18 Envolver
ANTONELLA
Me arrojó sobre el escritorio sin miramientos. Me incorporé e intenté atraerlo hacia mí, pero me empujó hasta dejarme tumbada sobre la fría caoba.
—No sé si lo recuerdas —empezó a decir mientras me quitaba la falda y la tiraba al suelo—, pero ahí fuera hay gente.
No, no lo recordaba, pero tampoco me importaba. Quería que me follara. Nada más. Y gemir, obviamente, porque no pensaba recortarme el placer por consideración a los oídos ajenos.
Si querían escuchar, que escucharan. Me importaba un bledo.
—¿En serio? —pregunté, abriendo las piernas y apoyando los pies en el borde del escritorio—. Se me había olvidado.
Me recorrió el cuerpo con una mirada hambrienta mientras sacaba un preservativo del bolsillo del pantalón.
Qué preparado venía este. Me gustaba. Aunque, si se hubiera presentado sin nada, yo llevaba unos cuantos —léase: varios— preservativos en el bolso.
Había salido de casa más que preparada, porque más vale prevenir que curar.
La mirada se le quedó clavada en mi coño y se lamió los labios.
—¿Qué? —preguntó, sin haber oído ni una palabra de lo que acababa de decir.
Sonreí con malicia y empecé a pasarme las manos por el cuerpo.
—He dicho que se me había olvidado que había gente fuera —repetí, y él se acercó y se plantó entre mis piernas, con unas vistas privilegiadas de todo.
—Sé lo que estás haciendo —dijo cuando una de mis manos bajó a prestarle un poco de atención a Xavana.
Se desabrochó el cinturón y el pantalón, se bajó la cinturilla de los calzoncillos y rasgó el envoltorio del preservativo con los dientes en cuestión de segundos.
Me habría reído de sus prisas. De verdad que sí.
Pero bajé la mirada, ansiosa por echarle un vistazo a aquella polla enviada por los dioses antes de que me la metiera y, si no hubiera estado ya tumbada, me habría caído de espaldas.
En lugar de eso, se me desencajó la mandíbula.
Eso no era una polla. Era un monstruo.
Un explorador de cavernas mutante.
Un puto tronco de árbol.
Aquella cosa no iba a caber dentro de mí. Jamás.
A ver, soy una mujer experimentada. Me he montado un número respetable de pollas en esta vida. He visto gordas, finas, pequeñas, grandes, algunas torcidas un poco hacia un lado o hacia el otro, y de todo lo que hay entre medias.
Pero juro que nunca había visto una tan ancha y tan larga. Jamás.
Me leyó la cara y, al parecer, adivinó exactamente lo que estaba pensando, porque me aseguró:
—No te preocupes. Te voy a encajar de maravilla —dijo con suficiencia mientras se ponía el preservativo.
Me habría burlado de él, aunque siguiera un poco aturdida, pero ahí de pie, con aquella polla mutante en la mano, estaba para comérselo y, de pronto, dejé de preocuparme por la salud de Xavana.
«¿No querías follarte a ese cabrón buenorro? Pues ahora apechuga, bonita».
Mi mano se había quedado quieta sobre el coño desde el instante en que vi su polla, pero él no tardó en apartármela de un manotazo, con una brusquedad que me sorprendió, me encantó y me excitó a partes iguales.
Abrí más las piernas y me mordí el labio. Estaba a punto de chorrear sobre el escritorio y me costaba creer que, después de semanas de infierno, por fin iba a follarme a aquel hombre.
Y entonces el hombre desapareció de golpe. Parpadeé y, cuando volví a abrir los ojos, el cabrón ya no estaba.
Apenas sentí su aliento contra la piel sensible y húmeda de mi coño antes de que se lanzara a devorármelo.
Se me atragantó un gemido de sorpresa y puse los ojos en blanco de placer cuando siguió con lo que claramente era otro intento de matarme.
Otro más. Solo que esta vez estaba encantada de colaborar.
Bajé la mirada mientras me lamía y me chupaba con avidez, como si estuviera saboreando su postre favorito. Me agarró un pecho con una mano y yo me agarré el otro, perdida, temblando y a punto de gritar de placer.
Me arrastró los dientes por los labios exteriores, me mordió la vulva, me atrapó el clítoris entre los dientes con suavidad, y me dolió de una forma que, no sé cómo, volvió el placer aún más intenso.
Estaba a punto de correrme cuando se detuvo en seco. Abrí los ojos, aturdida, y él se inclinó a besarme mientras me metía tres dedos de golpe en el coño.
