Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 27 Woman Like Me
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ANTONELLA

Estábamos tumbados en el sofá. Bueno, Leonardo estaba tumbado en el sofá.

Yo estaba tumbada encima de Leonardo. Apenas cabíamos en aquel mueble diminuto y yo prácticamente había muerto sobre su pecho.

—¿Qué hora es? —pregunté, todavía aturdida.

Leonardo respiró hondo, aún jadeando, y pareció hacer un esfuerzo sobrehumano para levantar un brazo y mirar la hora.

—Mediodía —respondió, y volvió a rodearme la cintura con el brazo.

Cerré los ojos y estaba a punto de quedarme dormida cuando se rio por lo bajo y las vibraciones me recorrieron el cuerpo.

—Oye, que eres escandalosa de cojones —comentó.

—¿Y?

Eso no era ninguna novedad. Me gustaba hacer ruido. Cuanto mejor era el sexo, más gritaba.

Quería echarme una siesta allí mismo, encima de aquella montaña de delicias, pero por lo visto él quería seguir con la conversación.

—Seguro que nos han oído fuera.

Bostecé.

—¿Y qué? Todo el mundo tiene sexo.

—Soy tu jefe —informó a un público de exactamente cero personas que no lo supieran ya—. Tú eres mi empleada.

—Excelente observación. ¿Y?

Me apretó el culo en represalia por el sarcasmo.

—Tenemos que…

—Si vas a volver a soltarme ese discurso de que esto está mal, de que no puede repetirse, de que no es profesional, bla, bla y más puto bla… —lo interrumpí sin abrir los ojos, todavía intentando dormir—. Puedes estar absolutamente seguro de que no se repetirá.

Eligió el silencio. Así que continué.

—Entiendo lo que querías decir antes. Puede complicarse, claro.

Y también puede liarse. Pero aquí solo hay adultos, tío.

Todo el mundo tiene sexo. Si quiero follarme a alguien, me lo follo.

A ti o a otro, da igual. Si tú quieres follarme y a mí me apetece, follamos.

Y punto. No hace falta que te dé un ataque de nervios por eso.

—No vas a follarte a nadie más —gruñó, y me dio una palmada en el culo cuando me reí.

—¿Y de quién es el coño? Tuyo no.

Volvió a darme otra palmada y yo seguí riéndome.

Aquel hombre tenía que ser bipolar. Un momento perdía la cabeza sin venir a cuento y me decía que ya no me quería. Después volvía a follarme. Luego, al acabar, quería retomar el mismo sermón de antes y, para colmo, proclamaba que mi coño era suyo.

Sencillamente, no lo entendía. Levanté la cabeza y me reí de su mohín de disgusto. Lo besé porque no pude resistirme.

—¿Vas a decirme que es tuyo? —lo provoqué—. Porque, ya sabes, tendrás que decidir qué quieres de verdad.

Leonardo me observó un instante en silencio, pensativo.

—No quiero que las cosas se compliquen en el trabajo —admitió.

—Yo tampoco. ¿Podría perder los papeles algún día?

Claro. No sé si te has dado cuenta, pero a veces no estoy precisamente bien de la cabeza —admití, y él se rio de lo corta que me quedaba—.

Pero puedes relajarte. Sé cómo son los hombres como tú y te garantizo que no voy a hacerme ilusiones ni a imaginar cosas que no existen.

Y era verdad. Puede que estuviera un poco enamorada y todo, pero no era idiota. Una relación seria con él sería un quebradero de cabeza de la hostia, y era justo lo último que necesitaba ahora mismo.

—¿Hombres como yo? —Movió la cabeza contra el respaldo del sofá para poder mirarme a los ojos—. ¿Qué significa eso?

—Tíos buenorros como tú. De los que saben que están buenos y se creen el regalo de Dios al mundo, la última galleta del tarro, la última Coca-Cola del desierto, lo que sea. —Me frunció el ceño y yo puse los ojos en blanco—. No estoy diciendo que seas arrogante.

Bueno, sí lo estaba diciendo, pero se me había escapado y ya empezaba a mosquearse, así que me pareció mejor rectificar el rumbo.

—Solo digo que eso no es lo que quiero.

—¿Qué, exactamente?

—Una relación seria contigo —aclaré.

—Pero ¿quién ha hablado de eso? —preguntó, confundido, y me contuve para no abofetear aquella cara perfecta.

—Tú, cuando has empezado a proclamar que mi coño es tuyo. No me has oído decir que quería tu polla solo para mí, ¿verdad? —pregunté—. Sinceramente, creo que aquí el que no está bien de la cabeza eres tú. ¿Filtras algo de lo que te sale por la boca?

