Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 22 Let You Love Me
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22 Let You Love Me

ANTONELLA

El plan era ir a mi despacho y quedarme allí hasta el final de la jornada. Algo que no resultaría demasiado difícil, teniendo en cuenta que seguía sin tener trabajo de verdad.

Una buena siesta me vendría de maravilla, pensé mientras bostezaba.

Lancé una mirada curiosa hacia el nido de víboras. Andréia estaba en el despacho de su jefe gilipollas, pero las otras dos sí, y estaban demasiado calladas para mi gusto. Además, evitaban mirarme.

Tal vez supieran algo de lo que acababa de pasar en el despacho de su jefe gilipollas.

O quizá supieran lo que había ocurrido el día anterior.

Les eché un último vistazo y seguí mi camino: en realidad me daba igual lo que supieran o lo que creyeran saber.

Un animado grupo de jóvenes abogados, probablemente becarios, irrumpió por la entrada, hablando a voces y riéndose unos de otros.

Habría seguido caminando, pero me detuve en seco al oír lo que me pareció una voz vagamente familiar.

Miré atrás y no pude creer lo que veía.

—¡Tú! —grité antes de poder contenerme, sobresaltando a todo el mundo. Me dio igual. Me acerqué a grandes zancadas y agarré por el cuello a aquel aspirante a abogado incompetente—. ¡Serás capullo!

—Eh... —tartamudeó él, aterrorizado, quizá en parte porque le apretaba la corbata con tanta fuerza que casi lo estrangulaba. A Diego se le abrieron los ojos como platos y pareció dispuesto a empezar a disculparse, pero entonces me reconoció—. ¡Ah! ¡Señorita Mancini! ¿Q-qué hace aquí?

—Debería preguntarte lo mismo, chico, pero sospecho que ya sé la respuesta.

—Obviamente trabajaba allí, en el bufete del gilipollas.

Donde también trabajaba yo. Las coincidencias absurdas como aquella eran justo el tipo de cosa en la que mi vida se especializaba—.

Lo que quiero saber es dónde demonios te has metido y por qué no has contestado a mis llamadas.

Los becarios que lo acompañaban observaban con los ojos muy abiertos, sin pestañear. Por lo visto, ahora me dedicaba a asustar a niños. Otro momento cumbre de mi vida.

—Y-yo... Señorita Antonella, y-yo... —El chico tartamudeó aún más, así que decidí soltarlo. Su incompetencia me cabreaba, obviamente, pero no quería humillarlo delante de sus amigos. Todavía.

—Hablaremos en mi despacho. Ahora. —Señalé el pasillo.

Y, si eso era posible, al chico se le abrieron los ojos todavía más.

—¿Trabaja aquí?

—Sí. ¿Vas a ir andando a mi despacho ahora mismo o necesitas ayuda? —Amenacé con volver a agarrarlo de la corbata y él retrocedió horrorizado.

—Pero... ¡pero nunca la había visto por aquí!

—¿No estuviste en la reunión de ayer? —pregunté. Yo no lo había visto allí, pero tampoco es que ayer hubiera estado en mi mejor momento. Quizá él sí hubiera ido.

Negó con la cabeza con energía y miró a uno de sus amiguitos, como pidiéndole que confirmara lo que yo decía.

Entrecerré los ojos y miré al muy cabrito que tenía la desfachatez de cuestionar mi palabra. Y en mi cara, nada menos.

—N-no —respondió por fin, después de que el amigo en cuestión, tras recibir de mi parte una mirada poco amable, asintiera rápidamente para confirmar lo que yo había dicho—. No llegué a tiempo.

—¿Hay algo que hagas bien en esta vida, chico? —Estaba realmente espantada.

Los abogaditos me observaban con cautela, probablemente temiendo ser los siguientes en recibir.

La camada de víboras, ahora con la mismísima reina cobra de vuelta en la sala, me miraba como si tuviera algún problema mental.

Me dio igual y seguí arremetiendo contra aquel abogado a medio hacer.

—¿Y bien? —pregunté con impaciencia—. ¿Dónde te has metido todos estos días?

—Eh... —Tragó saliva y apartó la mirada—. Yo... Bueno, yo...

—¡Suéltalo ya, chico! ¿Qué te pasa? ¿Te has dejado la lengua en casa? Con tu nivel de incompetencia, no me sorprendería.

Los becarios empezaron a reírse por lo bajo. Seguían un poco asustados por mi arrebato, pero no podían resistirse a la oportunidad de burlarse de su amigo.

Diego les lanzó una mirada furiosa, con la cara roja de vergüenza. Luego me miró con puro odio en los ojos.

—¿Puedo preguntarle qué hace exactamente aquí? —espetó, con un descaro que nunca le había visto.

Sonreí, orgullosa y encantada. Una pelea sobre cualquier cosa que no fueran mis confusos sentimientos por mi jefe gilipollas era justo lo que necesitaba en aquel momento.

—No, no puedes. Pero puedes empezar a explicar por qué desapareciste.

—Yo...

—No me digas que te olvidaste de hacer tu propio trabajo —lo interrumpí con tono burlón—. Porque, chico, eso es lo único que falta para que tu incompetencia sea oficialmente innegable.

Esa vez los becarios se rieron sin disimulo y se apoyaban unos en otros porque, al parecer, aquello era lo más divertido que habían visto en su vida.

Diego sacó pecho como un palomo y rechinó los dientes de rabia.

—Es secretaria, ¿verdad? —insistió, todavía desesperado por saber qué hacía yo en aquel antro. Se rio con desprecio y les dijo a sus amigos—: Una secretaria. Debería habérmelo imaginado.

