Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 37 Genio
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37 Genio

LEONARDO

Era diferente. Era la misma mujer y, al mismo tiempo, no lo era. Antonella no apartaba la mirada de mí y su expresión no me daba ni una sola pista de lo que estaba pensando.

Aquella mañana estaba perfecta. Como todos los días, en realidad. Era increíble lo guapa que podía ser esa mujer sin ni siquiera intentarlo.

El pelo rojo le enmarcaba la cara y le caía liso hasta un poco por debajo de la cintura. Los ojos azules le brillaban con una emoción contenida que supuse que era rabia.

Tenía las mejillas encendidas por la acalorada conversación que acababa de tener con Gabriel, uno de mis empleados.

Lo último que me llamó la atención fueron sus preciosos labios rosados, y la mirada se me quedó allí un poco más de lo debido.

Si notó que la estaba examinando, o si le molestó, no lo demostró.

Normalmente, cuando la recorría con la mirada, ella me devolvía el favor y dejaba que sus ojos viajaran por mi cuerpo. Esta vez, no.

Parecía cansada y me pregunté qué tal noche habría pasado. Si habría conseguido dormir o si se habría quedado mirando el techo hasta el amanecer, como yo.

La había cagado. Como un idiota, había conseguido arruinar algo que ni siquiera había empezado. Sabía que, técnicamente, no teníamos nada. Sabía que nuestro acuerdo no significaba que tuviéramos una relación seria.

Pero, aun así, lo había jodido todo.

Era un idiota, ese gilipollas que ella siempre me había acusado de ser. No me había tirado a Andréia y, siendo sincero, ni siquiera había tenido intención de hacerlo.

La mamada había sido un error y ya estaba a punto de pararla.

Por supuesto, Antonella había tenido que entrar en el peor momento posible. Y, por supuesto, tenía todo el derecho a estar cabreada.

Y aunque estaba claramente furiosa —y con toda la razón—, aunque había huido de mí, casi me había dejado la polla para el arrastre y había desaparecido el resto del día, una parte enfermiza de mí se alegraba.

Porque, si estaba tan dolida, significaba que yo le gustaba al menos un poco, ¿no?

Quizá, si el destino no era un cabrón integral, incluso estuviera enamorada de mí.

Sería demasiado bonito para ser verdad, pero ya se sabe: la esperanza es lo último que se pierde.

—¿Vas a hablar ya o vas a seguir haciéndome perder el tiempo? —preguntó irritada.

Cuanto más se enfadaba, más convencido estaba de tener razón.

Sonreí antes de poder contenerme y ella frunció el ceño.

—No tengo tiempo para esto —se quejó—. Si vas a quedarte ahí sentado sonriéndome a la cara, puedes irte. Hazlo en tu despacho. Yo tengo trabajo.

Me tragué otra sonrisa antes de cabrearla aún más, pero por dentro sonreía como un imbécil.

—Lo que viste... —empecé, y me detuve. Había preparado todo un discurso, uno de esos que, en mi cabeza, lo arreglaban todo. Salvo que, en cuanto la miré, se me olvidó hasta la última puta palabra—. Lo que viste fue un error.

Antonella arqueó las cejas.

—¿Ah, sí? En aquel momento no parecía que pensaras eso.

—Entendiste mal lo que estaba pasando.

La muy cabrona sonrió con sarcasmo.

—¿Así que no le estabas follando la boca a la Tortuga cuando entré?

—Sí, pero...

—¿Y no estabas sonriendo al techo como un hijo de puta, más contento que unas pascuas con lo que ella te estaba haciendo en la polla?

—No, yo...

—Leonardo, no soy idiota. No hace falta que me expliques lo que vi.

No estoy ciega. Tampoco hace falta que te disculpes.

Tienes todo el derecho a hacer lo que te dé la gana con tu vida.

Lo nuestro era solo sexo, y eso lo dejaste muy claro —me recordó—.

Deberías haberme avisado antes de que querías poner fin a nuestro acuerdo de exclusividad, pero capté el mensaje.