Grité contra su boca y él gimió mientras me follaba con los dedos y aumentaba la velocidad y la fuerza con cada entrada y cada salida.
Le mordí la boca demasiado fuerte sin darme cuenta y dejé de intentar besarlo cuando quedó claro que para él iba a ser peligroso.
Gemí, despegué el cuerpo del escritorio y moví las caderas contra sus dedos mientras él seguía inclinado sobre mí, mirando lo que le estaba haciendo a mi cuerpo con la expresión más sucia y más deliciosa que había visto en mi vida.
Me chupó los pechos con brusquedad, me mordisqueó los pezones y yo me estremecí y cerré los ojos, a un segundo del orgasmo, cuando volvió a parar.
Abrí los ojos y, de pura rabia, estuve a punto de darle una patada en aquella cara perfecta.
Y el muy cabrón sonreía, disfrutando de verdad de aquel juego infernal.
—¿Ya te quieres correr? —se burló mientras me metía un solo dedo, y a mí se me escapó un suspiro. Se rio—. Pero si todavía no he empezado.
Lo miré con el tipo de odio que solo pueden inspirar dos orgasmos frustrados.
—Si no vas a darme lo que quiero, aparta y ya me encargo yo —gruñí con el poco aliento que me quedaba.
Se me rio en la cara, se burló de mi indignación y ni siquiera intentó disimular lo mucho que disfrutaba teniéndome allí, abierta de piernas sobre su escritorio y desesperada por más.
Bajé una mano y empecé a tocarme, porque no iba de broma. Lo decía en serio. Me iba a correr con su participación o sin ella.
Sonrió, ardiente y canalla, y volvió a bombearme los dedos a lo bestia mientras yo seguía dándole al clítoris como si estuviera pinchando la sesión de DJ más caliente de mi vida.
Me mordió la barbilla y volví a gemir cuando sentí que el orgasmo se me acumulaba por tercera vez.
Me besó con agresividad y pensé que me moría.
—Si quieres gritar, grita, zorra —dijo contra mi boca, y aceleró el ritmo cuando gemí con fuerza—. Pero grita mi nombre, para que los de fuera sepan quién te está follando.
Negué con la cabeza, mareada y perdida en el placer.
—Marins es un nombre de viejo. No pienso gritar eso —gemí, luchando por respirar entre palabra y palabra.
Su sonrisa era deliciosa mientras sus dedos se movían cada vez con más fuerza y hacían que mi coño se contrajera en torno a ellos.
—Marins es mi apellido —me informó, lamiéndome la boca y bebiéndose mis gemidos—. Me llamo Leonardo.
Asentí con aprobación, gimiendo y restregándome contra su mano como una perra en celo. Ese sí que era un nombre digno de un dios griego.
—Menos terrible —intenté bromear, pero mi coño palpitaba cada vez con más fuerza y empezaba a ver estrellas.
Me atrapé el botoncito entre los dedos y gemí con fuerza.
—Córrete para mí —me animó, mordiéndome la boca antes de bajar la cabeza para volver a chuparme los pechos—. Y no te olvides de gritar mi nombre.
Y eso fue exactamente lo que hice.
La primera vez que llamé a aquel hombre por su verdadero nombre, en lugar de soltarle algún insulto al azar, fue cuando me corrí gritando y temblando, empalada en sus dedos.
La segunda fue cuando, mientras todavía me corría, sentí cómo me clavaba aquella polla enorme en el coño hasta el fondo.
Grité aún más fuerte cuando sentí que el clítoris me vibraba y seguí corriéndome durante lo que parecieron horas mientras él empezaba a follarme con fuerza.
Mi cuerpo tembló una y otra vez, los ojos se me pusieron en blanco, los músculos se me contrajeron, mi coño palpitó sin control y pensé que iba a morir.
Me sentía imposiblemente llena, dilatada al límite, consumida por un placer tan intenso que casi dolía.
Cuando el episodio terminó por fin, me desplomé contra el escritorio, exhausta, con la boca seca y respirando con dificultad mientras las estrellas seguían destellando detrás de los párpados.
Nunca había sentido nada ni remotamente parecido. ¿Era eso lo que la gente llamaba orgasmos múltiples, aquella experiencia cercana a la muerte?
No tenía ni idea de lo que me había estado perdiendo hasta aquel momento de mi vida.
Abrí los ojos, todavía aturdida, y gemí suavemente al mirarlo.
