Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 36 ME IMPORTA UNA MIERDA
70%

36 ME IMPORTA UNA MIERDA

ANTONELLA

Cuando aparecí en la oficina a la mañana siguiente, solo llegaba unos minutos tarde. Lo que más deseaba al bajar del ascensor en mi planta era salir corriendo hacia mi despacho, donde estaría a salvo. No lo hice.

En lugar de eso, atravesé la recepción con toda tranquilidad, como si el día anterior no hubiera pasado nada. Allí estaba toda la camada de serpientes, y no me sorprendió que todas y cada una dejaran lo que estaban haciendo para clavarme la mirada.

—Buenos días —me saludó Clara, como cada día. Mientras las demás anacondas miraban al techo —Thatyanne— o me observaban con abierta burla —la Tortuga—, Clara me sonrió con amabilidad.

En ese momento decidí que ya no volvería a meter a la pobre chica en el mismo saco que a sus compañeras venenosas.

Parecía buena persona, por lo que yo sabía de ella, que no era mucho, porque yo no me mezclo con la gente.

—Buenos días, Clara. —Hice un esfuerzo sobrehumano por devolverle la sonrisa—. ¿Ya ha llegado Leonardo? —pregunté con naturalidad, abandonando cualquier formalidad. Porque, a ver, ¿a quién demonios pretendía engañar?

—Todavía no.

Asentí, procurando que no se me notara el alivio.

—Cuando llegue, dígale, por favor, que estaré en mi despacho si necesita algo —le pedí con educación, la viva imagen de la profesionalidad.

—Por supuesto —me aseguró, y lo apuntó enseguida en su libretita.

—Gracias. —Volví a sonreírle y seguí mi camino.

Continué con mi tranquilo desfile hacia mi despacho.

—Buenos días —me saludó un hombre que esperaba en la puerta.

Era más o menos de mi altura, tenía el pelo oscuro y los ojos claros. Llevaba el traje muy arrugado y los zapatos gastados.

—¿Necesitas algo? —pregunté sin devolverle el saludo. No lo conocía y no estaba de humor para charlas amables con un desconocido a esas horas de la mañana.

—Ah, no. —Pareció sorprenderle mi hostilidad y se apartó rápidamente de la puerta. Di un paso hacia mi despacho, pero él me detuvo—. ¿Eres Antonella Mancini? ¿La nueva abogada?

—Sí —respondí, empezando a sentir curiosidad. Reprimí el impulso de ser grosera y preguntarle qué narices quería, y me limité a esperar.

—Me llamo Gabriel —dijo con una sonrisa amable.

Arqueé una ceja.

—Hola, Gabriel. ¿Qué haces en la puerta de mi despacho?

—Eh. Yo... —Vaciló un segundo y señaló tímidamente hacia dentro—. ¿Podemos hablar en privado?

Le indiqué con un gesto que entrara y él suspiró aliviado.

Entró y me sostuvo la puerta. Me senté detrás del escritorio y le señalé la silla que tenía enfrente.

—¿Y bien? —pregunté cuando se quedó callado.

—Necesito pedirte un favor.

—¿Qué clase de favor?

—Tiene que ver con mi caso —empezó, frotándose la frente—. Quería pedirte ayuda.

—¿A mí? —pregunté, sorprendida—. Solo llevo aquí un mes. ¿Y tus otros compañeros? ¿No pueden ayudarte ellos?

Negó con la cabeza.

—No, no. —Su negativa fue tajante—. Como tú misma has dicho, solo llevas aquí un mes. ¿Todavía no te has dado cuenta de cómo funcionan las cosas en este pasillo?

Negué con la cabeza, cada vez más intrigada.

—Entre los abogados júnior no hay ninguna cooperación —explicó—. Todo gira en torno a los objetivos y las apariencias. Nadie ayuda a nadie. Aquí a nadie le importa nadie una mierda.

—¿De verdad? —Me quedé sorprendida—. Entonces, ¿por qué me lo pides a mí?

—Porque tú no eres como los demás. No te relacionas con nadie. Nunca has intentado hacerle la pelota a ninguno de nosotros. Sigues siendo tú misma. No has dejado que este sitio te convierta en lo que espera de ti.

—Ah, y nunca lo haré. De eso puedes estar bien seguro —prometí—. Sobre todo después de lo que acabas de contarme. Si hay algo que odio en esta vida, es a la gente arrogante.