Suspiré. Me gustaba verla enfadada porque me daba esperanzas. Lo que no me había imaginado era que estuviera tan furiosa.

—No es eso —me froté la frente—. Sé perfectamente lo que dije y cuál era nuestro acuerdo, pero...

—Pero, aun así, decidiste tirarte a la Tortuga —me interrumpió otra vez—. Y me parece bien. En serio. Si quieres tirarte a la Tortuga, tírate a la Tortuga. No es asunto mío.

—No quería que las cosas pasaran así. Lo que tú y yo tenemos...

—No es nada.

Me cortó de nuevo y empezaba a cabrearme. Aquella maldita mujer no me dejaba terminar ni una puta frase.

—No tenemos nada y nunca lo tuvimos. Era solo sexo, tío. No sé ni por qué estás aquí sentado intentando darme explicaciones. Me da igual lo que hagas o dejes de hacer con tu vida. O con tu polla.

Entonces me dedicó una sonrisa burlona.

—¿Que te da igual? ¿De verdad? Entonces, ¿por qué huiste? ¿Por qué echaste a correr y desapareciste el resto del día?

—Eso no es asunto tuyo —replicó, sonrojándose—. Solo necesitaba despejarme. Nada más.

—¿En un bar? Vaya forma de despejarse.

Antonella frunció el ceño todavía más.

—¿Y qué, si estaba en un bar? ¿Desde cuándo lo que haga o no haga con mi vida es asunto tuyo?

—Yo solo...

Seguía intentando salvar la situación, porque se nos estaba yendo de las manos a toda velocidad y aquello no iba a acabar bien.

—¡No importa! —volvió a interrumpirme—. No tienes ningún derecho sobre mí y no eres quién para decirme lo que puedo o no puedo hacer con mi vida.

Igual que yo no tengo derecho a hacerlo contigo —me soltó—.

Así que, por lo que a mí respecta, estás perdiendo el tiempo.

Haz lo que te dé la gana. Tírate a Andréia, a Thatyanne, a Clara, a quien quieras. No es asunto mío.

—¿Podrías al menos escuchar lo que intento decirte? —casi gruñí, irritado.

Negó con la cabeza y se echó a reír, la muy cabrona.

—¿Qué sentido tiene todo esto? ¿No he sido lo bastante clara?

Puedes hacer lo que te dé la gana, tío. Me da igual —repitió.

La sangre empezó a hervirme y entrecerré los ojos ante esa mentirosa de mierda.

«Me da igual», y una mierda. —No me debes explicaciones.

Ni siquiera sé por qué sigues empeñado en darme una.

Y entonces estallé.

—¡Porque estoy jodidamente enamorado de ti, maldita cabrona hija de puta! —grité, completamente harto—. ¡Eso es lo que llevo intentando decirte, maldita mujer infernal!

Antonella abrió los ojos como platos y se dejó caer contra el respaldo de la silla.

—Tú... ¿Q-qué? —balbuceó.

No había querido decírselo así. Joder, ni siquiera había pensado decírselo, al menos no todavía. Pero aquella mujer imposible no me había dejado más opción que gritárselo a la cara.

—¡Me has oído! —Casi echaba espuma por la boca—. ¡Estoy enamorado de ti!

Me miró, incrédula.

La miré, contemplé su rostro atónito y respiré hondo.

—Ahora que hemos aclarado eso —continué—, ¿tienes algo que decirme?

—Yo... No —respondió, nerviosa.

—¿Estás segura? ¿No vas a decirme que estás tan enamorada de mí como yo de ti?

—No. —Negó con la cabeza con énfasis.

—¿No estás enamorada de mí? —pregunté, incrédulo.

—No lo estoy —respondió con la vista clavada en cualquier parte menos en mí, esquivando mi mirada, de repente asustada.

Fue entonces cuando lo entendí. Por mucho que lo negara, sentía algo. Por eso estaba enfadada, por eso le había dolido tanto la estupidez que había cometido.

Ver la sorpresa y el miedo repentino en sus ojos no hizo más que confirmármelo.

