Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 34 Bad at Love
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34 Bad at Love

ANTONELLA

No me fui a casa como había planeado. Había quedado con mi mejor amiga, Natasha, pero decidí que no hacía falta ir hasta casa para verla.

Así que paré en el primer bar de esquina que encontré. No era exactamente el antro de mala muerte que buscaba para ir a tono con mi humor de perros.

Aunque estaba literalmente en una esquina, en realidad era un sitio respetable. Incluso bastante famoso en la ciudad.

Había estado allí innumerables veces con Gian. Siempre que salíamos de caza, aquel era nuestro punto de partida, y el dueño incluso era amigo suyo.

Elegí una mesa al fondo, lejos de las miradas curiosas que me habían seguido desde que entré. Ni siquiera quería saber qué aspecto tenía, pero supuse que no debía de ser muy bueno cuando un niño me señaló la cara y se echó a reír.

Me contuve para no hacerle una peineta. Pero si su madre no le había enseñado que era de mala educación señalar y reírse de la desgracia ajena, probablemente tampoco le había explicado nada sobre el insulto que supone un dedo corazón bien levantado.

Lo ignoré, me dejé caer en la silla y me puse manos a la obra.

Mezclé todo lo que cayó en mis manos, bebí hasta perder el juicio y lloré a moco tendido. No monté ninguna escena, porque yo no soy así cuando lloro —solo cuando follo—, y me limité a dejar que las lágrimas corrieran libremente.

El camarero —un tipo al que había visto por allí antes, pero cuyo nombre nunca lograba recordar— se acercó otra vez y yo gruñí.

—Señorita —empezó con educación.

Levanté la cabeza de la mesa, donde había estado babeando y llorando sin una pizca de vergüenza, y entrecerré los ojos hasta que logré verlo entre las lágrimas.

—¿Ya está lista para marcharse?

—No, tío. Déjame sufrir en paz —mascullé por lo que debía de ser la milésima vez.

Di un trago a la cerveza. Estaba caliente, pero me la bebí igualmente. Me quité el amargor de la boca con un sorbo de whisky.

Después me aclaré la garganta con un chupito de tequila y chupé una rodaja de lima.

—¿Aquí solo sirven las bebidas calientes o qué? —me quejé con un eructo—. Otra cerveza, por favor. Y otro whisky. Y esta vez tráeme la botella entera de tequila.

—Pero, señorita... —empezó el amable camarero, probablemente con intención de convencerme de que aflojara el ritmo.

—Mira, hombre —lo interrumpí y volví a eructar—.

Hoy he tenido un día muy duro. Pero muy, muy jodidamente duro.

Me han puesto los cuernos y tengo el corazón roto, ¿vale?

Así que ¿podrías dejarme beber tranquila?

Te juro que sufriré en silencio aquí y no molestaré a nadie.

Ve a por mi alcohol y yo me quedaré aquí, a lo mío.

El camarero se frotó la frente y me miró con lástima. Parecía rondar los cuarenta, en realidad no estaba nada mal y tenía cara amable.

—¿Está segura de que se encuentra bien? —preguntó con incertidumbre, sin dejar de mirarme con lástima.

—Estoy fenomenal —le aseguré con una sonrisa forzada—. De maravilla. Ve a por mi alcohol, por favor.

Se marchó, aunque no sin echarme una última mirada suspicaz, y volví a apoyar la cara en la fría superficie de la mesa.

La tarde dio paso a la noche y yo ya casi me había terminado la botella entera de tequila cuando sentí un suave toque en el hombro.

Levanté la cabeza de la mesa con dificultad.

Estaba dispuesta a decirle una vez más al camarero entrometido que se metiera en sus asuntos, pero no era él.

Allí estaba un hombre muy atractivo, rubio, alto, bastante musculoso y de unos treinta y tantos, que me observaba con atención.

—Para que lo sepas, probablemente no te voy a servir de mucho —dije arrastrando las palabras—. El último tío que me folló no parecía muy satisfecho.

—¿Qué? —preguntó el desconocido.

Tenía una voz grave y parecía preocupado.

—Si tu plan es aprovecharte de mi cuerpo, te aviso ya de que no te voy a servir de mucho —aclaré—. Ya sabes, para evitarnos problemas más adelante y todo eso.

—¿Aprovecharme de ti? —Parecía horrorizado ante la mera sugerencia.

—Sí. Estoy borracha, no te conozco y me estás tocando sin permiso. Si no vas detrás de mi culo borracho y sin dueño, ¿qué quieres?

El hombre apartó la mano de mi hombro como si acabara de descubrir que yo era contagiosa.

—¿No me reconoces? —Se sentó en la silla de enfrente—. ¿No te acuerdas de mí?

