Cómo manejar a un CEO (En tus manos 1) 16 Suéltalo
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ANTONELLA

A la mañana siguiente me desperté emocionada por poner mi plan en marcha.

Ni siquiera refunfuñé cuando sonó la alarma a las seis de la maldita mañana, y poco después estaba en la ducha cantando a pleno pulmón «Motivation», de Kelly Rowland, para un público imaginario formado por varios hombres medio desnudos que, curiosamente,

se parecían todos al capullo al que pensaba follarme.

En mitad de mi actuación digna de los VMA, me olvidé por completo de la maldita escayola, que, valiente soldado como era, seguía aferrándose a un último resquicio de vida.

Cuando me di cuenta, media hora de concierto después, ya era demasiado tarde. La pobre estaba empapada, le había entrado agua y no tenía ni idea de cómo demonios iba a secarla antes de salir de casa.

Terminé de ducharme y me senté en la cama a buscar una solución.

Me coloqué justo debajo de la salida del aire acondicionado y puse el secador a la temperatura máxima, intentando salvar aquella cosa estúpida como fuera. No parecía estar funcionando.

Después probé a secarla también con una toalla, y fue entonces cuando llegó el desastre: la escayola empezó a deshacerse.

Levanté la vista al techo y me quejé al universo. ¿De verdad era pedir demasiado una mañana tranquila, justo cuando por fin había decidido follarme a mi jefe, que estaba buenísimo?

Al parecer, sí, porque la maldita escayola seguía deshaciéndose a pedazos y no parecía haber forma de arreglarla.

No podía ir a trabajar así, con una escayola mojada que tenía un aspecto asqueroso, se caía a pedazos y dejaba un rastro blanco por todas partes.

Como no se me ocurría nada mejor, agarré el cuchillo más grande que encontré en la cocina y volví al baño.

Llené la bañera y dejé la escayola en remojo unos minutos, rezándoles a todos los santos habidos y por haber por salir de aquel baño de una pieza y no como Arizona después del accidente de avión.

Me costó lo mío, pero con mucho más cuidado que fuerza conseguí arrancarme de la pierna el resto de aquella porquería.

Sonreí, satisfecha con mi obra, y decidí ignorar el estropicio que había quedado en la bañera. Parecía la escena de un crimen, pero, alabados sean los ángeles de los Winchester, no había ni una gota de sangre.

Me levanté, emocionada por empezar a arreglarme, y casi me caí de morros.

La pierna parecía pesarme mucho menos de lo que recordaba y estuve a punto de irme al suelo al faltarme el apoyo de ese lado.

Después de una semana con la escayola, ya me había acostumbrado a su peso y podía caminar sin demasiados problemas.

Ahora, al parecer, tendría que volver a aprender a andar sin ella.

En serio, como si las complicaciones habituales de mi vida, ya de por sí caótica, no fueran suficientes, ahora encima esto.

Volví al dormitorio despacio y con cuidado, tanteando el tobillo, pero, más allá de una molestia mínima, no sentía nada.

Me hidraté el cuerpo y abrí el armario, agradecida de haber decidido levantarme temprano aquella mañana, porque, de lo contrario, habría llegado más tarde que la Tortuga aquel lunes memorable.

No encontré ningún traje de una talla menos, pero, por suerte, sí di con una falda de tubo que había olvidado por completo que tenía.

Tenía una abertura regulable en el lado derecho, con una cremallera que iba de la cadera a la rodilla, y se me ceñía al cuerpo a la perfección, casi como una segunda piel.

Elegí una camisa blanca con botones, cambié el sujetador por uno del mismo color, me maquillé deprisa y sin excesos y prácticamente me bañé en mi perfume favorito.

Después de debatir un momento conmigo misma, agarré el primer par de tacones que vi, cogí el bolso y salí antes de darle más vueltas.

En teoría, quizá debería evitar los tacones una temporada. Pero solo en teoría, porque nadie me lo había dicho, así que todo en orden.

Llegué a la oficina a las siete y media y solo Clara estaba en su puesto habitual. «Podría haber sido peor», pensé. Con ella no tenía ni de lejos tantos problemas como con las otras serpientes del nido.

—Buenos días, Clara —dije cuando me vio, y enseguida aceleré el paso antes de que tuviera tiempo de interponerse en mi camino hacia el despacho del jefe.

—Buenos días —respondió cuando yo ya abría la puerta de su despacho. Le devolví la sonrisa, nerviosa, y entré a toda prisa.

Cerré la puerta y los ojos, y respiré hondo.

Estaba allí, temprano, tal como había planeado. Una batalla ganada. Ahora solo tenía que no morirme de aburrimiento antes de que él llegara.

Dejé caer el bolso en la silla que ya era mía y me senté en la suya.

Al instante sentí que había subido al cielo. Aquella silla era absurdamente cómoda. Así me imaginaba yo que tenía que ser sentarse con el culo sobre una nube.

Me relajé allí con los ojos cerrados unos minutos, hasta que la curiosidad me venció y empecé a fisgonear entre las cosas de mi jefe.