Puso los ojos en blanco.

—Vamos a dejar claro cómo va a funcionar esto de ahora en adelante.

—Vale —acepté—. ¿Cuáles son tus condiciones? ¿Coño cinco días a la semana y un poco de culo de vez en cuando? —bromeé, y volvió a apretarme el trasero.

—Culo todos los días de la semana —sugirió el muy cerdo, y me reí.

—Lo siento, cariño, pero me preocupa el bienestar de mi ojete. ¿Has visto el tamaño que tiene tu polla? Una vez a la semana va de sobra. Puede que dos. —Le guiñé un ojo con picardía—. Y solo por pura generosidad, claro. Si a mí ni siquiera me gusta el anal.

Era mentira.

Leonardo estalló en carcajadas.

—¿Filtras algo de lo que te sale por la boca? —me imitó, y me encogí de hombros—. ¿Y cómo se supone exactamente que va a funcionar esto?

—¿Qué quieres decir? Nos follamos. Así de simple.

—Aparte de eso... —Me miró directamente a los ojos y pareció no querer saber la respuesta, pero preguntó de todas formas—. ¿Vas a ver a otras personas?

Me quedé mirando a aquel hombre bipolar.

¿Veis lo que os digo? Quería mi coño solo para él, pero en cuanto mencioné una relación seria casi le dio un ataque.

Quería dejar claro que lo nuestro era y siempre sería solo sexo, pero ahora quería saber si yo iba a ver a otras personas.

—¿Vas a ver a otras personas tú? —repliqué.

No es que quisiera saberlo ni nada, porque no estaba celosa y, como ya he dicho, no tenía expectativas. De verdad que no.

Ay, Antonella, pero ¿no estás enamorada de él? ¿Cómo que no estás celosa?

Porque, sinceramente, no soy una persona celosa. No suelo serlo, al menos. Y los flechazos, en mi caso, van y vienen como el viento.

El enamoramiento no es lo mismo que el amor. Un flechazo puede desaparecer de la noche a la mañana, puede ser algo pasajero. El amor no funciona así.

Y, además, si era sincera, sabía que aquello no llevaba a ninguna parte.

Yo no había pedido enamorarme de él, y nadie podía obligarme a seguir con aquella estupidez.

Encontraría la manera de desenamorarme de él antes de que acabara el mes.

—No lo sé —dijo. Al menos fue sincero. Eso se lo agradecí.

—Yo tampoco —admití. En aquel momento estaba demasiado obsesionada con él para pensar en nadie más. Pero podía pasar.

Tal vez volviera a cruzarme con Fran(elson) en algún punto del camino de la vida —risa histérica— y descubriera qué podía salir de ahí.

Leonardo volvió a observarme en silencio y me pregunté qué estaría pensando.

—No quiero que veas a otras personas —admitió al fin.

—No quieres que me folle a nadie más, pero tú vas a seguir acostándote con tu harén de secretarias?

De verdad me creía idiota. Me había dado cuenta el primer día. Andréia prácticamente exudaba superioridad y estaba loca de celos por el muy cabrón.

Thatyanne era otra, aunque al menos conseguía ser menos obvia que la Tortuga. En cuanto a Clara, todavía no estaba segura, pero era posible.

Después de todo, si te acuestas con dos, ¿qué importa una más?

—Eso ya no pasa —dijo el muy sinvergüenza. Al menos no me mintió a la cara.

—No quieres una relación seria —dije, decidida a enumerar los hechos—. Yo tampoco, obviamente. Pero ¿quieres exclusividad? No te entiendo.

—¿No podemos dejar sin definir lo que sea esto? ¿No ponerle una etiqueta?

—Puede. —Tendría que pensarlo—. Vale, supongo. —Ya está. Ya lo había pensado. Como si fuera a rechazar la oportunidad de follarme a aquella criatura divina todos los días. Estaba loca, pero no tanto—. Así que lo que tenemos es algo sin definir. Excepto por la parte de la exclusividad, obviamente.

—Sí. —Volvió a apretarme el culo y noté que su polla volvía a la vida contra mi vientre—. A partir de ahora, este coño precioso es mío.

Claro, hasta que admitas que estás tan enamorado de mí como yo de ti, colega. Entonces podremos anunciar nuestro amor al mundo y vivir felices para siempre.

Risa histérica.

Ni siquiera quería que eso pasara, en serio. Solo iba a follármelo mientras me duraran las ganas.

Lo que probablemente sería un buen rato, pero detalles. Tarde o temprano pasaría página y él podría volver a su harén.

