Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 32 D. E. P.
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32 D. E. P.

LEONARDO

Estaba jodido. No, más que jodido. Estaba en el infierno. Condenado en vida y arrojado directamente a los brazos del diablo.

Así me sentía. Así me había sentido las últimas semanas: como si estuviera en el infierno.

Porque había descubierto que estaba enamorado de Antonella.

Yo. Un hombre de treinta años, con experiencia y toda una vida a mis espaldas. Me había dejado caer en las redes de aquella mujer infernal a la que ni siquiera conocía de verdad y ahora estaba en el infierno.

Y todo era culpa suya.

Suya y de esa cara perfecta de niña, del cuerpo que me volvía loco y de todo lo demás en ella que me dejaba perdido.

Nunca había conocido a una mujer como ella. Tan absolutamente ella misma, tan sin filtros, tan distinta de todas las mujeres que se habían cruzado en mi camino.

Antonella era única. No había nadie como ella y, sinceramente, casi deseaba que hubiera otra igual, porque quizá entonces sabría qué demonios hacer con este desastre.

Pasó poco a poco. Primero me di cuenta de que podía reconocer cada una de sus sonrisas.

Había la sonrisa de buenos días que me dedicaba al verme a primera hora. Había la burlona, que asomaba a cada rato. Y había esa sonrisa extraña, algo tímida, casi avergonzada, que rara vez me hacía el honor de aparecer.

Y también había la sonrisa satisfecha que lucía cuando algo salía exactamente como ella quería.

Pero había otra más. Una sonrisa plena, de oreja a oreja, que solo le había visto una vez. Antonella parecía genuinamente feliz cuando sonreía así y, después de verla, empecé a querer verla otra vez. A ser posible, provocada por mí.

Luego vinieron las costumbres. Las miradas. Las cosas que la irritaban. Las que le hacían brillar los ojos.

Sin darme cuenta, había memorizado a aquella mujer. Podía mirarla y casi siempre saber qué clase de mierda le rondaba por la cabeza.

Todo en ella me fascinaba. Y ese era precisamente el problema.

Fue entonces cuando comprendí lo que estaba ocurriendo y, aterrorizado, empecé a huir de ella como el diablo de la cruz.

Teníamos un acuerdo. Nada de romance. Nada de relaciones serias.

Sería sexo y nada más. Follábamos como conejos y, respetando nuestro acuerdo de exclusividad, luego cada uno se iba por su lado.

Era un acuerdo perfecto. Podía tenerla tantas veces al día como quisiera. Podía follármela en mi despacho todo el día, todos los días, y al acabar la jornada ella se iba a su casa y yo a la mía.

Sin complicaciones. Antonella, aunque la mayor parte del tiempo fuera un grano en el culo, en realidad era fácil de tratar y de entender.

No montaba dramas, no me exigía más de lo que yo estaba dispuesto a darle y el sexo parecía bastarle también a ella.

Todo iba perfecto.

Hasta que me di cuenta de lo que sentía. Hasta que empecé a notar una extraña punzada en el pecho cada vez que ella no estaba conmigo.

Por las noches daba vueltas en la cama pensando en aquella pequeña plaga y esperaba con impaciencia el día siguiente, cuando volvería a verla.

Creo que no lo vi claro de verdad hasta que empezamos a acostarnos en su casa. En la oficina todo era lo más impersonal posible. En su piso, en su dormitorio, no era lo mismo.

Obviamente, en cuanto llegábamos allí no podía pensar en otra cosa que no fuera su cuerpo desnudo bajo el mío y mi polla dentro de ella.

El problema llegaba después, cuando me dejaba caer sobre la cama y ella se acurrucaba contra mí.

Un día la rodeé con los brazos y, durante un segundo, quise quedarme allí para siempre. Sintiendo su cuerpo relajado contra el mío. Oliendo su pelo desparramado sobre mi pecho. Sus manos pequeñas y suaves recorriéndome la piel. Sus brazos rodeándome.

Entonces abrí los ojos, alarmado, y comprendí lo absurda que era aquella idea.

Esa fue la primera vez que huí.

No estaba orgulloso de ello. No quería que ella se sintiera utilizada de ninguna manera. Pero ¿qué otra cosa podía hacer si ni siquiera entendía lo que estaba sintiendo?

