29 Dangerous Woman
ANTONELLA
La tensión que flotaba en el aire se podía cortar con un cuchillo, y el olor a testosterona casi me mareaba.
Todo era culpa de aquel maldito hombre. ¿Por qué, me preguntaba mientras me mordía el labio, por qué tenía que estar tan jodidamente bueno?
¿Por qué tenía que ser tan alto, tan musculoso y tan guapísimo?
Para arruinarme la vida a mí en concreto, obviamente. Para que el coño me sudara de necesidad en los peores momentos posibles. Como ahora.
Estábamos en medio del vestíbulo del edificio que albergaba el despacho que me habían robado; la gente pasaba a montones, nos habíamos convertido en el centro de atención y yo estaba allí con el único propósito de destrozarle los huevos a un ladrón.
Y, de la nada, me descubrí mordiéndome los labios y sintiendo cómo se me humedecía el coño mientras miraba a Leonardo.
Se cernía sobre aquella patética criatura que era mi primo, enorme y furioso. Tenía las manos apretadas en puños, la mandíbula tensa y una expresión asesina.
No me preocupaba Matteo. Si moría, mejor aún. Por fin me libraría de él. Me preocupaba Leonardo. No porque creyera que Matteo pudiera siquiera posar uno de sus escuálidos deditos sobre mi guapísimo jefe antes de llevarse un puñetazo capaz de recolocarle todos los dientes de la boca.
El muy cabrón ni siquiera lo vería venir. Pero estábamos allí por otro motivo.
¿Quería ver a Matteo desdentado y llorando como un niño pequeño, tirado en el suelo?
Obviamente. ¿Quería tener la oportunidad de darle una patada en los huevos mientras Leonardo acababa con él?
Por supuesto. ¿Quería que la reputación profesional de Leonardo quedara manchada por ello? En absoluto.
Estábamos dentro de uno de los mejores bufetes del estado. Leonardo era conocido por su excelente trabajo, y empecé a notar que quienes nos rodeaban lo reconocían y señalaban primero a él y después a mí: la oveja negra que había dejado en manos ajenas el trabajo de toda la vida de su madre.
Éramos carnaza de primera para los cotilleos, suficiente para mantener a la gente entretenida durante semanas. Así que, a regañadientes, aparté a Leonardo de aquella ridícula criatura.
Consiguió, con esfuerzo, volver la atención hacia mí, y negué ligeramente con la cabeza. No valía la pena ensuciarse las manos por alguien tan patético como Matteo.
Se merecía unas cuantas tortas bien dadas, desde luego, pero aquel no era ni el momento ni el lugar.
—Vaya, vaya. El perrito está con correa —se burló Matteo en cuanto se recompuso.
Seguí mirando a Leonardo e ignoré a aquella rata a propósito.
Pareció recuperar el control, asintió con seriedad y me relajé un poco.
—¿Vais a decirme a qué debo el placer de esta visita? —preguntó Matteo Ojos de Cerdo, claramente molesto porque seguíamos ignorándolo.
—Ah, solo he pasado a decirte que no pienso irme de mi casa —dije, mirando de frente su cara de comadreja—. Sé que lo entenderás, primo.
Matteo me dedicó una sonrisa dura.
—¿Prefieres que te desahucien, prima? A mí no me importa en absoluto. Me encantaría echarte yo mismo. Tirar a la calle tu preciada ropita de niña rica me daría una alegría enorme.
Alcé las cejas, sin preocuparme lo más mínimo.
—¿Ah, sí? Entonces esperaré tu visita. Tengo curiosidad por ver cómo piensas entrar en el edificio.
Matteo se puso rojo de rabia, irritado por el desprecio que destilaba mi voz.
—Vas a salir de ese apartamento por las buenas o por las malas, zorra —escupió, y dio un paso hacia mí.
Abrí mucho los ojos y fingí estar asustada. Él sonrió triunfante y se acercó aún más.
—Has visto la escritura. Has recibido la notificación de desahucio. Ahora el apartamento es mío.
—¿No te bastó con robarme todo lo demás? ¿Incluido el bufete de mi madre? ¿Qué demonios quieres de mi casa?
—Eso no es asunto tuyo. Lo que importa es que la quiero y ahora es mía —declaró con suficiencia, y después me dedicó una sonrisa compasiva—. Es triste que no tengas dónde vivir, prima, pero así es la vida.
—No pienso irme —le advertí con calma, sin apartar la mirada de él—. El apartamento es mío, igual que la empresa y cada céntimo que, de un modo u otro, lograste robar.
—¿Tienes pruebas de alguna de esas acusaciones?
—¿De que eres un ladrón envidioso? Todavía no. Pero no te preocupes. Solo es cuestión de tiempo que demuestre exactamente qué gusano miserable eres.
Matteo, ya casi morado de rabia, se abalanzó sobre mí exactamente como sabía que haría.
Y por fin llegó mi momento de gloria. Di un pequeño paso atrás para hacerme sitio y el muy cabrón se rio, convencido de que retrocedía por miedo.
Pobrecito.
