15 Diva
ANTONELLA
Después de una semana de trabajo intensa, no había nada mejor que pasar el domingo en la cama, con el aire acondicionado a tope, un cubito de palomitas al lado y una lista de series con las que tenía que ponerme al día.
Me desperté temprano aquel domingo únicamente porque ya me estaba acostumbrando a mi nueva rutina de mujer trabajadora, y eso no me gustaba ni un pelo.
Despertarse temprano un domingo, el único día que teníamos los trabajadores para descansar, era un escándalo.
Refunfuñé de lo lindo hasta que me di cuenta de que estar despierta no significaba que tuviera que salir de la cama.
Así que cogí el mando, encendí la tele y empecé mi ritual de purificación. Me había perdido tantos episodios que al principio me lie un poco, sin saber por dónde empezar, pero pronto todo encajó.
Pasarme el día entero tumbada en la cama era exactamente lo que necesitaba para reencontrarme con mi antigua vida, ahora que todo era tan distinto.
Así que estaba sin blanca. ¿Y qué? Había conseguido un trabajo guay, aunque todavía vagamente definido, con un jefe gilipollas pero que estaba bueno de morirse; me había ganado tres compañeros a los que odiar gratis —seguía sin tener claro qué pensar de Clara— y Gian continuaba ahí,
apoyándome y animándome como solo podía hacerlo el mejor amigo del mundo. Todo iba bien.
Aquella semana había sido agotadora.
Era cierto que lo único que había hecho en realidad era leer y releer documentos interminables de los casos antiguos de mi delicioso jefe, plantar el culo en aquella maldita silla dura de su despacho, contemplar durante horas aquella visión enviada por los dioses,
bajar a comer al restaurante del edificio y luego medio morirme el resto de la tarde.
Nada especialmente difícil, lo sé, pero estaba agotada.
No hacía casi nada en todo el día, pero no estaba acostumbrada a levantarme temprano y salir de casa cada mañana como una trabajadora normal.
Con el tiempo, dentro de unos meses, cuando ya me hubiera hecho a aquella vida nueva, quizá incluso empezara a presentarme en el trabajo con una sonrisa de oreja a oreja.
No lo veía yo muy cerca.
El trabajo iba bien.
Mi coño, atormentado a diario por aquel hombre criminalmente atractivo, no tanto.
Ya se había vuelto normal que llegara a casa después de un día entero de provocaciones suyas y corriera directa al baño, acompañada de Jared Leto, el vibrador.
Estaba a dos segundos de convertirme en gecko y ponerme a trepar por las paredes, lo juro.
Aquel hombre no era de este mundo. Bastaba una mirada suya para que allí estuviera yo, derritiéndome entre los muslos.
Y luego, como si hubiera decidido que lo que su simple presencia me provocaba no era suficiente, empezó a tocarme.
Por lo general, los toques eran sutiles. Incluso cuando estábamos solos en su despacho, nunca iba demasiado lejos.
Un roce inocente en el brazo al saludarme, aquel cuerpo enloquecedor plantado demasiado cerca del mío.
Un simple abrazo cuando la jornada estaba a punto de terminar y yo me preparaba para marcharme.
La mano que me cogía el bolso con suavidad para guardármelo todos los días, y un roce discreto en la parte de mi cuerpo que hubiera elegido golpear «sin querer» aquel día.
Luego estaban las sonrisas guarras, las miradas y los mordisquitos de labio diseñados específicamente para arruinarme la vida.
Aquel hombre era peligroso a un nivel que todavía no comprendía del todo. Me tentaba, me provocaba y después se hacía el tonto como si no hubiera pasado nada, solo para empezar otra vez desde el principio, y Xavana, mi coño, se estaba haciendo un lío.
Mojada, seca, mojada otra vez, y ahí seguíamos sin que pasara nada.
La pobre andaba perdida en medio de todo aquel desaguisado, y yo tenía que encontrar la manera de ayudarla. Mis ratos de juego diarios con Jared la verdad es que habían sido bastante satisfactorios los primeros días, pero ahora quería más.
