38 Cayendo
ANTONELLA
Tres días después, seguía sin podérmelo creer. Cada vez que cerraba los ojos, su furiosa declaración me volvía a sonar en la cabeza, una y otra vez.
Veía su cara perfecta, aquella expresión de exasperación, y escuchaba su voz ronca y maravillosa repitiendo que estaba enamorado de mí.
Era increíble. Que Leonardo estuviera enamorado de mí, digo. Porque, vamos... ¿qué cojones?
El muy cabrón me lo había dicho a la cara —más de una vez, de hecho—: que eso nunca pasaría. Que era imposible. Que jamás sería tan idiota como para caer así.
Pues ahí lo tienes. La vida y sus pequeñas ironías.
Había dicho que me daría tiempo para pensar, que me dejaría espacio, y cumplió su palabra.
En los tres días siguientes solo lo vi dos veces, y las dos se limitó a saludarme, tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada.
Salvo que había pasado un puto montón de cosas y yo, por cierto, estaba perdiendo la cabeza.
Como seguía sin creérmelo, necesitaba contárselo a alguien o iba a explotar.
—¡Socorro! —había gritado Gian cuando se lo conté todo, muerto de risa, rodando por mi cama y agarrándose la tripa—. ¡Que me muero!
Y volvió a estallar en carcajadas.
—Deja de reírte de mi desgracia, capullo.
Siguió riéndose, así que pasé del hijo de puta.
Estuve a punto, muy, muy a punto, de recurrir a mi buena amiga Natasha.
Estaba confundida, abrumada y completamente incapaz de pensar con claridad. Una borrachera monumental seguida de un olvido temporal era justo lo que necesitaba.
Entonces, muy sensatamente, me acordé de la diarrea explosiva que tendría a la mañana siguiente y abandoné el plan de inmediato.
En su lugar abrí una de las enormes tarrinas de helado que me había traído Gian y le pregunté qué cojones se suponía que tenía que hacer ahora.
—No me lo puedo creer —dijo Gian, intentando controlar la risa y fracasando estrepitosamente.
Una vez más demostraba ser un inútil total a la hora de dar consejos.
—¡Dios mío, qué giro argumental!
—Yo tampoco me lo creo —admití con la boca llena de helado—. Es como si, no sé, se hubiera vuelto un poco loco y hubiera soltado lo primero que se le pasó por la cabeza. Seguro que se lo inventó como excusa para tapar su cagada monumental.
Y, cabreándome otra vez, me metí en la boca una cucharada de helado de dimensiones tridimensionales.
—Puede ser —dijo Gian, secándose los ojos—. Pero, si lo piensas, decirte de la nada que está enamorado de ti solo para arreglar la cagada sería una cagada todavía mayor.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con la boca llena.
—Que, mira, puede que sea verdad. Que esté enamorado, digo. Mírate. —Señaló mi cara—. Ni la reina de todas las zorras es inmune al amor.
Se rio de mi cara de pena.
—¿Por qué iba a serlo el rey de los mujeriegos?
—¿Vas a algún lado con esto o solo te estás riendo a mi costa, zorra necesitada de atención? —protesté mientras consumía cantidades industriales de helado.
—A lo que voy, zorra, es a que, si de verdad está enamorado de ti, ¿por qué cojones se estaba liando con otra?
—Tienes razón. —Fruncí el ceño y lo pensé un segundo—. Así que solo hay dos posibilidades: o me mintió a la cara para salir del apuro, o es todavía más estúpido de lo que pensaba.
A ver, a mí todo aquel desastre también me había pillado por sorpresa.
Como ya he dicho, yo no pedí enamorarme. Solo quería echar polvos y vivir mi vida. Y entonces pasó.
¿Estaba horrorizada? Obviamente. ¿Intenté luchar contra ello? Pues claro. Pero, en medio de mi desesperación, ¿me acosté con otro por el motivo que fuera?
Por desgracia, no. Pero debería haberlo hecho, ¿verdad?
Exacto. Y lo haría. Acostarme con otro, digo. Era lo que pensaba hacer muy pronto. Si él podía hacer semejante gilipollez mientras decía que estaba enamorado de mí, ¿por qué no iba yo a poder hacer lo mismo?