—Error. El coño sigue siendo mío. Solo voy a prestártelo de vez en cuando. Cuando me apetezca. Y ahora mismo no me apetece, así que, con tu permiso. —Lo piqué e hice ademán de levantarme.

Leonardo me agarró con más fuerza y me deslizó sobre su cuerpo hasta que su polla quedó justo encima de Xavana.

Que, por cierto, nunca había aguantado semejante paliza de tanta polla en un solo día y que, por lo visto, estaba encantada.

—¿Ahora mismo no te apetece? —murmuró con aquella voz deliciosa y después pegó su boca a la mía.

Me besó con hambre, me deslizó las manos por el cuerpo, se frotó contra mí y me tiró del pelo.

Una mano bajó y me tocó el coño por detrás—.

¿Y esto qué es exactamente? —preguntó con una sonrisa maliciosa.

Me acarició con los dedos la entrada empapada y luego subió hasta el clítoris, y me arrancó un gemido.

—Eso es semen. Tuyo —aclaré mientras me besaba el cuello, y saqué por fin el tema del que aún no habíamos hablado—. Por si no te has dado cuenta, no hemos usado condón.

Leonardo se quedó paralizado. Apartó la cara de mi cuello y me miró con los ojos muy abiertos.

—¿No lo hemos usado? —preguntó para asegurarse, y solo entonces me di cuenta de que había estado tan enloquecido de deseo y tan perdido en el momento que de verdad no se había enterado.

—No. —Negué con la cabeza y sonreí como una perturbada—. Pero no te preocupes. Serás un padre maravilloso.

Abrió los ojos aún más, de puro terror, y estallé en carcajadas. Tuve que agarrarme a sus hombros o habría acabado en el suelo; me temblaba todo el cuerpo y empezaba a dolerme la barriga.

—¡Tu cara! —volví a carcajearme, sin aire—. Tenías que verte la cara. ¡Dios mío!

—¡Serás cabrona! —rugió, y me reí hasta quedarme sin fuerzas.

—¡Dios mío!

Yo intentaba recuperar el aliento y él amenazó con dejarme caer al suelo, ofendidísimo. Volví a estallar en carcajadas.

—¡Maldita seas! —Me dio una palmada en el culo y yo seguí riéndome—. Podrías haberte acordado.

—Podría, y sinceramente debería. Pero solo me di cuenta cuando te corriste, y para entonces ya era un poco tarde —admití, y me sequé las lágrimas.

—¿Y ahora? —preguntó, de verdad preocupado, y yo me volví a reír. El pobre estaba aterrorizado.

—Ahora ya es demasiado tarde. Te relajaste y te corriste, así que vas a tener que vivir con las consecuencias. —Forcé una expresión seria y seguí vacilándole—. Creo que vamos a tener que revisar nuestros planes de futuro.

Leonardo se limitó a mirarme, sin palabras.

—Todo el tema del sexo sin compromiso y eso. Eso va a tener que cambiar. No puedo decirle un día a mi hijo que su padre es un golfo.

Volvió a abrir los ojos como platos y se llevó las dos manos a la cabeza, completamente perdido, mientras yo estallaba en carcajadas una vez más.

Me reí tanto que acabé cayendo de bruces al suelo.

Me reí tanto que acabé cayendo de bruces al suelo. Me golpeé el tobillo lesionado, sentí una punzada de dolor y gemí. Habría seguido riéndome con la cara pegada al suelo si no se hubiera incorporado de repente y no me hubiera levantado con cuidado.

—¿Te has hecho daño? —preguntó mientras me sentaba en su regazo. Quise seguir riéndome, pero estaba tan guapo con esa cara perfecta llena de preocupación que no fui capaz.

—Estoy bien —le aseguré. Le rodeé el cuello con los brazos y le rocé los labios con los míos.

Suspiró.

—¿Sabes? Eres un hombre muy guapo —reflexioné, constatando lo evidente—. Espero que nuestro hijo herede tu físico.

—Ya vale, peste —se quejó, y yo me reí—. Pararemos en una farmacia de camino y te compro una pastilla.

—Pero ¿qué pasa con nuestro bebé? —pregunté con tristeza.

—No existe.

Volví a sonreír y por fin dejé de atormentarlo.

—¿De camino a dónde? —pregunté, curiosa.

—Al despacho de tu madre —aclaró. Luego se corrigió—. A tu despacho.

—Ah, es verdad —recordé—. Menos mal que llevo los Louboutin de tachuelas.

—¿Por qué? —preguntó, confundido.

Sonreí.

—No quieres saberlo.

Y esperaba sinceramente que nunca llegara el día en que conociera la sensación de la puntera de mi Louboutin contra sus huevos.

Pero seguramente eso era pedir demasiado, ¿no?