25 Besos ahí abajo
ANTONELLA
Cuando Leonardo se levantó, cabreado, y casi tiró la silla que tenía detrás, yo me levanté también. Corrí al otro lado del despacho y me reí en su cara.
—Vaya, debería habérmelo imaginado —dijo, acercándose despacio, rodeándome—. ¿Otra vez intentando huir?
—No intento huir —dije mientras huía con todas mis fuerzas y me lanzaba detrás del sofá para protegerme.
—¿No? Entonces ¿qué estás haciendo exactamente? —Se detuvo delante del sofá. Dio un paso a la izquierda y yo me lancé hacia el otro lado.
—Estoy haciendo ejercicio. He pasado demasiado tiempo tumbada.
Fingí un bostezo e incluso me estiré, sin apartar la vista de él. Sonrió con malicia y un escalofrío me recorrió la espalda.
—Conozco un buen ejercicio que podríamos hacer juntos —sugirió, e intentó rodearme por la derecha. Salté rápidamente al otro lado.
—Gracias, pero no, gracias. Puedo encargarme de eso yo sola. —Sonreí y añadí, solo para provocarlo—: No sé si lo recuerdas, pero no necesito tu ayuda en ese terreno.
Leonardo esbozó una sonrisa peligrosa y fingió que iba hacia la izquierda. Yo salté hacia la derecha y, con un movimiento tan rápido que ni siquiera lo vi venir, me atrapó en pleno esquive.
Me agarró con fuerza y me apretó la erección contra el vientre. Suspiré.
—Eso me recuerda que hay algo que tengo que dejarte claro —repitió con sorna, hundiendo el rostro en mi cuello—.
No soy un juguete a pilas. —Me lamió el cuello y subió hasta mi oreja—.
Tú no me controlas. —Me lamió y me mordió el lóbulo de la oreja—.
Y esta vez no voy a follarte «decentemente», mocosa de mierda.
—Hundió las manos en mi pelo y tiró de mí hasta que su boca quedó sobre la mía—.
Esta vez no pienso parar hasta que te desmayes de tantos orgasmos.
Me besó con avidez, me chupó los labios y enredó su lengua con la mía. Alcé los brazos, me puse de puntillas y lo atraje hacia mí, hambrienta de su sabor.
Leonardo deslizó las manos por mi cuerpo, me agarró de los muslos y me levantó. Le rodeé la cintura con las piernas y trepé por él.
Me apretó el culo y se frotó contra mí. Movió las caderas contra la tela húmeda de mis bragas y gemí alto y me aparté de su boca.
Sonrió, delicioso, y echó a andar despacio hacia el sofá.
—¿Vas a montar una escena hoy, zorra?
Gemí contra su boca.
—Solo si prometes que vas a follarme decentemente, gilipollas.
Se detuvo a medio camino y me eché a reír cuando me dejó en el suelo sin ningún miramiento. Empezó a arrancarme la ropa y yo hice lo mismo con la suya, porque necesitaba más que nada sentir su piel desnuda contra la mía.
Conseguí desabrocharle todos los botones del chaleco y de la camisa. Tiré ambas prendas al suelo, incapaz de apartar la mirada de aquellos músculos que pedían a gritos mi lengua.
Le lamí la piel, lo saboreé, gemí. Recorrí los relieves y los huecos de aquel delicioso abdomen, pasmada por lo absurdamente buenorro que era aquel hombre.
Aparté la boca y la sustituí por las manos.
Le pasé los dedos por el pecho, hambrienta. Nuestras miradas se encontraron justo cuando por fin consiguió desnudarme, y le clavé las uñas en la piel con fuerza, medio enloquecida.
Leonardo apretó la mandíbula y me dio la vuelta. Pegó su cuerpo a mi espalda y lo usó para empujarme hacia la pared más cercana.
Me hizo apoyar las manos en ella, se inclinó y me gruñó al oído.
—Separa las piernas y saca ese culo para mí, zorra.
Me hormigueó todo el cuerpo, incluidas zonas donde ni siquiera tengo pelo.
—Oblígame —lo provoqué, y después gemí alto, sorprendida y excitada, cuando me soltó un azote seco en el culo.
—He dicho que separes las piernas y saques ese culo precioso para mí —repitió, y su voz grave y áspera me hizo estremecer—. ¿Vas a obedecer ahora o quieres otro azote?
Apoyé la cara contra la pared y solo pude responder con un gemido. Se rio bajito y volvió a azotarme el culo, aún más fuerte. Gemí de nuevo.
Planté las manos en la pared e hice lo que quería: separé las piernas y saqué el culo al aire.
—Eso es —aprobó, y con las manos sobre mi cuerpo me inclinó aún más hacia delante, hasta que casi quedé a cuatro patas—. Quédate así —murmuró en mi oído y luego me mordió el cuello—. No te muevas.