Era un hombre organizado. En el lado derecho del escritorio había tres fotografías enmarcadas: en una aparecía entre una pareja joven que podrían ser amigos o hermanos; en otra, más reciente, rodeaba con el brazo a una mujer de mediana edad que supuse que era su madre;

en la última posaba junto a un hombre mayor muy atractivo y trajeado que, me apostaba lo que fuera, era su padre.

En el centro del escritorio estaban las carpetas con los documentos que ya estaba harta de verle leer y reorganizar mil veces, y el ordenador, a la izquierda.

Hasta los bolígrafos de aquel hombre estaban ordenados, por el amor de Dios.

Aparte de las fotografías, no había ni un solo objeto decorativo sobre el escritorio, así que, naturalmente, me puse a investigar los cajones.

Me entretuve así un rato, desordenando y volviendo a colocar sus cosas hasta que me aburrí. Sin querer le di a una tecla del ordenador y la pantalla se encendió.

Me reí como una idiota al imaginarme la factura de la luz absurda que debía de pagar por aquel sitio si tenía la costumbre de dejar el ordenador encendido al salir del trabajo.

Fue en mitad de una de mis carcajadas, bastante escandalosas, cuando reparé en la hora que aparecía en la pantalla. Di un respingo al darme cuenta del tiempo que había pasado.

Faltaban solo unos minutos para las nueve y sabía —porque él mismo me lo había dicho— que los lunes siempre llegaba a esa hora.

Me levanté, preguntándome si sería mejor esperar escondida detrás de la puerta y atacarlo en cuanto entrara. Luego volví a sentarme, después de pensarlo mejor y decidir que sería ridículo.

De repente, estaba extrañamente nerviosa. Casi como la idiota que Gian había dicho en broma que era, esa que no tenía ni idea de qué hacer.

Sabía qué hacer. Lo que no sabía era cómo.

¿Cómo se provoca a un hombre así para volverlo loco y que le entren ganas de arrancarme la ropa en mitad de la oficina?

Llevaba el pelo recogido y noté el instante exacto en que una gota de sudor me resbaló por la nuca.

En la oficina no hacía calor, pero los nervios me hacían sentir como si estuviera sentada en una sauna.

Corrí al baño a comprobar si se me había corrido el maquillaje o si tenía manchas de sudor bajo los brazos.

Todo estaba bien. Solté el aire, aliviada. Aún no había manchas, aunque, al ritmo que iba, no tardarían en aparecer.

Me sequé el sudor de la cara y de entre los pechos, y fue entonces cuando por fin reparé en algo que no debería haber importado, pero que, en el calor del momento, me horrorizó por completo.

La ropa interior no combinaba.

Aquella mañana había elegido primero un conjunto de Victoria’s Secret: sujetador y braguita de encaje negro, atrevidos y favorecedores para mi cuerpo; lo que a mí me gustaba llamar un menú completo.

Pero, cuando me decidí por la camisa blanca, cambié el sujetador negro por uno blanco para que no se transparentara.

Y me olvidé de cambiar también la braguita.

Una parte de mi cerebro no dejaba de repetirme que no era para tanto. Pero, en mi estado, con los nervios a punto de estallar, entré en pánico.

Estaba tan nerviosa que resultaba ridículo.

No era más que un tío buenísimo al que me quería follar. Eso era todo.

No era ninguna niñita inocente. En esta vida había tenido acción de sobra; había follado y me habían follado más veces de las que podía contar o recordar, y no había ninguna razón para semejante nivel de pánico.

Me repetí una y otra vez lo ridícula que estaba siendo hasta que me calmé lo suficiente para pensar en una solución.

Subí la cremallera invertida de la falda y me quité la braguita.

Y, así de fácil, problema resuelto. De hecho, era mejor así: una barrera menos cuando empezara la diversión.

Me reí de mí misma por el ataque de nervios que acababa de darme.

Me revisé otra vez el maquillaje, también las axilas, le lancé un beso a mi reflejo en el espejo y salí del baño mientras me alisaba la falda.

Y me encontré de frente con Adonis, de pie en mitad de la oficina y mirando mi bolso con curiosidad.

Me quedé paralizada donde estaba, maldiciendo mentalmente la puntualidad de aquel hombre.

Él alzó despacio la mirada hacia mí y abrió la boca, quizá para preguntar qué demonios hacía yo allí.

«Por favor, Dios, que no piense que estaba cagando», rogué en silencio.

Entonces me miró de verdad y se quedó con la boca abierta.

A ver, no soy Adriana Lima en lo que a perfección física se refiere, pero, cuando quiero, puedo superarme a mí misma.

Me habían hecho un secado precioso y lo llevaba recogido en una coleta. El maquillaje, que consistía en un toque ligerísimo de color en labios y mejillas, rímel y un poco de corrector, seguía intacto a pesar del ataque de sudor de unos minutos antes.

La blusa era blanca y lisa, sin ningún detalle, solo un poco ajustada. La falda era otra historia.

La tela se ceñía a mi cuerpo hasta las rodillas, y la cremallera era el toque sexy imprescindible que remataba el conjunto.

Los tacones no eran tan altos como me habría gustado, pero decidí no tentar a la suerte y elegí unos de altura intermedia.

Aun así, desde allí arriba me sentía la personificación de una diosa.

Afrodita, edición secretaria.