Y me hizo darme cuenta de hasta qué punto lo había jodido todo.

Pero, con un poco de suerte, aún podía arreglar aquel desastre.

Pronto. No ahora.

—Eso es todo lo que quería decir. —Me levanté y me abotoné la chaqueta—. Piénsatelo y avísame cuando estés lista para hablar.

No respondió. No podía. Seguía aturdida por mi confesión, y lo entendía. Yo también estaba bastante sorprendido, joder.

Lo mejor que podía hacer en ese momento era darle espacio para pensar, para calmarse y, quizá, para olvidarse de mi estupidez crónica durante cinco minutos.

—Nos vemos luego.

Le eché un último vistazo a la cara y sonreí sin poder evitarlo. La muy condenada conseguía estar guapísima incluso muerta de miedo.

Salí y volví a mi despacho.

Para mí —y puede que estuviera siendo demasiado jodidamente optimista—, las cosas habían salido mejor de lo que podían haber salido. Ahora que lo sabía, respiraba un poco más tranquilo.

No saber qué decidiría me ponía nervioso, me preocupaba, pero no importaba. Tarde o temprano admitiría que sentía lo mismo y por fin podríamos seguir adelante.

—Vosotras tres —dije al llegar a la puerta de mi despacho. Señalé a mis secretarias e ignoré sus miradas de sorpresa—. A mi despacho. Ahora.

Me di la vuelta y fui hacia el escritorio. Me senté y esperé mientras entraban a toda prisa, casi chocando unas con otras del pánico.

—Bueno —empecé cuando las tres estuvieron de pie, una al lado de otra, en fila como gallinas camino del matadero—. Últimamente esto ha sido un caos, pero eso tiene que cambiar.

De las tres, Clara parecía la más tranquila, y con razón. Era la única que no arrastraba un pasado conmigo. Qué suerte la suya.

—Sé que ninguna de vosotras es tonta y que sabéis más de lo que aparentáis. Pero voy a dejar las cosas claras de todos modos. —Mantuve un tono serio y no les di margen para interrumpir—. Salvo Clara, me he acostado con las dos. —Los tres pares de ojos se abrieron de par en par.

Era la primera vez que hablábamos del tema abiertamente, lo sabía, pero todo el mundo estaba al tanto.

Si hasta Antonella se había dado cuenta el primer día que llegó al bufete, a esas alturas seguramente era de dominio público.

—Eso no volverá a pasar. —Las tres siguieron en silencio y continué—.

La cagué. No debería haber mezclado el sexo con el trabajo, pero lo hice.

No puedo borrar lo que pasó; lo que sí puedo es asegurarme de que no se repita.

—Miré a Thatyanne—. ¿Quieres decir algo?

Si prefieres no hablar delante de ellas, podemos hacerlo en privado.

—No, señor. No tengo nada que decir, salvo que siento si hubo confusiones o si todo esto interfirió en mi trabajo —respondió, y por primera vez desde que empezó a trabajar allí sonó sincera. Al menos sabía que su trabajo no había sido precisamente brillante.

—Yo también lo siento. Y te pido disculpas si te lo puse difícil. —Lo decía en serio, y ella asintió.

Miré a Andréia y dio un paso atrás, asustada, como si lo único que quisiera fuera salir corriendo de la habitación.

—¿Hay algo que quieras decirme, Andréia? ¿Preferirías que habláramos en privado?

Negó rápidamente con la cabeza.

—No tengo nada que decir —declaró con frialdad.

Fruncí el ceño, molesto, pero lo dejé pasar. Esta vez iba a tener que entender cómo funcionarían las cosas de ahora en adelante. Si no, no me quedaría más remedio que despedirla.

Miré a Clara, que, pobre, seguía allí de pie, completamente perdida en medio de aquel desastre.

—Clara, también quiero disculparme contigo. Te obligué a trabajar en medio de una situación que no tenía absolutamente nada que ver contigo. ¿Hay algo que quieras decir?

