Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 17 Hacerte caer
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17 Hacerte caer

ANTONELLA

—¿No vas a contestar? —me tentó el demonio mientras se restregaba contra mí, y Xavana, la zorra con suerte, aplaudió de emoción.

Negué con la cabeza, con los ojos cerrados, intentando saborear cada segundo de tener a aquel hombre enorme pegado a mí de arriba abajo.

Se rio, un sonido grave y ronco que me recorrió como una descarga desde la nuca hasta el coño.

Sin soltarme la mano, me la levantó y la apoyó en la puerta, junto a mi cara. Abrí los ojos y vi cómo, muy despacio, me iba abriendo los dedos.

Uno a uno, sin ninguna prisa, hasta dejar libre el trozo de encaje que yo había intentado esconder tan inútilmente.

Me quitó las bragas de la mano y las agitó delante de mis ojos, como si dijera: «Lo sabía».

En su mano parecían aún más pequeñas. Se las acercó a la cara y lo oí inspirar hondo, aspirando mi olor con evidente placer.

Gruñó y me rodeó la cintura con las dos manos, estrujándome la carne como si quisiera arrancarme un trozo, y tiró de mí hacia atrás contra su polla, que de algún modo parecía aún más dura.

—No vas a ninguna parte —gruñó.

Cerré los ojos y gemí bajito cuando me mordió el cuello.

Sudaba con la cara pegada a la puerta. Me mordí el labio con fuerza y apreté los muslos al sentir cómo el coño se me empapaba de deseo.

De pronto se apartó lo justo para darme la vuelta y, acto seguido, volvió a pegarme contra la madera fría.

Alcé la mirada desde su pecho, que subía y bajaba tan deprisa como el mío, y le miré la cara.

Si alguna vez había pensado que era imposible que aquel hombre estuviera más bueno de lo que ya estaba, me había equivocado.

Tenía la cara tensa de deseo y los ojos verdes más oscuros, salvajes, hambrientos. Una vena le palpitaba en el centro de la frente y se mordía la boca igual que yo la mía.

Un desperdicio. Debería estar mordiéndome a mí.

Apretó las caderas contra las mías y me entraron ganas de cerrar los ojos y disfrutar de la sensación de tenerlo casi exactamente donde lo quería.

Se quedó mirándome la boca con hambre y yo me lamí los labios a modo de invitación.

Me apretó con más fuerza mientras aplastaba su pecho contra el mío. Levanté los brazos, que hasta entonces habían estado prácticamente muertos a los costados, y le rodeé el cuello con ellos.

Tuve que ponerme de puntillas, lo que me dolió un poco en el tobillo, pero en ese momento me daba exactamente igual.

Lo quería más cerca. Quería besar, lamer y morder aquella boca que me mantenía despierta por las noches. Quería chuparle la lengua y emborracharme con su sabor.

Pareció leerme el pensamiento. Se inclinó lo que me parecieron casi dos metros —ser de altura media en momentos como aquel era una mierda— hasta que su boca encontró la mía, y allí mismo me despedí de la realidad.

Los primeros besos siempre habían tenido algo que me resultaba incómodo.

No conoces a la otra persona, pero quieres besarla hasta que se te duerma la lengua. Antes de eso, sin embargo, tienes que averiguar cómo encajar dos bocas desconocidas. Tienes que aprender cómo besa el otro.

Después de unos cuantos intentos, cuando ya tienes algo de experiencia práctica, encuentras la mejor manera de que todo funcione y, a partir de ahí, todo va sobre ruedas.

Eso no pasó con Adonis.

Cuando me besó, fue como si ya me conociera. Su boca encajaba a la perfección con la mía. Sus labios tiraban de los míos y su lengua me recorrió la boca con destreza de experto.

Sabía exactamente qué hacer para volverme loca.

Me entregué al beso, lamiendo y mordiendo aquella boca deliciosa tanto como él mordía la mía. Sus manos se movían por todo mi cuerpo, como si quisiera tocarlo todo a la vez.

Me tiró del pelo y me enrolló la coleta en una mano, mientras con la otra me agarraba el culo con fuerza y con ganas.

Dejé escapar un gemidito necesitado contra su boca, me retorcí de deseo y me soltó un azote en el culo de campeonato.

Fue entonces cuando perdí el control por completo y empecé a gemir como la buena zorra que soy, restregando las caderas deliciosamente contra su polla, besándolo con aún más hambre y tirándole del pelo como si nunca pudiera tener suficiente.

Él gimió al morderme el labio, un sonido áspero que escapó de lo más hondo de su garganta y me hizo estremecer.

Estaba sin aliento, sudada y febril, a unos dos segundos de lo que parecía un ataque orgásmico, cuando se apartó y me obligó a soltarle la boca.

Me miró fijamente medio segundo, con la respiración tan agitada como la mía.

—Hijo de puta —gruñó, y me tiró del pelo, me ladeó la cabeza y hundió la cara en mi cuello.

Gemí con la vista clavada en el techo mientras él me lamía y me mordía la piel con avidez. Le deslicé las manos por el pecho y recorrí esos músculos enloquecedores que llevaba semanas mirando.

Mientras yo me apresuraba a abrirle los botones de la chaqueta y del chaleco, desesperada por sentirle la piel, él me subió la cremallera de la falda.

