19 Drunk In Love
ANTONELLA
Cuando por fin dejé de gritar, me apartó la mano de la boca, me rodeó la cintura con los brazos y me apretó contra su polla sin dejar de embestir despacio, como si no fuera capaz de parar.
Gemí bajito y moví las caderas para disfrutar de las últimas sacudidas del orgasmo.
Quien estuviera al otro lado de la puerta debió de rendirse, porque no volvió a llamar, algo que agradecí en silencio.
Todavía mareada de placer, miré a Leonardo y aquel cuerpo delicioso que acababa de volverme loca.
Perdida en el calor del momento, no había conseguido dejarlo del todo desnudo. Llevaba la chaqueta, el chaleco y la camisa abiertos, pero solo alcanzaba a ver retazos fugaces de piel y músculo.
Levanté las manos y aparté toda aquella tela. Le recorrí con las yemas de los dedos el pecho y el abdomen perfectos, sentí cada relieve y deseé tener fuerzas suficientes para bajarme del escritorio y morderle cada centímetro del cuerpo.
Leonardo se estremeció bajo mis manos y bajó la cabeza, que hasta entonces había mantenido echada hacia atrás. Abrió los ojos y yo sonreí como una idiota, embobada por lo guapo que era.
Estaba sonrojado y sudoroso. Sus ojos verdes parecían aún más claros y tenía la boca hinchada de mis besos.
Su pelo rubio, más corto por detrás y más largo por arriba, estaba hecho un desastre, levantado en todas direcciones.
Juro que jamás en la vida había visto un ejemplar masculino tan perfecto.
No creía que llegara a acostumbrarme nunca a todo aquello.
Me devolvió la sonrisa, con el placer aún marcado en la cara, y embistió con fuerza una última vez, que me arrancó un gemidito de necesidad.
—Joder, qué buena estás —murmuró, y me apretó con tanta fuerza que la curva de mi cintura desapareció entre sus manos.
Me reí bajito y moví las caderas despacio, notándolo todavía entero dentro de mí y, sorprendentemente, aún duro.
—Gracias. —Le guiñé un ojo con una sonrisa chulesca—. Tú tampoco estás nada mal.
Se rio y se inclinó para darme un beso breve pero delicioso antes de salir de mí.
Algo que lamenté. Seguía duro y, aun hecha polvo como estaba, seguramente habría reunido energía suficiente para al menos dos rondas más.
Estaba enganchada. El tío apenas había terminado de follarme y yo ya quería más, muerta de sed.
Pero la culpa era toda suya. Nadie le mandaba estar tan bueno ni follar como un dios del sexo.
—Gracias por el cumplido —dijo mientras se quitaba el condón y yo me estiraba, agotada—. Y también por permitirme follarte con tanta generosidad, teniendo en cuenta que, por lo visto, no soy nada del otro mundo.
—Ya —asentí, conteniendo la risa—. Pero follas decentemente, así que estamos en paz.
Tiró el condón a la papelerita que había junto al escritorio y ya se estaba recolocando la ropa cuando levantó la vista del cinturón y me miró, incrédulo.
—¿«Decentemente»? —preguntó muy serio.
—Ajá —dije, y me senté en el escritorio e intenté poner cara seria, aunque fracasé estrepitosamente—. Da el apaño.
Su sonrisa se volvió burlona.
—¿Y por eso te has corrido tres veces, zorra? —preguntó, y se metió entre mis piernas—. ¿Por un sexo mediocre con un tipo que solo te folla «decentemente»?
—Eso, y que hoy estaba inspirada, así que conseguí que funcionara. Pero no pongas morritos. Al final lo has hecho bien. Tú también te has corrido, ¿no?
Frunció el ceño y yo me reí mientras le echaba los brazos al cuello.
—¿Quién crees que ha llamado a la puerta? —pregunté cuando me abrazó la cintura y hundió la cara en mi cuello para aspirar mi olor.
—Probablemente Andréia —respondió contra mi piel. Me besó una vez más, me mordió el labio y se apartó—. Pero no podía ser nada importante, o habría seguido golpeando la puerta o me habría llamado al móvil.
—Mmm —murmuré, y lo solté solo porque teníamos que vestirnos, aunque lo que de verdad quería era tumbarme en aquel escritorio y pasarme el día entero dejándome follar sin piedad—. ¿Crees que ha oído algo?
Leonardo se rio mientras recogía mi ropa repartida por el despacho.
—Si no te hubiera tapado la boca, desde luego habría oído algo más que algo —dijo, ufano de su actuación de gran máquina de follar conquistadora.
