Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 31 No empieces ahora
63%

31 No empieces ahora

ANTONELLA

Estaba empapada en un sudor frío. Notaba cómo la humedad me bajaba por la espalda, los pulmones parecían haber olvidado cómo funcionar y veía un poco borroso.

Y todavía ni siquiera había salido de casa.

Estaba nerviosa. Más nerviosa que antes de acostarme con aquel hombre por primera vez.

Incluso me temblaban las manos. Fíjate. Y lo único que tenía que hacer era abrir la boca y decirle a ese hombre que estaba enamorada de él.

Eso era todo. Nada complicado. Solo tenía que decirlo.

Personalmente, nunca he tenido problemas para decir lo que quiero. Jamás. Si pienso algo y quiero decirlo, lo digo.

No soy tímida ni le doy demasiadas vueltas. Dejo que las palabras salgan y punto.

El problema era que no tenía ni idea de cómo reaccionaría él. Ya había admitido ante mí misma que sí, que estaba enamorada, por ridículo que fuera todo aquello.

Soy fiel a mis principios y no me miento a mí misma. Ir allí y decirle lo mismo a él era más complicado.

Por si no lo habías entendido, era perfectamente capaz de pronunciar esas palabras. Ese no era el problema.

No sabía cómo reaccionaría. No sabía si se reiría en mi cara, si me preguntaría si me había vuelto loca o si me diría que era ridícula, y eso era lo que me ponía nerviosa.

¿Podría admitir que sentía lo mismo y confesar que estaba tan enamorado de mí como yo de él?

Claro. Pero, teniendo en cuenta mi suerte y mi historial de catástrofes vitales, ¿de verdad creías que era probable?

Yo no.

Aun así, como había dicho Gian, estaba haciendo lo correcto. Me refiero a contárselo todo. Lo que él hiciera después con esa información no era asunto mío.

Leonardo podía confesarme lo mismo o meterse mi amor por el culo. Yo solo tenía que decirlo. Y ya.

Me pasé horas eligiendo qué ponerme. Estaba harta de mis trajecitos y, últimamente, apenas salía de la oficina, así que había empezado a escoger ropa elegante y apropiada para el trabajo, pero también cómoda, como los vestidos. Ese día, sin embargo, quería estar irresistible.

Quería estar increíble. Deslumbrante. Porque, pensé, si Leonardo me miraba y se acordaba de lo guapa, lo perfecta y lo sexy que era, quizá se lo pensaría dos veces antes de reírse en mi cara, llamarme ridícula y decirme que me metiera mi amor por el culo.

Elegí un vestido negro de Givenchy, de corte tubo, que se ceñía a mi cuerpo en los sitios justos sin resultar demasiado vulgar y sacaba el máximo partido al escote.

Llevaba una banda en la cintura que me la hacía parecer aún más estrecha y me resaltaba las caderas. Decidí no pasarme con los accesorios y escogí unos pendientes de diamantes que me había regalado mi madre por uno de mis cumpleaños, una delicada cadena de plata, varias pulseras discretas y anillos.

Me cepillé el pelo con esmero, sin quejarme ni una sola vez por haber tenido que levantarme una hora antes para arreglármelo.

El esfuerzo dio sus frutos cuando conseguí que me cayera sobre los hombros en unas ondas al estilo Gisele, brillantes y preciosas.

Me maquillé de forma sencilla: un poco de sombra suave alrededor de los ojos, corrector, porque eso no era negociable, máscara de pestañas, un toque de color en las mejillas y pintalabios nude.

Me gustaba presumir de mis pecas. Me parecían encantadoras y Leonardo me había dicho varias veces cuánto le gustaban, así que no me las tapé.

Me eché perfume sin pasarme y me calcé mi par de Louboutin favorito del momento, el mismo que, según los rumores, le había destrozado los huevos a cierto tipo unos días antes.

Elegí ese par porque, de todo lo que tenía, era el que mejor combinaba con el conjunto.

Me acerqué al espejo de cuerpo entero que había junto a la cama y evalué el resultado final.

Estaba increíble. No había nada fuera de lugar. Todo encajaba a la perfección y el resultado era incluso mejor de lo que esperaba.

Pero, a pesar de haber cumplido mi objetivo de estar irresistible, me seguían sudando las manos.

Me había pasado toda la noche despierta, pensándome mil maneras distintas de decirle a aquel hombre lo que necesitaba decirle, y no había conseguido decidirme por ninguna.

