiera derribar mi castillito de arena. Luego volví a mirar a mi amigo y esperé su respuesta.

—Creo que paso —dijo Gian entre risas. Se acercó para despedirse y yo me levanté para abrazarlo—. ¿Seguro que estás bien?

—Segurísima. —Le besé la mejilla—. Gracias.

—No hay nada que agradecer. —Me devolvió el beso en la mejilla y se apartó, haciéndole una mueca a Leonardo por encima de mi hombro—. Y yo no he hecho nada. Ha sido todo cosa de tu guaperas.

—Bah, no te dejes impresionar. Tiene todos esos músculos. —Le levanté la camiseta a Leonardo y le enseñé a Gian un trocito de lo que antes era mi parque de atracciones particular—. Pero no sirven para nada. Pobrecito, no tiene ni fuerza.

Leonardo hizo una mueca y yo me reí.

—Me voy —anunció Gian. Luego le estrechó la mano a Leonardo y lo atrajo hacia sí en ese saludo tan típico entre hombres, mitad apretón de manos, mitad abrazo, aunque técnicamente no fuera ninguna de las dos cosas—. Nos vemos.

Lo acompañé hasta la puerta y lo abracé una vez más. La cerré y apenas había dado dos pasos cuando un neandertal me levantó en vilo y me cargó al hombro.

—Sin fuerza e inútil —murmuró—. Te voy a enseñar yo quién es el inútil, mujer.

Mientras yo me moría de risa, me llevó hasta mi dormitorio. Me tiró en la cama y separé las piernas con entusiasmo.

Pero en lugar de eso se tumbó a mi lado, me atrajo contra su pecho con una mano y cogió el mando con la otra.

Yo había dado por hecho que estábamos a punto de tener un maratón sexual épico, pero Leonardo encendió la televisión y puso el canal que emitía KUWTK.

Y puede que no lo parezca, pero no estoy loca.

O sea, que no es que estuviera desesperada por echar un polvo ni nada por el estilo. Era solo que tener semejante monumento delante de mis pobres ojos hambrientos era demasiado para mí.

Además, todavía teníamos que hablar de todo lo que había pasado y demás.

Pero ni de coña iba a rechazar la oportunidad de ver a mis chicas Dash con ese hombre.

Odio verlo sola, y no tener a nadie con quien comentarlo es horrible.

Y encima, por fin tendría la ocasión de desenmascararlo.

—Khloé es mi Kardashian favorita —comenté, señalando a Kim a propósito.

Leonardo entrecerró los ojos; no pensaba picar el anzuelo.

—¿De verdad? ¿Por qué te gusta tanto? —preguntó en cambio, sin corregirme.

El hombre era listo. Vale. Tendría que ser más sutil.

—Porque nunca se corta. De toda esa familia, es la que dice exactamente lo que piensa.

No se anda con rodeos ni con juegos. Es muy honesta y justa, incluso cuando está dolida —empecé, fingiendo que me distraía la lámpara de araña del techo—.

Como con sus relaciones. Khloé ha pasado por cosas muy duras en la vida, pero nunca se escondió, ¿sabes?

Nunca dejó que aquello la destruyera. Sufrió, claro.

Se cayó un montón de veces, pero siempre volvió a levantarse.

Me detuve para recuperar el aliento.

Leonardo parecía escucharme, así que continué.

—Cuando terminó su matrimonio con Lamar, por ejemplo, no habló mal de él ni una sola vez en el programa.

Todo lo contrario. Siempre lo protegió, aunque todo el mundo supiera las cosas asquerosas que había hecho durante el matrimonio.

Cuando más la necesitó, ella estuvo a su lado y lo ayudó a volver a aprender a caminar.

Puso el divorcio en pausa, se centró por completo en su recuperación y solo cuando él estuvo sano de nuevo reanudó los trámites —expliqué, y me quedé un momento perdida en mis pensamientos.

Ese nivel de madurez, empatía y compasión me hace cuestionarme seriamente mi propio carácter.