Lo exigía, suplicaba carne, clamaba por un cambio en aquella dieta tan restrictiva, y decidí que el juego tenía que terminar.
O me montaba a aquel hombre antes de perder la cabeza, o buscaba a otro, pero tenía que resolver el problema.
La pobre Xavana se lo merecía.
Basta de juegos. Basta de provocaciones. Quieres follarme, pues fóllame ya o apártate. No tengo paciencia para que me den largas. Necesito acción.
Pero decidiría qué hacer al día siguiente. En aquel momento tenía cosas más importantes en las que concentrarme.
Me estaba mordiendo las uñas con furia mientras veía el último drama de las Kardashian-Jenner en Keeping Up with the Kardashians cuando el tono de llamada estuvo a punto de dejarme sorda.
Echando espuma por la boca de pura rabia, pausé el episodio y busqué el teléfono, perdido en algún lugar entre las sábanas.
—¿Qué? —contesté, cabreada y sin una pizca de humor ni de paciencia.
—Vaya, buenos días a ti también, querida —dijo Gian, emisario del demonio.
Satanás no descansaba nunca, y que fuera domingo no le molestaba lo más mínimo.
—Buenos días, mis cojones —espeté—. Dime qué quieres. Estoy ocupada.
Se rio, sin sorprenderse ni molestarse lo más mínimo por mi mal humor.
—¿Qué estás viendo esta vez? —preguntó, interesado.
—Keeping Up with the Kardashians —respondí animándome de repente, porque hablar de mis series es uno de mis deportes favoritos—.
¿Viste el episodio de esta semana? —pregunté, aunque no esperé ni la respuesta antes de lanzarme a soltar una avalancha de spoilers—.
Khloé por fin parece haber superado a aquel ex gilipollas; Chicago, True y Stormi son tan adorables que casi me pica el útero; Kim ha decidido cambiarle el nombre a su marca de fajas después de todo aquel marrón de la apropiación cultural; Kylie y Kendall siguen desaparecidas de la serie,
y Kourtney es un coñazo, como siempre.
No paré ni para respirar y habría seguido si el muy cabrón no me hubiera interrumpido.
—Todo eso ya lo sé, zorra. Lo vi el día del estreno —dijo con suficiencia—. Pero no te he llamado por eso.
—Es lo menos que podías hacer después de interrumpirme el descanso —me quejé.
Se rio.
—¿Cómo va la cosa en el trabajo?
Resoplé, irritada.
—Hoy es mi día libre, Gian. Estoy agotada y no quiero hablar del trabajo en mi único día de descanso —exageré un poco. Sonreí al darme cuenta de la ironía de todo aquello—. Nunca pensé que llegaría a ver el día en que sería la empleada de alguien.
—Yo tampoco. —Se rio con sorna—. Casi pareces una persona responsable.
—Que lo soy, muchas gracias. ¿Vas a decirme ya qué quieres o prefieres hacerme perder un poco más de tiempo?
—Llamaba para saber si sabías algo de Diego —dijo por fin.
Diego, el abogado recíen salido del cascarón que le habían recomendado los miles de amigos del amigo de Gian, había desaparecido de la faz de la Tierra.
Después de salir de mi apartamento la semana anterior, con el encargo de reunir los documentos que necesitábamos para iniciar el proceso contra los ladrones de guante blanco que me habían robado, Diego se había esfumado sin más.
Durante tres días lo llamé y no obtuve respuesta. Llamé a Gian y le dije que localizara a ese maldito chico, pero, mira tú por dónde, Gian tampoco consiguió encontrarlo.
Sabía que el crío era demasiado joven e inexperto para un caso como el mío, por eso solo le había pedido que consiguiera los malditos papeles antes de prescindir de él.
Ni se me había pasado por la cabeza que una tarea tan simple pudiera resultarle demasiado complicada, pero debería haberlo previsto.
Ahora iba un paso por detrás en todo aquel embrollo, que ya duraba demasiado.
