28 Black Widow
LEONARDO
Cuando salimos de mi despacho después de otro polvo increíble sobre mi escritorio, la hora de comer ya había terminado y Andréia era la única que seguía en su puesto.
Nos observó con los ojos entrecerrados, nos estudió la ropa, obviamente buscando algo fuera de lugar.
Mi traje, por sorprendente que fuera, no estaba arrugado. Nada en mí delataba lo que habíamos estado haciendo.
La obra de Satanás que tenía al lado seguía impecable, salvo por el pelo, con ese ligero desorden que había descubierto que me gustaba demasiado.
La ropa estaba en su sitio y parecía intacta, como si acabara de llegar al trabajo.
Hasta que se dio cuenta de que Andréia nos examinaba sin el menor disimulo: Antonella la miró de frente, se tocó la cara y preguntó:
—¿Tengo semen en la cara?
Andréia se atragantó con el aire y abrió mucho los ojos. Antes de que le diera tiempo a recuperarse del susto y arrancar con uno de sus interrogatorios interminables, agarré del brazo a Satanás con falda y me la llevé de allí.
La pequeña amenaza se partía de risa cuando entramos en el ascensor y atrajo la atención de los dos abogados que ya estaban dentro.
—Buenas tardes —dijeron al unísono, y yo asentí.
—Buenas tardes —respondió Antonella con dulzura. Les sonrió y preguntó—: ¿Qué tal estáis?
Sabía que nunca era amable gratis. Apenas hablaba con desconocidos y casi ni sonreía a la gente que conocía.
Los cabrones del ascensor la recorrieron de arriba abajo, prácticamente desnudándola con los ojos. La muy cabrona me sonrió y arqueó una ceja con burla.
Estaba cabreada y quería vengarse, obviamente.
Unos minutos antes, después de follar sobre mi escritorio, mientras nos vestíamos y nuestros cuerpos aún estaban calientes, yo había comentado como quien no quiere la cosa:
—Seis.
—¿Seis qué? —preguntó, confusa, mientras se ponía la ropa.
—El número de veces que te has corrido solo esta mañana —respondí con una sonrisa de suficiencia.
—No me puedo creer que las hayas contado —dijo, poniendo los ojos en blanco.
—Por supuesto que sí. —Solo quería provocarla un poco después de que ella se hubiera divertido a mi costa con el asunto del condón, así que continué—: No está mal para un tío que solo folla decentemente, ¿eh?
—No está nada mal —replicó, sarcástica como siempre—. Pero al menos dos de esas veces fueron cosa mía, así que, comparado con la última vez, solo me sacas una de ventaja.
—Ah, ¿sí? ¿Y a cuántos hombres conoces capaces de hacerte correr seis veces y de que suplicaras en al menos cuatro de ellas?
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Admítelo, Antonella. Estás enamorada de mi polla —la provoqué con una sonrisa, removiendo el avispero a propósito.
Primero torció el gesto. Después sonrió como un demonio y supe que estaba jodido.
—¿Ah, sí? Cariño, puedo demostrarte que te equivocas en un abrir y cerrar de ojos.
Aunque tenía miedo, pregunté de todos modos:
—¿Cómo?
—Sentándome encima de otra —respondió sin pestañear, cabreada—. Y cuando me corra las mismas veces que contigo o más, tendrás tu respuesta.
Y entonces, como el idiota que soy, fui y dije:
—Como si fuera tan fácil para ti echar un polvo.
Ella se limitó a sonreír. La muy cabrona.
Ahora estaba coqueteando con dos de mis empleados y riéndose en mi cara, porque sabía que, si daba la más mínima señal de estar disponible, los dos cabrones se lanzarían de cabeza.
Tuve que respirar hondo.
Aquella maldita mujer no me daba ni un segundo de paz. Siempre tenía que demostrar que llevaba razón y que la razón del mundo entero le pertenecía.
Y, en medio de todo eso, yo, por lo visto, podía irme a la mierda. Pero esta vez la culpa era mía, así que me quedé calladito en mi rincón del ascensor y fingí que me daban igual las sonrisitas que les dedicaba a aquellos hijos de puta y la forma en que ellos le miraban el culo a cambio.
Nos bajamos en el aparcamiento y yo fui delante, todavía cabreado, mientras la amenaza me seguía muerta de risa.
—¿Ves? —dijo, provocándome aún más—. No eres el único bombón de la ciudad.
—Ya me he dado cuenta —contesté con acritud.
Pero siguió, porque si no, no sería Antonella.
—Si quisiera, podría habérmelos follado a los dos ahí mismo, en el ascensor. —La fulminé con la mirada y ella sonrió—. Qué pena que esté tan cansada.
Ignoré a la amenaza y me dirigí al coche. Todavía ceñudo, le abrí la puerta del copiloto a la muy cabrona.
—Gracias, cariño —dijo.
Se paró demasiado cerca, rozó su cuerpo contra el mío, me rodeó el cuello con los brazos y me besó despacio. Intenté resistirme, pero aquella boca sobre la mía siempre me nublaba el juicio.
La agarré por la cintura y la besé hasta quedarme sin aire. Bajé la boca hasta su cuello y ella soltó un gemidito de necesidad.
—Tenemos que irnos —dije a regañadientes, porque estábamos en el aparcamiento y cualquiera podía vernos.
Todavía no habíamos hablado de si lo que fuera aquello iba a ser un secreto, pero prefería evitar en lo posible que se propagaran los cotilleos de la oficina.
—Solo un poco más —gimoteó, aún más necesitada, y mandé al cuerno todas mis preocupaciones.
