Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 21 How Do You Sleep?
42%

21 How Do You Sleep?

ANTONELLA

Cuando me presenté en el trabajo a la mañana siguiente, estaba hecha polvo. Después de pasarme media noche hablando con Gian y la otra mitad intentando averiguar qué coño iba a hacer con mi vida ahora, parecía un zombi que se arrastraba de un sitio a otro.

Quería quedarme en casa. Quería mi cama, quería dormir hasta que se acabara el mundo. Quería esfumarme, desaparecer sin dejar rastro, huir de aquella mierda de vida.

Quería llorar. Quería acurrucarme en algún rincón y dar rienda suelta a toda la angustia y la rabia que llevaba dentro.

Quería unas horas de paz para pensar con calma y encontrar una solución a aquel desastre, porque algo tenía que poder hacer. Tenía que haber una salida.

Pero no podía llorar. Hasta lo había intentado después de que Gian se fuera. Me duché, me metí en la cama, apoyé la cabeza en la almohada y esperé a que llegaran las lágrimas.

No pasó nada. Me pasé toda la noche mirando al techo con los ojos secos.

—Buenos días —me saludó una de las secretarias de Leonardo. No tenía ni idea de cuál. Respondí por encima del hombro, sin molestarme en averiguarlo, y seguí arrastrándome hacia mi despacho.

Intenté pasar de largo por delante del despacho de Leonardo, pero la puerta estaba abierta y, gracias a uno de los muchos inconvenientes del destino, me vio.

—¿Antonella? —me llamó, y me detuve, agotada—. ¿Podrías entrar un minuto, por favor?

Entré porque, al fin y al cabo, era mi jefe y de vez en cuando tenía que hacer algún esfuerzo por obedecerle.

Pasé con los hombros hundidos. Andréia, sentada en mi vieja silla de siempre, levantó la vista del pequeño bloc en el que escribía y me miró con su expresión habitual de haber comido algo asqueroso y haberse arrepentido.

Decidí ignorarla porque no tenía paciencia para esas mierdas. Intenté hacer lo mismo con la belleza de aquel hombre, pero esa era una batalla perdida.

Estaba guapísimo e impecable, como siempre. El traje de aquel día era de un verde militar intenso, y el color hacía que aquellos ojos que siempre me hipnotizaban destacaran todavía más.

Llevaba el pelo rubio peinado hacia atrás, la barba clara algo áspera, aquella boca deliciosa me estaba saludando y su expresión seria y concentrada me dejaba un poco mareada.

Y allí estaba yo, prácticamente babeando como una idiota ante semejante perfección.

«Estás enamorada de tu jefe», oí exclamar a Gian en mi cabeza.

Estaba estresada, irritada, furiosa con el mundo, con la vida, con cada puta cosa que existía, y lo último que necesitaba en ese momento era ponerme a analizar mis posibles y estúpidos sentimientos por Leonardo.

No quería pensar en ello, pero era exactamente lo que estaba haciendo mientras esperaba a que se librara de la Tortuga para decirme qué coño quería.

Me parecía una idea ridícula, pero ¿podía ser cierto?

Me gustaba hablar con él, o sea, discutir con él. Me gustaba mirarlo, y podría haberlo hecho durante horas sin quejarme jamás.

Me gustaba simplemente estar a su lado, leer lo que me pidiera.

Me gustaba provocarlo, hacerlo reír y reírme con él. Me gustaba la cara divertida que se le ponía cada vez que soltaba una de mis perlas.

Me gustaba molestarlo, e incluso me gustaba que él me molestara a mí. Me gustaba cuando fruncía el ceño porque estaba cabreado conmigo, y cuando me observaba atentamente porque de verdad quería oír lo que tenía que decir.

Me había gustado acostarme con él, e incluso me había gustado aquel momento de después del sexo que normalmente detestaba, cuando me abrazaba y me besaba como si no quisiera que aquello terminara.

Nunca me habían gustado los besos ni los mimos después de un polvo. Yo sudada, el tío sudado también y todo aquel cariño pegajoso e innecesario siempre me había molestado, así que lo evitaba siempre que podía.