Así que, sin más, decidí que en cuanto lo viera se lo diría todo.

Me daba igual dónde estuviera. Evidentemente, habría preferido hacerlo en su despacho, con la puerta cerrada.

Tener intimidad para aquello sería maravilloso.

Pero sabía que, si esperaba al momento perfecto, si aguardaba a pillarlo a solas en su despacho, me echaría atrás.

Así que, en cuanto lo viera, lo soltaría todo de golpe. Ni siquiera le daría los buenos días, para no perder el valor.

Con la mirada clavada en mi reflejo y repitiéndome mentalmente que podía hacerlo, asentí para mí misma y cogí el bolso.

Salí del piso y poco después ya iba camino de la oficina.

El móvil sonó cuando ya estaba a punto de llegar y contesté después de pararme en un semáforo en rojo.

—¿Diga?

—Buenos días, cariño. ¿Ya estás en la oficina? —preguntó Gian.

—No. —Sonaba ansioso, y eso me puso aún más nerviosa—. Estoy de camino.

—¿Qué llevas puesto? Espero que algo devastador.

—Voy a mandarte una foto. Espera.

Arriesgándome a una lluvia de bocinazos cuando cambiara el semáforo, abrí la cámara del móvil e intenté hacerme una foto en la que se me viera el cuerpo entero.

Estiré el brazo hasta que casi toqué el techo del coche con la mano y conseguí encuadrarlo todo, desde el pelo ondulado hasta la cintura.

No era precisamente una obra maestra, pero se la mandé igual.

—Ya te la he enviado. ¿La has visto?

—Me encanta ese vestido. Te queda increíble, zorra —dijo al cabo de un momento—. En realidad, me encanta todo el conjunto. Estás espectacular.

—¿De verdad lo crees? —pregunté insegura, sin apenas reconocerme. Me estaba convirtiendo en una ridícula niñita enamorada, de esas que salen en las novelas románticas empalagosas. Patético—. ¿No es un poco demasiado?

—Antonella, estás perfecta. Deja de comerte la cabeza. Ese hombre solo te rechazará si está mal de la cabeza. Y te diré algo más: si todavía no está enamorado de ti, lo estará antes de que acabe el día.

—¿Lo juras?

Lo sé. Me había convertido en una ameba.

Todo aquello era ridículo, por supuesto, pero no podía evitarlo. Enseguida empecé a imaginarme mil escenarios posibles. En todos y cada uno de ellos, Leonardo se arrojaba a mis pies, agradecido de que yo sintiera aquello por él porque él estaba igual de enamorado de mí.

Es para partirse de risa. En serio. Soy idiota. Necesito medicación controlada con urgencia. De la más fuerte, a ser posible.

—Eso creo. Te estás poniendo nerviosísima por nada. Muy pronto vas a descubrir que te preocupabas sin motivo. Ese hombre tiene que estar tan loco por ti como tú por él. Todo saldrá bien. Ya lo verás.

—Puede que tengas razón.

Nos despedimos un rato después y colgué mientras intentaba pensar en positivo.

Se lo confesaría todo y dejaría claro que yo no había elegido aquello, que no era más que un inconveniente del destino. No, decidí al instante; eso mejor no lo decía.

O sea, pensaría que estaba loca o algo así. ¿Quién le confiesa a alguien que está enamorada y después llama a todo aquello un inconveniente?

Para mí era un inconveniente enorme. Hasta entonces, lo único que había conseguido era darme dolores de cabeza y robarme mis preciosas horas de sueño.

Pero él no tenía por qué saberlo.

Borré la parte del inconveniente de mi discurso mental y, mientras aparcaba en el garaje del edificio, intenté montar uno nuevo.

Empezaría diciéndole que tenía algo importante que contarle. Así no me interrumpiría hasta que hubiera terminado de decir todo lo que necesitaba decir.

Después le explicaría cómo, un buen día, empecé a sospechar que me estaba enamorando de él, y cómo cada vez me costaba más negar esa sospecha, sobre todo cuando me dejaba sola en mi cama, bien follada pero con una necesidad desesperada de que me abrazara.

Que me tomara por ridícula, me dije mientras entraba en el ascensor e ignoraba a la gente que ya estaba dentro. No me gustaba darle conversación a mis compañeros de trabajo y solo podía imaginarme la reputación que tenía allí.