Apreté su cuerpo contra el coche y la besé hasta que la lujuria y el deseo volvieron a rugir dentro de mí.
Por fin aparté la boca de la suya y ella protestó.
—¿Por qué tenías que nacer tan jodidamente bueno? —preguntó, retorciéndose contra mí y frotando las caderas contra mi polla.
—¿Por qué tuviste que nacer tan jodidamente buena?—Le agarré los pechos, incapaz de contenerme.
—Porque puedo—replicó ella, restregándose contra mí—. Tú no. Tanta hermosura es innecesaria.
Me reí entre dientes y la solté antes de hacer alguna locura, como follármela allí mismo sin importarme quién pasara y nos viera.
Di un paso atrás y señalé la puerta del coche.
—Sube antes de que te haga correrte por séptima vez hoy—la provoqué, y ella puso los ojos en blanco.
—Capullo—murmuró mientras se metía en el coche.
Un momento después, salimos del aparcamiento y nos dirigimos hacia nuestro destino.
—¿Te hace ilusión conocer a uno de los miembros de mi familia?—preguntó después de un rato en silencio, mientras se revisaba el maquillaje en el retrovisor. Cuando acabó, volví a colocar el espejo en su sitio y la miré.
—¿No querrás decir a uno de tus parientes?
—No, con «miembro» basta. Ese cabrón puede haber salido de uno de mis miles de tíos, pero para mí no es nada.
La miré con curiosidad, y Antonella me habló de la herencia y de los buitres que se habían instalado en su casa justo después de que muriera su madre, todos esperando una oportunidad para echarle el guante al dinero.
—Salvo Caterina, mi abuela, y Gian, mi mejor amigo, no tengo familia—dijo, y no parecía que le molestara demasiado.
—¿No tienes hermanos?—pregunté, curioso, aprovechando el semáforo en rojo para mirarla.
—Soy hija única. Y antes de que preguntes, no tengo padre. ¿Y tú? ¿Tienes hermanos?
—Yo también soy hijo único—respondí, y volví a centrar la atención en la avenida—. Mi madre murió hace unos años.
—Lo siento—dijo con sinceridad, apretándome el brazo.
—Gracias.
—¿Y tu padre? ¿Tienes uno?
—Sí. Antes era mi socio en el bufete, pero hace poco decidió retirarse.
—¿Y a qué se dedica ahora?—Se giró de lado en el asiento para mirarme.
—Tiene metida en la cabeza la absurda idea de que va a hacerse pastelero—le conté entre risas—. Todos los días prepara alguna receta ridícula que encuentra por internet y me hace probarlo todo.
—¿Vives con él?
—No, pero voy a verlo todos los días. La verdad es que tengo que reducir las visitas o acabaré engordando.
Se rio.
—¿Es bonito tener padre?—preguntó de repente, y la miré con curiosidad—. No sabría decirte. Yo no tengo, y Gian, mi mejor amigo, tiene dos madres.
—No puedo hablar por todos los padres del mundo—empecé, pero tuve que callarme cuando el coche de delante se detuvo de golpe y me obligó a frenar también. Fruncí el ceño y retomé la conversación—. Pero el mío es un tipo estupendo.
—¿Ah, sí? ¿Y se parece a ti?
—¿Qué quieres decir?
—¿Está bueno y todo eso, solo que mayor? ¿Como un sugar daddy cachas?
Tuve que reírme.
—No, no es un sugar daddy cachas. No me parezco a él. Soy adoptado.
—Ah. Qué guay—sonrió—. Yo le suplicaba a mi madre que adoptara un hermanito para mí.
Ni siquiera tenía que ser un bebé. Un adolescente habría estado bien.
Solo quería alguien con quien jugar y que se pusiera de mi parte cuando ella me echaba la bronca.
No me interesaba cambiar pañales ni nada por el estilo. Pero nunca pasó.
—Ser hijo único tiene ventajas y desventajas. Pero a mí me gustaba tener a mis padres solo para mí. Siempre era el centro de todo, ¿sabes?
—Ya, ya lo sé. Quizá por eso eres tan creído—me pinchó con una sonrisa—. Te mimaron demasiado y mira cómo has acabado.
Me eché a reír, y ella se unió a mí.
—¿Por qué decidió tu padre dejar el bufete? ¿Se despertó un día, se dio cuenta de que estaba harto de ser abogado y de repente decidió que el sueño de su vida era hacer pasteles?
—No. Fue después de que muriera mi madre. Estuvo perdido una temporada. Incluso algo deprimido. Apenas salía de casa y a veces se pasaba días sin aparecer por la oficina. Y un día, viendo un programa de cocina, decidió probar algunas recetas.
—¿Y así, de repente, descubrió que tenía talento?—preguntó alucinada—. Yo veo Bake Off todas las semanas y hasta he intentado preparar alguna cosa, pero siempre acabo destrozando alguna parte de mi cocina.
—No. Era un desastre, y hasta hace unos meses seguía confundiendo el bote de la sal con el del azúcar.
Se rio y continué.
—Pero siguió aprendiendo y ahora prácticamente se pasa el día entero con eso. Descubrió que le encanta cocinar.
—Qué bonito—dijo pensativa—. Mi madre siempre decía que trabajar en algo que te gusta es fundamental.
—Mi padre dice lo mismo.
—Y tu padre lo ha conseguido dos veces. Espero que llegue a abrir una pastelería.
—Yo también. No aguanto mucho más de conejillo de Indias de sus recetas—suspiré, y Antonella se rio.