24 Déjame amarte
LEONARDO
Volví a mirar la notificación de desahucio y la escritura que Antonella había recibido la noche anterior.
Nada encajaba, así que le pedí a uno de mis contactos del ayuntamiento que comprobara si los documentos eran legítimos.
—Comprueba si todo esto es real y me dices algo en veinte minutos —dije antes de colgar.
Para empezar, ni siquiera le habían entregado la notificación de desahucio en persona, como correspondía. Y, según Antonella, el piso no pertenecía a ninguna empresa. Estaba a su nombre.
Lo había comprado poco después de que muriera su madre, con su propio dinero.
Y, como si aquello no fuera ya bastante raro, no solo habían vaciado las cuentas de la empresa. También le habían limpiado las cuentas personales.
¿Adónde había ido todo ese dinero? ¿Qué demonios estaba pasando aquí?
A veces la familia era una puta pesadilla. Lo sabía. Los parientes se peleaban, pasaban años sin hablarse y hacían toda clase de barbaridades. Pero ¿esto? ¿Robarle a alguien su medio de vida y pasarse por encima el legado de su propia tía?
Ni siquiera conocía a Matteo todavía y ya tenía ganas de partirle la cara.
Antonella estaba agotada. Lo había visto en cuanto entró aquella mañana, probablemente después de pasarse la noche en vela intentando entender cómo había llegado su vida a ese punto.
Hasta hacía unas horas, no tenía ni idea del infierno por el que estaba pasando. No lo había dejado traslucir en ningún momento.
Al menos, no delante de mí. Conmigo siempre lucía esa sonrisa burlona, con alguna contestación impertinente en la punta de la lengua y la mirada sarcástica de quien está dispuesta a mandarme a la mierda por cualquier motivo.
Admiraba esa tozudez suya. Podía caer de bruces, levantarse cabreadísima y seguir caminando como si solo fuera un inconveniente más.
Y podía caerse tantas veces como hiciera falta. Antonella no parecía de las que se rinden fácilmente.
Si había llegado al punto de llorar entre mis brazos, las cosas estaban peor de lo que quería admitir. Y yo no pensaba quedarme mirando de brazos cruzados.
Ni siquiera tuve que esperar los veinte minutos. Mi contacto me llamó antes de lo previsto, y la respuesta volvió la historia aún más rara.
Los documentos eran falsos. No constaba ningún cambio en la escritura del piso ni había absolutamente nada que respaldara la notificación de desahucio.
Todo aquello solo podía ser una especie de montaje para asustarla. Si Antonella se lo creía y dejaba el piso por voluntad propia, mucho mejor para ellos. Tendrían un piso de lujo servido en bandeja de plata.
Sabían que estaba sola, desesperada y que no tenía ni idea de en quién confiar. Sin ayuda, aquellos cabrones podían hacerle lo que les diera la gana.
Estaba cabreado. Así de simple. Y empecé a preguntarme cuántas cosas más de aquel embrollo serían mentira también.
El teléfono del escritorio sonó con estridencia y lo cogí rápido, por miedo a que la despertara antes de tiempo.
Vi que la llamada venía de la extensión de fuera y fruncí el ceño.
—¿Qué? —pregunté en voz baja, incapaz de ocultar la irritación.
—Señor Marins.
Era Andréia. Cerré los ojos, exasperado.
—¿Necesita algo?
—Si necesitara algo, Andréia, te habría llamado yo. No al revés.
—¿Está seguro?
—Absolutamente —dije—. No vuelvas a llamar.
Colgué.
Me eché hacia atrás en la silla y me quedé mirando el techo.
El teléfono volvió a sonar y apreté los dientes.
—¿Y ahora qué? ¿No he dejado claro que no quería que me interrumpieran?
—Sí, señor —respondió con un tono falsamente sumiso—. Pero se acerca la hora de comer y quería saber si desea que pida algo.
Me froté la frente, irritado.
—No, Andréia, no quiero nada. Ya te he dicho que no necesito nada.