Pero con Leonardo no.

Recordé que había sido yo la que lo había abrazado primero. Luego él me besó y me olvidé de todas mis manías.

Me había parecido natural. No raro. Entonces me pareció bien y seguía pareciéndomelo ahora.

Pero eso no significaba que me estuviera enamorando de aquel tipo, ¿verdad? Porque eso sería ridículo, como mínimo.

Quiero decir, era mi jefe, y no olvidemos que ya había intentado matarme una vez.

Y apenas lo conocía. No podía estar enamorándome de alguien a quien ni siquiera conocía bien. Era absurdo.

—Eso es todo, Andréia —dijo, mirándome con seriedad. Arqueé las cejas, cansada—. Necesito hablar con la señorita Mancini. Ya puede irse.

Estaba siendo formal y su expresión era demasiado seria. Debería haberme dado cuenta de que algo había salido mal, o estaba a punto de salir mal, pero estaba demasiado agotada para notarlo.

La Tortuga se levantó a regañadientes y se ajustó la falda con una cantidad innecesaria de sensualidad.

—Sí, señor —prácticamente lo ronroneó, criatura ridícula, y luego se contoneó hasta la puerta. Puse los ojos en blanco y me aparté de su camino. Me sonrió y me saludó con una sinceridad más falsa que un billete de tres euros—. Buenos días.

Me limité a mirarla, sin la menor paciencia para aquella mujer repugnante, mientras salía y cerraba la puerta.

Me resistí al impulso de sentarme y morirme un poco en aquella silla, como me había acostumbrado a hacer, porque temía no tener fuerzas para volver a levantarme.

Me quedé en medio del despacho y lo miré, esperando a que se diera prisa y me dijera qué quería para poder irme.

—Necesito hablar contigo —empezó, y esperé a que fuera al grano. Observó bien la cara de funeral que traía y frunció el ceño—. Pareces cansada.

Me froté la frente, sin paciencia.

—Es porque lo estoy —admití.

—¿No preferirías sentarte? —propuso, señalando mi silla.

—No, gracias. ¿De qué querías hablar? —Quería que se dejara de gilipolleces y fuera directo al grano.

—De lo que pasó ayer —dijo, apoyando aquel culo que Dios le había regalado en el borde del escritorio.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasó ayer?

—Ya lo sabes —respondió sin más.

—Ayer pasaron muchas cosas.

Y eso era quedarse corto. Ojalá pudiera olvidar al menos las dos últimas.

—¿De qué hablas exactamente?

—De lo que pasó ayer en este despacho.

Por fin decidió dejarse de rodeos y, para que quedara aún más claro, señaló el escritorio.

—Vale. ¿Y qué pasa con eso?

No pretendía sonar borde, pero empezaba a sentirme extrañamente nerviosa y a la defensiva.

—He estado pensando en lo que ha pasado estos días y he llegado a una conclusión.

Pareció dudar un segundo, pero continuó:

—Esto no puede volver a pasar.

Mantuve una expresión neutra y asentí.

—Vale —dije, solo porque no tenía ni idea de qué otra cosa se suponía que debía decir.

El tío ya no quería acostarse conmigo y me lo decía a la cara. ¿Qué otra cosa podía decir yo?

¿«¡Por favor, no!»? ¿O «¡Fóllame una vez más, por el amor de Dios!»?

Me gustaba el tío, obviamente. Hasta empezaba a sospechar que podía estar enamorándome de él y todo, pero no había rescatado mi dignidad de la basura para humillarme de esa manera.

O sea, sí, estaba buenísimo y follaba como los ángeles, pero la suya no era la última polla del planeta.

Solo en esta ciudad había pollas de sobra. No tenía por qué llorar por una opción menos en el bufé.

Obviamente, me habría encantado volver a follármelo. Xavana se habría puesto eufórica. Pero, por lo visto, con una vez le había bastado y, si no quería más, tenía que respetar su decisión.

—¿Eso es todo? —pregunté con firmeza.