¿Porque él tenía polla y yo coño? Por favor. Pensaba vengarme sí o sí, porque esa era la clase de zorra que era.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Gian mientras yo ya me perdía en mil escenarios de venganza posibles—. ¿Vas a seguir con la gilipollez de «necesito tiempo» o vas a darle una oportunidad al capullo?
—No lo sé.
Eso fue lo que le dije entonces y, tres días después, seguía sin tener ni puta idea.
A ver, el tío me gustaba. Además de estar enamorada de él, sospechaba que a lo mejor hasta amaba al hijo de puta y todo.
Porque, ya se sabe, por lo visto un desastre nunca es suficiente. Así que, de la nada, también había descubierto que quería a aquel sinvergüenza.
La verdad era que quería creerle. Quería poder perdonarlo. Quería que siguiera adelante lo nuestro, tener una relación seria, ir de la mano y hacer toda esa mierda.
El problema era que había roto mi confianza. Y sí, estaba todo aquello del sexo sin compromiso, la exclusividad solo entre polla y coño y bla, bla, bla, pero aun así.
Así me sentía yo. No podía volver a confiar en él por arte de magia y por la cara.
Lo único que había hecho hasta el momento era cagarla, declararme su amor y luego darme espacio y tiempo para pensar. Eso era todo.
No había habido ninguna gran demostración de toda esa supuesta pasión. A menos que contara la mamada de la tortuga como una.
Perdida en mis pensamientos, suspiré y me obligué a prestar atención otra vez a la carretera. La interestatal siempre estaba hasta arriba de tráfico, a cualquier hora del día.
Bastaba un segundo de distracción pensando en aquel hombre para hacer alguna tontería, como irme de un carril a otro.
Encendí la radio y Britney Spears salió disparada por los altavoces como una banshee huyendo de los siete perros del infierno, con lo que di un bote de medio metro en el aire y casi me reventó los tímpanos.
Aporreé los malditos botones, intentando escapar de aquel chillido infernal, y maldije a Gian, la zorra dramática que adoraba a aquella mujer que, en mi opinión, lo que hacía sobre todo era chillar.
Unos segundos después, la voz dulce y melódica de Ariana Grande inundó el coche y me relajé.
Bajé las ventanillas, disfruté del viento en la cara y me puse a cantar con ella.
Cuando por fin llegué a mi destino, unas dos horas más tarde, me había tirado casi una hora atrapada en un atasco infernal: la bienvenida tradicional de la capital a los forasteros con mala suerte.
Compré una botella de agua a un chaval en un semáforo para no morirme de deshidratación y, cuando se ofreció a limpiarme el parabrisas, acepté aunque ya lo tenía limpio.
Rebusqué algo de suelto en la cartera y el crío, que no tendría más de diez años, abrió los ojos como platos al ver el dinero que llevaba allí dentro.
—Toma. —Le tendí un billete de cincuenta reales y el chaval casi me lo arrancó de la mano, como si no hubiera visto uno en su vida. Sujeté el billete entre los dedos y lo miré directamente a los ojos—. ¿Cuántos años tienes?
—Nueve, señora —respondió, sin dejar de tirar del billete.
—Te doy esto porque pareces un buen chaval y seguro que tienes hambre después de tanto rato bajo este sol. —Lo agarré del brazo y lo miré fijamente—. Pero, si se te ocurre siquiera gastártelo en algo que no debes, chaval, que sepas que soy policía y que te voy a tener vigilado.
El chico pareció alarmado, pero asintió rápidamente.
—Juro que no haré nada malo, señora —dijo, y pareció sincero. Solté el billete y él prácticamente lo abrazó, de lo contento que estaba—. ¡Usted es muy buena! ¡Que Dios la bendiga, tía!
—¡Tía, mis narices, chaval! —protesté, profundamente ofendida por semejante afrenta—. ¿Acaso parezco lo bastante mayor para ser tu tía? ¡Un poco de respeto!
El crío se rio y me dijo adiós con la mano mientras se alejaba. Cogió la nevera de corcho blanco llena de botellas de agua y se marchó dando casi saltitos.
