Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 30 Everyday
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ANTONELLA

Cansada, sudorosa y temblando de pies a cabeza, me giré de lado.

Me dejé caer de espaldas sobre la cama e intenté recuperar el aliento. Me estiré y gemí, muy, muy satisfecha después de un polvo tan bestia que casi me había recolocado los órganos.

—Estoy muerto —dijo el hombre absurdamente bueno que tenía al lado.

Jadeaba igual que yo, con la piel dorada reluciente de sudor. Eché un último vistazo a aquel cuerpo de dios antes de cerrar los ojos y prepararme mentalmente para lo que haría a continuación.

—Tengo que irme —dijo, exactamente como esperaba. Mantuve los ojos cerrados y controlé la expresión.

Estar agotada ayudaba, así que no dejé que se me notara la decepción. Leonardo se levantó de la cama con cierto esfuerzo y empezó a recoger la ropa desperdigada por el suelo de mi dormitorio.

Siempre hacía lo mismo.

En cuanto decidía que nuestra demencial sesión de sexo había terminado, apenas le daba tiempo a recuperar el aliento y ya estaba huyendo como si lo persiguiera el diablo.

Llevábamos juntos algo más de un mes. Habíamos pasado del sexo épico en la oficina a un sexo todavía más desquiciado en mi casa apenas unos días después de nuestro acuerdo de exclusividad sin compromiso serio.

La primera vez que vino fue el mismo día en que hicimos la última visita a Matteo.

Para celebrar que no iba a acabar en la calle, lo invité a casa con la excusa de pasar un rato de lo más inocente y sin ninguna segunda intención, por supuesto. Dio la casualidad de que no pude resistirme a la tentación que representaba aquel hombre y, por lo visto, él tampoco pudo resistirse a mí.

Así que follamos allí mismo, en la entrada.

Y eso era, básicamente, lo que llevábamos haciendo todos los días desde entonces.

Habíamos conseguido reducir los magreos en la oficina —que antes eran por lo menos tres veces al día— a un polvo rápido para sobrevivir a la jornada laboral.

Después, al acabar el día, íbamos a mi casa y compensábamos el sacrificio.

Y todas y cada una de las veces, a los pocos minutos de correrse, se inventaba alguna excusa y encontraba la manera de largarse.

Por lo visto, ahora ni siquiera veía necesario inventarse nada, porque lo único que decía era «Tengo que irme» y, segundos después, ya estaba vestido otra vez.

Abrí un ojo y confirmé lo que ya sabía.

—Vale —dije, y me subí la sábana hasta cubrirme—. Si tienes que irte, no pasa nada.

No, sí que pasaba, porque ¿sabéis qué? No había conseguido desenamorarme de aquel maldito hombre.

Tenía que ser brujería. En serio. Lo intenté. Juro que lo intenté. Pero cada día me pillaba pensando en él más y más. Cerraba los ojos y su sonrisa me invadía la mente.

Cuando lo tenía cerca, el corazón me latía más deprisa y me sudaban las manos, desesperadas por tocarle la piel.

Era una maldición. Tenía que serlo. Seguramente alguna maldita bruja se estaba riendo de mi desgracia en ese mismo instante y se lo estaba pasando en grande.

A los veintiséis, obviamente ya me había colgado de unos cuantos tíos. Incluso había amado a alguien.

Pero nada había llegado nunca muy lejos ni había sobrevivido a la primera fase, porque no tenía paciencia para esas cosas.

Los tontos enamorados me ponían de los nervios, incluso cuando estaban enamorados de mí.

Y entonces, de la nada, allí estaba yo. Enamorada de aquel desgraciado. Queriendo un poco más. Rezando para que no se fuera y me dejara sola otra vez. Pero se iría.

Siempre lo hacía. Y después de irse, por lo visto yo podía irme a tomar por culo y buscarme la vida para lidiar con aquel sentimiento de mierda que se negaba a desaparecer.

¿Por qué tenía que enamorarme precisamente de aquel hombre? Y el hecho de que él no sintiera nada por mí tenía que ser la forma que tenía el universo de castigarme por todas las veces que les había aplastado los huevos a los que me cabreaban.

—Nos vemos mañana —dijo, y salió disparado.

Esperé hasta oír cerrarse la puerta de la calle y entonces le di un puñetazo a la almohada, furiosa.