No me moví. Aquella postura, aquel hombre dándome órdenes y el escozor que su mano había dejado en mi piel me estaban poniendo aún más húmeda.
Leonardo me recorrió el cuello con los labios. Bajó por mi espalda, me apretó el cuerpo y me hizo estremecer. Me besó la cintura y siguió bajando hasta que su boca se detuvo en mi culo.
—Qué rico, joder... —murmuró mientras lamía y mordía el lugar donde me había azotado—. Rojo, con mis huellas por toda esta piel perfecta. —Agarró una nalga con cada mano, las apretó y después me abrió. Gimió por lo bajo—. Joder, qué empapada estás.
Me abrió más y se llevó todo mi coño a la boca, chupándome el clítoris y los labios externos con avidez.
Gemí alto, luchando por mantener el control de las piernas, que amenazaban con doblarse en cualquier momento. Mantuve las manos apoyadas en la pared y me entregué con los ojos cerrados.
Moví las caderas como pude, todavía de puntillas.
Me comía como si mi coño fuera su postre favorito. Como si nunca tuviera suficiente.
El orgasmo no tardó en abalanzarse sobre mí, rápido y arrollador, y la cabeza empezó a darme vueltas.
—Qué dulce y deliciosa —murmuró, y su aliento me dio directo en el clítoris. Me estremecí violentamente.
—Leonardo —pronuncié su nombre, suplicándole que continuara con aquella tortura exquisita.
—Chist... —Sopló suavemente sin apartar la boca. Volví a temblar—. Necesito más de esta miel tan dulce. Dámela. —Y volvió a llevarse mi coño a la boca.
Estiré una mano hacia atrás y le encontré el pelo. Hundí los dedos en los mechones suaves y lo apreté aún más contra mí.
Me restregué con fuerza contra su boca y sentí que el mundo empezaba a desmoronarse.
Gimió contra mi carne sin detenerse ni un instante, y exploté.
Me corrí gritando, tirándole del pelo y restregándome contra él como si no hubiera un mañana. La mano me resbaló por la pared y me sujeté justo antes de caer al suelo.
Tragueé aire a bocanadas, mareada de placer, con el coño aún contrayéndose.
Leonardo me metió la lengua y el cuerpo entero me dio una sacudida. Me succionó el clítoris, incapaz al parecer de contenerse, y volví a gemir.
—Leonardo, por favor —supliqué. Estaba hipersensible, con el clítoris palpitando y el cuerpo aún intentando recuperarse del orgasmo, pero él no podía parar—. Por favor, no puedo más...
—Quiero más —murmuró, lamiéndome el coño una vez, dos, diez veces. Volvió a meterme la lengua y gimió, bebiéndose mi placer. Su barba tupida me raspaba la piel, y eso lo volvía todo mejor y más insoportable a la vez—. Necesito más —dijo, mordiéndome el culo.
Me abrió un poco más y le dio un último lametón a mi coño. Después arrastró la lengua hacia arriba hasta rodearme el ano, y esta vez estuve a punto de desplomarme del todo.
—Hoy te prometí que haría que te desmayaras de tanto correrte, con mi polla enterrada en lo más profundo de tu coño —murmuró, con la cara apretada contra mi culo mientras me lamía—. Pero la próxima vez quiero descubrir si este bonito culo rosado es tan estrecho y delicioso como creo.
Estuve a punto de caerme, con las piernas completamente inútiles, gimiendo hacia el techo. Leonardo me sujetó y se incorporó, restregando su piel desnuda contra la mía.
Me agarró los pechos; su polla, aún cubierta por los pantalones, se restregaba contra mi culo, y gemí otra vez.
—¿Vas a darme este culo, Antonella? —preguntó mientras una de sus manos bajaba hasta mi coño y, con la humedad que encontró allí, empezaba a trazar círculos en el clítoris.
Asentí frenéticamente con un gemido débil. Apoyé la cabeza en su pecho y me dejé caer contra su cuerpo para sostenerme.
Me rodeó la cintura con un brazo y me apretó contra él, restregándose contra mi culo mientras me tocaba.
—¿Sí? —preguntó con énfasis, mientras convertía mi coño en su parque de juegos particular.
—Sí. Lo que quieras.
Gemí y levanté los brazos para rodearle la cabeza. Le tiré del pelo y moví las caderas despacio, sintiendo cómo se formaba un segundo orgasmo.
Leonardo gimió contra mi cuello y me apretó más fuerte.
—¿Lo que yo quiera? —preguntó, y me deslizó dos dedos dentro.
Me moví con más fuerza contra su mano mientras él continuaba—.
Lo que quiero... —Me lamió la oreja—. Es este precioso coño abierto sobre mi escritorio todos los días.
Mi festín diario. —Me mordió el cuello y me estremecí—.