Sonreí al verlo entrar en la panadería más cercana y no le quité ojo para asegurarme de que no se uniera al grupito de delincuentillos que fumaban porros en la plaza de al lado.
Mientras seguía vigilando la panadería, sonó el teléfono y contesté sin mirar la pantalla.
—¿Qué?
No le veo sentido a los saludos ni a toda esa mierda. Si alguien me llama, que empiece por decir qué quiere.
—Buenos días a ti también —dijo Leonardo, y me arrepentí al instante de no haber mirado la pantalla antes de descolgar el maldito trasto.
No porque no quisiera hablar con él, porque sí quería. Echaba de menos nuestras conversaciones, oír su voz, su risa y todas las demás gilipolleces que, por lo visto, echan de menos los idiotas enamorados.
Lo que no sabía era si estaba preparada para hablar con él sin que se me escapara media docena de insultos.
Seguía furiosa por lo que había hecho. Tres días no habían cambiado nada.
—Buenos días —respondí, y vi al chaval salir de la panadería cargado con una bolsa enorme, casi más grande que él. Parecía pesada, y me pregunté si sería capaz de comerse todo aquello él solo.
Cuando ni siquiera miró hacia los delincuentillos y pareció dispuesto a sentarse allí mismo, en el bordillo, le di un bocinazo.
Miró alrededor con curiosidad y le hice señas para que se acercara.
El crío vino hacia mí con el ceño algo fruncido, preguntándose seguramente qué querría ahora o si estaba loca.
—¿Qué pasa? —preguntó Leonardo y, por un segundo, olvidé que aún tenía el teléfono pegado a la oreja.
—Nada —le respondí. Y al chico—: Sube.
Cuando se sentó a mi lado, confundido, señalé la bolsa.
—Venga, come. ¿Qué cosas ricas has pillado?
Aliviado al ver que no había cambiado de opinión ni nada parecido, abrió la bolsa y dejó a la vista una mezcla interesante de bollos dulces, panes salados y rellenos, pastelitos, unas cuantas coxinhas y un montón de refrescos.
—¿Qué coño, Antonella? —preguntó Leonardo, subiendo la voz—. ¿Quién come qué? ¿Hay algún cabrón ahí contigo?
Me reí de su arrebato repentino y le di un mordisco a una coxinha. El relleno y la masa se me deshicieron en la boca y gemí.
—Está buenísima —dije con la boca llena, y le sonreí al chaval, que se zampó casi media coxinha de un solo bocado. Me reí y oí a Leonardo atragantarse al otro lado de la línea.
—¿Estás gimiendo? ¿Quién coño está ahí contigo, cabrona? ¿Ese hijo de puta sabe que ya estás pillada? —gritó prácticamente, y volví a reírme del descaro de aquel hombre.
Podría haber fingido un orgasmo, con palmadas y todo, pero no quería traumatizar al niño que tenía sentado al lado.
Así que, por respeto a él, decidí dejarme de tonterías.
—No pasa nada —dije, todavía riéndome, y cogí la lata de Coca-Cola que me tendía el chaval—. Gracias.
—¿Quién está ahí contigo? —preguntó Leonardo, más calmado, pero todavía receloso.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté al chico, y respondió con la boca llena.
—Miguel, tía.
Volví a fulminarlo con la mirada por aquella blasfemia y él se rio, está claro que ya lo hacía a propósito.
—Estoy con Miguel —le informé al macho cabreado del otro lado de la línea.
—¿Y quién coño es Miguel?
¿Leonardo era posesivo y celoso? Qué mono.
—Nitimporta —dije sin más, y di un sorbo al refresco.
—¿Nitimporta? —repitió, confundido.
—Ni-te-importa. —Me eché a reír y el chaval se rio conmigo, encantado con mi respuesta—. Me caes bien, chaval —le dije.
—Tú también me caes bien, tía —respondió, y volvió a reírse.
El pequeño gamberro era sarcástico igual que yo. Me caía bien aquel crío. Iba a convertirse en un buen hombre si la vida le daba alguna vez una oportunidad decente.
¿Quería llevármelo a casa? Por supuesto. Me encantan los niños. No he pasado mucho tiempo con ellos y tengo poca paciencia, o ninguna, pero estuve a punto de ceder y robármelo para mí.
