Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 33 Saluda al público
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33 Saluda al público

ANTONELLA

Parpadeé, confundida, plantada en el umbral. Por un segundo creí haber visto a Andréia en pompa hacia la puerta, arrodillada entre las piernas de Leonardo, chupándole la polla.

Volví a parpadear y me di cuenta de que no me estaba imaginando una puta mierda.

El culo desnudo y abierto de la Tortuga me apuntaba directamente, sí.

Sí, estaba arrodillada entre las piernas de Leonardo.

Sí, tenía su polla en la boca y, por lo que pude ver, parecía entregadísima a la tarea.

Ni siquiera parecía haber oído la puerta ni haberse dado cuenta de que yo estaba allí. Seguía chupando como si no hubiera un mañana, gimiendo de gusto con él en la boca.

Y entonces lo vi a él.

Al hijo de puta que se había puesto de morros cuando mencioné que veía a otras personas.

Al cabrón que había exigido exclusividad y que ahora se estaba follando a otra.

En mis propias narices.

Había que reconocerle al tío un par de cojones impresionante.

Merecía una felicitación.

El cabrón del que, por desgracia, estaba enamorada me miraba con los ojos como platos y cara de espanto.

Y pensar que un segundo antes estaba planeando declararle mi amor a semejante zorrón.

Los golpes bajos inesperados como ese eran la especialidad de mi vida.

Leonardo intentó apartar a Andréia, pero la mujer estaba inspirada y encima protestó, apartándole las manos con la boca llena de polla.

Me eché a reír porque la alternativa era llorar. Y antes muerta que llorar delante de aquel cabrón.

—Antonella... —empezó el hijo de puta, pero levanté una mano y lo corté.

—Perdona que interrumpa —dije con calma, sin dejar traslucir el dolor que me desgarraba por dentro—. Continúa, por favor. Me voy.

Y me marché mientras aún podía ver al cabrón intentando quitarse a la Tortuga de los huevos. Ignoré la mirada compasiva de Clara y la satisfecha de Thatyanne y me fui derecha a mi despacho.

Respiré hondo y cerré los ojos al cerrar la puerta. En aquel sitio de mierda no había privacidad, y tuve que obligarme a contener las lágrimas.

Lloraría. Pero solo en la intimidad de mi casa. Cuando estuviera sola y nadie pudiera verlo.

Solo entonces dejaría salir el dolor que sentía. Ni un minuto antes.

No tenía ni idea de que un corazón roto pudiera doler tanto. Yo había roto unos cuantos a lo largo de los años y ahora que vivía aquella mierda en mis propias carnes, juré que no se lo volvería a hacer a nadie.

Sentía el pecho oprimido y tenía frío, como si me hubiera bajado la tensión o algo así.

Fui a la cocinita del fondo del pasillo y me bebí dos vasos de agua.

Me serví un tercero y, ignorando a los que se quedaban mirándome la cara, que debía de ser de funeral, regresé a mi despacho.

Se me cerraba la garganta y me ardían los ojos. Para mi espanto, me di cuenta de que estaba a punto de romper a llorar.

Lo mejor sería irme a casa. Rápido. Igual conseguía llegar al coche con los ojos aún secos, pensé, y empecé a ordenar los pocos expedientes que me habían asignado aquella semana.

Estaba metiendo mis cosas en el bolso cuando entró.

Sin llamar. Sin pedir permiso. Nada. Entró en mi despacho tal cual, como el puto rey del mundo que se creía.

Se ajustó la chaqueta del traje y se sentó tranquilamente en la silla frente a mi escritorio.

Como si no hubiera pasado nada.

Como si yo no acabara de pillarlo sonriendo al techo mientras se follaba la boca de la Tortuga.

Valor no le faltaba. Eso tenía que reconocérselo.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó con calma al verme recoger las carpetas desperdigadas por el escritorio y metérmelas de cualquier manera en el bolso.

—Fuera —respondí con la misma calma, como si no estuviera luchando contra las ganas de lanzarme por encima del escritorio y arrancarle la cara a arañazos.

Pero yo no era esa clase de mujer. Tenía clase. Me habían dado una buena educación. No iba a perder la cabeza allí dentro, con toda la oficina mirando.