Me reí del chico, de las gilipolleces que le salían por la boca y de lo absurdo de toda la situación.

—Y si soy secretaria, ¿cuál es exactamente el problema? ¿No te enseñó tu madre que está feo mirar a la gente por encima del hombro, chico? —Sacudí la cabeza con tristeza—. La posición social o lo que gane alguien al mes no definen su carácter, ¿sabes? Qué vergüenza.

—¿Puedo preguntarle para quién trabaja? —siguió insistiendo, como si ya no se le ocurriera nada más que decir.

Descubrí en aquel momento que el chico no servía ni para una buena pelea.

Qué decepción—. Me gustaría hablar con su jefe —exigió, y dio un paso hacia mí en un intento fallido de intimidarme o algo así.

Me reí en toda la cara de aquel crío.

—Ahora —recalcó, por si de algún modo no lo había entendido. Alcé una ceja y lo miré con desprecio—. ¿Para quién trabajas?

Abrí la boca para decirle que no era de su puta incumbencia cuando me interrumpió una voz que, por desgracia, conocía demasiado bien.

—Para mí —respondió Leonardo.

Se acercó y se metió en el minúsculo espacio que había entre aquel mocoso bocazas y yo.

Lo de siempre. Siempre metiendo las narices donde nadie lo llamaba. ¿Meterse en mi coño? Eso sí que no quería. Puto cotilla.

Leonardo estudió mi expresión un segundo, y esperé que se diera cuenta de lo cabreada que estaba y se apartara de mi camino antes de que el marrón le salpicara también a él.

Después miró a Diego. Se fijó en la postura del chico, en cómo intentaba imponerse sobre mí, con el pechito de paloma todavía hinchado.

Leonardo alzó una ceja. Diego retrocedió dos pasos rápidos.

Puse los ojos en blanco. El pecho de paloma se desinfló a toda velocidad con una sola mirada de aquel hombre, pero conmigo quería hacerse el duro. Menudo chiste.

Vale, de acuerdo, Leonardo era un metro noventa y tantos de músculo, testosterona y pura delicia, más aquel rostro perfecto con la expresión hermética de hombre peligroso y todo eso, pero aun así.

Yo también estaba furiosa, y podía dar bastante miedo cuando quería.

¿Y lo único que yo había conseguido eran unos tartamudeos? Venga ya.

—Antonella trabaja para mí. Igual que tú —dijo el Gilipollas Buenorro con voz seria y desafiante.

Miró al pequeño grupo de becarios que hacía de público en nuestro espectáculo gratuito y luego volvió a mirar a Diego, que —fíjate tú— parecía a punto de mearse encima con una sola mirada.

Ridículo—. ¿Alguien quiere contarme qué está pasando aquí?

Me quedé callada porque no me lo había preguntado a mí. Se lo había preguntado a todos los demás. Y, a diferencia de él, yo no metía las narices en asuntos ajenos.

El antro era suyo. Por tanto, el problema también.

Como Diego parecía haberse tragado la lengua, los becarios al parecer habían hecho lo mismo y el nido de tortugas entero —que había presenciado la escena en silencio— seguía mudo, Leonardo se volvió hacia mí.

Dejé de examinarme las cutículas al notar su mirada y me limité a mirarlo.

Alzó las dos cejas perfectas y esperó.

—¿Qué? —pregunté, porque tanto mirar empezaba a marearme.

«¿No podías irte a estar así de jodidamente bueno a otra parte, tío?».

—¿Qué está pasando aquí? —volvió a preguntar, fingiendo una paciencia que claramente no tenía.

—Ah, ¿me lo preguntas a mí? —Me hice la tonta, y Don Delicioso apretó la mandíbula. Que Dios me ayudara—. Pensaba que se lo preguntabas a él.

Señalé al prototipo de abogado sin terminar, que abrió los ojos como platos al encontrarse otra vez en la trayectoria de aquella mirada verdosa que me trastocaba el cerebro.

—Te lo estoy preguntando a ti —dijo Leonardo, casi rechinando los dientes de impaciencia y fastidio. Delicioso hijo de puta—. ¿Te importaría explicarme de qué va todo esto?

—Este farsante —señalé a Diego otra vez, decidida a explicar la puta historia antes de que aquel maldito hombre me pusiera aún más cachonda con esas miradas de cabreo— se supone que es mi abogado.

Leonardo frunció el ceño.

—¿Tu abogado?

—Se supone —lo corregí, mirando al chico—. Lo acaban de despedir.

Diego ahogó un grito teatral y abrió la boca, seguramente para devolverme el insulto, cosa que me habría encantado porque me moría por una excusa para abofetear aquella cara llena de granos. Pero Leonardo lo interrumpió.

—Silencio. —Señaló al crío sin dejar de mirarme—. ¿Por qué necesitas un abogado?

—Eso es irrelevante. —Decidí no entrar en detalles.

No estaba de humor para hablar de mi vida personal con aquel idiota.

Ya era bastante malo que me hubiera follado y luego me hubiera tirado a la basura.

¿Quién sabía qué haría con una información así?

Seguramente usarla para rascarse el culo.

Lo veía capaz—. Lo importante es que mi supuesto abogado estaba M.I.A.

Cuando Leonardo volvió a alzar una ceja, decidí reformularlo.

—Desapareció.

—Sé lo que significa M.I.A. —dijo, y no pude evitar preguntarme si veía KUWTK como yo. ¿Lo veía? Sería demasiado maravilloso para ser verdad.

Podríamos verla juntos, salvo que, bueno, él ya no me quería y todo eso. Así que nada.

Y yo tampoco lo quería a él, para que quede constancia. En fin, da igual.