Me levantó la pierna derecha, me la enganchó a la cintura y se restregó deliciosamente contra mi coño.

Gemí muy alto y él apartó la boca de mi cuello.

—Cállate —gruñó contra mi boca mientras me levantaba aún más la pierna y embestía con las caderas con tanta fuerza que volví a gemir—. He dicho que te calles, zorra.

Me mordió el labio inferior y, como yo parecía incapaz de obedecer, me silenció con la boca. Me perdí en su beso, con los gemidos amortiguados contra su lengua, y empecé a mover las caderas al compás de las suyas, restregando mi piel desnuda y mojada contra su pantalón.

Cuando por fin conseguí abrirle el chaleco, le recorrí el pecho con las manos y saboreeé lo que podía sentir a través de la camisa, pero seguía sin ser suficiente.

Empecé a desabrocharle la camisa y él hizo lo mismo con la mía, sin dejar en ningún momento aquel delicioso roce que me mojaba cada vez más.

Puede que le arrancara uno o dos botones en mi prisa por desnudar a aquel hombre, pero a él no pareció importarle y siguió chupándome la lengua como si no hubiera un mañana.

Le exploré el pecho y el estómago con avidez, apretando y arañando cada músculo como si quisiera arrancarle un trozo y quedármelo.

Se estremeció bajo mis manos, soltó un gruñido grave y se apartó lo justo para quitarme la blusa y desabrocharme el sujetador prácticamente de un solo movimiento, con una destreza en ese terreno que no había visto en mi vida.

Lanzó las dos prendas detrás de él, con los ojos clavados en mis pechos. Me deslizó la mano por la cintura, avanzando despacio sobre mi piel, y se me erizó todo el cuerpo hasta hacerme retorcer.

Me rozó los pechos con las yemas de los dedos y me jugueteó despacio con los pezones hasta ponérmelos duros.

Se lamió los labios con avidez y me estremecí. Me rodeó un pecho con la mano, lo apretó, lo sopesó, con la mirada clavada en lo que hacía.

La mano que me sujetaba el muslo se me clavó en la piel y me marcó con sus uñas cortas, como si me castigara por algo.

Me lanzó una última mirada y sonrió con malicia, disfrutando de lo que fuera que veía en mi cara, antes de agacharse y cerrar la boca sobre mi pezón.

Me habría desplomado al suelo si no me hubiera mantenido abierta y pegada a sus caderas. Succionó con fuerza, me trabajó el pezón sin una pizca de delicadeza y lo atormentó con la lengua.

Le rodeé la cabeza con los brazos y lo atraje hacia mí mientras me restregaba contra él y gemía con los ojos cerrados, completamente entregada a lo que quisiera hacerme.

«Ese no era el plan», pensé vagamente. El plan era hacerlo llorar y suplicarme que lo tocara, pero en ese momento me importaba un bledo.

No mientras tenía su boca en mis pechos y la polla dura apretada contra mi coño, que pedía atención a gritos.

Aquel hombre iba a acabar conmigo, concluí, gimiendo cada vez más alto con los ojos cerrados —y que conste que todavía no había conseguido reunir las fuerzas suficientes para decir una sola palabra, pero, por lo visto, gemir se me daba de maravilla.

Levantó la cabeza cuando ya estaba a punto de correrme solo con eso, restregándome descaradamente contra su polla mientras aquella boca en el pecho me destruía lo poco que me quedaba de cordura.

—¿No te dije que te callaras? —lo oí gruñir a través de la bruma de sensaciones, pero lo ignoré y seguí gimiendo.

Estaba fuera de control, excitadísima, con el cuerpo en llamas y el coño empapado. ¿Cómo demonios no iba a gemir?

Era imposible. Venga ya, hombre.

—Deja de hacer tanto puto ruido, zorra —se quejó mientras se restregaba con fuerza contra mi coño.

¿Prácticamente me estaba follando por encima de la ropa y aún tenía el morro de decirme que me callara? Moví las caderas con fuerza sin apartarle la mirada y gemí todavía más alto.

Uno de esos gemidos de estrella del porno que me gusta soltar en momentos así.

Se estremeció y se le tensó todo el cuerpo. Debía de estar tan cerca de correrse como yo, pero yo prefería mil veces tenerlo enterrado dentro de mí hasta el fondo cuando eso pasara.

Al parecer, él también. Pero resultaba demasiado delicioso provocarlo, mantenerlo justo al borde hasta que estuviera a punto de correrse en los pantalones sin que me hubiera tocado todavía el coño.

Y saber el efecto que tenía sobre él era una sensación increíble.

—Cállate —siseó mientras me tiraba del pelo y acercaba su cara a la mía.

Sonreí como una zorra. Por fin recuperé la voz —que se había largado a tomar por saco, por lo visto, cuando aquel hombre criminalmente atractivo se puso a restregarse contra mi culo— y dije:

—Ven a obligarme —lo provoqué sin aliento entre gemidos, pegada a su boca.

Me devoró la boca y me cogió en brazos; por lo visto, por fin había llegado a su límite.

Y gracias a los dioses, porque yo tampoco aguantaba mucho más.

Lo necesitaba dentro de mí ya mismo o iba a morir deshidratada de lo mucho que me chorreaba el coño.