También quería darme un puñetazo a mí misma, solo para comprobar si así entraba en razón y dejaba de hacer el ridículo.

Controlé el impulso después de concluir sabiamente que llenarme la cara de moratones probablemente no solucionaría el problema.

Me levanté, cabreada, y fui al baño, donde mi patético reflejo se me rio en la cara. Allí estaban las marcas que él había dejado en mi piel, como si necesitara recordatorios físicos para pensar en aquel cabrón.

Oí el timbre y después la puerta al abrirse. Gian. Siempre dejaba el dedo pegado al timbre como si no hubiera un mañana y luego entraba con su llave.

Lo hacía solo para fastidiarme y poder reírse cuando me enfadaba.

Cuando me encontró en el baño, después de gritar mi nombre por todo el piso, yo seguía mirándome al espejo, preguntándome qué coño se suponía que debía hacer con mi vida.

—¡Aquí estás! ¿Por qué no has contestado cuando te he llamado?

—preguntó, molesto, y luego recorrió con la mirada mi cuerpo desnudo—.

Ah, así que don Delicioso ha vuelto a hacerte una visita, ¿eh?

Creo que he visto abajo a alguien que se parecía a él.

—De pronto se rio y me señaló el culo—. Tienes el culo rojo como una fresa.

Hasta se le distingue la forma exacta de la mano. Qué pasada. Me encanta.

No respondí. Seguí mirando mi patético reflejo de enamorada, sin tener ni idea de qué hacer.

Es decir, ¿qué podía hacer? Había intentado no enamorarme aún más de él, pero, por lo visto, no lo había intentado lo suficiente, porque allí estaba yo, a punto de llorar porque se había ido.

A veces creía ver algo en sus ojos que iba más allá de la lujuria. Pero tenía que ser cosa de mi imaginación, porque desaparecía tan rápido como aparecía.

Estaba empezando a alucinar. Eso era. Me imaginaba cosas que no existían porque deseaba desesperadamente que existieran.

—Si tienes así el culo, solo puedo imaginarme lo que te hace en el coño —se rio Gian. Después, al ver que seguía callada, me miró con atención y frunció el ceño—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan callada?

—Estoy enamorada —admití en voz alta por primera vez.

—Eso ya lo sabía. Cuéntame algo nuevo —dijo con una sonrisa de suficiencia. Como no le devolví la sonrisa ni le mandé a tomar por culo, como habría hecho normalmente, Gian frunció el ceño—. ¿Por qué estás tan rara?

—Estoy enamorada.

—¿Y? ¿Cuál es el problema?

—¡El problema es que estoy enamorada! —Ahora que había admitido aquella mierda en voz alta, no paraba de repetir el desastre, con la esperanza de acabar entendiendo lo absurdo que era y despertar de una puta vez—. ¡De un hombre que no siente lo mismo por mí!

—Antonella, no puedes saberlo con certeza —replicó él, y yo fruncí el ceño, irritada.

—¿Y dónde está ahora mismo? Me ha follado y se ha ido, como siempre. No siente lo mismo. Le importo una mierda.

Dolía. No iba a mentir. Me sentía como una adolescente de instituto enamorada del guapísimo capitán del equipo de fútbol.

El inalcanzable. El que ni siquiera sabía que yo existía.

Era una mierda. Un desastre.

No quería sentir nada de aquello. No quería pensar en ese hombre las veinticuatro horas del día y pasarme la mitad sufriendo cada vez que se marchaba, pero ¿qué se suponía que debía hacer, aparte de sufrir en silencio?

Era evidente que no sentía lo mismo. Y desde el principio se había encargado de dejar claro que lo nuestro era y sería siempre solo sexo.

Ni más ni menos.

—¿Lo amas? —preguntó Gian.

Tuve que pensarlo un segundo. Estaba enamorada, obviamente, pero ¿lo amaba?

—No lo sé —respondí con sinceridad—. O sea, es posible, ¿no? Pero no estoy segura.

—Si solo es un encaprichamiento, basta con tener paciencia y se te pasará. —Apoyó un hombro en la pared, junto al espejo, y cruzó los brazos—. Pero si lo amas, Antonella, tendrás que ser sincera contigo misma. Y con él también.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, alarmada, apartando por fin la vista de mi estúpido reflejo enamorado para mirarlo—. ¡No puedo decirle algo tan ridículo! ¿Estás loco?