Además, ¿para qué montar una escena si aquel cabrón no era nada mío? No teníamos nada.

Absolutamente nada. Solo nos follábamos de vez en cuando y habíamos prometido no liarnos con nadie más mientras lo hiciéramos. Eso era todo.

¿Estaba enamorada de él? Sí. ¿Lo culpaba de aquel desastre? Evidentemente. Era culpa suya al cien por cien. Pero ¿tenía derecho a exigirle explicaciones por su comportamiento? En absoluto.

Así que no lo haría. No haría nada, porque yo sabía cuál era mi sitio.

Él había roto nuestro acuerdo en el momento en que decidió follarse a la Tortuga.

Y no pasaba nada. Su vida era suya. Su polla también. Lo que hiciera o dejara de hacer con ellas no era asunto mío.

Y ahora que nuestro acuerdo se había terminado, yo también era libre de salir y divertirme. Sentía que había perdido.

Que llevaba desventaja. Pero sabía perfectamente cómo arreglarlo, porque en la guardería había aprendido que a la gente siempre se le paga con la misma moneda.

—¿Adónde? —preguntó, y le noté un leve temblor en la voz. Me dio igual.

—No es asunto tuyo —respondí sin más, y apagué el ordenador que, por lo visto, me había olvidado de apagar el día anterior.

Cerré el bolso, rodeé el escritorio y me dirigí a la puerta sin mirarlo ni una vez.

—Deberías cuidar esa boca. Soy tu jefe.

El cabrón quería hacerse el gracioso. Lo siento, colega. Ni de broma.

Antonella la Payasa había dimitido oficialmente de su circo.

—Tu problema.

Abrí la puerta y recorrí el pasillo con calma mientras él me seguía.

—Puedo despedirte.

—Buena suerte.

—Puedo impedir que te vayas.

Me reí con desdén.

—Prueba suerte.

—¿Podrías parar un segundo y comportarte como una adulta?

—Me parece que no.

—Te estás comportando como una niña malcriada —me acusó el pequeño cabrón, y me hizo falta un autocontrol enorme para no partirle esa cara perfecta.

—Que te den —respondí mientras cruzaba la recepción, atrayendo la atención de Clara y Thatyanne. No había ni rastro de la Tortuga, y se lo agradecí al universo en silencio. Lo último que me apetecía en ese momento era aguantar las miradas de suficiencia de Andréia.

—Deberías mostrarme algo de respeto.

Aquel hombre no se daba por vencido. Parecía decidido a seguirme hasta que me rindiera. Por desgracia para él, eso no iba a pasar.

—Vete a que te den por el culo durante media hora y olvídate de que existo —repliqué, para horror de las víboras novatas.

Leonardo respiró hondo, como si buscara paciencia.

—Puedo explicártelo. —Intentó una táctica nueva que no tenía nada de nueva, y puse los ojos en blanco ante lo tópico de toda la situación.

—Tengo ojos. No necesito ninguna explicación.

Me estaba cansando de tanto ridículo. Lo único que quería era irme a casa. Nada más. ¿Era pedir demasiado, universo hijo de puta?

—No sabes lo que ha pasado —dijo él—. Deja que te lo explique. Andréia… —¿Iba a echarle la culpa a ella?

¿Sin ningún pudor? ¿Cuando ni siquiera estaba allí para defenderse? La desfachatez de aquel hombre no tenía límites, desde luego.

—Ahórratelo. ¿Tengo pinta de que me importe?

—Sí —respondió al instante, y la rabia me hirvió por dentro.

¡Claro que me importaba, hijo de la gran puta! Pero no tenías que decírmelo a la cara, ¡asqueroso zorrón!

Estaba perdiendo los estribos, y eso era peligroso.

Estábamos en plena recepción y yo seguía resistiéndome a la idea de estallar contra él. Vale, no era precisamente famosa por mi actitud sumisa, pero no quería montar una escena justo entonces.

Estaba agotada física y mentalmente. Más que nada, quería salir de aquel infierno y largarme a cualquier otra parte.

Solo quería tranquilidad. Nada más.

—Vuelve con tu Andréia —le sugerí mientras pulsaba el botón del ascensor y lo miraba por fin.

