23 Into You
LEONARDO
Antonella dormía en mi sofá y, por primera vez desde que irrumpió en mi vida, estaba callada. De verdad callada. Ni insultaba a nadie, ni amenazaba con patearme los huevos, ni me mandaba al infierno. Hasta roncaba un poco.
Con los ojos cerrados, no tenía que lidiar con aquel maldito azul que parecía desmantelarme media capacidad de pensar cada vez que me miraba.
Tenía las mejillas todavía sonrosadas y el pelo rojo desparramado por todo el sofá, como si, incluso dormida, aquella mujer necesitara ocupar más espacio del que técnicamente le permitía su cuerpo.
Tenía la boca ligeramente abierta. La misma boca que se pasaba la mayor parte del día insultándome y que, unas horas antes, había conseguido silenciar de una forma mucho más interesante.
Incluso dormida seguía con la nariz ligeramente alzada. Impresionante. La arrogancia venía instalada de fábrica.
Estaba hecha un ovillo, tapada con mi americana, que le quedaba enorme en aquel cuerpo menudo. La hacía parecer aún más diminuta.
Si alguien que no la conociera entrara ahora mismo, pensaría que Antonella era un ángel.
Pobre desgraciado.
Dormida era muy convincente.
Despierta, era el caos personificado.
Y, por alguna razón que seguía sin entender, yo parecía ser el blanco principal de ese caos.
Estaba jodido.
Antonella había aparecido de la nada y, en menos de dos semanas, había desbaratado cosas que llevaba años manteniendo perfectamente en su sitio.
Primero se me cayó prácticamente encima del coche. Después se presentó a mi entrevista. Luego invadió mi despacho, mi rutina, mi sofá y, al parecer, también mi cabeza.
Todo mientras hablaba sin parar.
La observé dormir y me pregunté, por milésima vez, cuánto tiempo más podría seguir fingiendo que nada de aquello me afectaba.
Creí haberlo conseguido cuando la dejé, todavía drogada y riéndose de mí, a la puerta del hospital el día que nos conocimos.
Antonella era guapa de una forma irritante, y casi la besé en cuanto pude verla bien, mientras seguía tirada en el asfalto después de lanzarse delante de mi coche.
Había sido un gilipollas integral. Lo admitía. No tuve en cuenta su estado, ni su miedo, ni su dolor, ni el hecho de que los dos acabábamos de pasar por algo absurdo. Simplemente me cabreé y lo pagué con ella.
No me sentía orgulloso. Ni un poco. En cuanto me di cuenta de que estaba consciente y de que, al parecer, no tenía heridas graves, decidí que sería una idea excelente comportarme exactamente como el gilipollas que no ha dejado de llamarme desde aquel día.
Según la brillante lógica que empleaba en aquel momento, si conseguía que me odiara lo suficiente, quizá dejaría de querer besarla.
No funcionó. Si acaso, las ganas se triplicaron en cuanto abrió aquellos ojos azules y me miró llena de odio.
Y empeoró cuando abrió la boca.
Quise arrancarle la ropa la primera vez que me llamó gilipollas, y me imaginé callándole esa boca con la polla en cuanto comprendí que el interés era, por desgracia para mi cordura, mutuo.
Casi perdí la cabeza cuando empezó a coquetear con aquel paramédico idiota, y tuve que recordarme varias veces que no tenía ningún derecho a decirle a ese hombre dónde podía tocarla y dónde no.
Ni siquiera la conocía. No sabía cómo se llamaba. Cinco minutos antes había estado a punto de atropellar a aquella maldita mujer y ya estaba celoso.
Patético.
Muy patético.
Y, aun así, cierto.
¿Quién demonios era yo para decidir qué hacía Antonella con su propio cuerpo o con su propia vida?
Nadie. Podía haber salido de aquel hospital y haberse ido directa a casa con el hijo de puta del paramédico si le hubiera dado la gana.
El problema era que una cosa era saber lo que estaba bien.
Y otra, completamente distinta, quererlo. Mi cerebro idiota ya había empezado a tratar aquel cuerpo como si tuviera algo que ver conmigo.
¿Entiendes la magnitud del desastre?
Antonella era un demonio.
No. Era el mismísimo Satanás hecho carne, enviado para castigarme ya en vida.
Como si hubiera oído el insulto dentro de mi cabeza, suspiró en sueños y se apartó unos mechones de la cara.
Luego sonrió para sí.
Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás.
Había intentado luchar contra aquello. Lo juro. Después de casi besarla a la puerta de aquel hospital, me marché convencido de que no volvería a ver a esa mujer y de que el problema moriría allí mismo.
Sí, claro.
Dos días después, el problema entró en mi despacho con muletas y casi se dio de morros durante una entrevista de trabajo.
A día de hoy seguía sin poder explicar qué tenía exactamente aquella mujer.