Quizá ya tenía un apodo. Algo como «La zorra de la Planta Veinte». Pero como me daba igual, no busqué la mirada de nadie. Alcé la vista al techo del ascensor y volví a mis pensamientos esperanzados y delirantes.

¿Qué más podía decirle?

Intenté no enamorarme de ti, hombre, pero fue imposible. ¿Te has visto en un espejo?

Sé que dejaste claro desde el principio cómo se suponía que debían funcionar las cosas entre nosotros, pero, sinceramente, creo que deberías empezar a comparar lo que dices con lo que haces de verdad.

Por ejemplo, dijiste que no querías que me enamorara de ti. Y luego me cuidas como si de verdad te importara mi bienestar, como si necesitaras asegurarte de que no me pasara nada.

Como con todo lo de Diego. Te ofreciste a ayudarme, me escuchaste en silencio y me consolaste cuando me derrumbé.

Y desde entonces no has dejado de ayudarme con mi problema. Yo no te lo pedí, pero te ofreciste de todos modos.

Te tomaste mi dolor como algo personal y has estado trabajando para solucionármelo todo.

Te quejas cuando aparezco en el trabajo con unas ojeras enormes y maldices al cabrón responsable de mi insomnio. Y después me haces dormir en tu sofá y te quedas velando por mí sin mencionar siquiera que tengo un trabajo que hacer y que no puedo comportarme así en la oficina.

Cuando te lo permites, me abrazas y me besas después de follarme como si no pudieras mantenerte alejado, como si necesitaras saborearme una vez más.

Me haces reír con tus tonerías y tú también te ríes de mis bromas. Finges lo contrario, pero sé que te encanta lo sarcástica que soy y las barbaridades más disparatadas que soy capaz de soltar.

Me haces sentirme segura y valiosa a tu lado. No paras de repetirme que no me preocupe, que tú te vas a ocupar de todo y me vas a resolver todos los problemas.

Así que ya ves, habría sido imposible no enamorarme de ti. ¿Lo entiendes ahora? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Puedo dejarlo más claro: esto es culpa tuya, idiota guapísimo y maravilloso.

Toda la culpa es tuya. Si no fueras tan irresistible, tan perfecto, tan atento y amable, esto no habría ocurrido.

Así que, si tú no sientes lo mismo, solo necesito que sepas eso.

Que eres el responsable de mi desgracia. Eso era todo lo que necesitaba decir. Ahora doy el día por terminado y me voy a casa.

Tengo una cita con mi amiga Natasha.

El ascensor se detuvo por fin en la planta veinte y parpadeé para salir de la ensoñación.

Salí y caminé despacio mientras repasaba el discurso en mi cabeza.

Sonaba bien, pensé. No perfecto, pero sí lo bastante bueno. En cuanto abriera la boca y empezara a soltarlo, quizá saliera algo más profundo por sí solo. Pero tenía que ir paso a paso. Primero, encontrar al hombre.

Después, decirle que estaba enamorada de él. Y luego, dependiendo de su reacción, decidir qué hacer con mi vida.

Suspiré y llegué al foso de las serpientes. Fijé la vista en la puerta cerrada de su despacho y respiré hondo.

—Buenos días —me saludó Clara, como siempre, la única amable de las tres serpientes.

—Buenos días —respondí al notar que Andréia no estaba—. ¿Andréia llega tarde otra vez?

Por algún motivo, Clara se sonrojó y lanzó una mirada insegura a la Serpiente Número Dos, que estaba a su lado.

Thatyanne me ignoró, como siempre, con los ojos fijos en el techo, pero, curiosamente, me di cuenta de que sonreía ligeramente.

Fruncí el ceño ante aquella anaconda tan extraña y volví a mirar a Clara.

—¿El señor Marins ya está aquí? —pregunté.

Seguía pensando que aquel nombre era horrible, pero tenía que usarlo de vez en cuando para mantener las apariencias.

—Eh... Sí, pero... —Clara intentó continuar, pero yo ya había perdido la paciencia con la chica. Tardaba demasiado en ir al grano para mi gusto.

Al menos había conseguido la información que quería y, aliviada, supe que no tendría que hacerlo mientras él estaba en el baño ni en ninguna otra situación igual de humillante.

—Gracias —dije mientras Clara me hacía gestos raros, con cara de preocupación y nerviosísima.

No lo entendía, pero no me detuve.

Respiré hondo una última vez y, antes de quedarme sin valor, abrí la puerta del despacho de Leonardo mientras me recitaba mentalmente el discurso por última vez.