Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 20 Dancing With a Stranger #2
41%

20 Dancing With a Stranger #2

—Sí, señor —respondí obedientemente, pero no me levanté hasta que se me acabó el tiempo. Me recoloqué la ropa, ignorando la mirada lasciva que les echó a mis piernas. Me había bajado la cremallera de la falda en un intento inútil de aliviar la presión sobre el estómago.

Leonardo miró de mis piernas a su Rolex al menos tres veces antes de suspirar, insatisfecho, y levantarse también.

Lo miré y puse mi mejor cara de cachonda, aunque estar cachonda era lo último que mi cuerpo era físicamente capaz de sentir, llena como estaba y prácticamente a punto de explotar.

Leonardo me agarró en un abrir y cerrar de ojos y me besó con avidez, volcó su frustración en mi boca y me succionó la lengua con entusiasmo.

Me soltó casi tan de repente como me había agarrado y me miró con cara de sufrimiento. Incapaz de contenerse, frotó las caderas contra mí, y sonreí al sentir que su polla cobraba vida contra mi estómago.

—¿De verdad tenemos que irnos? —susurré contra su boca y le mordí el labio suavemente.

—No me tientes —me advirtió. Me besó una última vez y después fuimos a la maldita reunión.

Que fue un aburrimiento interminable, salvo por el momento en que aquel hombre ridículamente buenorro me presentó como la nueva abogada del bufete.

Tuve que poner cara de seriedad y de estar pensando mucho, como una abogada respetable, mientras me aguantaba la risa al ver la cara de asombro de Andréia.

Había torcido el gesto al verme entrar en la sala de reuniones tan tranquila, y yo venía tan contenta con mi ascenso reciente que hasta la saludé como a un ser humano normal, con sonrisa y todo.

Mi delicioso jefe me dejó salir antes a cambio de prometerle que al día siguiente llegaría más temprano, y salí disparada a casa, con unas ganas enormes de contarle la noticia a mi gay favorito.

—No me lo puedo creer —repitió Gian por millonésima vez, y puse los ojos en blanco.

—Pues no te lo creas —repliqué, mientras me tumbaba a lo largo del sofá y le sonreía al techo—. Ahora soy una abogada respetable.

—No me refiero a eso —dijo, señalándome la cara—. Me refiero a esa expresión.

—¿Qué? ¿Qué le pasa a mi cara? —pregunté, confundida.

Gian se me quedó mirando con la boca abierta, de algún modo aún más sorprendido y también un poco asustado.

—¿Qué coño pasa? Suéltalo ya —protesté—. ¿Qué le pasa a mi cara?

Por fin pareció encontrar la voz y tartamudeó:

—No estarás... —Se aclaró la garganta y me clavó la mirada, casi sin parpadear—. Antonella, ¿estás enamorada de tu jefe?

Me eché hacia atrás sin saber muy bien por qué.

—¿Qué?

Gian volvió a señalarme la cara mientras decía, acusador:

—Esa expresión que tienes. Ya la he visto antes, hace mucho tiempo —declaró, y después exclamó con tanta fuerza que estuvo a punto de dejarme sorda—. ¡Estás enamorada!

—Estás como una cabra. —Sacudí la cabeza, sin pararme a tomarme en serio semejante tontería—. No estoy enamorada de Leonardo —le aseguré—. Apenas lo conozco.

Ahogó un grito de lo más dramático.

—¡Leonardo! —exclamó—. Hasta la forma en que pronuncias su nombre suena a enamorada. —Abrí la boca para negar aquella estupidez, pero él siguió—. ¡Y eso es porque estás enamorada! ¡De tu jefe! —Estalló en carcajadas—. ¡Y yo que he vivido para ver este día! ¡Dios mío!

Y siguió riéndose, mirándome y señalándome la cara.

El timbre sonó justo cuando estaba a punto de decirle a aquel cabrón que se fuera a la mierda y se largara de mi piso.

Que se riera de mí era una cosa. Que se riera mientras me lanzaba una acusación tan absurda ya era demasiado.

Me levanté, pero no sin darle al hijo de puta unas tres patadas y tirarlo del sofá. Fui hacia la puerta sintiéndome ligeramente vengada, pero el muy capullo siguió riéndose incluso con la cara hundida en mi alfombra.

—¡Deja de reírte, gilipollas! —grité mientras abría la puerta.

Fruncí el ceño al no ver a nadie. Miré hacia fuera en todas direcciones, pero no había ni un alma.

Me encogí de hombros y ya estaba cerrando la puerta cuando reparé en un sobre de papel marrón encima del felpudo. Me agaché y lo recogí.

Le miré las dos caras. No había remitente, solo lo que supuse que era mi nombre, garabateado con una letra horrible, casi ilegible.

Cerré la puerta de una patada y abrí el sobre mientras volvía al salón.

Dentro había dos documentos, claramente copias de registros oficiales, y al principio no entendí nada de aquello. Entonces los leí.

Uno era una notificación de desahucio. A mi nombre. De mi piso. El otro era una escritura y, cuando leí el nombre del nuevo propietario de mi piso, garabateado con la misma letra espantosa que el sobre, se me cayó la mandíbula al suelo.

Me estaban desahuciando.

Matteo era ahora el dueño de mi casa y, por lo visto, yo estaba condenada a vivir en la calle.

Podría haberme desplomado en el suelo a sollozar de desesperación, pero, después de tantas zancadillas de la vida, a estas alturas del partido ya empezaba a acostumbrarme.

Al fin y al cabo, estábamos hablando de Antonella y de su puñetero desastre de vida. ¿Para qué molestarse en entrar en pánico si estaba claro que ya venía otro palo de camino?