Tal vez fuera la lengua afilada. El descaro. La irritante facilidad con la que me plantaba cara. La forma en que entraba en una habitación y, a los cinco minutos, no sé cómo, parecía llevar allí toda la vida.
O quizá fuera aquel cuerpo increíble, que arrasaba con lo poco que quedaba de mi sentido común.
Probablemente todo junto, lo que era aún peor.
Creí haber escapado del caos cuando la dejé en brazos de su amigo y me marché sin mirar atrás. Ahora el caos trabajaba en la misma oficina que yo, tenía un despacho a pocos metros del mío y seguía riéndose en mi cara.
La muy cabrona.
Me tentaba. Me irritaba. Me hacía imaginarme besándola en mitad de una discusión solo por conseguir cinco segundos de silencio. Y después de descubrir lo que era tenerla debajo de mí, restregándose contra mi polla y gimiendo mi nombre, ya no hubo nada que hacer.
Una vez no había sido suficiente.
Quería más. Más besos, más caricias, más de aquel sexo demencial y, por desgracia para mí, más de ella.
Ese último detalle era el problema.
Me había ido a casa con el olor de Antonella pegado a la ropa y su sabor todavía en la lengua.
Cuando me di cuenta de que, además de seguir empalmado de ganas de ella, sentía algo sospechosamente parecido a echarla de menos, me entró el pánico.
¿Qué clase de brujería era aquella? Apenas conocía a esa mujer. Me la había follado una vez, menos de quince minutos —una vergüenza para mi historial, por cierto—, ¿y ya la echaba de menos?
Vale, la cabroncilla estaba más buena y era más guapa que cualquier mujer que hubiera visto o me hubiera llevado a la cama, pero ¿por qué ella?
Brujería. Tenía que ser eso. Y de la potente, además.
No tenía ni idea de qué estaba pasando, pero había algo que sabía con certeza: aquello tenía que parar antes de ir a peor.
No importaba cuánto me tentara ni cuánto deseara repetirlo. Si seguía por ese camino, acabaría pasando algo mucho peor.
Así que improvisé un discurso a última hora, mezclé unas cuantas verdades con una buena dosis de cobardía y fui a hablar con ella.
Hablé y hablé y hablé. Me arriesgué a parecer un capullo otra vez. Tenía miedo de hacerle daño de una forma que luego no supiera cómo arreglar, y aun así seguí adelante.
Antonella apenas parpadeó. Si estaba dolida o molesta, no lo demostró. Y allí estaba yo, sermoneándola como un idiota hasta quedarme casi sin voz.
Al final, conseguí exactamente lo que quería: puse fin a algo que ni siquiera había empezado.
Funcionó, ¿no?
Ella seguiría trabajando conmigo. Yo fingiría que no quería arrancarle la ropa cada vez que pasara a mi lado. Con el tiempo, los dos acabaríamos olvidando que aquel polvo había existido.
Plan perfecto.
Me reí para mis adentros y miré al techo.
Era un idiota.
Un idiota optimista, aún peor.
A esas alturas estaba tan al fondo del pozo que, si miraba al lado, probablemente me encontraría a Samara sentada ahí abajo conmigo.
Quizá durante el resto de mi vida.
Todavía no sabía exactamente qué sentía por Antonella. Solo sabía que aquello no parecía casual, ni sencillo, ni especialmente sano para mi tranquilidad.
Antonella no era ningún encanto. Casi nunca era simpática, siempre tenía una respuesta —léase: un insulto— preparada en la punta de la lengua y no agachaba la cabeza ante nadie.
Y eso me gustaba. De hecho, me gustaban muchas más cosas de ella de lo que debería, y ahí estaba precisamente el problema.
Se lo había echado en cara: nunca me enamoraría de ella. Y ahora empezaba a sospechar que el universo estaba preparando la mayor carcajada de la historia a mi costa.
Le había dicho a la cara que nunca caería rendido a sus pies, y ahora corría el peligro de tragarme mis propias palabras.
Antonella se removió de repente y temí que se cayera del sofá. Abrazó mi americana, se llevó la tela a la cara y respiró hondo.
—Hijo de la gran puta —murmuró entre sueños, le dio un puñetazo a la chaqueta y volvió a abrazarla.
Me reí en silencio. Hasta inconsciente, aquella mujer era incapaz de darme un respiro.
Miré la hora y suspiré. Se acercaba la hora de comer y tenía que despertarla.
Ya me había dado cuenta de lo agotada que estaba. Ahora que sabía que se había pasado toda la noche en vela intentando averiguar cómo no perder su propia casa, me resultaba imposible fingir que aquello no tenía nada que ver conmigo.
En realidad, ese era otro problema: en algún momento, la vida de Antonella había empezado a parecerme asunto mío sin que nadie me pidiera permiso.
Brujería.
Tenía que ser brujería. O estaba aún más jodido de lo que creía.