26 Wild Thoughts
LEONARDO
Su pelo me hacía cosquillas en la cara, así que se lo aparté, lo peiné hacia atrás y dejé que le cayera por la espalda.
Después de morderme una vez más, apartó la cara y se echó hacia atrás.
—¿Sabes qué? —dijo, lamiéndome y besándome el cuello. Me mordió la piel y le apreté el culo con fuerza—. Eres demasiado jodidamente sexy para tu propio bien.
Me recosté contra el respaldo del sofá y contemplé a aquella mujer increíble sentada a horcajadas sobre mi regazo.
Tenía la cara sonrojada, los labios rosados hinchados por mis besos y los ojos azules algo salvajes.
El pelo rojo le quedaba indomable, echado hacia un lado en un desorden perfecto.
Los pechos, redondos y pesados, se alzaban altos, desafiando casi la gravedad. Cintura estrecha, vientre plano, caderas anchas.
Muslos gruesos alrededor de mi cuerpo, aquel culo precioso sobre mis piernas. Y ese coñito delicioso, depilado del todo y chorreando sobre mis pantalones.
Me lamí los labios, hambriento. Quería más. Tres veces no habían sido suficientes. Ni de lejos. Necesitaba volver a saborearla, lamer aquella miel dulce, chuparla hasta que se me durmiera la lengua.
Al ver mi expresión, Antonella se rio y me agitó un dedo delante de la cara.
—Ni se te ocurra —me advirtió, inclinándose para sellar sus labios sobre los míos—.
Por mucho que me encante tu boca en mi coño —me lamió los labios—, y por mucho que esa lengua tan hábil me haga perder la cabeza —me mordió el labio y deslicé las manos por su cuerpo hasta agarrarle el pelo y atraerla de nuevo a mi boca—, ya has tenido bastante.
—Yo no he...
—Shhh. —Volvió a lamerme la boca—. Calladito. Ahora me toca a mí.
Me besó, me chupó la lengua, me mordió los labios. Luego se separó y se levantó de mi regazo.
Recorrí su cuerpo con la mirada, admirando cada curva.
Antonella estaba demasiado jodidamente buena para su propio bien. Cara de muñeca, perfecta hasta en el más mínimo detalle, y un cuerpo que me anulaba la capacidad de razonar.
Se arrodilló entre mis piernas y, al ver aquella sonrisa perversa, vi venir mi propia muerte.
Me abrió el cinturón y los pantalones con una sonrisa de zorrita, encantada de poder devolvérmela por fin.
Ni falta le hacía esforzarse. Solo con ver aquella cara preciosa cerca de mi polla ya estaba listo para rendirme.
—Ahora vamos a jugar a un juego nuevo.
Me sacó la polla y empezó a acariciarla despacio, de arriba abajo.
Apreté los dientes. Seguía sin saber en qué consistía aquel juego, pero, conociéndola a ella, que era un peligro, ya lo odiaba.
Se quedó mirando mi polla y se lamió los labios. Se inclinó y besó la cabeza palpitante, y clavé las manos en el sofá.
—El juego se llama... —Me repasó la punta con la lengua, chupándola despacio, y gemí con los ojos cerrados—. «No vas a correrte».
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Se rio. Se colocó mejor y separó las piernas, dejándome a la vista aquel coño jodidamente precioso, chorreando de excitación.
—No vas a correrte —me advirtió.
—Eso es imposible. —Besó la cabeza de mi polla sin apartar los ojos de mí—. Serás cabrona... —gemí.
—No vas a correrte —repitió, lamiéndose los labios—. No hasta que yo te lo diga.
—No es justo —protesté—. Yo te he dejado correrte. Cuatro veces.
—Da igual. —Me masajeó los huevos y volví a cerrar los ojos—. Tú has tenido tu turno, has hecho conmigo lo que te ha dado la gana y yo no me he quejado. Ahora me toca a mí.
Y, antes de que pudiera volver a negociar, se tragó mi polla.
La cabeza se me fue hacia atrás, completamente aturdido, y gemí como un condenado. Me engulló tan hondo como pudo, y yo ya me estaba despidiendo de su estúpido jueguecito.
Gimió y me lamió los huevos, y traté de controlarme o me correría en cuestión de segundos dentro de aquella boca de terciopelo.
Antonella me soltó la polla y centró la atención en los huevos, lamiéndolos y chupándolos uno a uno mientras recuperaba el aliento.
Luego se la volvió a meter en la boca, y gemí con fuerza cuando me llevó hasta la garganta y más allá.
La muy cabrona hacía garganta profunda, porque cómo no, aquella maldita mujer tenía que ser perfecta en todo.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y se me instaló con fuerza en los huevos.
Sabía que mirarla sería demasiado, pero lo hice de todos modos.
Ella no apartó la mirada en ningún momento, y pude ver exactamente cuánto disfrutaba haciéndome sufrir.
Se sacó la polla de la boca, chupando desde la base hasta la punta, y después me lamió la cabeza.
—Chúpatela, zorra.
Le recogí el pelo con las dos manos, formando una coleta, y la guié de nuevo hacia mi polla.
Antonella soltó aquel gemidito necesitado, torturándome con el sonido obsceno que sabía que me encantaba, y volvió a tragársela entera hasta la base.
—No vas a correrte —volvió a advertirme cuando paró para respirar, deslizándome los labios por la polla—. Si lo haces, no te acercarás a mi coño en la vida.
Era una jodida amenaza. Había hecho un trato con el diablo y, por lo visto, le había vendido mi alma de propina.
Asentí desesperado, temblando.
Me quedé mirando el techo, intentando reunir fuerzas para sobrevivir a aquella tortura.
