Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 20 Dancing With a Stranger
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20 Dancing With a Stranger

ANTONELLA

Después de dos semanas trabajando en el bufete, las únicas estancias que conocía eran la recepción y su despacho, porque me había dado demasiada pereza explorar el sitio.

Leonardo, en cambio, parecía más que decidido a cambiarlo.

—¿Adónde vamos? —pregunté cuando, en vez de salir del despacho, me arrastró por la recepción hasta la puerta que daba al resto de aquel cuchitril.

—Tengo que enseñarte algo —respondió Leonardo, y no pareció importarle que la gente empezara a cruzarse con nosotros y a mirarnos con curiosidad.

Ahí estaba su jefe, cruzando la oficina a toda prisa mientras arrastraba de la mano a una pelirroja buenísima.

Cómo no iban a mirar. Seríamos el tema número uno de los cotilleos de la hora de la comida, estaba segura.

—¿Qué es? —Tenía curiosidad por la sorpresa, pero me distrajo la cantidad de gente que había allí al fondo.

Todos los despachos del pasillo tenían puertas y paredes de cristal, casi como los de Pearson Hardman, el bufete de la serie Suits.

Todo el mundo podía ver lo que hacían los demás sin tener que levantar el culo de la silla. Era bonito e impresionante, pero también un poco invasivo.

Una morena guapa sentada en un puesto de secretaria me sonrió y me saludó con la mano cuando la miré. Le devolví la sonrisa, sorprendida por aquella amabilidad tan gratuita.

—Mira. —Le di un codazo a Leonardo y señalé a la morena, a la que volví a saludar—. Esa sí que es una secretaria de verdad. Normal, simpática y morena.

—Tengo secretarias normales —me aseguró con una sonrisa. No aflojó el paso, pero también saludó a la morena.

—No, lo que tienes es un nido de tres serpientes rubias delante del despacho —repliqué—. Y nunca entenderé para qué necesitas tres.

—Trabajo mucho y necesito a las tres para estar al día de todo —respondió. Sonrió y me miró, divertido—. ¿Y no deberías ser tú la cuarta serpiente del nido, teniendo en cuenta que también trabajas para mí?

Fruncí el ceño, ofendida. No porque me hubiera llamado serpiente —me habían llamado cosas mucho peores y ese tipo de cosas nunca me molestaba—, sino porque me había comparado con las otras y, peor aún, con Andréia la Tortuga.

—Soy pelirroja. No doy el perfil de tu harén de secretarias —dije. Él volvió a reírse, lo que me irritó aún más—. Si me llevas a algún sitio porque piensas follarme, ni te molestes en quitarte los pantalones o te juro que te arranco la polla de un mordisco.

Sin dejar de reír, Leonardo se detuvo delante de una de las puertas de los despachos.

—Hemos llegado —dijo señalando el picaporte—. Ábrela.

Obedecí, pero no sin quejarme.

—Y ni se te ocurra empezar a darme órdenes. Puede que seas mi jefe y todo eso, pero no estoy obligada a hacer lo que tú digas.

—Entra. —Señaló el interior del despacho—. E intenta cerrar el pico un minuto.

Hice una mueca y entré mientras miraba alrededor. Todos los despachos eran parecidos, decorados con mucho gusto y con paredes de cristal que reflejaban todo lo que tenían alrededor.

Podía ver mi reflejo de cuerpo entero en cuatro superficies distintas, así que aproveché la ocasión para mirarme de arriba abajo.

Aparte de las mejillas sonrojadas y el pelo alborotado —que me gustaba—, todo seguía en su sitio.

—¿Qué te parece? —preguntó Leonardo mientras se acercaba a la pared desde la que se veía la ciudad diminuta allá abajo.

Volví a mirar alrededor.

—Es un buen despacho. Le falta un toque personal aquí y allá, quizá algo de arte y unas plantas, pero es muy bonito —respondí con sinceridad.

—Es tuyo —dijo con una sonrisa.

Lo miré sin entender.

—¿Qué es mío?

Leonardo sonrió ante mi confusión.

—Este despacho —aclaró—. Es tuyo.

Parpadeé. Miré una vez más alrededor y volví a parpadear. Después lo miré a él, confundida, y el gilipollas parecía estar aguantándose la risa.

—Soy secretaria. Las secretarias no tienen despacho —balbuceé—. ¿O aquí sí lo tienen y nadie me lo ha dicho?

Él se rio y se sentó en la silla que, según él, supuestamente era mía. Era parecida a la suya: negra, casi un sillón pero sin brazos, y exactamente lo que a mí me gustaba llamar el paraíso de los culos.

—No, no lo tienen —confirmó, todavía sonriendo y mirándome con lo que imaginé que era expectación—. Pero tú no eres mi secretaria. Ya no.

—Entonces, ¿qué soy? Porque recuerdo haber firmado hace unos días un contrato que decía exactamente eso.

—Quiero que trabajes para mí —empezó, y abrí la boca para preguntarle si tenía algún tipo de trastorno neurológico, porque ya llevaba dos semanas haciéndolo. Pero continuó, y se me cayó la mandíbula al suelo—. Como abogada, no como mi secretaria.

Me dejé caer en la silla más cercana al notar que las piernas empezaban a fallarme.

Me quedé mirándolo, sorprendida y todavía sin entender nada. O sea, tenía la carrera de Derecho y todo, pero, aparte de las prácticas que hice al terminar los estudios, tenía poca o ninguna experiencia.

Precisamente por eso, cuando de repente me quedé sin un céntimo, ni siquiera había intentado buscar trabajo en el sector.