Puse los ojos en blanco y le arranqué la ropa de las manos, fingiendo estar molesta cuando no lo estaba ni de lejos, porque el muy cabrón tenía razón.
La verdad es que soy muy ruidosa, y no me avergüenza en lo más mínimo. Y follaba tan jodidamente bien que callarme habría sido imposible.
—Gilipollas creído —murmuré mientras me ponía el sujetador. Busqué las bragas entre la ropa, pero no las encontré—. ¿Dónde están mis bragas?
—En mi bolsillo, y ahí se quedan —respondió sin más mientras se abotonaba la camisa.
—¿Y se supone que voy a pasarme todo el día sin bragas? —Se encogió de hombros y yo le dediqué una sonrisa cínica—. ¿Tienes un fetiche con las bragas o te gusta ponértelas luego?
Puso los ojos en blanco y en cuestión de segundos volvió a estar perfectamente arreglado. Estaba tan guapo e impecable que nadie habría imaginado que acababa de follarse a alguien hasta dejarla sin sentido.
—Y ahí está otra vez —dijo, y me señaló.
—¿A qué te refieres? —pregunté, confundida. Me puse la falda y revisé la blusa por si tenía algo raro, pero todo parecía estar bien. Me la puse y lo miré, esperando una respuesta.
—Pensaba que ahora estarías al menos un poco más mansita —dijo con la sonrisa más descarada y perfecta que había visto en mi vida.
Me eché a reír por lo absurdo del comentario.
—¿Por un polvo? Lo siento, cariño. Puede que folles obscenamente bien, pero tu polla no hace milagros.
Se rio a carcajadas y negó con la cabeza, como si yo no tuviera remedio.
Intenté arreglarme el pelo mientras él rodeaba el escritorio para sentarse en aquella silla celestial y murmuraba entre dientes que, para alguien que se había corrido tres veces, me sobraban los humos.
Fingí no oírlo y me rendí con la coleta, que después de tantos tirones se había convertido en una escoba.
Me solté el pelo, me lo peiné con los dedos y me senté en la silla que ya me pertenecía, como si fuera un día de trabajo cualquiera y allí no hubiera pasado nada.
Excepto que habían pasado muchas cosas, y se le notaba en la cara a aquel hombre peligroso, que no dejaba de mirarme y de sonreír como si me hubiera visto desnuda. Y me había visto.
—Deja de sonreírme así, demonio —me quejé, y crucé las piernas. Un delicioso dolorcito palpitó entre ellas y suspiré por lo bajo.
Después de tanto llorar, Xavana había recibido por fin un regalo de los dioses en forma de polla y estaba en paz.
No le duraría mucho la paz si aquel hombre no dejaba de mirarme así.
Los ojos de Leonardo siguieron mi movimiento y se detuvieron en mis piernas, como si esperara que volviera a cruzarlas y le dejara ver, aunque fuera un segundo, lo que había entre ellas.
Que en este caso era Xavana, desnuda como el día en que vino al mundo y disfrutando del aire fresco sin barrera alguna.
Se mordió el labio y yo sonreí con burla.
—¿Vas a devolverme ya las bragas?
—Por supuesto que no —respondió de inmediato. Descrucé y volví a cruzar las piernas a propósito—. Hijo de puta.
Sonreí con inocencia.
Sonaron dos golpes en la puerta y él respiró hondo y se recompuso.
—Adelante —dijo, y, justo en ese instante, mi querida amiga Andréia la Tortuga entró en el despacho pavoneándose como si el sitio fuera suyo.
Lo miró, me miró y volvió a mirarlo con evidente desconfianza. Probablemente sabía que algo había pasado en aquella habitación, o quizá hasta había oído mi actuación. Quién sabe.
En ese momento se lo había agradecido mucho, pero ahora, pensándolo bien, me resultaba curioso que hubiera llamado sin abrir la puerta.
Sabía por experiencia propia que, de las tres secretarias, era la única que casi nunca llamaba. Lo habitual era que entrara directamente, sin ceremonias.
Cada vez estaba más convencida de que entre esos dos había algo más que una relación de jefe y empleada.
Algo parecido a lo que él y yo teníamos ahora, me di cuenta.
Dios, ¿había un cliché más grande que el del jefe y la secretaria? Creo que no. Y si todos los jefes fueran tan perfectos y estuvieran tan buenos como aquel, los contratos de las secretarias deberían incluir una cláusula que especificara claramente que el sexo formaba parte del trabajo.