No tuvo piedad. Me chupó y me lamió la polla con avidez, gimiendo y retorciéndose de excitación. Todo parte de algún plan para hacerme perder su juego demoníaco, pero yo iba a resistir.
Mientras me chupaba el glande, empezó a bajarme los pantalones y los bóxers. Yo no ayudaba mucho, perdido como estaba en lo que me hacía, y se rio con mi polla todavía en la boca y casi acabó conmigo allí mismo.
Pasaron minutos de tortura. Sudaba, apretaba los ojos y me agarraba al sofá. Aguanté todo lo que pude.
El orgasmo empezó a acecharme. La polla me palpitaba con más fuerza y eché la cabeza hacia atrás, derrotado.
Se detuvo adrede. Me sacó la polla de la boca y me sonrió, jodidamente preciosa y perfectamente consciente de lo que hacía.
—¿Qué te he dicho? Si quieres perder el acceso a mi coño, adelante, córrete, no te cortes.
—Qué cabrona… —gruñí, y me rendí—. No voy a correrme.
—¿No? —preguntó, y volvió a metérmela hasta la garganta. Te juro que vi las estrellas. La cabeza se me cayó contra el sofá y la miré con la vista borrosa. Negué con la cabeza y ella sonrió, victoriosa—. Entonces déjame chupártela en paz.
Y volvió directa a torturarme.
Me chupó la polla cambiando de ritmo todo el tiempo. A veces fuerte y rápido; otras, apenas me rozaba, provocándome. Me lamió y me chupó los huevos mientras me arrastraba las uñas por los muslos y me dejaba marcas por toda la piel.
Sudé y me estremecí una y otra vez. Los escalofríos me recorrieron la espalda y apreté el sofá con fuerza.
Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, sabiendo que sería demasiado sumar todas aquellas sensaciones a la imagen de aquella boca en forma de corazón tragándose mi polla con avidez.
Lo soporté como un guerrero. Me merecía una medalla. Algún tipo de premio al valor.
Cuando me chupó la polla una última vez y se incorporó para sentarse de nuevo en mi regazo, yo ya ni siquiera estaba en aquella habitación.
Estaba meditando en algún templo budista imaginario y visualizando la canonización de mi polla.
Un guerrero. Eso era.
Antonella me recorrió el cuerpo con las manos mientras yo intentaba recuperar el control y recordar cómo se respiraba, todavía con la cabeza vuelta hacia el techo.
—Qué bueno estás, cabrón… —gimió, y me lamió el sudor de la piel y restregó su coño empapado contra mi polla. Me besó con hambre, gimiendo en mi boca y empapándome entero.
Miré a aquella pequeña amenaza, le agarré el pelo y me lo enrollé en el puño; luego le di una palmada en el culo con la otra mano.
—Siéntate encima —ordené, medio loco por sentir cómo su coño se tragaba mi polla.
—Di por favor.
Por muy necesitado y desesperado que estuviera, aquella mujer imposible seguía sin soltar su jodido juego infernal.
—He dicho que te sientes encima, zorra. —Volví a darle una palmada en el culo y la acerqué a mí, frotándome contra su coño.
Ella me cruzó la cara de una bofetada.
—He dicho que lo pidas bien —repitió, levantó las caderas y alineó mi polla con su entrada empapada. Gemí y me mordí el labio. Intenté tirarle del culo hacia abajo, pero apoyó las piernas en el sofá y no se movió ni un centímetro—. Suplícamelo, cabrón.
Se acabó. Aquello era mi fin. El cuerpo me temblaba y la polla me palpitaba, suplicando alivio. No podía aguantar mucho más.
—Por favor —supliqué, exactamente como ella quería, y la cabrona sonrió, victoriosa.
—Buen chico —me elogió, y dejó que solo el glande se deslizara dentro—. Te has portado muy bien, tal como te dije. Pero…
Gemí, desesperado.
—Pero ¿qué, amenaza? —pregunté, aunque temía la respuesta.
—Todavía no puedes correrte —dijo, y se hundió unos centímetros más—. Hasta que yo te lo diga.
Negué enérgicamente con la cabeza cuando tomó un poco más de mí. Si aquella boca casi me había hecho correrme, no había forma humana de que sobreviviera a aquel coño y encima mantuviera el control.
—No te preocupes, no tardaré. Voy a correrme rápido —murmuró contra mi boca, gimiendo dulcemente mientras bajaba despacio—. Pero primero voy a cabalgar esta polla deliciosa a conciencia, y tú vas a quedarte muy, muy quieto.
Entonces se dejó caer de golpe y se la metió entera. Subió y volvió a sentarse, girando las caderas y gimiendo con fuerza.
Se echó hacia atrás, apoyó las manos en mis piernas y siguió frotándose con mi polla enterrada hasta el fondo.
Le agarré la cintura y embestí con fuerza, follándomela rápido y profundo. Se dejó caer sobre mí, gimiendo como una zorra en mi boca.
Le apreté el culo y le di una buena palmada. Antonella gritó, el coño se le contrajo y me tocó a mí gemir como un condenado.
Volví a darle una palmada, aún más fuerte, y ella estalló: se corrió y me apretó la polla con el coño, palpitando a mi alrededor.
No bajé el ritmo. Seguí follándomela con fuerza y apretándole el culo. Cerré la boca alrededor de uno de sus pezones y lo chupé con avidez, hasta hacerla gritar y estremecerse.
Yo ya ni siquiera estaba en este planeta. Cerré los ojos, le hundí los dedos en la carne y esperé.
—Ya puedes correrte —gimió débilmente.
Y por fin estallé.