—¿Qué? —pregunté, solo para asegurarme de que no estaba oyendo cosas raras. Tal vez seguía bajo los efectos de aquellos tres orgasmos demoledores y tenía el cerebro un poco revuelto.

Era posible. Vete a saber.

—Quiero que trabajes para mí como abogada, porque es lo que eres —aclaró. Luego sonrió y siguió, tomándome el pelo como tanto le gustaba—. Y, además, eres una secretaria horrible.

Había estado flotando en el espacio, con la cabeza en las nubes, mareada y atónita por la sorpresa, pero volví de golpe a mi cuerpo en cuanto oí aquella herejía.

—¿Perdona?

—Seamos realistas, Antonella —dijo, cómodamente instalado en mi silla—. Odias recibir órdenes, solo haces lo que te da la gana cuando te da la gana y no te gusta que adopte un tono autoritario contigo —enumeró, y quise discutir, pero, por desgracia, todo era verdad.

Una vez me había pedido que le trajera un café de la cafetería de la esquina, mientras me tendía un billete de veinte reales, y yo le había respondido preguntándole si tenía pinta de ser su criada.

Después cogí los veinte y me los metí en el bolsillo con cara de absoluta inocencia.

Pero, aun así. No lo entendía.

—¿Esto no será un intento ridículo de sobornarme porque intentaste matarme? —pregunté, porque solo así tendría sentido la oferta—. Ya te he dicho que te perdono. No vuelvas a intentarlo y estamos en paz. No tienes que darme un despacho y ofrecerme un puesto de abogada por eso.

Leonardo puso los ojos en blanco.

—No seas ridícula. Hablo en serio. He leído tu currículum —me aseguró, y me dejé caer contra el respaldo de la silla, estupefacta—. Ahora que hemos aclarado eso, ¿vas a darme una respuesta? ¿Aceptas el nuevo puesto o no?

—Claro que acepto —respondí al instante, antes siquiera de que terminara la pregunta. Por supuesto que iba a aceptar. Puede que esté loca, pero no rompo billetes.

¿Y cómo iba a rechazar una oferta así? Precisamente, si no iba por ahí rompiendo billetes era porque, al fin y al cabo, ¿qué billetes?

Estaba sin blanca, desesperada, y aquella oportunidad había aparecido justo cuando más la necesitaba.

Sonreí feliz y él sonrió conmigo.

—No te arrepentirás de haberme contratado —prometí con sinceridad, emocionada.

—Oh, eso lo dudo mucho —se burló, tomándome el pelo—. Eres una persona muy difícil de tratar. Un auténtico grano en el culo.

Seguí sonriendo porque estaba demasiado feliz para no hacerlo, pero le hice la peineta con las dos manos y prácticamente canturreé de alegría:

—Que te den, gilipollas.

Se echó a reír, mirándome con aquellos ojos verdes que me dejaban hipnotizada, y sonrió, devastadoramente guapo.

Yo también sonreí, pensando que el destino, el karma o lo que demonios fuera por fin parecía estar de mi lado, por una vez.

—Estás de broma —repitió Gian por milésima vez.

—No es broma —le aseguré, sonriendo como una idiota.

—No te creo —dijo, con los ojos como platos y la boca abierta.

Me reí de su cara, aunque tenía que admitir que yo también seguía conmocionada.

Quiero decir, nunca me había visto volviendo a ejercer la abogacía, pero allí estaba, recién contratada como la nueva abogada del bufete M&M, que tenía que ser el nombre más estúpido que había oído en mi vida para un despacho de abogados, pero, en fin.

Lo primero que hice al llegar a casa fue llamar a Gian y exigirle que se presentara allí de inmediato, porque necesitaba contarle a alguien lo que había pasado aquel día o iba a explotar.

Ahora, después de escucharlo todo, me miraba con la expresión de asombro más graciosa que había visto en mi vida. Lo dejé asimilarlo a su ritmo y volví a pensar en mi maravilloso día.

Cuando se me pasó la impresión de la oferta, Leonardo me llevó al restaurante del edificio y se marchó porque tenía una comida de trabajo y no podía llegar tarde.

Mi felicidad había vencido al cansancio, pero nada vencería nunca a mi hambre. Así que comí con el doble de entusiasmo de lo habitual e incluso repetí postre. Tres veces.

Cuando Leonardo volvió de comer, yo estaba despatarrada, medio muerta, en su silla, demasiado llena y solo ligeramente arrepentida de todo lo que había comido.

—¿Ahora no tienes tú despacho? Ya no hace falta que invadas el mío —bromeó, y yo respondí con un gemido.

—El tuyo estaba más cerca y estoy cansada —refunfuñé, apoyé la cabeza sobre la superficie fría de su escritorio y cerré los ojos—. Solo voy a descansar un ratito. Lo prometo.

Leonardo se rio y abrí un solo ojo para mirar aquel rostro perfecto. Se sentó en la silla, ya moldeada a la forma de mi culo, mi antiguo puesto diario, y consultó su Rolex.

—Tienes diez minutos para descansar antes de que nos tengamos que ir —dijo, y esta vez abrí los dos ojos, aunque no me levanté porque no me quedaban fuerzas.

—¿Que nos tenemos que ir? —pregunté con pesar—. ¿Y adónde? Si acabo de llegar.

—La reunión con los becarios es dentro de... —volvió a mirar el Rolex y quise morirme—. Nueve minutos. Y no puedes faltar —me advirtió cuando abrí la boca para quejarme, con ese tono mandón que, en cierto modo, me encantaba y me fastidiaba a la vez.