Leonardo me miró, sorprendido y quizá hasta un poco molesto por mi indiferencia, si se me permite decirlo.

—¿Eso es todo? ¿No tienes nada más que decir?

—No, no tengo nada más que decir —mentí sin perder la expresión neutra.

Ah, tenía unas cuantas cosas que decir, pero no a él. Más le valía a Gian prepararse, porque el informe de hoy iba a ser intenso.

—¿Querías decir algo más?

Estaba claro que sí.

—No estoy diciendo que no me gustara lo que pasó. Porque sí me gustó. Y mucho —me aseguró, y asentí para que viera que le escuchaba—. Pero no es eso. Lo que quiero decir es que, aunque lo disfruté, no puede volver a pasar porque trabajamos juntos.

—Claro.

Decidí que, si me limitaba a darle la razón en todo, acabaría cansándose y yo por fin podría salir de allí.

No entendía a qué venía todo aquello. Había dicho que no quería repetir, yo lo entendía, estaba de acuerdo y asunto zanjado.

No hacía falta que siguiera con todo el discurso.

El Guaperas se esperaba, seguramente, que me tirara de los pelos y me echara a sus pies, suplicándole un polvo más.

Lo siento, cariño, pero como dice el refrán: si tú no quieres, otro querrá.

—Como jefe tuyo, no sería profesional por mi parte seguir con esto.

Parecía físicamente incapaz de pronunciar la palabra sexo o cualquiera de sus muchos primos: follar, echar un polvo, empotrar, ahogar al pequeñín en la laguna y demás. Pero no se lo tuve en cuenta.

—Lo entiendo.

—En esta oficina no hay ninguna norma que impida que dos compañeros se líen o tengan una relación seria —explicó innecesariamente, mientras yo fingía interesarme por toda aquella tontería—. Pero ese no es nuestro caso. Fue algo que pasó en el calor del momento y no se va a repetir.

—Mmm —murmuré asintiendo, y pillé el momento exacto en que el muy cabrón hipócrita me miró las tetas.

No sabía a qué venía aquel numerito ni el discursito de que no podía volver a pasar y bla, bla, bla, pero aquel hijo de puta se moría por volver a follarme, por mucho que fingiera lo contrario.

Se lanzó a otro discurso sobre que las cosas podían complicarse y afectar a nuestro rendimiento profesional y patatín, patatán, pero dejé de escucharlo y permití que la mente se me fuera a cosas más agradables.

Como la visita que pensaba hacerle ese mismo día a mi gilipollas de primo, Matteo, el supremo cerebro criminal de mi querida familia.

Estaba preparada para aquel reencuentro. Como mis Jimmy Choo favoritos habían quedado en un estado lamentable después del accidente, por desgracia ya no podría volver a usarlos para masajearle cariñosamente los huevos a Matteo.

Pero mis Louboutin de piel con tachuelas preferidos —una de mis últimas compras antes de convertirme en el equivalente brasileño de una heroína de telenovela sin blanca— relucían en mis pies, listos para la batalla.

Ese cabrón no tenía ni idea de lo que se le venía encima. ¿Quién demonios se creía que era para intentar echarme de mi propia casa?

Le iba a demostrar que con Antonella Mancini DeLuca no se juega.

—...y por eso no podemos liarnos.

Le oí decir al cabrón y volví a prestarle atención. Tenía la vista clavada en el techo, concentrado, y yo ya estaba lista para darle la razón una vez más cuando añadió:

—Y también porque no quiero que te confundas y acabes enamorándote de mí.

Me quedé mirándolo, solo para asegurarme del todo de que no había imaginado lo que creía haber oído.

—¿Qué has dicho? —pregunté en voz baja.

Me miró y, por lo visto, no se dio cuenta de la cara de asesina que tenía.

—No quiero que te confundas y te enamores de mí —repitió sin pestañear.

Estaba furiosa.

