22 (parte 2) | Un amante como yo
ANTONELLA
Tenía los ojos como platos y apenas me atrevía a respirar, tan sorprendida y asustada estaba por lo que veía.
—No sé quién te crees que eres ni dónde te crees que estás —empezó Leonardo con una voz baja y peligrosa que me recorrió el cuerpo como un escalofrío—, pero mi despacho no es un club de monólogos, aunque tú estés quedando como un payaso de campeonato.
Diego, que parecía estar a segundos de mearse encima, se había quedado blanco como el papel. Tenía la boca abierta y tampoco parecía capaz de respirar con normalidad.
Sin soltarle el cuello de la camisa, Leonardo se inclinó todavía más hacia él, más furioso de lo que lo había visto nunca.
—La única razón por la que no te estoy echando a patadas aquí y ahora es que todavía eres un crío —murmuró, con una voz que casi era un gruñido—. Y un crío perdido entre adultos no sabe lo que hace ni lo que dice. Así que voy a perdonarte el comportamiento infantil.
—Y-y-yo... —intentó decir Diego, tartamudeando tanto y con una voz tan temblorosa que parecía a punto de echarse a llorar.
Todavía alarmada, me acerqué y le puse una mano en el hombro a Leonardo. Tenía todo el cuerpo rígido y, al tocarlo, me di cuenta de lo mucho que le temblaban los músculos por el esfuerzo que le costaba mantener el control.
Por un momento, temí por la vida del chico.
Vale, Diego era un gilipollas, un cabronazo de primera que se escondía detrás de aquella fachada de idiota. Me había llamado zorra, había insinuado que era una puta y todo lo demás, pero aun así... La muerte me parecía excesiva.
—Leonardo, está bien. —Intenté atraer su atención hacia mí, pero ni siquiera pareció darse cuenta de que estaba allí.
—No he terminado —dijo, aunque no supe si se refería a mí o a Diego.
Clavó la mirada en el chico y, con una voz aún más baja y mucho más peligrosa, añadió—: Solo voy a advertírtelo una vez, y te sugiero que recuerdes cada palabra, porque no volverás a oírlas.
—Acercó la cara a la de Diego hasta que sus ojos casi se tocaron y gruñó—: Vuelve a hablarle así delante de mí y eres hombre muerto.
En el silencio que siguió, nadie se atrevió a respirar.
Inquieta, le deslicé despacio la mano del hombro al brazo. Necesitaba calmarlo de algún modo.
Si decidía pegarle a Diego, nadie podría detenerlo. Yo no sería lo bastante rápida y, desde luego, tampoco lo bastante fuerte.
Las tortugas serían tan inútiles como yo, y los becarios enclenques, aún más.
Sin dejar de tocarlo, intentando atraer su atención hacia mí, recé para que Diego mantuviera el culo apretado del terror y no volviera a abrir la boca.
—Leonardo —lo llamé en voz baja.
Me miró con una expresión seria y furiosa como no le había visto nunca.
Seguía estando buenísimo, el muy cabrón, obviamente. Pero por una vez no me tenía del todo atontada su perfección. Bueno, quizá un poco sí, porque era humana y todo eso.
Leonardo mantuvo la mirada clavada en la mía y yo le dediqué una sonrisita, intentando calmarlo.
—Suelta al chico antes de que se cague encima —le pedí sin apartar la mirada—. Si del susto se caga en los pantalones, será peor para ti.
Yo seguía sonriendo un poco.
—¿Por qué? —preguntó con voz ronca, aunque aflojó las manos en el cuello de la camisa del chico sin que pareciera darse cuenta.
—Porque, ya sabes, la cosa se va a poner fea. —Parpadeé e hice una mueca—. Ya es bastante malo que tenga que levantarme al amanecer todos los días. No me hagas trabajar en un sitio que huela a mierda de verdad. Estoy bastante segura de que hay una ley contra eso.
Leonardo negó con la cabeza, sin duda pensando que era imposible, pero se le levantó la comisura de los labios. Sonreí más, aliviada.
Le lanzó al chico una última mirada aterradora antes de soltarlo a regañadientes, como si tuviera que luchar consigo mismo para no hacer justo lo contrario y empezar a repartir puñetazos por diversión.
Diego emitió un sonido angustiado y se echó a llorar. Le miré las piernas con preocupación. No bromeaba cuando dije que aquello podía acabar en una situación de mierda.
Di un paso atrás, intentando protegerme por si pasaba lo peor. Imaginaos que el crío me cagaba encima los Louboutin.
Me moriría allí mismo, con los zapatos cubiertos de mierda y todo. Pero me lo llevaba conmigo, solo por la indignación.
Algo recuperado ya de su pequeño episodio, Leonardo miró alrededor y frunció el ceño al ver a la camada de serpientes y a los abogados bebés todavía allí plantados, con los ojos como platos y la mandíbula por el suelo, contemplando conmocionados el espectáculo que acababan de presenciar.
—A trabajar —ordenó sin alzar siquiera la voz, y todos obedecieron con la misma rapidez que si hubiera gritado.
Di un paso hacia mi despacho, con toda tranquilidad, como si nada, medio escondida entre los becarios, que prácticamente corrían con las prisas por escapar, pobrecillos.
Diego, el más listo de todos, había sido el primero en salir disparado, Dios sabía adónde. Aunque sospechaba que el baño más cercano era una posibilidad.