Así que empecé a marcharme. Siempre después del sexo. La dejaba sola y me iba derecho a casa. Pero, por mucho que intentara evitar que las cosas se volvieran más íntimas, una vez allí era aún peor.

Porque la echaba de menos. Se me oprímía el pecho y su ausencia me dolía, aunque solo hiciera unos minutos que la había visto.

Fue entonces cuando comprendí que estaba jodido. Y no tenía ni idea de qué hacer, porque si yo, que había dejado tan claro cómo funcionarían las cosas entre nosotros, me sentía así... ¿y ella?

¿Antonella sentía lo mismo? ¿Tenía esa necesidad constante de estar cerca de mí, igual que yo la tenía de ella?

¿Podría estar enamorada de mí?

Quizá. No podía saberlo. Era una posibilidad en la que no me gustaba pensar.

Porque ¿qué haríamos con eso? ¿Acaso podíamos hacer algo?

Podíamos rendirnos a ello, supuse. Dejarnos llevar por lo que sentíamos. Ser felices juntos y ver adónde nos llevaba la cosa.

Quizá podría funcionar a largo plazo. Quizá. El problema era que yo no quería.

No quería estar enamorado. No quería necesitarla para nada.

No tenía nada contra el amor. Simplemente siempre había dado por sentado que no era para mí. Tenía treinta años, no era un crío. Había vivido. Había estado con muchas mujeres a lo largo de los años y nunca me había enamorado de ninguna.

¿Y esto iba a pasarme con ella? ¿Con una mujer que, pese a todo lo que creía saber de ella, en realidad no conocía?

Dos meses. Ese era el tiempo que llevaba conociéndola. Era imposible que me hubiera enamorado tan deprisa. Imposible.

¿Cómo explicaba entonces lo que sentía? Aquel anhelo inexplicable. El deseo insensato de quedarme a su lado el resto de mi vida.

Estaba perdido. Jodido y, al parecer, loco también. Eso era lo que ella me había hecho. Había aparecido de la nada y lo había puesto todo patas arriba.

Pero debería haberlo visto venir, ¿no?

Antonella era un demonio. Eso ya lo tenía claro. Había hecho un pacto con el diablo y le había vendido mi alma.

Ni siquiera podía concentrarme en el trabajo porque no dejaba de pensar en aquella maldita mujer, por Dios.

Esto no podía ser normal, y deseé poder arrancarme aquel sentimiento del pecho y tirarlo a la mierda.

Eso era lo que quería hacer. En cambio, me descubrí esperando ansioso a que llegara.

Era imposible ser más patético, pensé.

Dos golpes en la puerta me distrajeron de mi crisis.

Casi di un salto en la silla al pensar que era ella, y contesté rápido.

—Adelante.

Conseguí mantener la voz firme. Entonces vi quién era y tuve que ocultar mi decepción.

—Buenos días, señor Marins —dijo Andréia al acercarse.

—Buenos días —respondí seco, pero a ella no pareció importarle.

—¿Quiere que repasemos ahora la agenda de esta semana?

La observé con atención. Ella sabía perfectamente que ya lo había hecho con Clara la mañana anterior, pero allí estaba de todos modos.

Andréia nunca se rendía, pensé. Siempre un intento más. Siempre con la esperanza de repetir un error que había cometido hacía tanto tiempo que apenas lo recordaba bien.

Mientras yo me limitaba a mirarla, ella sonrió con evidente lujuria, y dejó claro cuánto disfrutaba de mi silenciosa inspección.

Y entonces, de repente, encontré la respuesta a mi problema.

Creía que estaba enamorado de Antonella.

Como nunca había sentido nada parecido, quizá me equivocaba, aunque no lo creía.

Así que ¿qué mejor manera de averiguar si aquello era amor de verdad que acostándome con otra mujer?

Era la solución perfecta.

Si me follaba a otra y después seguía sintiendo lo mismo, lo aceptaría. Pero si el sentimiento desaparecía, quizá no hubiera nada de qué preocuparse.

Solo necesitaba poner a prueba la teoría. Cabía la posibilidad de que solo estuviera confundido e imaginándome cosas, porque desde que conocí a Antonella ella había sido la única mujer de mi menú.

Quizá por eso me sentía así. Quién sabe.

Solo tenía que averiguarlo.

