39 Hazlo como un tío
ANTONELLA
Volví a casa en coche con una extraña mezcla de tristeza y felicidad en el pecho. Tristeza porque a Claudilene ya casi no le quedaba fe en sí misma, y felicidad porque yo podía ayudarla.
Claudilene debería haber sido libre desde hacía años. Claro que, después de tanto tiempo, ya no se fiaba mucho de las promesas. Aun así, me juré que la sacaría de allí costara lo que costase. Y lo haría.
Cuando llegué a casa ya casi había anochecido, y me fui directa al baño. Me fui desnudando por el camino, dejé la ropa tirada donde cayera y puse la bañera a llenar.
Eché las sales de baño, esperé a que se formara una buena capa de espuma y me metí dentro. Me lavé con el menor esfuerzo posible, porque tenía los brazos medio entumecidos, y luego me limité a relajarme.
Damon-Salvatore-sabrá-cuánto-tiempo después, estaba a punto de quedarme dormida cuando oí el timbre.
Me levanté despacio, cogí el albornoz y fui dejando un rastro de agua por todo el piso hasta la puerta. No miré por el espejo mágico porque padezco estupidez crónica, pero debería haberlo hecho.
Porque en cuanto abrí la puerta, me encontré a Matteo allí plantado.
—¿Qué? —pregunté, sorprendida, aunque el odio apareció casi de inmediato—. ¿Vienes a inspeccionar el piso que no es tuyo ni lo será nunca?
Matteo no sonrió como esperaba, como solía hacer cuando lo insultaba. Estaba serio, con el ceño fruncido y una expresión que, supuse, solo pretendía intimidarme.
—He venido a darte un aviso —dijo, y se metió las manos en los bolsillos de la sudadera.
Llevaba una chaqueta negra, pantalones negros y la capucha echada sobre la cabeza. Parecía casi un ladrón.
Lo cual, pensándolo bien, era exactamente lo que era. Me pregunté cómo coño había dejado entrar el portero a alguien con pinta de delincuente de barrio.
—Ah, ¿sí? —pregunté con una sonrisa, porque si había venido a asustarme, el pobre desgraciado iba a tener que esforzarse mucho más—. ¿Puedes ir al grano con ese aviso? No tengo tiempo que perder con delincuentes de poca monta.
—Vas a retirar la demanda y no volverás a hablar de esto nunca más —dijo con la expresión más severa que le había visto nunca.
El que estaba asustado era él, el muy pringado. El caso iba de maravilla y los rumores habían empezado a correr exactamente como yo quería.
—¿Qué ha pasado, primo? ¿Has perdido a unos cuantos socios? ¿No les ha gustado descubrir que no eres más que un puto ladrón?
Me reí en su cara y él inspiró despacio.
—La empresa es mía —gruñó, furioso—. Las acciones, todo es mío. Y no volverás a ver ni un céntimo de tu dinero. Y aunque, por imposible que sea, llegaras a hacerte con el control de todo, tampoco lo recuperarías.
Me pregunté qué estaría tramando el muy cabrón. Porque, obviamente, tenía un plan. A su retorcida manera, acababa de admitir que existía alguna posibilidad de que yo ganara el juicio.
—¿Y eso qué quiere decir? ¿Piensas desaparecer con mi dinero o deshacerte de él de alguna manera? —pregunté.
Sonrió.
—Algo así, sí.
Estuve a punto de abalanzarme sobre él y dejarle esa cara asquerosa hecha jirones, pero conseguí contenerme a tiempo.
—Lo que no entiendes, Matteo, es que el dinero da igual —dije.
Estaba furiosa, pero no por el dinero en sí.
Por supuesto que quería recuperarlo todo.
Era mío y todo eso. Pero no era lo más importante—.
En cuanto recupere la empresa, podré ganar el doble de lo que me robaste.
Así que quédate los millones y disfrútalos.
Vamos, que seguramente los necesitas más que yo, teniendo en cuenta lo que eres y tal.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que eres un puto inútil —respondí con una sonrisa de lástima—.
Básicamente eres una ameba, y jamás conseguirías ganar por tus propios medios ni de lejos lo que robaste.
A ver, no has trabajado un solo día en tu vida.
Yo tampoco lo había hecho hasta hace poco, la verdad; este es mi primer trabajo, pero eso no viene al caso.
—Hice un gesto para quitarle importancia—.
Lo que quiero decir es que tú no tuviste una herencia como yo.
Siempre has vivido de tu padre, ese pedazo de mierda.
Nunca has trabajado por nada, como yo. Nunca te has sacado una carrera, como yo.
Nunca has luchado por tus logros, como yo.
No has hecho nada en tu vida. ¿Entiendes lo que te digo?