Gabriel sonrió.

—¿Entonces me ayudarás? —preguntó esperanzado.

Me dio lástima el pobre. Me imaginé que probablemente se sentía como Clara, atrapado en aquel nido de serpientes.

Algún día pensaba rescatarla de allí. Por ahora, lo mínimo que podía hacer era ayudar a aquel tipo tan amable y humilde.

Las cosas que hacemos cuando tenemos buen corazón.

—¿Qué necesitas?

Gabriel sonrió de oreja a oreja, encantado y aún más aliviado.

—Es un caso clásico de error sobre la identidad de la víctima.

Me recosté en la silla, intrigada.

—No alargues el suspense, chico. Suéltalo —protesté, y él se rio.

—Un hombre llamado Antônio Silva es sospechoso de asesinar a Paula Cardoso, una chica de dieciséis años. El padre de la chica encuentra al sospechoso, lo golpea y luego lo mata.

—¿Y confundió a otra persona con el sospechoso? —pregunté, porque, en esencia, eso era lo que significaba el error sobre la identidad.

Gabriel asintió.

—Más tarde se descubre que el hombre al que mató no era en realidad el asesino de la chica, sino un pobre inocente —explicó—. Y de ahí viene mi pregunta: ¿responde el padre por homicidio agravado o por homicidio privilegiado?

Solo necesité un segundo para pensar antes de recitar de memoria, con los ojos clavados en el techo.

—Conviene recordar que el derecho penal moderno condena tomarse la justicia por su mano. Así que podríamos decir que al padre de la chica asesinada, que además mató a un hombre inocente, lo «agraciarían» con el artículo 345 del Código Penal, que contempla una pena muy leve.

Lo señalé y esperé a que continuara.

Decidí poner a prueba los conocimientos del tipo. Probablemente debería hacerlo con todos los abogados de aquel antro, pero, bueno, con uno me basta.

Además, no tengo paciencia para los gilipollas arrogantes.

—Tomarse la justicia por su mano para satisfacer una pretensión, aunque sea legítima, salvo en los casos en que la ley lo permita. Pena: arresto de quince días a un mes o multa, además de la pena correspondiente a la violencia empleada.

Sonreí, casi orgullosa de un completo desconocido.

—Pero esto es más grave. Estamos hablando de homicidio, y la pena mínima en esos casos es de seis años —razoné, y él asintió—. Así que, como mínimo, quien se toma la justicia por su mano y mata a otra persona se arriesga a pasar seis años y quince días en prisión.

—Por no mencionar que podría enfrentarse a doce años si lo acusan de lesiones con resultado de muerte —añadió Gabriel, y esta vez asentí yo.

—Pero si en realidad lo acusan de homicidio, la cuestión es la siguiente: si mató a una persona creyendo que mataba a otra, ¿se aplican las circunstancias agravantes del artículo 121, párrafo 2, o puede acogerse a la reducción de pena prevista en el párrafo 1?

Estaba un poco —léase: muy— oxidada.

Durante años, lo único que había hecho con mi vida era comer, dormir, ver mis series y rascarme el culo, así que era lógico que mis aptitudes como abogada resultaran ligeramente, o extremadamente, cuestionables.

Sin embargo, Gabriel no pareció notar mi laguna.

—Para acogerse a la reducción de pena, el autor tendría que haber actuado bajo un error sobre la identidad de la víctima, contemplado en el artículo 20, párrafo 3, del Código Penal —dijo.

Fruncí el ceño.

—Pero el error sobre la identidad de la persona contra la que se comete el delito no exime al autor del castigo —le recordé—. En ese caso, la ley no tiene en cuenta las características o cualidades de la víctima real, sino las de la persona a la que el autor pretendía atacar.

Gabriel hizo una pausa, probablemente para pensarlo, y yo hice lo mismo.

La verdad es que era un caso interesante. Y para alguien tan inactiva como yo en el derecho penal, un poco complicado también.

Aun así, debatirlo resultaba estimulante. Me recordaba por qué había elegido el derecho entre todas las posibilidades del mundo.

—Entonces —retomó Gabriel, removíéndose en la silla como si tuviera hormigas en los pantalones de pura emoción—, según lo que acabas de decir, si el padre de la chica pretendía cometer el delito contra la persona que le había quitado la vida a su hija,

pero termina matando a otra porque confunde las identidades, ¿la ley lo trata como si hubiera cometido el delito contra el verdadero autor y no contra la víctima equivocada?

