Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 16 Suéltalo #2
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16 Suéltalo #2

Adonis seguía ocupado catalogando mi cuerpo y, con el coño cada vez más húmedo, yo hice exactamente lo mismo con él.

El traje de aquel día, un Dolce el chaleco, solo un tono más claro; la camisa, de un azul pálido casi blanco; los zapatos, de un marrón bruñido, y un cinturón a juego lo envolvía todo como si fuera un regalo.

Los enormes músculos que se adivinaban bajo el carísimo tejido eran imposibles de ignorar, desde el pecho hasta aquellas piernas gruesas y macizas.

Me pregunté si existiría alguna prenda capaz de hacer que aquel hombre pareciera menos atractivo, aunque probablemente estaría guapísimo hasta con un saco de patatas.

—Buenos días —me saludó con aquella voz profunda después de recorrerme de arriba abajo una y otra vez.

—Buenos días —respondí, un poco sin aliento, mientras notaba que los nervios empezaban a volver.

¿Y ahora qué? ¿Qué narices hacía? ¿Sentarme en el escritorio, abrir las piernas y decirle que viniera? ¿O algo tipo: «Ven a follarme aquí mismo, rapidito, antes de que me vuelva loca, tío, por favor»?

Apreté las manos a los costados, nerviosa, y fue entonces cuando recordé lo que sujetaba en una de ellas.

—Llegas temprano —comentó mientras se acercaba.

Había algo peligroso en sus ojos. Me miraba como si supiera exactamente por qué había llegado tan temprano.

Era una mirada que parecía desnudarme, leerme el pensamiento y predecir cada movimiento que pudiera hacer a continuación.

Y allí estaba yo, como una idiota, muerta de miedo por si reparába en la estúpida braguita que tenía en la mano y pensaba que era una especie de pervertida o algo así.

O quizá, pensé, podía interpretar la situación exactamente como era y lanzarse al ataque. Lo cual no estaría nada mal, teniendo en cuenta que yo parecía incapaz de moverme.

—Sí.

Eso fue todo lo que conseguí decir, como una idiota.

Y entonces, para completar el desastre, en un gesto nervioso e inconsciente, me alisé la falda con las dos manos.

Sus ojos volaron de inmediato hacia el movimiento, casi hipnotizados.

Vi el segundo exacto en que reparó en el diminuto trozo de tela oscura que llevaba en la mano.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó, y yo escondí el brazo detrás de la espalda con toda discreción.

—¿Yo?

Di un paso atrás con una sonrisa incómoda.

—Sí, tú —respondió, y siguió acercándose mientras yo retrocedía.

—Ah, nada —le aseguré, y me reí con nerviosismo cuando dio otro paso hacia mí—. No es nada.

Su expresión se iba ensombreciendo y yo ya no tenía ni idea de qué hacer.

¿Cómo se había convertido en semejante desastre un plan tan perfecto, una situación que tenía todos los ingredientes para acabar entre gemidos y azotes en el culo?

Jamás en la vida había estado tan nerviosa con un hombre. Ni siquiera la primera vez, hacía un millón de años, me había comportado así.

¿Qué demonios me pasaba? ¿Alguna extraña enfermedad cerebral cuyo síntoma principal fuera la estupidez crónica? Porque solo eso podía explicar semejante disparate.

Nunca había sido de las que se quedan de adorno, esperando a que un hombre se acerque. Si alguien me interesaba, me acercaba yo, inspeccionaba la mercancía de cerca, le dedicaba un par de sonrisas y me ponía manos a la obra.

No tenía ni idea de cómo había acabado convertida en una ameba inútil e insegura.

Adonis seguía observándome con seriedad, pero al menos había dejado de acercarse, cosa que le agradecí en silencio.

—¿Qué hacías en mi baño, Antonella? —preguntó de repente, con la voz aún más grave.

Me había distraído calculando la distancia entre su cuerpo y la ruta que me llevaría hasta el bolso y, de ahí, fuera de la habitación.

Incapaz de pensar con claridad, solté lo primero que se me pasó por la cabeza.

—Cagando.

Y, como ni me quedaba capacidad cerebral de sobra para avergonzarme de lo nerviosa que estaba, seguí soltando mierda por la boca, literalmente.

—Estaba cagando. Tengo diarrea.

Frunció el ceño, como si no se creyera ni una palabra.

Decidí que hasta ahí. Fin. Ya estaba bien. No pensaba quedarme allí ni un segundo más hablando por el culo.

—N-necesito irme —tartamudeé, y huí sin conservar ni un ápice de dignidad.

Con las bragas aún estrujadas en una mano y dejando atrás el bolso, me lancé hacia la puerta, desesperada por poner distancia entre aquel hombre que estaba tan jodidamente bueno y yo, ese que, no sé cómo, me excitaba y me ponía nerviosa a partes iguales.

Llegué a la puerta y alcé una mano impaciente hacia el pomo: mi camino a la libertad.

Me alcanzó en menos de dos segundos y agarró la mano que estaba a escasos centímetros de tocarlo.

—¿Adónde crees que vas con tanta prisa? —gruñó, con la boca pegada a mi oído y su cuerpo duro apretado contra el mío, empujándome contra la puerta.

Jadeé ante el ataque repentino y tomé otra bocanada de aire cuando lo sentí, enorme y firme, apretado contra mí.

Lo sentía por todas partes. Músculo y calor. Su pecho pegado a mi espalda. Sus piernas gruesas aprisionando las mías contra la puerta.

Su enorme polla erecta contra mi culo. Su nariz recorriéndome el cuello mientras aspiraba mi olor, con la boca junto a mi oído.

—No has respondido a mi pregunta —murmuró, casi en un susurro, apretándose cada vez más contra mí—. ¿Qué tienes en la mano?

Estaba ardiendo. Febril y excitada, lo único que podía hacer era meter aire en los pulmones, con miedo de olvidarme de respirar en algún momento de aquel asalto y quedarme medio inconsciente antes de que la diversión empezara de verdad.

Aspiró mi olor en el cuello y aquella barba deliciosa me provocó escalofríos por todo el cuerpo. Me lamió la piel y me mordí el labio para que no se me escapara un gemido.

—¿No vas a decírmelo? —preguntó con el aliento contra mi cuello. Sentí que me agarraba la mano que aún sostenía las bragas y no encontré fuerzas para protestar—. No hace falta. Puedo intentar adivinarlo.

Su aliento caliente contra la piel, aquella voz grave y áspera en mi oído y aquella polla enorme frotándose contra mi culo estaban destruyendo el diminuto resto de cordura que me quedaba.

—Pero si acierto y lo que tienes en la mano son tus bragas, Antonella —empezó, mordiéndome la oreja mientras me apretaba la cintura y me pegaba aún más a él—, no vas a salir de esta oficina en un buen rato. —Movió las caderas contra mi culo.

Lo único que conseguí gemir fue:

—Sí, por favor.