Leonardo. El nombre le pegaba. Masculino, fuerte como él, y no un nombre de viejo como Marins.
Me observaba mientras embestía despacio, casi sin moverse, con la polla enterrada en lo más profundo de mi coño.
Con la mirada oscurecida, me agarró de los muslos y me abrió aún más las piernas antes de inclinarse sobre mí para besarme en la boca.
Solté un gemido necesitado, le devolví el beso y decidí que ahora me tocaba a mí hacer que aquel hombre gimiera y se corriera como nunca.
Le rodeé el cuello con los brazos y tiré de él hacia abajo hasta que tuvo que apoyar ambas manos en el escritorio para no desplomarse sobre mí.
Apreté más los brazos en torno a su cuello, lo besé con avidez y empecé a mover las caderas deliciosamente sobre su polla.
Leonardo gimió contra mi boca, enredando la lengua con la mía, y poco a poco aumentó la velocidad de las embestidas, moviéndose conmigo y haciéndome gemir.
Y yo, que había pensado que acababa de experimentar un orgasmo equivalente a veinte normales, me di cuenta de que podía volver a correrme si seguía moviéndose así dentro de mí.
—Dios mío —gemí, y aparté la boca de la suya cuando el primer escalofrío me recorrió la espalda—. Voy a morir —gimoteé, restregándome como si no hubiera un mañana.
Me besó una vez más antes de apartarse y mirarme.
—¿Vas a correrte otra vez? —preguntó innecesariamente, porque podía sentir cómo mi coño se contraía en torno a su polla.
—No puedo más. —Le agarré del pelo, desesperada.
Se rio suavemente y luego gimió y aumentó la velocidad de las embestidas.
Solté su pelo y me agarré el mío, con los ojos en blanco, completamente fuera de mí.
Aquello era surrealista. Acabaría adicta a la polla de aquel hombre si cada vez que me follaba me dejaba así de destrozada.
Ah, y sí, volvería a follarme. Todos los días, preferiblemente.
Y durante todo el día, ya puestos. Ya estaba pensando en comprarle a Xavana crema para las rozaduras del pañal, porque podía ir luchando por su vida si hacía falta, pero aún necesitaba sentir aquella polla dentro de mí unas mil veces más antes de cansarme de ella.
Apoyó la frente en mi cuello y empezó a gemir cada vez más fuerte mientras yo hacía lo mismo con los ojos cerrados, sintiendo cómo el clímax se acercaba a toda velocidad.
De repente, dos toques en la puerta amenazaron mi orgasmo y abrí los ojos de par en par, presa del pánico.
—No pares —le rogué cuando alzó el cuerpo y miró hacia la puerta por encima del hombro—. Por el amor de Dios, no pares.
Gemí desesperada; el orgasmo se acercaba a cada segundo. No dejé de mover las caderas ni por un instante y él, aun mirando la puerta con el ceño fruncido, tampoco dejó de embestirme.
Volvió a mirarme, penetrándome con fuerza, sonrojado y sudoroso de placer, y se me pusieron los ojos en blanco.
—No voy a parar —dijo, hundiéndose profundamente en mi coño, y estuve a punto de gritar—. Pero tienes que dejar de gemir como una puta o nos van a oír ahí fuera.
Asentí, desesperada, mientras mi cuerpo se estremecía una y otra vez, pero antes de que pudiera controlarme se me escapó otro gemido.
Aquel hombre follaba demasiado bien, más de lo que me convenía, y yo era incapaz de contenerme en un momento así, justo al borde.
Noté que se formaba otro gemido y, antes de que se me escapara de los labios, una mano enorme me tapó la boca.
—Chist. Silencio —susurró, mirándome fijamente a los ojos mientras me follaba a una velocidad absurda y con una fuerza brutal.
Lo miré. Su cuerpo sudoroso bajo la ropa medio abierta. Aquel pecho delicioso y esos abdominales que aparecían y desaparecían con cada movimiento.
Más de noventa kilos de músculo follándome con determinación. Gimoteé de placer y él gruñó:
—Apriétame con ese coño tan dulce y córrete en silencio, zorra.
Y siguió embistiéndome con fuerza, con una mano sobre mi boca mientras la otra bajaba hasta mi coño.
Me pellizcó el clítoris y exploté, arqueándome con tanta fuerza que casi me partí la columna, temblando sin control mientras él se mordía el labio, echaba la cabeza hacia atrás y moría en silencio dentro de mí.