14 Upgrade U #2
El silencio que siguió a mi acalorado análisis del caso resultó reconfortante. Me sentí mejor después de soltar por fin algo que me venía quemando desde que me topé con el expediente.
Era evidente para cualquiera que estuviera dispuesto a fijarse en lo que había ocurrido realmente en el juicio de aquella mujer. Resulta absurdo pensar que cosas así puedan pasar incluso en un tribunal, el lugar donde se supone que debe prevalecer la justicia.
Pero ese es el puto circo al que llamamos sociedad. Aquí estamos, en el siglo XXI, y todavía se puede juzgar a una mujer única y exclusivamente por ser mujer, como si estuviéramos varios siglos atrás en vez de avanzando.
—Tienes razón —admitió por fin, y bien por él. Después de todo, sí era inteligente. Reconocía la injusticia cuando la veía. Solo faltaba hacer algo al respecto.
—¿Y sabes cuál es lo peor, aparte de que Claudilene siga en prisión?
—¿Qué? —preguntó, acomodándose en la silla después de acabar por fin con aquel estúpido montón de papeles.
—Claudilene estuvo representada por una mujer, y esa misma mujer no hizo nada por defenderla.
Eso era lo que más me dolía.
—Antonella, no sabemos qué ocurrió realmente aquel día. No podemos juzgarla así —me reprendió, haciendo de abogado del diablo.
—Habla por ti —repliqué, disgustada—. Si trabajara para mí, estaría en la calle en menos que canta un gallo.
No me cabía en la cabeza algo tan absurdo. Doce años de diferencia entre una condena y la otra.
Aquella mujer tenía que estar cagándola a base de bien para permitir que ocurriera algo así. Por supuesto que el sexismo existe, y por supuesto que está en todas partes, pero hay una diferencia entre luchar y resistir y, sencillamente, dejar que el mundo siga su curso.
Que «las cosas son como son»… y una mierda.
Intenté ponerme en la piel de la otra abogada, imaginar las dificultades a las que se había enfrentado para llegar hasta donde estaba y lo difícil que debía de haber sido para ella defender aquel caso concreto.
El juez era un hombre. El fiscal también. El acusado del otro caso y su abogado eran hombres.
Entendía que, para ella, como mujer, representar a otra mujer en un mar de miradas sexistas y críticas no podía haber sido fácil.
De verdad que lo entendía. No es fácil hacerse valer en un mundo en el que los hombres todavía controlan y dominan.
Pero ¿por qué no había recurrido? ¿Por qué no había utilizado alguno de los recursos legales que todavía le quedaban incluso después de la condena de Claudilene?
En mi opinión, había fracasado. Había luchado, había perdido una batalla y se había rendido en mitad de la guerra, y había dejado a su clienta tirada en alguna cárcel el tiempo suficiente para perderse los primeros años de sus nietos.
—No es justo —me quejé en voz alta.
—No, no lo es —dijo él, pensativo, con la mirada fija en el techo.
Si estaba contando las luces como había hecho yo antes, se llevaría una desagradable sorpresa al llegar a la innecesaria lámpara de araña que colgaba en mitad de la sala, cuyas bombillas eran tantas y estaban tan entrelazadas que resultaba imposible contarlas.
—¿Y? —pregunté cuando el silencio se alargó y él siguió mirando al techo.
—¿Y qué?
—¿Vas a despedir a la abogada? —Confieso que eso era lo que quería que hiciera. Era lo que yo habría hecho en su lugar, con todos los datos o sin ellos.
Porque, para ser sincera, los casos de posesión y tráfico de drogas son habituales. Los hay a montones. Y, aunque son delitos y deben castigarse como tales, no son casos que los despachos suelan considerar especialmente importantes.
A menudo se asignan a abogados recién colegiados para que adquieran experiencia.
Pero la abogada en cuestión no era ninguna novata. Todo lo contrario.
Y eso me molestaba. Tenía experiencia. Sabía lo que podía ocurrir, sabía lo que estaba haciendo y sabía qué hacer si algo salía mal.
¿Y aun así había permitido que ocurriera? No tenía ningún sentido.
—No —respondió, y estuve a punto de saltar de la silla, lista para enumerar todos los motivos por los que aquella incompetente merecía que la despidieran—.
Al menos no antes de conocer todos los hechos —añadió al ver mi expresión—.
Si se demuestra que, en efecto, hubo negligencia en la defensa de Claudilene, tendré que actuar.
A duras penas me contuve para no aplaudir de emoción.
—Eso es. Muy bien. Me parece estupendo. —Estaba emocionada de cojones, y él se rio de mi reacción—.
Y ya que estás, échales un vistazo rápido también a los asociados de esa sede, porque si yo me di cuenta de algo tan absurdo la primera vez que le puse los ojos encima a ese expediente, ellos deberían haberlo visto hace años.
Como las brasas ya estaban al rojo vivo, aproveché para echar al fuego a un par de personas más, porque ese es el tipo de persona que soy.
Me encanta ver arder todo el circo.
—Tienes razón —murmuró, y empezó a garabatear algo en lo que supuse que era una agenda vieja y muy machacada.
—Siempre la tengo —le aseguré, y volví a mirar al techo, satisfecha, mientras el sonido de su risa llenaba la habitación. Joder, yo había nacido para este trabajo.