Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 22 (parte 2) | Un amante como yo #2
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22 (parte 2) | Un amante como yo #2

Simplemente no quería dejar entrar a nadie más. No quería crear lazos ni encariñarme con más gente para que al final volvieran a abandonarme.

Seguía con mi vida encerrada en el apartamento, y así estaba bien.

Así estaba a salvo. Era mejor así. Evitaba dolores futuros.

Me alejé de todos los que conocía, menos de Gian, que se quedó a mi lado por pura cabezonería. Y en aquel momento lo único que quería era que estuviera allí, sujetándome la mano o soltando alguna de sus bromas estúpidas.

Porque, si él estuviera allí, no me desmoronaría como sentía que estaba a punto de hacer.

Me escocían los ojos y luché por contener las ganas de llorar mientras le sostenía la mirada a Leonardo.

—Dices que quieres que nuestra relación sea estrictamente profesional, pero luego me pides que hable de mi vida personal. No tiene ningún sentido.

Se acercó y se sentó de lado en el escritorio sin apartar la mirada de mí en ningún momento.

—Quizá pueda ayudarte a arreglar lo que sea que va mal —propuso con voz serena y amable, intentando convencerme.

—No necesito tu ayuda —espeté con la voz algo estrangulada. Notaba que estaba llegando a mi límite e hice todo lo posible por mantener el control.

Aparté la mirada y bajé la cabeza para escapar de sus ojos. Tenía la garganta cerrada y el escozor iba a peor por segundos.

—Mírame —pidió, y me levantó la barbilla con suavidad. Parpadeé y le miré la cara, tan cerca de la mía, y aquellos ojos que, por algún motivo, transmitían tanta seguridad—. Cuéntame qué ha pasado.

Negué enérgicamente con la cabeza; esta vez no me fiaba de mi voz.

Leonardo me acarició la cara despacio, recorriéndome la piel con las yemas de los dedos. Mantuvo la mirada fija en la mía, y vi en ella una ternura tan infinita que algo dentro de mí cedió.

—Antonella, háblame —pidió una última vez. Y, sin más, me derrumbé.

Se lo conté todo. Desde aquel domingo infernal de hacía un mes hasta la noche anterior y la notificación de desahucio.

Le conté que Rubens había desaparecido, la repentina aparición de Matteo y cómo lo había perdido todo prácticamente de la noche a la mañana.

Todo mi dinero, mis acciones, el bufete de mi madre y ahora también mi casa.

Le conté que Gian me había sugerido que buscara trabajo antes de que las cosas empeoraran. Le conté lo feliz que me había puesto enterarme de que me habían llamado para mi primera entrevista de trabajo.

Le conté el trayecto infernal en autobús y la humillación que había pasado —no se rio de esa parte, pero sonrió, sin duda intentando imaginárselo.

Le conté el accidente y lo asustada que había estado, y cómo su reacción exagerada había convertido mi miedo en una furia homicida —en esa parte pareció sentirse casi culpable, pero el hijo de puta siguió sonriendo.

Le conté la llamada que me había devuelto la esperanza y cómo Andréia la Tortuga se había burlado de mí —se me escapó el apodo sin querer, y fue entonces cuando por fin se rio, incapaz de contenerse más.

Le conté cómo había acabado allí, trabajando para él. Le hablé de Diego y de su incompetencia. Y le conté por qué había elegido como abogado a aquel chico, con lo inexperto que era.

No había sido por dinero, como aseguraba Diego. Era cierto que no tenía ni un céntimo, pero esa no era la razón.

Gian se había ofrecido a cubrir cualquier gasto que me hiciera falta durante todo el tiempo que fuera necesario y, aunque me negué de inmediato, no aceptó un no por respuesta.

Cuando nos dimos cuenta de que la repentina aparición de Matteo, la desaparición de mi dinero y la todavía misteriosa desaparición de Rubens no eran simples coincidencias, Gian me ofreció una cantidad obscena de dinero para «necesidades».

Aunque lo necesitaba, me negué en rotundo. Pero se convirtió en algo habitual abrir el bolso y encontrar billetes escondidos dentro.

O sobre la mesa de centro del salón, justo después de que se marchara.

El coche siempre aparecía misteriosamente con el depósito lleno, y la despensa estaba siempre misteriosamente repleta. Gian cuidaba de mí aunque yo insistiera en que no tenía por qué hacerlo.

Y lo quería todavía más por eso.

Así que sí, tenía medios para contratar a un buen abogado. Mi problema era solo uno: la vergüenza.

La vergüenza por lo que había hecho con la memoria de mi madre y con su legado. Los abogados hablan con otros abogados, y en cuanto uno de los viejos amigos de mi madre se enterara, la historia correría como la pólvora.

Por vergüenza, había decidido seguir atada a aquel chico. Sabía que, llegado el momento, no sería capaz de despedirlo. Porque entonces tendría que buscar a otro abogado, explicarle mi situación a otro desconocido y revivir todo aquel desastre otra vez desde el principio.

Pero, aunque seguía sintiendo vergüenza y culpa, nada de eso ocurrió con Leonardo.

Hablé y hablé y hablé, sin parar, durante una hora entera. Dejé que las palabras salieran a borbotones, sin filtro, y no me guardé nada.

Le conté lo de la noche anterior, la notificación de desahucio y el nombre del nuevo propietario de mi casa, que sustituía al mío en la escritura.

Y le conté la visita que pensaba hacerle a mi primo gilipollas en cuanto saliera de allí.

Por agotada que estuviera, física y emocionalmente, aún me quedaban fuerzas para darle al cabrón una patada en los huevos. Quizá esta vez cambiara de estrategia y se los pisara en lugar de pateárselos. Quizá fuera incluso mejor, decidí.

Cuando terminé de contárselo todo, milagrosamente, seguía con los ojos secos. Me había costado un esfuerzo ridículo no llorar mientras revivía toda aquella mierda una vez más, pero lo había conseguido.

Leonardo, con la mano todavía bajo mi barbilla, volvió a acariciarme la piel, con aire distraído mientras le daba vueltas al asunto.

Dejé que asimilara toda la información y cerré los ojos apenas un segundo, agotada.

Debí de quedarme dormida sin darme cuenta, porque cuando volví a abrir los ojos estaba en sus brazos mientras él me llevaba en volandas por el despacho.

—¿Qué…? —murmuré, un poco sobresaltada. Me aclaré la garganta y me froté los ojos para espantar el sueño—. ¿Qué estás haciendo?