Porque no sé tú, pero a mí me cuesta imaginarme haciendo lo que hizo Khloé si alguna vez me viera en esa situación.

O quizá sí lo haría. ¿Quién coño sabe? Cada situación es distinta y solo descubres de lo que eres capaz cuando te ves en el marrón de verdad.

Antes de eso, es imposible predecir emociones ni reacciones.

Pero aquí la cuestión no era yo. Era el cabrón mentiroso que tenía al lado. Le lancé una mirada rápida de reojo para asegurarme de que seguía el hilo y me alegró comprobar que así era.

—Así que, cuando por fin superó todo aquel caos y pasó una temporada escondida en su pequeño caparazón —continué—, conoció al gran amor de su vida y se quedó embarazada.

Todo pintaba de maravilla. Todo era perfecto, como en una telenovela de máxima audiencia y todo eso.

Y entonces volvió a pasar: le pusieron los cuernos.

No sé qué se le pasó por la cabeza, pero, teniendo en cuenta que estaba prácticamente a punto de dar a luz y todo lo demás, Khloé perdonó al cabrón —refunfuñé.

Todavía no había superado aquella gilipollez en concreto, pero pasé página y le preparé con cuidado la ratonera al cabroncete que tenía al lado.

—Obviamente decidió pensar en su hija, porque ella es así.

Perdonar forma parte de su naturaleza. Así que retomaron la relación y todo volvió a ser maravilloso.

Salvo que, por desgracia, quien engaña una vez, engaña dos.

Y entonces aquel perro asqueroso, que por lo visto decidió que una infidelidad normal no era lo bastante dramática, se lio con la mejor amiga de la hermana pequeña de su mujer —me froté la frente y fingí que pensaba—.

No consigo acordarme de cómo se llamaba la chica.

Creo que empezaba por jota. No me sale. Jo-algo...

—Jordyn Woods —dijo él distraídamente, y cerró los ojos al darse cuenta de lo que acababa de hacer.

—¡Lo sabía! —grité, y empecé a dar saltos en la cama—. ¡Lo sabía, joder!

Me reí como una histérica mientras él se frotaba la frente, avergonzado. Celebré un rato más la confirmación de mis sospechas y luego me lancé encima de él.

—¡Mis pelotas! ¡Casi me das en las pelotas, Antonella! —gritó, y yo me reí aún más—. ¿Estás intentando matarme la polla, mujer malvada?

—No te mosquees, hombre —le besé la cara, todavía riéndome, mientras él fruncía el ceño—. Tu polla está a salvo. Y no pasa nada si de vez en cuando te gusta un poco de drama, ¿sabes? No tiene nada de malo. Ya que te va el tema, también podemos ver unos cuantos episodios de Anatomía de Grey.

—No —negó con la cabeza enérgicamente.

—No te cuesta nada —intenté convencerlo—. ¿Qué problema hay? Podemos verlo aquí, tranquilamente, y nadie tiene por qué enterarse.

—No.

—Si no es ni siquiera una serie para mujeres ni nada de eso que dice todo el mundo —insistí—.

¡Y es buenísima! Hay sangre, hay drama, la gente folla como conejos por todo el hospital y es divertidísima.

—Su expresión cambió, como si de verdad se lo estuviera pensando, así que apreté un poco más—.

A ver, si ya estás aquí. ¿Qué te cuesta?

A menos que te dé miedo ver a gente abierta en canal y chorreando sangre.

En ese caso, lo siento, pero voy a tener que decirte que no seas tan nenaza.

Leonardo suspiró, derrotado.

Vimos casi toda la primera temporada de Anatomía de Grey. Era evidente que a Leonardo le gustaba la serie y que se lo estaba pasando bien, pero cada vez que lo miraba fruncía el ceño al instante y fingía estar soportando la peor tortura imaginable.

Cuando empezó a despuntar el alba y el sueño por fin nos venció, apagó la televisión y se tumbó a mi lado.

Me besó la frente y apoyó la cabeza en mi almohada.

—No me voy a quejar si ahora quieres irte a casa —dije, bostezándole en plena cara—. Estaré bien, te lo prometo.