Saqué de donde no la tenía la paciencia necesaria para no ser grosero.
—¿Está seguro?
Usó otro tono, uno que, por desgracia, conocía muy bien.
—Sí, estoy seguro. No vuelvas a llamar. Estoy ocupado.
—Pero ¿qué está pasando ahí dentro exactamente? —preguntó por fin lo que de verdad quería saber, por lo visto cansada de disimular.
Abrí la boca para decirle que no era asunto suyo y que le convenía dejar de hacer tantas preguntas cuando oí un gemido escandalosamente fuerte.
Después, otro.
Y otro aún más fuerte.
Y luego uno que sonó más bien a grito.
Durante un segundo pensé que el ruido venía de fuera del despacho y me pregunté qué demonios estaba pasando ahí fuera ahora.
Entonces miré hacia el sofá, donde el ángel demonio dormía plácidamente hasta hacía un momento, y descubrí el origen de todo aquel escándalo.
Antonella me sonreía con una expresión perversa y seguía gimiendo cada vez más fuerte, fingiendo con todo el descaro del mundo el principio de un orgasmo.
—Pero qué... —balbuceó Andréia, conmocionada, y recordé que aún tenía el teléfono pegado al oído.
—No vuelvas a llamar —ordené, justo en el momento en que la pequeña cabrona del sofá empezó a gritar.
—¡Sí, así! ¡Más fuerte! ¡Más! ¡Más! ¡Ah!
Colgué y la muy cabrona estalló en carcajadas mientras se dejaba caer de espaldas en el sofá.
—Apuesto a que ahora ya no vuelve a llamar —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Di: «Gracias, Antonella».
Negué con la cabeza.
—Sabes lo que va a pensar, ¿verdad?
Se encogió de hombros, completamente despreocupada.
—¿Y?
—Eso no ha sido ni remotamente profesional —la regañé.
—¿Ah, sí? ¿Y su insistencia qué era? ¿Comportamiento normal en el trabajo?
En cierto modo, sí.
La situación con Andréia era mucho más complicada de lo que probablemente Antonella imaginaba.
Sí, me había acostado con mi secretaria. Con dos, en realidad, porque al parecer cagarla una vez no había sido suficiente y necesitaba repetir el error antes de entender el lío que ya había provocado el primero.
Primero Andréia, después Thatyanne. Y ahí lo tenías: desastre consumado.
No tenía ningún fetiche con las secretarias ni nada por el estilo. Simplemente había ocurrido.
Andréia llevaba bastante tiempo trabajando para mí y, después de rechazar varias de sus insinuaciones nada sutiles, cedí.
Aún hoy me arrepentía. Le echaba la culpa a mi polla del dolor de cabeza que, años después, todavía me provocaba un único polvo.
Andréia se había obsesionado un poco después de aquello y tuve que buscar la manera de cortarlo. No era un capullo. No me la había tirado para luego tirarla a la basura sin más.
No quería, pero al final tuve que hacer justo eso.
Obviamente, había querido volver a acostarme con ella. Estaba buena y era buena en la cama. No me habría importado repetir.
Pensaba que podríamos divertirnos todos los días, follar por toda la oficina, ese tipo de cosas. Pero, de algún modo, ella decidió que lo nuestro era mucho más de lo que en realidad era.
No era idiota. Sabía que podía pasar. Simplemente no esperaba que fuera tan rápido. Normalmente el arreglo duraba un tiempo antes de irse a la mierda.
Hacia el polvo número catorce, por ejemplo. No el primero.
Le expliqué con toda claridad cómo funcionarían las cosas a partir de entonces.
No quería una relación. Nuestro trabajo no podía verse afectado de ninguna manera.
Andréia me aseguró que lo entendía, que no habría ningún problema. Los dos éramos adultos, al fin y al cabo. Sabíamos cómo funcionaban esas cosas.
Durante un tiempo fingió que todo iba bien. Y yo, como un idiota, la creí.