Cuando sus manos convertidas en garras se lanzaron hacia mi cuello, levanté primero la rodilla. Sentí con inmensa satisfacción cómo el impacto aterrizaba de pleno entre sus piernas, y él abrió los ojos de par en par.
—Esto es, otra vez, por robar el bufete de mi madre, hijo de puta envidioso —gruñí.
Matteo abrió la boca en un grito silencioso. Su cara pasó del rojo a un tono entre verde y morado la mar de atractivo y empezó a desplomarse hacia el suelo. Pero yo no me detuve.
En cuanto cayó, me moví antes de que tuviera tiempo de cubrirse la zona dañada.
Levanté el pie y le di una patada con entusiasmo.
—Y esto, cabrón, es por intentar robarme también mi casa.
La gente que nos rodeaba ya nos miraba horrorizada, pero me daba igual. Volví a darle una patada y el muy cabrón gritó como una gacela.
Intentó rodar para alejarse y protegerse los huevos, pero le pisé el brazo con fuerza. Apartó las manos con un gemido de dolor.
Entonces, para poner el broche final a mi pequeña sesión de desahogo, avancé, levanté el pie y lo dejé caer con fuerza sobre sus huevos.
Matteo gritó aún más fuerte, se retorció en el suelo y se echó a llorar desesperadamente.
Me aparté y admiré el espectáculo.
Las lágrimas le corrían por la cara mientras se retorcía en el suelo y, aunque era evidente que le aterraba otro ataque a los huevos, ni siquiera se atrevía a tocárselos.
Tenía que doler una barbaridad. Y de eso se trataba precisamente.
Suspiré, feliz y satisfecha.
Cuando me volví hacia Leonardo, me encontré con una mirada asustada y una expresión horrorizada. Pasó la mirada de mí al hombre que lloraba en el suelo como un bebé recién destetado y luego volvió a mirarme, como si siguiera intentando entender lo que acababa de presenciar.
Extendí una mano hacia él en una petición silenciosa, y él se tapó la bragueta por puro reflejo.
Me reí de lo absurdo de la situación. Allí estaba yo otra vez: Antonella, la Aniquiladora de Huevos, capaz de convertir incluso al hombre más valiente en un animalito aterrorizado.
—No voy a acercarme a tus huevos —le aseguré al cobarde—. Aún no.
Abrió los ojos como platos y yo puse los míos en blanco.
—Los papeles, por favor.
Leonardo tardó un segundo en entender a qué me refería. Sacó los documentos de la carpeta, se acercó solo lo justo, me los entregó y volvió a alejarse de inmediato.
—No seas ridículo, hombre —bromeé, y me acerqué al montón sollozante en el que se había convertido Matteo—. La próxima vez que intentes engañarme con una gilipollez como esta, no me limitaré a pisarte los huevos. Te los arrancaré y te los meteré en la boca. ¿Entendido?
Le dejé caer los papeles de mierda en la cara.
—Ahora me voy. Que tengas un día estupendo.
Y salí contoneándome con el que oficialmente se había convertido en mi par de Louboutins favorito, profundamente satisfecha, porque por fin ese hijo de puta empezaba a entender que con Antonella Mancini DeLuca no se juega.
—Ya puedes acercarte, ¿sabes? —le dije a Leonardo—. No voy a perder la cabeza de repente y lanzarme a por tu polla.
Negó con la cabeza, no dispuesto a arriesgarse, y yo puse los ojos en blanco entre risas.
Nos detuvimos en la acera porque de repente me entraron unas ganas locas de fumar. Mandé a Leonardo a comprar cigarrillos a un pequeño puesto de la esquina y ahora hacía mi mejor imitación de un demonio del bosque echando humo: soltaba bocanadas al aire y admiraba el día precioso que hacía.
Miré al cobarde mientras daba una calada.
—Eres un gallina.
—Y tú eres cruel —replicó, y por fin pareció recuperarse del golpe de haber visto cómo una de sus peores pesadillas se hacía realidad, supongo. Se apoyó en el coche, a mi lado—. Dame un cigarrillo.
—¿Fumas? —Le tendí el paquete.
—No, pero tú tampoco —respondió mientras encendía uno y le daba una calada con un nivel de sensualidad que me pareció del todo innecesario.
—Cierto. Una vez lo intenté durante un tiempo, hace siglos, solo para fastidiar a mi madre, pero la verdad es que no me gusta esa mierda. —Di otra calada con gusto—. Aun así, queda bastante guay, ¿no? Como algo que hace la gente guay.
Moví por el aire con mucha seguridad la mano que sostenía el cigarrillo, probando distintas maneras de parecer una tía dura.
—Muchísimo —dijo él, y puso los ojos en blanco con una sonrisa.
Desde donde estábamos se veía que se había montado algún tipo de revuelo en el vestíbulo del edificio. No oíamos nada, pero con mirar ya nos sobraba.
Vimos cómo sacaban a Matteo en volandas y me reí tanto que casi me hice pis encima. Leonardo también se rio un poco, aunque siguió mostrando aquella extraña solidaridad masculina que los hombres suelen tener con los huevos de los demás.