Aun así, habría preferido que fuese Thatyanne la que estuviera allí en lugar de Andréia, pero a falta de pan, buenas son tortas. Tendría que arreglármelas con lo que tenía.

—Sabes que ya he repasado la agenda con Clara —dije, y me puse de pie despacio—. No has venido por eso. ¿Por qué no me cuentas la verdad?

Andréia ni siquiera parpadeó. Me acerqué y me senté en el borde del escritorio, frente a donde estaba ella.

—Sabes lo que quiero.

—¿Por qué no me lo dejas bien claro? —pregunté con una sonrisa perversa.

Se mordió el labio y dio un paso hacia mí.

—Te deseo —murmuró, y dio el último paso que nos separaba—. Quiero que me folles.

—¿Ah, sí?

Le rodeé la cintura con un brazo y la atraje hacia mí. Andréia gimió satisfecha, casi como si no pudiera creerse que aquello estuviera pasando de verdad.

—Sí. Por favor —suplicó mientras me recorría el cuerpo con manos ávidas.

Mi cuerpo reaccionó con lentitud al cuerpo femenino pegado al mío, y decidí dejar que la situación nos llevara adonde fuera.

Saqué de la cabeza cualquier pensamiento sobre lo que podía salir mal. Aparté a Antonella de mi mente y evité pensar en lo que aquello significaría para nuestro acuerdo.

Lo rompería, pero solo porque necesitaba saber si tenía razón respecto a lo que sentía.

No era la mejor solución. Lo sabía. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Me vacié la mente de todo lo relacionado con aquella maldita mujer y me concentré en la que tenía entre los brazos.

—Estás jodidamente bueno —gimió Andréia, y hundió la cara en mi cuello. Empezó a besarme y a lamerme la piel, y cerré los ojos.

Se desnudó despacio. Ya desnuda, volvió a acercarse y se frotó contra mi polla.

Estaba empalmado, obviamente. Pero eso seguía sin significar nada. Un hombre puede empalmarse por prácticamente cualquier cosa, y cuando digo cualquier cosa incluyo una puta brisa rozándole la piel. Necesitaba más.

Andréia intentó besarme y me aparté por reflejo. No entendía aquella reacción. Ella tampoco. Pero no la dejé pensar mucho en ello.

—Ponte de rodillas y chúpamela —ordené para desviarle la atención.

Sonrió con malicia y se lamió los labios. Aquello me excitó, y sentí alivio al ver que las cosas parecían ir en la dirección correcta.

Estaba excitado. Andréia estaba buenísima. Y, al final de todo esto, demostraría por fin que no estaba enamorado de Antonella.

Andréia me abrió el cinturón y los pantalones, me sacó la polla y se arrodilló entre mis piernas.

—He soñado tantas veces con esto —dijo extasiada mientras me lamía desde la base hasta la punta—. Voy a chupártela tan bien que, cuando te corras en mi boca, querrás hacerlo todos los días.

Entonces empezó a chupármela y, la verdad, se le daba bien. Sabía lo que hacía y todo eso. Pero algo no encajaba.

Cuando bajé la mirada, con la intención de agarrarla del pelo, el color estaba mal.

Rubio. No pelirrojo.

La boca que me estaba chupando no era la que quería allí.

Los gemidos excitados que oía no eran los sonidos que quería escuchar. No eran aquellos gemiditos necesitados y guarros que tanto me gustaban.

Todo estaba mal. No quería que Andréia estuviera allí. Quería a otra persona.

A alguien a quien conocía bien, por mucho que me gustara fingir lo contrario.

A alguien que sabía lo que me gustaba. Que me volvía loco en la cama y fuera de ella.

Andréia siguió intentándolo, gimiendo demasiado bajito para mi gusto, mientras yo, desdichado, miraba al techo.

Casi me reí de mi propio desastre. Allí estaba yo, enamorado de una mujer mientras otra me chupaba la polla.

Andréia se contorsionaba y seguía esforzándose al máximo. Fue inútil.

Le sonreí al techo, pasmado por la magnitud de mi propia estupidez.

Cerré los ojos y alcé las manos para apartar a Andréia de mi polla.

Entonces la puerta se abrió de golpe.

Y fue entonces, al ver el espanto y el horror en aquellos ojos azules que tanto amaba, cuando por fin lo entendí.

Lo había echado todo a perder.