Tardé más de lo que debería en darme cuenta de que nada iba bien.
Después empezó a pasarse de la raya. Levantaba la voz cuando algo no le gustaba. No le gustaba recibir órdenes mías, montaba escenas cada vez que me llamaban otras mujeres y luego me exigía explicaciones.
Cuando ya no sabía qué hacer para que aquella mujer entendiera que no teníamos nada ni lo tendríamos nunca, pensé que quizá verme con otra se lo dejaría claro de una vez.
Así que, como un completo idiota, sin pararme a pensar en el marrón que estaba montando, fui y me acosté con otra de mis secretarias.
Excepto Clara, que nunca me había tirado los tejos y se tomaba su trabajo muy en serio, me había acostado con todas mis secretarias.
Incluso con Antonella, solo unas horas antes de ascenderla.
Andréia perdió los papeles por completo después de aquello. Amenazó con pegarle a la otra, amenazó con rayarme el coche, intentó arañarme la cara y juró que aquello no iba a quedar así.
Hasta entonces me lo había tomado con calma, con paciencia, intentando hacerle entender las cosas sin ser demasiado duro ni hacer que se sintiera utilizada.
Pero toda situación tenía un límite, y yo había llegado al mío.
Le advertí que, si no se le metía en la cabeza una vez por todas que nunca estaríamos juntos y no era capaz de mantener un comportamiento profesional mientras tanto, se iría a la calle la próxima vez que se le ocurriera faltarme al respeto de esa manera.
Desde entonces se había portado tan bien como era capaz, que no era decir mucho.
Por eso había abierto una plaza para otra secretaria aunque ya tenía tres. Antonella tenía razón cuando dijo que mis secretarias no eran normales.
De verdad que no. Andréia no conseguía superar lo que había pasado años atrás. Thatyanne era simplemente incompetente. Y la pobre Clara apenas era capaz de abrir la boca cada vez que me veía.
Probablemente conocía mi reputación de acostarme con las secretarias y temía que la agarrara en cualquier momento.
Habría tenido gracia si no fuera tan ridículo.
Había intentado escapar de tres mujeres que estaban como cabras y, de algún modo, había acabado atrapado con su reina.
—Oye —empezó el prototipo más avanzado de Satanás hasta la fecha—, se te ve muy estresado. Necesitas echar un polvo.
Sonreí y centré mi atención en ella.
—¿Eso es una oferta? —pregunté, solo un poco esperanzado.
Antonella estalló en carcajadas y echó la cabeza hacia atrás.
—Ah, no. Si depende de mí, puedes seguir estresándote ahí tranquilamente. Yo no hago obras de caridad.
—¿Eso fue para ti aquel polvo? ¿Caridad?
—En absoluto. Yo quería echar un polvo, tú querías follarme y estuviste decente.
—¿Otra vez con esa mierda? Decente, mis cojones —me piqué, y la pequeña cabrona se rió en mi cara—. Métete lo de decente por el culo, elemento.
—Vaya, tío. No es para tanto —dijo con sorna.
—Sí que lo es, joder, mierdecilla —repliqué, y ahora me tocaba a mí sonreír con suficiencia—. Y no sé por qué te empeñas tanto en quitarle mérito a mi actuación. Te corriste tres veces con la polla de un tío que solo estuvo decente, ¿recuerdas?
Puso los ojos en blanco.
—Eso no tenía precedentes. Para ti, quiero decir —aclaró con puro desdén—. Me corro igual de veces cuando juego sola con mi vibrador. Más, incluso, si estoy inspirada. Así que el mérito es mío, no tuyo, colega.
Me levanté, dispuesto a demostrarle a ese pequeño elemento exactamente lo que opinaba de que me comparase con un puto vibrador.
Esta vez no iba a parar hasta que me lo suplicara, agotada de correrse demasiadas veces.
Estaba a punto de aprender exactamente cuántas pollas hacen falta para construir una canoa.
Uno. El mío.