22 (parte 2) | Un amante como yo #3
Leonardo no respondió. Miré alrededor y me di cuenta de que se dirigía al pequeño sofá del otro lado de la habitación, claramente con la intención de dejarme allí.
—Yo no… —empecé.
—Silencio. —Me dejó con cuidado en el sofá. Intenté incorporarme en cuanto mi culo tocó los cojines, pero no me dejó. Me empujó con suavidad hacia atrás hasta que quedé tumbada—. Tienes que dormir un rato.
—No puedo —protesté, aunque no volví a intentar levantarme. Aquel sofá era exactamente tan cómodo como había imaginado—. Tengo trabajo que hacer.
—¿Qué trabajo? —preguntó, sentándose en el borde del sofá, a mi lado—. Todavía no tienes ningún caso.
Era verdad, pero me negaba a rendirme.
—Aun así. Ya sabes que todos los despachos son de cristal. La gente se dará cuenta si no estoy en el mío.
—¿Y qué?
—Pues que no quiero que mis compañeros piensen que no trabajo tanto como ellos —mentí descaradamente, como si yo perdiera un solo segundo de mi vida preocupándome por lo que opinaran mis compañeros.
—Como si te importara lo que piensen los demás de ti —dijo el hijo de puta que ya me conocía demasiado bien—. Túmbate y duerme un poco. —Miró su Rolex y añadió—: Te despierto dentro de un par de horas.
Me tragué un bostezo y sacudí la cabeza con fuerza.
—No puedo dormir en horario laboral. Y mucho menos en tu despacho. ¿Y si alguien me ve aquí?
—Nadie va a entrar mientras duermes —prometió.
—¿Y la tortuga? Entra aquí cada dos por tres. Se cree la dueña del sitio. —Lo intenté una vez más, pero no cedió.
—Andréia tampoco va a entrar. No entrará nadie.
—Pero…
—Cállate y duerme —ordenó con una sonrisa. Después, con el mismo tono que habría usado para comentar el tiempo, como si no tuviera la menor importancia, añadió—: Y cuando te despiertes, iremos al bufete de tu madre.
Los ojos, que ya se me cerraban, se me abrieron de golpe.
—¿Qué?
—Voy contigo al bufete —dijo muy serio—. Esta situación se ha alargado demasiado. Y está claro que no puedes con todo tú sola.
—Pero… pero… —fue todo lo que logré decir, atónita.
Sonrió un poco y me acarició la cara con ternura.
—Te dije que podía ayudarte —me recordó—. Y necesitas ayuda, Antonella. No tiene sentido que intentes negarlo. —Se apresuró a añadir lo último cuando abrí la boca para hacer justo eso.
Me limité a mirarlo, incapaz de creérmelo. Sabía que estaba sorprendida, obviamente, pero no me di cuenta de que también estaba conmovida hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Había conseguido mantenerme entera todo este tiempo y entonces apareció aquel hombre y me rompió con una sola frase. Maravilloso.
Las lágrimas me resbalaron por la cara antes de que pudiera detenerlas. Me moría de vergüenza por llorar delante de él, pero la gratitud y el alivio que sentía podían más que el bochorno.
—No tienes que venir conmigo —dije con voz tomada.
—Lo sé —respondió, y me secó las lágrimas con cuidado, lo que me hizo llorar un poquito más.
—No tienes que ayudarme —dije, aunque estaba rezando para que no cambiara de opinión.
—Lo sé.
—Si estás pensando en ser mi abogado, debería advertirte de que no puedo pagar tus honorarios —dije, porque me sentía obligada a hacerlo.
—No pasa nada. —Sonrió.
—No tienes que…
—Cállate y duerme, Antonella —ordenó, serio, aunque seguía sonriendo apenas.
Alcé las cejas.
—Puede que seas mi jefe y, al parecer, ahora también mi abogado y lo que haga falta, pero no empieces a darme órdenes —le advertí, aunque todavía tenía la voz quebrada por el llanto.
Puede que en ese momento estuviera llorando y pareciera una damisela delicada, pero no estaba muerta—.
Estoy sensible ahora mismo, pero sigo sin tener que hacer ni una mierda.
Leonardo se rio y, de repente, se inclinó sobre mí. Abrí los ojos de par en par, sorprendida, y despegué los labios para preguntarle qué demonios estaba haciendo.
Fue más rápido que yo. Antes de que pudiera decir una palabra, pegó su boca a la mía.
Me besó despacio y tardé unos segundos en devolverle el beso, confundida como seguía estando. Pero no existía en el mundo confusión suficiente para hacerme rechazar aquellos labios sobre los míos.
—Por lo visto, esta es la única forma de hacer que te calles.
Sonrió, con la cara todavía tan cerca de la mía que distinguía cada tono y cada matiz de sus iris.
—Creído —murmuré sin aliento.
Pero no pude resistirme a pincharlo.
—Y, por cierto, ¿qué estás haciendo exactamente?
—Callarte —respondió sin más, y me rozó los labios con los suyos.
—¿Con la boca?
—Es un método muy eficaz, ¿no crees?
—¿Y qué hay de todo lo que dijiste antes? ¿Lo de mantener las cosas en el terreno profesional y todo eso? Lo que estás haciendo ahora mismo no tiene nada de profesional.
Se limitó a sonreír e intentó besarme otra vez, pero lo detuve.
—Venga ya, tío. ¿Rechazas mi coño y encima quieres mi boca? Lo siento, pero las dos bocas van en el mismo paquete. No puedes rechazar una e intentar quedarte con la otra.
Leonardo se rio contra mis labios y todo su cuerpo se sacudió.
—Entonces me llevo el paquete completo, por favor —dijo, y volvió a besarme sin más.
Así que me rendí y dejé que me besara todo lo que quiso. Porque, sinceramente, ¿alguna vez has visto a un mono rechazar un plátano?