Por primera vez conseguí mirarlo y ver únicamente a un hombre. Ni toda la belleza del mundo podía ocultar la mierda que estaba viendo.

Era un hombre como cualquier otro. Un idiota. Un imprudente. Un capullo. Un hijo de puta. Nada más.

—Se habrá quedado insatisfecha, porque no terminaste lo que empezaste. ¿O estabas terminando cuando entré? Espera. Ah, cierto. Me da igual.

Aporreé el botón del ascensor con rabia y el muy cabrón se plantó delante de mí. Intentó tocarme y di dos pasos rápidos hacia atrás.

No quería que me pusiera las manos encima. No sabía dónde habían estado, pero podía imaginármelo.

No quería que volviera a tocarme. Nunca más.

Suspiró y pareció dolido cuando me aparté.

—Antonella, tienes que escucharme. No es lo que crees que has visto.

—¿Qué? Sé lo que he visto y sé perfectamente qué estaba pasando. No me digas que Andréia se cayó sin querer con la boca sobre tu polla, porque no me lo trago. Oí a las tortugas atragantarse a nuestra espalda.

Me daba igual. Seguí mirando a aquel cabrón.

Leonardo intentó acercarse otra vez y retrocedí un paso más.

—No me refiero a eso. —Aun así, se acercó y me agarró con fuerza de los brazos, desesperado por explicarse—. Escúchame. Lo que ha pasado es que…

—Creo —lo interrumpí muy seria— que deberías soltarme.

Estaba temblando de rabia y me di cuenta de que él también. Cerré los ojos un segundo e intenté calmarme.

—No —respondió, y me apretó los brazos con más fuerza—. Ahora vas a escucharme.

Lo miré a los ojos justo cuando oí abrirse las puertas del ascensor a mi espalda.

No me lo pensé dos veces. No dudé.

Simplemente lo hice. Antes de que pudiera parpadear, le presenté mi rodilla derecha a aquel paquete que Dios le había regalado.

Me soltó al instante y se desplomó en el suelo.

Oí gritar a Clara, y Thatyanne se levantó como si pretendiera impedir que dejara a su jefe incapacitado de por vida.

Le lancé una mirada. Bastó con eso. Se quedó a medio camino y gritó horrorizada cuando yo, sin pestañear siquiera, me acerqué al cabrón y planté el pie sobre los huevos que no hacía tanto me encantaba tener en la boca.

Pisé con suavidad porque me daba lástima. Una parte de mí seguía enamorada de aquel hombre —una parte profundamente estúpida, todo hay que decirlo— y no quería verlo malherido de verdad.

Pero no pude evitarlo.

¿Me apetecía pisar con todas mis fuerzas y convertir lo que una vez fue mi juguetito favorito en una masa informe con la marca de la suela de mi zapato?

Desde luego. Pero no llegué tan lejos.

Al llegar a casa iba a necesitar una ducha desinfectante en condiciones y lavarme la rodilla y los brazos con alcohol, porque lo que antes era mi parque de juegos favorito estaba probablemente contaminado con miles de bacterias del coño de aquella Tortuga.

Ni de broma volvería a arriesgarme a un contacto más profundo con esa zona. Ni con ninguna otra, ya puestos. Lo cual era una pena.

Una polla tan hermosa y tan talentosa no debería acabar así, infestada de gonorrea y de Dios sabe qué más.

Quería esa polla con gonorrea bien lejos de mí.

Esquivé su cuerpo, entré en el ascensor y pulsé el botón de la planta baja.

—Antonella… —gimió Leonardo, que intentaba impedirme marcharme mientras se agarraba los huevos con las dos manos.

Hay que reconocerle que no gritó ni lloró como hizo Matteo las dos veces que le destrocé el pequeño aparato. Lo cual resultó decepcionante.

—Vuelve con tu Andréia y acaba el trabajo con la lengua o los dedos, ahora que ya no tienes polla —dije mientras acababa de entrar en el ascensor.

Antes de que las puertas se cerraran, todavía alcancé a ver el arrepentimiento y la derrota en su cara. Pero ya era demasiado tarde para arrepentimientos.

El daño ya estaba hecho.

Lo que no me esperaba era que doliera tanto.