—No, s-señor —balbuceó nerviosa—. Me gusta mucho mi trabajo. Me gusta trabajar aquí.

Sonreí. Era una mentira evidente, y lo sabía. No había sido precisamente el mejor jefe para ella. Me había comportado como un capullo, me había acostado con sus compañeras de trabajo y a ella la había dejado de lado, confundida, en medio de todo aquello.

—Tranquila, no estás metida en ningún lío —le aseguré, porque la pobre chica parecía a punto de mearse de miedo—. De hecho, tengo una oferta para ti.

—¿Señor?

—A partir de hoy, quiero que seas mi asistente personal —anuncié—.

El trabajo es prácticamente el mismo, salvo que, de ahora en adelante, serás la única que trate directamente conmigo.

Y, evidentemente, tendrás un aumento de sueldo.

Es un ascenso. —Sonreí al ver su cara de sorpresa—. Entonces, ¿aceptas?

—¿Está seguro? —preguntó con los ojos muy abiertos.

—Confío en ti. ¿Crees que podrás con ello?

—Si usted cree que es una buena idea, sí. Acepto. —Esbozó una sonrisa enorme, encantada.

—Bien. —Le devolví la sonrisa—. Entonces, está decidido. —Miré a Thatyanne y a Andréia, que se habían mantenido en absoluto silencio—. Si ninguna tiene nada más que comentar, podéis marcharos.

Thatyanne asintió y se marchó. Clara volvió a sonreír y la siguió. Andréia, todavía con aquella expresión impasible, estaba a punto de hacer lo mismo cuando la detuve.

—Andréia, ¿puedo hablar un momento contigo, por favor? —la llamé. Se detuvo a medio camino de la puerta y se quedó de espaldas a mí.

—Lo que ocurrió ayer no volverá a pasar —dije, tratando de mantener un tono tranquilo porque no quería ofenderla.

Yo había metido la pata, pero ella también sabía perfectamente lo que hacía.

A fin de cuentas, los dos teníamos parte de responsabilidad en lo que pasó—.

Siento si te he confundido, pero esto acaba aquí.

Se giró despacio y me sostuvo la mirada.

—Pero le gustó.

Suspiré, agotado.

—Sí. Es verdad. Pero eso da igual. No volverá a pasar.

—Abrió la boca para protestar, pero continué—.

Y espero sinceramente que esta vez lo entiendas.

Ya no voy a tolerar juegos ni comportamientos infantiles.

Somos adultos. Lo que pasó, pasó, y ahora seguimos adelante.

Pero, si no puedes hacerlo, no me quedará más remedio que despedirte.

—Pero... —Abrió mucho los ojos y seguía sin parecer entender lo que le decía.

Así que decidí dejarlo completamente claro.

—No volveré a involucrarme contigo porque no está bien. Pero, además de eso, y lo que es más importante, no puedo. Porque estoy enamorado de otra persona.

—¿Qué?

—Estoy enamorado de otra persona —repetí con calma—. Espero que entiendas lo que te estoy diciendo y que no vuelvas a complicar las cosas.

Andréia no apartó la mirada de mí, y vi cómo su expresión se endurecía de furia. Pero, con la misma rapidez con que había aparecido, la ira se desvaneció, oculta de nuevo tras su máscara inexpresiva.

—Si eso es lo que prefiere, señor, lo entiendo —dijo con voz neutra.

Sabía que mentía, pero decidí dejarlo pasar.

Quizá esta vez las cosas fueran distintas. No la culpaba por estar enfadada; entendía su punto de vista, y por eso decidí darle el beneficio de la duda.

—Con permiso —dijo, y se marchó cuando asentí.

Me recosté en la silla, relajado. Era evidente que me guardaba rencor, que estaba enfadada, y tenía motivos para estarlo. Esperaba sinceramente que algún día lo aceptara y pudiéramos seguir adelante, pero en ese momento no podía preocuparme por Andréia.

De momento, tenía que lidiar con otra mujer.

Una que estaba igual de furiosa y cabreada conmigo, si no más, pero bueno, detalles.