Quiero entrar en mi despacho y encontrarte sobre mi escritorio, con las bragas en el suelo, las piernas abiertas, el coño chorreando y suplicando por mi polla.
—Sacó los dedos y volvió a metérmelos, esta vez tres, embistiendo rápido y fuerte—. ¿Vas a hacer eso por mí?
—Lo que quieras. Haré lo que quieras, pero no pares, por el amor de Dios —supliqué desesperada cuando amenazó con ir más despacio—. No...
—Suplica, zorra —ordenó, y me quebré, desesperada por correrme.
—Por favor. —Me restregué con fuerza contra su mano. Le tiré del pelo y froté el culo contra su polla—. Leonardo, por favor... Necesito...
—Sé lo que necesitas —gruñó en voz baja, restregándose contra mi culo mientras empezaba a follarme el coño con los dedos, con la palma rozándome el clítoris.
Volví a gritar mientras me corría y me movía sin control, con el cuerpo sacudiéndose violentamente. Me habría desplomado en el suelo, sin una pizca de fuerza en las piernas, si él no me hubiera sujetado.
Me giró con cuidado y me levantó en brazos. Apoyé la cabeza en su hombro, mareada, y él me tumbó con cuidado en el sofá.
Abrí los ojos, agotada, y contemplé el espectáculo de un hombre de pie entre mis piernas.
Estaba sudada, despeinada y completamente destrozada después de dos orgasmos devastadores, mientras que él ni siquiera sudaba.
Me quedé mirando los músculos y los relieves del pecho y el abdomen, marcados por mis uñas. Bajé la mirada hasta los malditos pantalones que no había tenido tiempo de arrancarle antes de que me atacara.
Me concentré en el enorme bulto que tensaba la tela y me mordí el labio.
—Quítatelos —dije, señalándole los pantalones.
Leonardo sonrió y negó con la cabeza.
—Todavía no.
Fruncí el ceño, insatisfecha.
—Quítatelos —repetí cambiando el tono. Quería a aquel hombre completamente desnudo y delicioso contra mi cuerpo. Me removí en el sofá y volví a pedírselo, esta vez con amabilidad—. Quítate de una vez esos malditos pantalones.
Se rio y se arrodilló en el suelo entre mis piernas.
—Todavía no —repitió, mientras deslizó las manos bajo mi cuerpo y tiró de mí hasta dejarme con el culo en el borde del sofá. Me miró el coño y se relamió, hambriento—. Aún no he terminado contigo.
No me dio tiempo a protestar: ya estaba comiéndome otra vez, devorándome el coño y echándose mis piernas sobre los hombros.
Gemí, gimoteé y le supliqué clemencia, pero no se detuvo. Me torturó el coño hasta que grité, temblando y gimiendo, y volví a correrme. Dos veces.
Leonardo trepó por mi cuerpo besándome la piel. Me chupó los pechos, me mordisqueó los pezones y me succionó la piel todo el tiempo que tardé en reunir fuerzas para abrir los ojos.
Me devoró la boca, me hizo saborearme a mí misma, enredó su lengua con la mía y volvió a encenderme por completo.
Entonces se apartó y contempló los estragos que había causado, claramente satisfecho consigo mismo.
Volvió a bajar la boca, pero lo agarré desesperada.
—No —supliqué, atrayéndolo de nuevo hacia mi boca—. No puedo más, por favor —dije sin el menor rastro de vergüenza—. Me duele.
Leonardo se tumbó sobre mí y le rodeé la cintura con las piernas, atrapándolo allí. No sobreviviría a su boca otra vez.
—¿Te he hecho daño? —preguntó con voz baja y ronca. Estudió mi expresión, preocupado de repente.
—No —le aseguré—. Es que es demasiado...
Apreté los labios contra los suyos y dejé escapar un gemidito de necesidad.
—Te necesito dentro de mí. Ahora.
Me besó con hambre y se incorporó, con una mano apoyada en el sofá y la otra en mi culo, y me llevó consigo.
Se sentó y yo me acomodé mejor sobre su regazo. Sonrió con suficiencia.
—¿Demasiado para ti? —preguntó mientras me recorría el cuerpo con las manos—. ¿Y eso seguía siendo solo «decente»?
Puse los ojos en blanco.
—No, gilipollas. Ya lo has dejado claro —admití, y sonreí con malicia al ver cómo su sonrisa se volvía aún más engreída—. Pero creo que ahora me toca a mí.
Leonardo me abarcó el culo con las manos y se restregó contra mi coño, y me arrancó un gemido.
—Haz lo que quieras. —Abrió los brazos y los extendió sobre el respaldo del sofá—. Soy tuyo.
Sonreí, encantada.
Ya era hora, joder, de que las tornas cambiaran en este juego, ¿no?