—Se lo merecía —dije cuando por fin dejé de reírme—. En realidad se merecía algo peor. Cabrón.
—No te lo voy a discutir, pero no hacía falta que te hicieras daño tú para hacérselo a él.
Cierto. Me había emocionado tanto dándole patadas y pisotones al cabrón que me olvidé del tobillo recién curado.
Debería haber usado la otra pierna, la del tobillo rebosante de salud. Igual con esa le habría hecho incluso más daño.
Pero aun así había salido contoneándome con el tobillo hecho polvo, y no fue hasta que llegamos al coche y Leonardo se fue a comprarme los cigarrillos cuando por fin abandoné la pose y gemí de dolor.
—Es un dolor satisfactorio. —Tiré el cigarrillo al suelo cuando dejó de tener gracia hacerme la guay—. Debería haber pisado más fuerte.
—Por Dios, Antonella. Ese cabrón podría quedarse sin polla después de un ataque así. Creo que ya ha sido suficiente.
Fruncí el ceño y él pareció recordar con quién estaba hablando. Intentó apartarse con discreción mientras se protegía la polla de una forma muy poco discreta.
—Mmm. Bien. Así que ahora entiendes perfectamente en qué te estás metiendo. Ten cuidado con las decisiones que tomas en la vida o serás el próximo al que le destrocen los huevos, colega.
—Sé perfectamente en qué me estoy metiendo —me aseguró, al parecer impertérrito ante la amenaza, y tiró su cigarrillo al suelo también. El hombre podía ser valiente cuando quería—. Y nunca estaría tan loco como para cabrearte tanto.
—Me alegra oírlo. —Me separé del coche y me alisé la ropa para comprobar que todo seguiera en su sitio. Cuando estuve segura de que mi aspecto era perfecto, volví a mirarlo—. Porque odiaría destrozar mi nuevo parque infantil.
—¿Parque infantil? —preguntó divertido.
—Sí. Todavía no me he montado suficientes veces en el balancín, así que pórtate bien, ¿vale?
Se rio y, sin dejar de negar con la cabeza, me abrió la puerta del coche.
Alcé las cejas. Era la segunda vez que me la abría. Por lo visto, tenía esa costumbre.
—Veo que tu madre te educó bien. Mimado o no, se te puede considerar un caballero. —Hice una pausa—. A veces.
—Cállate y sube al coche. —Sonrió mientras consultaba la hora—. Todavía tenemos que comer antes de volver a la oficina.
—Uy, sí, por favor. Me muero de hambre.
Me agaché para entrar en el coche, pero me detuve cuando me pareció oír que alguien decía mi nombre.
Miré a mi alrededor con curiosidad, pero no vi a nadie. Entonces lo oí de nuevo.
Alguien susurraba mi nombre, me llamaba en voz baja.
—¿Has oído eso? —le pregunté a Leonardo mientras miraba en todas direcciones, sin ver a nadie que me estuviera observando.
—Sí. —Él también miró alrededor y luego señaló hacia la esquina con una sonrisa—. Allí.
Miré hacia donde señalaba y vi a lo lejos una figura regordeta que agitaba los brazos frenéticamente.
—¿Es Margot? —pregunté, confundida, y le devolví el saludo.
Nos hizo señas para que nos acercáramos y yo miré a Leonardo.
—Nos está llamando —dijo él mientras cerraba la puerta del coche y activaba la alarma—. Vamos.
Nos dirigimos hacia ella y, cuanto más nos acercábamos, más me daba cuenta de lo nerviosa que estaba. No paraba de mirar a su alrededor, como si temiera que alguien la viera allí.
—Margot, ¿qué ocurre? —pregunté al llegar junto a ella.
—Hija mía, ¿era verdad lo que dijiste? ¿De verdad Matteo te lo ha robado todo?
—Es verdad —confirmé—. Pensaba que lo sabías.
Negó con la cabeza con tristeza.
—Oí lo que dijiste cuando viniste el otro día, pero pensé que solo era una broma entre tú y tu primo. No tenía ni idea, hija mía. ¡Lo siento muchísimo!
Me estrechó entre sus brazos y yo me agaché para devolverle el abrazo.
—No pasa nada, Margot —dije mientras le frotaba la espalda para tranquilizarla—. Voy a arreglarlo todo. No tienes de qué preocuparte.
—Pero ¿y yo, hija? ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
Se apartó y, al parecer incapaz de resistirse, intentó arreglarme el pelo.
—No te preocupes por eso. Ya me estoy ocupando de todo este lío. No quiero que te metas en esto.
—En realidad —intervino Leonardo, que se acercó un poco más—, podría sernos de mucha ayuda, Antonella.
—¿Lo ves? Puedo ayudar —dijo Margot con suficiencia, y yo le sonreí.
—¿A qué te refieres? —le pregunté a Leonardo. Y él me lo explicó todo.
Entonces los tres nos pusimos a trazar un plan para recuperar todo lo que me había robado aquel cabrón ladrón.