—Estoy bien aquí mismo —respondió, y me rozó los labios rápidamente con los suyos.

—Todavía tenemos que hablar, que lo sepas —comenté, forzando los ojos para mantenerlos abiertos mientras el sueño tiraba de mí—. De tu monumental cagada y todo eso.

—Sí que tenemos. Pero ahora no. Mañana, cuando te encuentres mejor.

—No sé si te has dado cuenta, pero no estoy enferma —le informé—. Un pervertido intentó agarrarme, tú llegaste a tiempo, ahora está detenido y yo estoy bien. En cuanto a tu monumental cagada, yo...

—Mañana, Antonella —me interrumpió, y se le puso la cara seria—. Hoy no. Ahora no. Mañana.

—Ya te había perdonado más o menos antes de tu acto heroico —continué, porque si pensaba que podía darme órdenes, más le valía pensárselo otra vez y espabilar de una puta vez—.

No estoy cariñosa contigo solo por lo que hiciste antes.

Pensé mucho en todo durante el trayecto a casa y decidí que te merecías una segunda oportunidad.

Leonardo optó por callarse, pero se le notaba el alivio en toda la cara.

—Podemos empezar a pasar más tiempo juntos, hacer cosas de pareja, darnos la mano y esas mierdas, pero solo porque estás tan adorablemente enamorado de mí —lo piqué, y me pellizcó.

—Y no olvidemos que tú también estás adorablemente enamorada de mí —murmuró con una sonrisa.

—Estás tan dormido que has empezado a alucinar, tío.

Deberías hacértelo mirar, ¿sabes? ¿Y si tienes un tumor cerebral o algo así?

Aún no conoces a Amelia, pero tuvo un tumor que la dejó un poco loca, como tú ahora mismo.

Eso puede ser peligroso. Ponte en tratamiento, por favor —dije, y él se rio, perfectamente consciente de que estaba esquivando el tema.

—Entonces, ¿quieres ser mi novia? —preguntó, y asentí antes de detenerme al recordar algo.

—No.

Cuando frunció el ceño, confundido, continué.

—¿Puedes volver a preguntármelo más tarde?

—Claro. —Me rodeó con los brazos y volvió a besarme la frente—. ¿Necesitas más tiempo para pensarlo? No pasa nada. Esperaré.

—Ah, no. No necesito tiempo para pensarlo. Voy a decir que sí aunque no te hayas puesto de rodillas como yo quería. Solo tengo que hacer una cosa antes.

—¿Qué tienes que hacer? —preguntó con curiosidad.

—Ah, una cosilla que tiene que ver con un tío —dije como quien no quiere la cosa, y Leonardo me miró con recelo.

—¿Qué cosa con un tío? ¿Y qué tío?

—Necesito igualar las cosas entre nosotros, ¿sabes? Así que tengo que encontrar a algún tío que me coma el coño, igual que la tortuga te comió la polla a ti.

Leonardo casi salió disparado de la cama, indignadísimo.

—¿Tú... qué? ¡No vas a hacer nada de eso!

¿Quieres que alguien te lo coma ahora mismo?

Abre las piernas y te comeré ese coño delicioso como si llevara siglos muerto de hambre, porque encima lo echo de menos.

Pero tú —gruñó pegado a mi cara, con un descaro de mil demonios— no vas a dejar que ningún hombre se acerque a lo que es mío.

Yo me limité a parpadear.

—¿Y quién ha dicho que aquí haya algo que te pertenezca? Lo siento, cariño, pero incluso después de aceptar tu propuesta —que conste que todavía no lo he hecho—, seguiré perteneciéndome a mí misma. Aquí no hay nada que sea tuyo.

Abrió y cerró los ojos y apretó los brazos a mi alrededor.

Le sonreí y cerré los ojos.

—Igualdad de derechos, amor —murmuré con un bostezo—. Si tú puedes hacerlo, yo también. Ahora duérmete. Hasta mañana.

Y dormí como un ángel, envuelta en sus brazos, mientras su indignación vibraba prácticamente por toda la habitación.