Me gustaba mi nuevo trabajo, y discutir con el capullo y aguantar que se metiera conmigo todos los días resultaba extrañamente entretenido.
Pero, aun así, aunque quizá fuera una causa perdida, al menos tenía que luchar por recuperar todo lo que había perdido.
Y quizá, si al final todo salía bien, podría seguir trabajando. Sería aún más divertido ir a trabajar cada día sin tener que preocuparme por las facturas a final de mes.
Aun así, tenía que luchar. Era lo mínimo que podía hacer en honor a la memoria de mamá.
—No —respondí por fin, y el mal humor me volvió con toda su fuerza al recordar la irresponsabilidad de aquel crío—. Esperaré hasta mañana y, si no cambia nada, buscaré a otro abogado. Uno con experiencia, esta vez.
—Tengo un amigo que… —empezó Gian.
—Gracias, pero no, gracias. —Prefería no volver a arriesgarme con otro de los dudosos amigos de sus amigos—. Ya pensaré mañana qué hago.
—Allá tú —respondió, resignado. Pero enseguida se animó al pasar a su nuevo tema favorito—. ¿Y qué tal tu jefe buenorro? ¿Sano? ¿Sigue estando delicioso?
Me reí. Gian estaba todavía más colgado del capullo que yo.
Me llamaba todas las noches en cuanto llegaba a casa del trabajo, ansioso por recibir mi informe del día y desesperado por saber si por fin había abandonado aquel estúpido juego y me había subido encima del cabrón buenorro.
—Sigue magnífico, el muy cabrón —respondí, y luego decidí contarle mi nuevo propósito—. Por su culpa vuelvo a casa con ganas de subirme por las paredes todos los días. Pero estoy harta de este juego.
—Gracias a Dios —exclamó, conteniendo a duras penas su propia emoción—. No sé cómo has sobrevivido a una semana entera así. Yo, en tu lugar, me habría comido vivo a ese hombre el día que lo conocí.
—¿Y cómo se supone que habría hecho eso, idiota? ¿Allí mismo, en plena calle, después de que me atropellara un coche y con el tobillo del tamaño de Brasil? ¿O a la salida del hospital, mientras estaba drogada?
—Pones demasiadas excusas, Antonella —replicó—. Podías haberle echado el guante al cabrón buenorro a la salida del hospital, como casi hiciste, haberle dado tu número y habrías tenido enfermero particular el resto de aquel mismo día.
El muy cabrón tenía razón. Eso era exactamente lo que debería haber hecho.
Si hubiera pasado por alto lo que dijo aquel capullo y hubiera asaltado aquella boca deliciosa como me pedía el cuerpo, a estas alturas tendría el coño en carne viva de tanto follar, me seguirían temblando las piernas y llevaría las marcas de sus manos en el culo.
En cambio, allí estaba yo, dando vueltas sola en la cama y a punto de subirme por las paredes solo por recordar el roce más leve en el brazo.
—Necesito sexo —confesé desesperada—. Urgentemente. Xavana ha despedido a Jared Leto y ya no sé qué hacer.
—Fóllate a tu jefe —respondió—. Mañana. En su despacho, en el baño, donde sea. Pero a ese hombre hay que dárselo ya.
Eso era exactamente lo que necesitaba hacer. Exactamente lo que debería haber hecho días antes, cuando me devoró con los ojos y se mordió aquella boca divina en vez de morder la mía.
—¿Qué hago? —pregunté, un poco perdida ahora que había tomado la decisión.
Gian se rio a carcajadas, como si no pudiera creerse lo que estaba oyendo.
—¿Me estás pidiendo consejo sobre cómo conquistar a un hombre, Antonella? ¿Tú? —El cabrón seguía cacareándose de risa, pasándoselo en grande a mi costa—. ¿Son esas las trompetas del Apocalipsis que oigo a lo lejos? ¡Se acerca el fin del mundo!
—Te cuelgo en las narices, zorra —amenacé. Él siguió riéndose al otro lado de la línea—. Sé perfectamente cómo conquistar a un hombre, muchas gracias.