Gian negó con la cabeza.

—Al menos tienes que intentarlo. Te lo debes a ti misma. Si no siente lo mismo, cosa que todavía no sabes —añadió deprisa, antes de que pudiera interrumpirlo—, podrás pasar página. Pero por lo menos dejarás de preguntarte qué siente.

—No voy a hacerlo. —Negué con la cabeza—. Si me mira a la cara y me dice que no siente lo mismo, no sobreviviré.

Era mentira, obviamente. No iba a morirme porque él no me correspondiera.

O sea, ¿quién se muere hoy en día por un hombre? Por favor. Sufriría una temporada, evidentemente, hasta conseguir arrancarme aquel sentimiento del pecho, pero al final se me pasaría.

Quizá tardara mucho, pero eso no importaba.

Antes o después estaría preparada para otra persona y la vida seguiría adelante.

—¿De verdad crees que debería decírselo? —pregunté, empezando a plantearme aquella idea absurda.

—Tienes que hacerlo. Si no siente lo mismo, no pasa nada. Pasas página. Pero si él también está enamorado de ti... —Sonrió—. ¿Te imaginas cómo sería? ¿Te imaginas lo que podría pasar?

—¿Se quedaría después de follarme? —pregunté, esperanzada, mientras iba hacia la ducha. Necesitaba urgentemente quitarme de encima el olor de aquel hombre. Solo entonces podría pensar con claridad y decidir qué iba a hacer a continuación.

Gian se rio y me tendió el exfoliante y la esponja suave.

—Algo así. —Sonrió y me pasó los botes rosas que yo tanto adoraba—. ¿Estás haciendo una campaña publicitaria para Kylie Skin o has comprado todas sus existencias? —preguntó mientras rebuscaba en el armario del baño, donde dio con mi preciado alijo.

—Lo compré con mi primer sueldo. —Sonreí mientras empezaba a pasarme la esponja por la piel. Aquel era mi sagrado ritual nocturno y siempre conseguía relajarme—. Y, teniendo en cuenta los altibajos tan violentos de mi vida, decidí que era de listas hacer acopio.

—Mujer precavida vale por dos.

Con mucha menos discreción de la que pretendía, se metió una de las cajas de crema hidratante en el bolsillo. Se la dejé pasar solo porque aquella noche estaba siendo de enorme ayuda.

Pero cuando vi que sus deditos codiciosos se acercaban también a mis exfoliantes, carraspeé con fuerza y le alcé una ceja al muy cabrón.

—¿Qué? ¡Si tienes docenas ahí dentro! —protestó, aunque se irguió con un puchero.

—Y son todas mías. Las he comprado con el dinero que tanto me ha costado ganar. —Me lavé todo lo que tenía que lavar, me exfolié la piel, me aclaré y cerré el grifo de la ducha—. Tienes trabajo. Tienes dinero. ¿Por qué no te compras los tuyos?

—El último lanzamiento se agotó antes de que me diera tiempo siquiera a abrir la web —se quejó con un puchero. Me dio pena el pobre. Yo me había pasado horas esperando el lanzamiento con los nervios de punta y había cerrado el pedido en el segundo exacto en que la web se actualizó.

—Puedes llevarte algunos. —Sonrió de oreja a oreja. Se agachó, entusiasmado, y empezó a coger caja tras caja—. Pero solo uno de cada, cabrón.

Volvió a gruñir mientras yo salía del baño, y sonreí, un poco aliviada por la distracción.

—Y que lo sepas: sé exactamente cuántas cajas tengo de cada cosa. Ni se te ocurra robarme.

—Desagradecida. ¡Eso es lo que eres!

—Y no tardes una eternidad ahí dentro. Necesito tu consejo para decidir qué hacer con mi vida. Si sales rápido, te dejaré llevarte también una esponja.

Oí el portazo de la puerta del armario y, en un abrir y cerrar de ojos, salió del baño frotándose la esponja suave por la cara, con cara de absoluto embeleso.

Me reí. Gian era un buen amigo y siempre parecía saber qué decir en cada momento. Así que, por segunda vez en mi vida, me senté y escuché con atención todo lo que me aconsejó hacer.

Si funcionaría o no, no lo sabía. Pero por intentarlo no perdía nada, ¿no?