Le escudriñé la cara mientras me llevaba la botella a la boca. Di un trago generoso y lo estudié con la vista borrosa.

—No. ¿De qué te conozco?

—De aquí.

—¿Del bar? ¿Te he follado antes o algo?

Se rio, probablemente porque le hice mucha gracia.

—No. —Negó con la cabeza, todavía riéndose.

Estaba bastante segura de que me acordaría si me hubiera liado con aquel. Era guapo, musculoso y tenía cara de hombre que sabe portarse mal.

Seguro que follaba bien, el diablillo.

—Soy amigo de Gian —dijo, y asentí aunque seguía sin tener ni idea de quién era.

—Genial. —Me bebí de un trago un chupito de whisky—. ¿Qué tal la vida?

—Bien, gracias. —Sonrió—. ¿Y la tuya?

—¡Oh, fantástica! —Apoyé los codos en la mesa y sostuve la cabeza entre las manos—. Ya que estás aquí y parece que te gusta hablar y todo eso, déjame contarte algo que me ha pasado.

Entonces, aprovechando la ocasión para desahogarme aunque él fuera prácticamente un desconocido, le conté todo el lío con el hijo de puta ese que ya conoces.

—Y entonces las cosas empezaron a ponerse raras. O sea, empecé a sentir cosas extrañas por él. Cosas que no tenían nada que ver con el sexo, que era lo único que teníamos. Solo era sexo, ¿sabes?

—Lo sé. —El tipo asintió, al parecer muy interesado en mi historia.

Así que seguí contándoselo todo, compartiendo información mucho más íntima de la que debería con alguien a quien apenas conocía. Pero él no parecía molesto. De vez en cuando parecía estar aguantándose la risa, algo que le agradecí.

Yo estaba sufriendo y no tenía paciencia para convertirme en el entretenimiento de nadie. Si se reía de mi desgracia en mi cara, me lanzaría por encima de la mesa a por él en dos segundos.

—Y entonces dijo: «No es lo que piensas, puedo explicártelo» —bajé la voz y gruñí en una imitación penosa de Leonardo—. Como si fuera idiota, ¿sabes?

—Pero ¿no escuchaste lo que tenía que decirte?

—¿Has oído lo que acabo de contarte, tío?

Lo vi todo con mis propios ojos. No había manera de que se le hubiera caído la boca encima de la polla por accidente.

Cuando entré, él prácticamente se estaba corriendo en su boca.

—Me quedé esperando con ganas a que volviera a intentar defender a ese hijo de puta.

El desconocido debió de notar la expresión asesina de mi cara, porque lo único que dijo fue:

—Tienes razón.

—Lo sé. Siempre la tengo. Pero ese no es el problema.

—¿Cuál es? —Volvió a mirarme después de trastear con algo en el móvil, sin ser ni de lejos tan discreto como él creía.

—El problema es que creo que lo quiero, al muy cabrón —respondí—. Porque si solo estuviera encaprichada, verlo con otra no me dolería tanto, ¿no?

—No sabría decirte.

—Eres un hombre afortunado, eso es lo que eres —lo halagué con un eructo de propina—. Sigue así y nunca tendrás que pasar por lo que pasé yo ni sufrir como estoy sufriendo.

—Lo siento —dijo con sinceridad.

Le miré la cara y luego lo repasé de arriba abajo.

—¿Estás soltero? —pregunté de repente.

—Eh... Sí —respondió con cierta duda.

—¿Y te gustan los coños? —pregunté con curiosidad. Que fuera tan atractivo y estuviera soltero no me cuadraba.

—Eso también. —Sonrió, divertido.

—¡Qué maravilla! Estaba a punto de preguntarte si te interesaría, ya sabes, follar conmigo y todo eso. Y, si te interesa, ¡podemos hacer un trío! ¡Mira qué genial!

El tipo me miró como si tuviera problemas mentales. Y los tenía, pero eso son detalles.

—Mira... —Se frotó la frente—. Me siento muy honrado por la invitación, de verdad. Eres una mujer muy guapa y muy divertida. Pero voy a tener que rechazarla.

—Ah, vale, tío. No pasa nada. —Agité la mano, descartando la idea—. Hombres no es lo que falta en este bar esta noche.

—¿Esta noche? ¿Piensas acostarte con otro sin hablar antes con...?

—Perdona. —Lo interrumpí antes de que pronunciara el nombre del demonio—. Pero no sé si eres consciente —y deberías serlo después de escuchar toda la mierda que acabo de contarte— de que no tengo novio.

—Pero él...

—Él no es nada mío, y lo dejó bien claro cuando se folló la boca de otra mujer justo delante de mí —espeté muy seria—. Y no sé si eres consciente de que no estoy obligada a ser la que sale perdiendo en esta historia.

—¿Qué quieres decir?