—Exactamente —confirmé, prácticamente dando botes en la silla porque, al parecer, yo también tenía hormigas en el culo—.

Y eso nos lleva al punto G del problema: si un padre pretende matar al agresor de su hija, pero se equivoca de persona y mata a un hombre inocente, responde como si hubiera matado al verdadero agresor y, por tanto, podría ver reducida su pena conforme al artículo 121, párrafo 1, que dice...

—Volví a señalarlo.

Gabriel sonrió, claramente encantado con mi pequeño examen de conocimientos.

—Si el autor comete el delito bajo la influencia de un motivo de relevante valor social o moral, el juez podrá reducir la pena de una sexta parte a un tercio —dijo, aprobando mi examen, y luego me dedicó una sonrisa tímida cuando yo le sonreí.

Me alegró comprobar que, aunque Leonardo tenía en plantilla a toda una pandilla de abogados arrogantes y parecía importarle un bledo, al menos este todavía tenía salvación.

—Pero aún queda un problema: mató a un hombre inocente —le recordé—.

El Código Penal deja claro que no se tienen en cuenta las condiciones o cualidades de la víctima real, sino únicamente las de la persona a la que el autor pretendía atacar.

Así que... —Me eché hacia atrás de nuevo y dejé que Gabriel completara la idea.

Y lo hizo con una sonrisa. Parecía satisfecho y aliviado, y me alegré de haber podido ayudarlo. Quizá debería hacerlo más a menudo, aunque no fuera mi trabajo y yo no fuera profesora de derecho penal. Simplemente había estudiado la asignatura como todo el mundo.

—El hombre inocente sigue muerto, el verdadero asesino sigue libre y el padre de la chica está en prisión como si hubiera matado al auténtico culpable —concluyó, comprendiendo por fin todo el embrollo, y yo asentí.

—¿Se hizo justicia? —pregunté, y él negó con la cabeza—. Exacto. No hubo justicia. Hubo venganza. Y, como dijo una vez un hombre sabio, la venganza nunca es plena...

—Mata el alma y la envenena —terminó alguien por mí, y me volví hacia la puerta, de donde procedía la voz.

Leonardo estaba allí.

Había dejado abierta la maldita puerta porque pensé que así todo sería más fácil cuando acabara echando a Gabriel.

Claro que eso fue antes de descubrir que era una buena persona y todo eso, pero bueno, detalles.

—Buenos días —nos saludó Leonardo con mucha educación mientras entraba en el despacho.

—¡Buenos días! —respondió Gabriel, prácticamente saltando de la silla para saludar a su jefe.

Leonardo se limitó a saludarlo con un gesto de cabeza y me miró.

Yo le devolví la mirada.

Gabriel nos miró alternativamente a su jefe y a mí, y por lo visto percibió la extraña tensión que flotaba en el despacho.

—Yo... Esto... Debería volver a mi despacho —dijo con incómodidad. Me miró y sonrió—. Muchas gracias por tu ayuda, Antonella.

—Cuando quieras —le sonreí.

Ese tipo me caía bien. Al menos ahora había una persona en aquel antro cuya cara no odiaba.

Gabriel salió deprisa y cerró la puerta. Nos lanzó a Leonardo y a mí una última mirada curiosa antes de dirigirse a su propio despacho.

Mientras lo veía alejarse a través de las paredes de cristal, recordé que todo el mundo ahí fuera podía ver cuanto sucedía dentro de mi despacho.

Así que respiré hondo, mantuve la calma y miré al cabrón.

—¿Cómo estás? —preguntó, y dio un paso hacia mí.

—Genial. ¿Y tú? —respondí con calma. Eché un vistazo rápido a la pared de cristal más cercana y en el reflejo comprobé que mi expresión seguía siendo neutra. Era la viva imagen de la serenidad.

—Estoy bien —dijo sin apartar la vista de mí. Parecía algo indeciso, aunque quizá fueran imaginaciones mías—. ¿Podemos hablar?

—Claro. —Respiré hondo—. ¿De qué te gustaría hablar?

—De ayer. Me gustaría explicarte lo que pasó. —Señaló la silla que había frente a mi escritorio, como preguntándome en silencio si podía sentarse.

—Siéntate. Ponte cómodo —le concedí, y me preparé mentalmente para escuchar lo que tuviera que decirme.