—¿Tía? —preguntó Leonardo—. ¿Estás con un niño? Y, por cierto, ¿dónde cojones estás?
¿Os habéis fijado en que a este hombre no se le cae la palabra «cojones» de la boca? Le gustan tanto las pollas que está prácticamente obsesionado con el tema y va por ahí metiéndosela en la boca a la gente; a las tortugas, concretamente.
—No es asunto tuyo, obviamente, pero estoy en João Pessoa.
—¿Por qué? ¿Y por qué no me lo habías dicho?
—Mira, tío, me estás haciendo demasiadas preguntas para mi gusto. —El interrogatorio empezaba a cabrearme—. ¿Necesito tu permiso para hacer mi trabajo?
—No —respondió, hosco, aunque enseguida volvió a la carga—. Pero ¿qué estás…?
—¡Estoy entrando en un túnel! —grité, interrumpiéndolo—. Shhhhhhh… Shhhhhh… ¡No te oigo! Shhhhhhh…
Miguel, con la boca llena de lo que parecía un delicioso bollito relleno de pollo, me miró como si estuviera loca, porque el tráfico seguía completamente parado y no nos habíamos movido ni un centímetro desde hacía siglos.
—¡Tengo que colgar, no te oigo! —grité, sin dejar de hacer ruidos de estática con la boca.
Justo antes de cortar la llamada, aún alcancé a oír a Leonardo gritando indignado:
—¡En João Pessoa no hay ningún puto túnel, mentirosa de mierda!
Me eché a reír y volví a mi casi picnic con mi nuevo amigo Miguel. No comí mucho porque tenía el estómago un poco revuelto y estaba nerviosa por lo que había venido a hacer a la ciudad, pero me lo pasé genial.
Le compré a Miguel todas las botellas de agua que llevaba y luego se las dejé, porque el crío me caía realmente bien. Al terminar de merendar, salió del coche y hasta me prometió que sería un niño bueno y que no haría nada malo en toda su vida.
Con los ojos un poco llorosos y sin saber por qué me había puesto tan sentimental de repente, avancé a paso de tortuga entre el tráfico hasta que por fin llegué a la Penitenciaría de Reeducación Femenina Maria Júlia Maranhão.
Después de todos los trámites burocráticos necesarios para entrar, me llevaron a una sala pequeña y mal iluminada.
Ella ya estaba allí, esperándome. En persona parecía mucho mayor que en las fotografías que había visto en el expediente del caso.
—Buenos días —la saludé.
Me acerqué y le tendí la mano, un poco indecisa, sin saber si me la estrecharía.
—Buenos días, señorita —respondió y, para mi alivio, me estrechó la mano—. Tendrá que perdonarme, pero no creo que nos conozcamos.
Sonreí y me senté en la silla de enfrente. Dejé el bolso sobre la mesa y entrelacé las manos.
—Me llamo Antonella Mancini. Es un placer conocerla.
—Igualmente —respondió y, aunque seguía pareciendo confundida, me devolvió la sonrisa.
No era una sonrisa feliz. Era la sonrisa cansada de quien ha recibido tantos golpes de la vida que ha perdido la esperanza en el mundo y en sí misma.
—¿Necesita mi ayuda con algo? —preguntó, ansiosa por ser útil.
—No. En realidad, es al revés. Estoy aquí para ayudarla. A partir de hoy, soy su abogada.
Parpadeó, sorprendida, y me apresuré a continuar.
—No tiene por qué aceptar mi ayuda. Pero, si la quiere, haré por usted todo lo que esté en mi mano.
—Es que hace tantísimo que no venía a verme ningún abogado —dijo—. Pensaba que me habían dejado aquí sola.
Me incliné sobre la mesa y le apreté la mano.
—No está sola —prometí, mirándola directamente a los ojos para que supiera que no era ninguna broma—. Estoy con usted. Le prometo que haré todo lo posible —y lo imposible— para sacarla de aquí.
Las lágrimas le corrieron por la cara y murmuró, emocionada:
—No sé ni cómo darle las gracias, señorita.
Le sonreí.
—No tiene que darme las gracias. Será un placer ayudarla, Claudilene.