Puedo recuperarlo todo en un periquete porque, a diferencia de ti, sé lo que hago.
Me formé para esto y tuve a mi madre como mentora. Tú tenías a tu padre pagándolo todo.
—No vuelvas a pronunciar el nombre de mi padre con esa boca sucia, zorra —volvió a gruñir, ya totalmente alterado.
Arrugó más el ceño y le relampaguearon los ojos de rabia. El patético mierdecilla intentaba asustarme, pero yo no podía hacer otra cosa que reírme en su cara.
—Adelante. Vuelve a la empresa y juega a «el rey manda» mientras puedas. —Sonreí con desdén y encogí un hombro—. Porque cuando acabe contigo, te aseguro que tu futuro no va a ser nada bonito. Tú...
Se abalanzó sobre mí, furioso, antes de que me diera tiempo siquiera a anticiparlo.
Me estampó contra la puerta con tanta fuerza que esta chocó contra la pared. Me golpeé la nuca contra la madera, pero, pese al dolor, no logré apartar los ojos, muy abiertos, de la expresión casi enloquecida de su cara.
—Es la última vez que lo digo, así que más te vale escuchar con atención —murmuró, tan cerca de mi cara que le olí en el aliento lo que había cenado.
Me apretó el cuello con las manos mientras gruñía—: Vas a retirar la demanda.
Vas a dejarlo todo exactamente como está y no volverás a hablar de esto nunca más.
¿Queda claro? —Entonces se restregó contra mí y noté su erección clavada en mi vientre.
Matteo apartó los ojos de los míos y los deslizó por mi cuerpo, todavía húmedo del baño y cubierto únicamente por el albornoz.
Y, por fin, consiguió asustarme.
Porque no hay nada en este mundo más aterrador para una mujer que un hombre en el estado en que estaba él entonces.
Nada. Debió de tomarse mi silencio aterrorizado como un estímulo, porque Matteo apretó aún más el cuerpo contra el mío y deslizó una mano hasta mi pecho.
Me lo apretó con fuerza, como si quisiera castigarme, y me mordí el labio para contener un grito de dolor y otro de terror.
Intenté pensar en una salida, en cualquier cosa que pudiera hacer o decir para que apartara de mí aquellas manos repugnantes.
Pero no podía moverme: su cuerpo me tenía inmovilizada.
Me temblaba todo el cuerpo. Llenaba los pulmones a duras penas, pese a la presión que sentía en el pecho.
Me aterraba la idea de desmayarme si no lograba respirar bien, así que me obligué a tomar una bocanada tras otra. Imaginé lo que sería capaz de hacerme si perdía el conocimiento y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Se rio al ver el terror en mi rostro y pareció disfrutar de lo que veía. Volvió a frotarse contra mí, bajó las manos hasta mis piernas y las subió por mi piel, arrastrando el albornoz consigo.
—Veamos si estás así de buena debajo de ese albornoz, ¿te parece? —murmuró en un tono repugnante, y sentí que se endurecía aún más contra mi estómago.
—N-no... —Mi voz apenas fue un susurro, poco más que aire. El miedo me había cerrado la garganta y no podía ni gritar—. N-no, p-por favor...
Matteo volvió a reírse, como si mi reacción fuera patética, y abrió la boca.
Pero antes de que pudiera decir nada, sus manos me soltaron de repente y, para mi asombro, su cuerpo salió volando por el recibidor.
Antes de que me fallaran las piernas y me desplomara, aún alcancé a ver una mancha furiosa que pasaba a mi lado como una tromba, gritando algo.
Caí al suelo y me llevé las rodillas al pecho, me rodeé con los brazos y busqué algo de consuelo y recuperar el control.
Unos brazos enormes me rodearon, y habría gritado de terror si su olor no me hubiera envuelto casi de inmediato.
—Tranquila —murmuró con suavidad junto a mi oído para no asustarme—. Estás bien. Ya ha pasado.
—Gi —susurré, y me aferré a él. Las lágrimas brotaron sin control y sollocé contra su cuerpo.
—Shhh... —susurró Gian, secándome las lágrimas con cuidado—. Estoy aquí contigo. Ya estás a salvo.
Me besó el rostro y siguió consolándome mientras escuchaba el caos que se desataba dentro de mi piso sin poder ver nada de lo que ocurría.
Cuando por fin me calmé lo suficiente para volver a respirar con normalidad, Gian me observó con atención.
—¿Quieres que llame a la policía? —preguntó en voz baja, por miedo a sobresaltarme.
Asentí y respiré hondo antes de ponerme en pie. Con todo el valor que logré reunir —que no era mucho—, miré hacia donde venía todo aquel ruido.
Leonardo tenía a Matteo agarrado por la garganta. El rostro de Matteo ya resultaba casi irreconocible: se le hinchaba a toda velocidad y estaba cubierto de sangre. Leonardo lo lanzó contra la mesa del recibidor.