—Entonces, ¿cuál es el problema? —preguntó cuando por fin dejó de rebuznar.
—El problema es que quiero que ese cabrón de infarto suplique —expliqué—. Quiero oírle decir «por favor». Quiero que suplique solo por poder oler mi coño, y no voy a darle lo que quiere hasta que le haya hecho pagar lo que me hizo.
No quería entregarle en bandeja de plata algo que había rechazado con tanta crueldad el día que casi me mata.
Había dicho, con toda claridad, que no se liaba con niñatas ricas, superficiales y malcriadas.
Se había disculpado y yo lo había perdonado, por supuesto. Entonces no nos conocíamos. Además, estaba claro que había cambiado de opinión, porque todas sus provocaciones de la semana anterior dejaban clarísimo lo mucho que quería follarse precisamente a esta niñata rica, superficial y malcriada.
Solo necesitaba consejo sobre cómo crear una situación que le resultara insoportable; a partir de ahí, ya me encargaba yo.
No era virgen. Sabía perfectamente qué hacer con una polla, gracias.
—Busca lo más ceñido que tengas entre tus conjuntos de ejecutiva —sugirió Gian por fin—. No tiene que ser atrevido, ni la falda tiene que ser corta. Solo ceñido. No necesitas enseñar piel para ponerlo cachondo; la mínima insinuación de lo que hay debajo de la tela consigue el mismo efecto.
—Vale —respondí, mirando la puerta cerrada del armario e intentando recordar si tenía algún traje de una talla menos—. ¿El pelo recogido o suelto?
—Depende de cuántos botones pienses dejarte abiertos en la blusa.
Justo lo que estaba pensando yo. Casi me impresionó lo sincronizados que estábamos.
—¿El pelo recogido y dos botones abiertos, o abrochada hasta el cuello y con el pelo suelto? —pregunté solo para asegurarme.
—Exacto —confirmó él—. Maquillaje mínimo o directamente nada —continuó mientras yo lo apuntaba todo en las notas del móvil, por si acaso—. Aunque con esa piel de porcelana que tienes, zorra, no te va a costar nada.
—Gracias, cariño. —Sonreí con suficiencia, porque mi piel era realmente preciosa. Al verme, cualquiera pensaría que tenía la paciencia de aplicarme mil productos en cada centímetro. Agua y jabón, gente. No hace falta más. —Quizá mañana pueda llegar un poco antes y esperarlo ya en nuestro despacho.
—¿«Nuestro despacho»? —repitió Gian, divertido.
—Sí. El suyo y el mío. Como todavía no ha decidido dónde tengo que sentarme, me planto allí todos los días.
Lo bueno de aquella situación ridícula —un jefe que no era capaz ni de decidir qué hacer en su propio cuchitril, joder— era que podía pasarme el día entero contemplando la cara perfecta de aquel hombre.
Lo malo era que seguía sin tener ni idea de cómo lidiar con semejante exposición innecesaria a tanta testosterona y tanto atractivo.
Gian se rio.
—Eso lo hace todo aún más fácil. Cuando llegue, ya estarás allí esperándolo, lista para el sacrificio —dijo, aprobando mi idea—. Y luego haz lo que sabes hacer. Provócalo una última vez y fóllate ya a ese hombre.
—Sí, señora —acepté, sabiendo ya lo que haría cuando llegara el momento.
—¿Alguna otra pregunta? —se ofreció solícito, aunque enseguida volvió a sus gilipolleces habituales—. ¿Quieres que te explique también qué hacer con una polla? Qué va dónde, qué se supone que tienes que hacer con la boca y ese tipo de cosas.
—No, puta. Hace tiempo que no echo un polvo, pero te prometo que aún me acuerdo de qué va dónde y de qué hacer con la boca —refunfuñé, y él se rio—. Solo me preocupa un poco Xavana.
—¿Quién cojones es Xavana?
—Mi coño —aclaré, y Gian se atragantó de risa—. Si su polla está a la altura del paquete que llevo días contemplando, la pobre va a necesitar atención médica después.
Y yo me moría de ganas.