—¡Tú! —Di un respingo tan brusco que casi tropecé con mis propios pies. Habría echado a correr de todos modos, pero Leonardo continuó con ese tono mandón que tanto odiaba—. ¿Adónde crees que vas? —preguntó, y lo miré con la cara más inocente que supe poner.
—¿A mi despacho? —pregunté esperanzada.
Negó con la cabeza e incluso me amenazó con el dedo.
—De eso nada. —Señaló la puerta de su despacho—. A mi despacho. Ahora.
Suspiré y dejé caer los hombros. ¿Es que hoy no iba a conseguir salir de aquella puta recepción, Señor? Cada vez que lo intentaba, pasaba algún desastre y acababa otra vez en el mismo sitio.
Me arrastré hasta su despacho. Le hice una mueca al muy cabrón, pero él fingió no darse cuenta y se volvió para decirles algo a las secretarias.
Entré y me senté directamente en su silla. Estaba cansada, adormilada, estresada hasta la raíz del pelo, y acababa de humillarme un crío que apenas había salido de la adolescencia.
Estaba agotada, y ni de coña iba a volver a sentarme en aquella dura silla de tortura.
Necesitaba comodidad, y los únicos sitios donde podía encontrarla eran su silla o el sofá pequeño y bonito que había al otro lado del despacho, en lo que parecía una especie de rincón de descanso.
Justo lo que necesitaba, salvo que sospechaba que, si me atrevía a tumbarme allí, no volvería a levantarme nunca.
—Tenemos que hablar —dijo Leonardo en cuanto cerró la puerta del despacho. No pareció molestarle mi elección de asiento. Se detuvo delante del escritorio, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y me miró.
—¿Otra vez con esta mierda? —pregunté con impaciencia, recordando otra conversación en aquel mismo despacho que había empezado exactamente con esas palabras.
Aquello había pasado hacía unos minutos. Quizá una hora. Por alguna razón, parecía muchísimo más tiempo.
Aquel día, me di cuenta con pesar, iba a ser un infierno. En realidad, ya lo era. Y, por lo visto, aún le faltaba mucho para terminar.
—¿Y ahora qué? ¿Qué sermón toca esta vez? —pregunté con falso entusiasmo.
Leonardo se limitó a seguir mirándome, sin dejarse arrastrar por mi impaciencia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó. Yo ya me había preparado para otro sermón, quizá uno sobre que no valía para el puesto o algo por el estilo, así que fruncí el ceño, confundida.
—¿Qué quieres decir? Estabas ahí fuera. Has visto lo que ha pasado. ¿Estás loco?
Negó con la cabeza, con los ojos verdosos clavados en los míos.
—Quiero saber qué te ha pasado a ti. ¿Era verdad lo que ha dicho el chico?
Ah. Así que de eso quería hablar. Sentía curiosidad, obviamente. ¿Y quién podía culparlo? Un cotilleo así venía servido en bandeja.
—No quiero hablar de eso —dije muy seria.
—Puedes contarme lo que quieras. Te prometo que esta conversación no saldrá de este despacho —ofreció.
Me observó con seriedad, sin apartar la mirada, tentándome con toda aquella belleza.
Seguramente pensaba que lograría hacerme ceder.
—Gracias, pero no. —Rechacé la oferta y recé en silencio para que dejara el tema.
Lo único que quería era un sitio donde descansar un rato.
Diez minutos. Era todo lo que le pedía al universo. Diez minutitos de paz en algún rincón oscuro, lejos de todo y de todos.
Estaba cansada de aquella vida. Quería volver atrás, a cuando todo era fácil. A cuando era feliz.
Después de la muerte de mi madre había logrado encontrar una nueva forma de vivir. Había conseguido recuperar mi lugar en el mundo.
No había sido fácil, y seguía sin serlo. La echaba de menos todos los días y jamás la olvidaría. Pero había aprendido a levantarme cada mañana y seguir viviendo, aunque por dentro me estuviera desangrando.
Todavía dolía, y en momentos como aquel solo quería oír su voz. Abrazarla con fuerza, aspirar aquel olor a madre tan familiar y no soltarla jamás.
Ella me diría qué hacer. Me diría exactamente a quién llamar, quién podía ayudarme a salir de aquel lío.
Y si nadie podía ayudarme salvo yo misma, sabría exactamente qué tenía que hacer.
Pero, si ella siguiera aquí, nada de esto estaría pasando, para empezar. Matteo seguiría en el infierno, donde residía a tiempo completo, y yo probablemente sería mejor persona de lo que era ahora.
Y, lo más importante, no habría destruido el fruto del trabajo de toda su vida.
Porque eso era lo que había hecho. Ya fuera por negligencia, por culpa o simplemente porque la echaba demasiado de menos, le había dado la espalda a aquello que ella, con tanto orgullo, decía que algún día sería también mi legado.
Lo había destruido todo.
Eso era lo que hacía. Destruir las cosas. De algún modo, había conseguido alejar no solo a los oportunistas que iban detrás de mi herencia, sino también a todos los que de verdad se preocupaban por mí.
Salvo Gian y mi abuela, no me quedaba nadie en aquella vida. No tenía amigos de mi vida anterior, de antes de que muriera mi madre, y tampoco tenía ninguno ahora.
No hacía amigos y ni siquiera me gustaba sonreír a desconocidos. Eso —y no la posición social que había ocupado en el pasado— era lo que me había ganado la reputación de niña rica malcriada.