El estrépito de los cristales al romperse resonó por toda la estancia, acompañado por el grito de dolor del hombre tendido en el suelo.
Por lo visto, Leonardo aún no estaba satisfecho: se agachó sobre él y le dio unos quince puñetazos seguidos, hasta que tuvo que parar para recuperar el aliento.
Una vez recuperado, parecía dispuesto a seguir, pero Gian lo detuvo.
—Ya basta, tío —dijo, interponiéndose entre el hombre furioso y lo que quedaba del pervertido tendido en el suelo—. Se ha llevado lo que se merecía. Voy a llamar a la policía.
Leonardo volvió a respirar hondo y retrocedió.
Parecía diez veces más grande de lo que recordaba. Vestía de manera informal, con un jersey negro de punto y manga larga y unos vaqueros claros.
Los músculos, hinchados por el esfuerzo, le tensaban la tela, y su expresión era asesina.
Miró a su alrededor como si despertara de un trance y entonces sus ojos encontraron los míos.
Primero me estudió, atento a mi expresión. Dio un paso hacia mí, vaciló y esperó a ver cómo reaccionaba.
Como no hice nada, se acercó hasta quedar frente a mí.
—¿Qué haces aquí? —pregunté. Tenía los nervios a flor de piel y un escalofrío tras otro me recorría la espalda, pero poco a poco iba recuperando el control.
—No respondías a mis llamadas, así que decidí pasarme para asegurarme de que estabas bien. —No me tocó porque tenía las manos cubiertas de sangre—. Me encontré con tu amigo abajo al llegar, y el portero me dijo que Matteo estaba aquí arriba.
Asentí y tomé nota mental de tener más tarde una pequeña conversación con el incompetente del portero.
—¿Estás sangrando? —pregunté al ver que de su mano caían gotas de sangre sobre la alfombra. No era mucha, pero tampoco parecía que toda fuera de Matteo.
—Creo que me he abierto la piel con sus dientes —dijo, sin dejar de mirarme mientras se limpiaba la mano en el bajo del jersey para frenar la hemorragia—. ¿Quieres cambiarte antes de que llegue la policía?
Miré a Gian con ansiedad y él asintió para indicarme que todo estaba bien.
—No te preocupes. Lo vigilo yo —prometió, señalando al hombre inconsciente que yacía a sus pies—. No va a irse a ninguna parte. Ve a ponerte algo más cómodo.
Acepté, y Leonardo me siguió hasta el dormitorio. Quería cubrirme la mayor parte posible del cuerpo.
Me puse unos vaqueros y una de las enormes sudaderas de Gian. Me sentí mejor y respiré hondo varias veces, hasta relajarme poco a poco.
Ya había pasado, me repetí en silencio. Estaba bien. Él ya no me tocaba. Ya había pasado.
Más tranquila y empezando a sentirme yo misma de nuevo, noté que una furia como no había conocido jamás se apoderaba de mi cuerpo.
Robarme la herencia no le había bastado. Aquel hijo de puta también había intentado agredirme sexualmente.
Pero esta vez no se saldría con la suya. No descansaría hasta que aquel cabrón de ojos de cerdo y polla minúscula estuviera entre rejas, que era su sitio.
Escogí una de las camisetas de Gian, la más grande que encontré, y se la tendí a Leonardo.
Entró en el baño y se lavó las manos. Se quitó la camiseta manchada y se puso la limpia, que a duras penas le entraba.
Era de punto, igual que la otra, pero Gian era más menudo y debía de gastar unas dos tallas menos que Leonardo.
Aunque la camiseta le apretaba por todas partes, con los músculos presos en la tela, el pecho tensándola y cada relieve de los abdominales marcándose debajo, Leonardo no dijo nada.
Seguía mirándome, indeciso y receloso, a la espera, así que decidí romper el silencio para que supiera que estaba bien.
—Si quieres, puedes quitarte la camiseta —sugerí en tono casual, incapaz de apartar la vista de aquel espectáculo envasado al vacío—. No me quejaré.
Leonardo se rio por lo bajo, por fin me rodeó con los brazos y me besó la frente con suavidad.
—Tanto silencio empezaba a preocuparme —admitió, y me besó otra vez la frente—. Hazme el favor de desarrollar lo de la camiseta.
Me reí y le devolví el abrazo, dejé que el calor de su cuerpo reconfortara el mío y acepté encantada sus mimos.
Cerré los ojos y respiré hondo una vez más.
Todo estaba bien. Él estaba allí. Gian estaba allí. La policía estaba en camino. Matteo estaba a punto de convertirse en el aperitivo de los reclusos y yo volvía a sentirme yo misma.