—Señor Marins —empezó la Tortuga con una voz controlada que a mí no me engañó. Estaba irritada, obviamente. Quería al jefe para ella sola, la muy acaparadora—. He llamado hace un rato, pero no ha contestado.
Estaba claro que Andréia intentaba sonsacar respuestas a preguntas que no hacía, pero, si dependía de aquel hombre, no iba a sacar ninguna.
—Estaba en mitad de una videoconferencia. No la he oído —mintió, con el ordenador apagado justo delante de sus narices—. ¿Qué necesitaba?
Era un actor magnífico. No se le escapó ni un detalle que pudiera delatarlo. Hasta yo me habría creído la mentira de no ser porque todavía notaba las secuelas de lo que su polla le había hecho a mi coño.
—Es por la reunión de las dos con los becarios —respondió Andréia. A mí me dio la impresión de que no se había creído ni una palabra. Al menos, con lo insoportable que era, no era tonta.
—¿Qué pasa con la reunión? ¿Hay algún problema? —preguntó Leonardo mientras encendía tranquilamente la pantalla del ordenador. Ahí estaba la prueba de su mentira, pero, si Andréia lo notó, no dio muestras de ello.
No tenía ni idea de qué hora era. Había perdido por completo la noción del tiempo en cuanto aquel hombre había empezado a tocarme y todavía andaba más o menos intentando ubicarme en el espacio.
Tenía la sensación de que habían pasado muchas horas desde que había entrado en el despacho poco después de las siete de la mañana.
Quizá ya fuera la hora de comer. Sinceramente, esperaba que ya fuera hora de irse a casa.
Estaba agotada, física y mentalmente. Necesitaba un descanso. Quería tumbarme en la cama, repasar mentalmente aquel sexo de otro mundo y dormir hasta la semana siguiente.
—No pasa nada. Solo quería confirmarlo con usted —respondió.
Me di cuenta de que empezaba a inspeccionar la habitación, con menos discreción de la que probablemente creía, en busca de pruebas que respaldaran su teoría conspirativa.
Al no encontrar nada, me miró y empezó a inspeccionarme a mí también.
Ojalá hubiera podido arreglarme un poco más, pero, en general, no había nada en mi aspecto que delatara lo que había estado haciendo unos minutos antes.
Excepto que ahora llevaba el pelo suelto, recordé, y que probablemente seguía teniendo la cara colorada. Pero Andréia no me había visto al llegar, así que todo en orden.
Y era pelirroja. Las pelirrojas nos ponemos rojas por cualquier cosa. Nada fuera de lo normal.
Además, me daba igual que lo supiera.
O lo que pensara de mí. Para mí, Andréia y la mierda eran prácticamente lo mismo: una molestia desafortunada, pero inevitable.
—¿Necesitas algo, cariño? —pregunté cuando siguió mirándome fijamente con aquellos ojillos entrecerrados.
Sonrió con una falsa amabilidad que me dio asco.
—No —respondió la farsante, sin dejar de mirarme la cara.
Odiaba a aquella mujer sin ningún motivo. No me había caído bien desde la primera vez que oí su voz, el día del accidente, hacía siglos.
La antipatía, por supuesto, era mutua, cosa que me parecía estupenda.
—Prepara el orden del día de la reunión y déjalo en mi mesa, por favor, Andréia —dijo Leonardo, interrumpiendo mi desagradabilísimo duelo de miradas con la Tortuga.
Se levantó y se abrochó la chaqueta, y vi el momento exacto en que los ojillos de la Tortuga le recorrieron el cuerpo de arriba abajo.
No podía culparla. Yo hice lo mismo. Aquel hombre pedía a gritos que lo admiraran.
Todos aquellos músculos, su altura, ese olor a hombre buenorro, esos ojos... Se pasó una mano por el pelo, aparentemente ajeno a que era el objeto de la lujuria de las dos, y se le hincharon los bíceps hasta amenazar con reventar las costuras de la chaqueta.
Suspiré como una lunática y oí un segundo suspiro detrás de mí. «Sí, chica, te entiendo», pensé, incapaz de apartar los ojos de aquella deidad rubia.
Se acercó a mi silla, sensual y jodidamente sexy. Me tendió la mano y la agarré al instante, y me levanté también.
—Tengo que salir ahora. Volveré después de comer —le dijo a Andréia sin mirarla más de dos segundos, ya fuera porque había decidido ignorar la mirada embobada de la pobre mujer o porque, quizá, seguía sin percatarse de ella.
Luego me sacó a rastras de la habitación a toda prisa, mientras los ojos láser de cierta Tortuga intentaban agujerearnos.