—Si él hizo lo que hizo, yo tengo el mismo derecho. Por eso pienso follar hasta perder el sentido con el primer hombre que encuentre en este antro —anuncié. Y, como si lo hubiera convocado el universo, se materializó un hombre a mi lado.

Sonreí y habría estado encantada con aquella intervención divina del destino, pero entonces le miré la cara al recén llegado.

—Oh, me cago en la puta —me quejé, hundiéndome en la silla mientras el desconocido se reía—. Puto destino.

—¿Lista para irte a casa? —preguntó Gian muy serio.

Como respuesta, me llevé la botella de tequila a los labios. Conseguí dar varios buenos tragos antes de que el muy cabrón me la quitara.

—Creo que ya es suficiente. —Se volvió hacia el atractivo desconocido—. Gracias por estar pendiente de ella.

—No hay de qué. Es divertidísima.

Empecé a beberme todo lo que quedaba en la mesa mientras los veía interactuar.

—Habría ayudado —dijo Gian, apartando de mi alcance los vasos que quedaban— que no la hubieras dejado beber tanto. ¿Por qué no impediste que el camarero le sirviera más?

—Qué hombre tan pesado. Perdona, bonito —me quejé mientras chupaba un gajo de lima—. ¿Y quién se cree que es para darme órdenes a mí o al camarero?

—El dueño del bar —respondió Gian, y recogió mi bolso del suelo—. Así que podría haber hecho las dos cosas sin problema.

—Quizá lo del camarero. Pero, por si no lo sabías, yo no tengo que hacer una mierda. —Miré a Don Guapo—. Sabía que te reconocía de algún sitio. —Era mentira, y él volvió a reírse.

—Ha sido un placer hablar contigo —dijo, y se puso de pie.

—No me has dicho cómo te llamas. —Intenté alargar la conversación e hice una mueca cuando Gian me obligó a levantarme también.

—Heitor —dijo, y tuvo que agarrarse a la mesa con las dos manos cuando me tambaleé y acabé medio encima de las piernas del pobre.

—Qué nombre tan bonito —lo halagué—. Heitor. Te pega.

—Gracias. —Guiñó un ojo y miré a Gian.

—¿Por qué no te vas a dar una vuelta con Heitor y me dejas aquí, a lo mío? —pregunté, con la esperanza de volver a la mesa.

Pero siguió arrastrándome por el bar. Me agarraba de los dos brazos y pedía perdón en cada mesa con la que me llevaba por delante camino de la salida.

—Perdone, señora —le dijo a una mujer que hizo una mueca cuando choqué con su mesa. Le hice una peineta, porque no tenía por qué aguantar que nadie me mirara mal, y Gian aceleró el paso—. Nos vamos a casa. Ahora.

—Gian es un hombre muy nervioso —le dije a Heitor, que venía con nosotros, riéndose.

—Pero tiene razón.

A él también le puse mala cara.

—Tú no te metas donde no te llaman. Apenas te conozco, colega.

—¿Dónde está tu coche? —preguntó Gian cuando llegamos a la acera.

—No me acuerdo —respondí, de pronto muy mareada—. ¿Puedes dejar de zarandearme de un lado a otro? Me van a entrar náuseas.

—Vamos a buscar tu coche —dijo, y me llevó hasta la pared más cercana. Me apoyé en ella y cerré los ojos, a esperar a que se me pasaran el mareo y las náuseas—. No vas a subirte a mi coche así.

—Qué cariñoso eres —refunfuñé.

—Nos vamos a casa. Te vas a duchar, te vas a tomar una taza de café y luego hablamos de lo que ha pasado.

—No quiero volver a hablar de eso. Pregúntale a Heitor. Ya está al día de todo el cotilleo. Y, de hecho, deberías salir con él. ¿Sabías que le gustan los coños y las pollas? Creo que haríais una pareja preciosa.

Oí una carcajada detrás de mí.

—No cambies de tema —dijo Gian, pero me sonrió—. ¿Qué ha pasado?

Lo miré. Me empezaron a escocer los ojos. Se me cerró la garganta. Y volví a venirme abajo.

—¡Me he enamorado de un golfo, eso es lo que ha pasado! —gemí, llorando sin poder parar.

Gian se rio de mi desgracia, pero al menos me estrechó en un abrazo bien fuerte, que era justo lo que más necesitaba en ese momento.

—No pasa nada —murmuró mientras me frotaba la espalda y yo lloraba como si se me hubiera acabado la vida—. Ya estoy aquí.

Y le di gracias a Dios por ello. Podía estar hecha polvo, con el corazón roto, haberlo perdido todo y tener la vida convertida en una puta mierda, pero al menos seguía teniendo a mi mejor amigo al lado. En ese momento, con eso me bastaba.