Puede que yo misma estuviera dándole vueltas a aquella ridícula posibilidad —por culpa de Gian, el gafe de mierda—, pero él no tenía ningún derecho a soltarme semejante mierda.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién dice que, en todo ese escenarito tuyo, sería yo la que se enamoraría y no tú? —pregunté cabreada, y luego sonreí con sorna—. Porque lo siento, cariño, pero yo no corro ese riesgo.

Mentí descaradamente, pero él no sabía que podía ser mentira, así que detalles.

—Solo intentaba dejar las cosas claras… —intentó interrumpirme, pero no le dejé. Ahora me tocaba hablar a mí.

—Sé perfectamente lo que intentabas decir. —Puse los ojos en blanco—. Te acostaste conmigo, te gustó y ahora me sueltas el discursito de rechazo de después del polvo. Hablas como si estuviera loca y me estuviera inventando cosas. Tendría que ser idiota para enamorarme de ti.

Lo dije para hacerle daño a él… y no solo a él.

No podía haberme enamorado de aquel tipo. No tan rápido. Podía ser todo eso y mucho más, pero yo no era idiota.

No me haría algo tan desastroso a mí misma.

—Perfecto —replicó, más serio de lo que lo había visto nunca, pero me daba igual; yo tampoco bromeaba—. Y que quede igual de claro que tendría que ser idiota para enamorarme de alguien como tú.

Eso dolió. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo.

Como si no fuera nada. Nadie. Como si la mera idea de enamorarse de mí diera risa.

Porque él pensaba que yo era ridícula. Indigna.

Algo me dolió por dentro y preferí no mirar demasiado de cerca qué era. Pero sabía lo que significaba.

Estaba enamorada de Leonardo.

Ahí estaba. Ahora quedaba claro. Aquel dolor en el pecho era prueba más que suficiente de que Gian tenía razón: estaba enamorada del gilipollas de mi jefe.

Enamorada de un hombre que claramente no me quería. Un problema más en mi vida. Qué maravilla.

Encontraría la manera de desenamorarme de aquel gilipollas. Oh, claro que la encontraría. No iba a desperdiciar el poco tiempo que me quedara de vida —porque quién sabía cuántos desastres más me tenía preparados el universo— queriendo a un hombre que me despreciaba.

—Perfecto —repetí, sin revelar nada de lo que sentía.

—Perfecto —repitió el gilipollas, con el rostro tan inexpresivo como el mío. Mejor así, pensé.

—¿Querías decirme algo más o puedo irme a mi despacho? —pregunté con voz tranquila y sumisa, dos cosas que nunca había sido ni sería jamás.

Leonardo me observó un momento, estudiándome, buscando respuestas a preguntas que yo no conocía y que no tenía ningún interés en conocer.

—Puedes irte —dijo al fin, y la única razón por la que no salí corriendo de aquel despacho de mierda fue que me negaba a demostrarle hasta qué punto me había afectado.

Asentí y caminé tranquilamente hacia la salida.

Abrí la puerta y casi se me cayó encima una tortuga.

Andréia abrió los ojos como platos y se apresuró a recomponerse. Estaba claro que había tenido la oreja pegada a la puerta, escuchando todo lo que había pasado dentro de aquel despacho en los últimos minutos.

Se confirmó cuando no pudo contenerse y me sonrió como una serpiente. Estaba encantada de que me hubiera rechazado el gilipollas que se había acostado conmigo y que, casualmente, también se había acostado —o quizá seguía acostándose— con ella.

Fue entonces cuando se me acabó definitivamente la paciencia.

—Ya puedes relajarte, cariño —le dije, plenamente consciente de que él también podía oírme y sin que me importara una mierda—. Ya no voy a comer de tu fiambrera. Toda tuya.

Entonces abrí la puerta aún más y señalé a Leonardo con un gesto; me miraba con una expresión indescifrable.

Me di la vuelta y me marché sin esperar respuesta. Estaba cansada, agotada, y lo único que quería era que aquellos dos cabrones se cogieran de la mano y se fueran juntos a tomar por culo.

Y por fin me dirigí a mi despacho, donde esperaba encontrar paz y tranquilidad.

No podía haber estado más equivocada.